Capítulo VIII
La carretera de Maracay a Caracas se extendía interminable bajo un sol de mediodía que castigaba el asfalto.
Ernesto manejaba con una mano en el volante y la otra apoyada en la ventanilla, con esa postura suya de hombre que ha hecho mil veces ese viaje y ya no necesita prestarle atención.
Las niñas estaban en la parte de atrás: Carolina con el teléfono en la mano y los auriculares puestos, Valentina medio dormida contra la ventana, con un osito de peluche apretado contra el pecho.
Yo iba en el asiento del copiloto, mirando el paisaje sin verlo.
El fin de semana en Maracay había sido una mezcla rara de cosas que no terminaba de procesar.
De la finca. De los encuentros. De lo que había pasado y lo que todavía no me atrevía a nombrar.
Ernesto no había dicho nada durante todo el viaje.
Su silencio era el de siempre, el de los hombres que no preguntan porque no quieren saber las respuestas.
En algún momento, cuando ya estábamos cerca de La Victoria, el tráfico empezó a densificarse. Frenamos. Avanzamos. Frenamos otra vez. La autopista se había convertido en un estacionamiento.
—Deberíamos haber salido más temprano —murmuró Ernesto, más para sí mismo que para mí.
—Llegamos cuando lleguemos —respondí.
No quería discutir. No quería hacer ninguna conversación que pudiera terminar en una pregunta incómoda.
El semáforo cambió a verde. Avanzamos unos metros. Y entonces sentimos el golpe.
Fue un impacto sordo desde atrás. Nada violento, pero lo suficiente para sacudir el carro y que las niñas se sobresaltaran. Valentina abrió los ojos asustada. Carolina se quitó los auriculares.
—¿Qué pasó? —preguntó Carolina.
Ernesto no respondió. Se bajó del carro con una rapidez que me sorprendió. Yo me giré hacia atrás para ver qué había pasado. Un carro nos había chocado por detrás. Un sedán azul, viejo, con un hombre de unos cincuenta años al volante que ya estaba bajándose con cara de disculpa.
Ernesto caminó hacia él. Yo me bajé también. No quería, pero algo en la forma en que Ernesto se movía me hizo salir del carro.
—¿No viste el semáforo? —le dijo Ernesto al otro conductor. Su voz sonaba más alta de lo normal.
—Lo siento, señor. Iba distraído. No alcancé a frenar a tiempo.
—El rayón que le hiciste a mi carro no se arregla con un "lo siento".
—Déjame ver, señor. Seguro se puede arreglar.
Ernesto se movió para señalarle el parachoques. Y en ese movimiento, el borde de su chaqueta se levantó. Vi el arma.
Metida en su cinturón, en la parte baja de la espalda.
—Ernesto —dije, bajando la voz—. ¿Qué haces con eso?
No me respondió. Siguió discutiendo con el hombre. Le reclamaba. Le gritaba. Y mientras lo hacía, su mano rozó el bulto en su cintura.
El otro conductor lo vio.
El miedo se dibujó en su cara. Dejó de hablar. Dio un paso atrás. El hombre que segundos antes discutía se había convertido en alguien que solo quería irse.
—Está bien, señor —dijo con voz temblorosa—. No quiero problemas. El daño no es grave. Mejor lo dejo así. Yo me voy.
Se subió a su carro y arrancó antes de que Ernesto pudiera decir nada más.
Ernesto se quedó mirando cómo se alejaba. Su mano seguía cerca de la chaqueta. Me acerqué a él. No quería gritarle delante de las niñas.
—¿Te has vuelto loco? —pregunté, en voz baja pero con toda la rabia que podía contener—. ¿Por qué llevas eso? Me dijiste que no la tenías todavía.
—La tengo desde la semana pasada. No te lo dije porque sabía que te ibas a poner así.
—¿Así cómo? ¿Preocupada porque mi marido se baja a amenazar a un desconocido con un arma en la cintura?
—No lo estaba amenazando. Solo quería que se hiciera responsable.
—El tipo salió corriendo, Ernesto. No fue por el rayón. Fue porque te vio el arma. ¿Eso era lo que querías?
—Sara, no hice nada. No la saqué. Solo estaba ahí.
—No debería estar ahí. Ni en la cintura. Ni en el carro. Ni en ningún lugar cerca de mis hijas.
Ernesto me miró con una mezcla de molestia y cansancio. Abrió la puerta del carro y subió sin decir nada.
Yo también subí. Las niñas no habían entendido del todo lo que pasó, pero habían visto suficiente.
—Mami, ¿papá estaba enojado? —preguntó Valentina.
—No, mi amor. Solo se asustó.
El resto del viaje fue en silencio.
Llegamos a casa. Las niñas subieron a sus cuartos. Yo dejé la cartera en la entrada y fui a la cocina. Ernesto entró detrás de mí.
—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté sin mirarlo.
—Porque sabía que ibas a reaccionar así.
—¿Reaccionar cómo? ¿Cómo una esposa que no quiere un arma en la casa donde duermen sus hijas?
—Sara, ya basta.
—No, Ernesto. No basta. ¿Tú te das cuenta de lo que pasó hoy? ¿De cómo se fue el tipo? No fue por el accidente. Fue porque tenía miedo. Porque te vio. Porque se imaginó que ibas a hacer algo.
—No hice nada.
—Pero ibas a hacerlo. Te vi la mano. Te vi tocarte el arma mientras le gritabas. ¿Eso es lo que querías? ¿Eso es lo que significa sentirse seguro para ti?
Ernesto no respondió.
—Esto no puede seguir así —dije, y esta vez mi voz sí tembló—. No puedo vivir con esto. No quiero que mis hijas crezcan viendo esto.
—Sara, estás exagerando.
—Estoy loca, ¿no? —dije—. Como me dijiste hace un rato.
Bajó la mirada. No lo negó.
—Voy al cuarto —dijo, y se fue.
Me quedé sola en la cocina. Afuera, Caracas seguía siendo Caracas. Pero adentro, en algún lugar que no sabía nombrar, yo también me estaba preparando para dejar algo atrás.
***
El lunes llegó con esa luz gris de Caracas que anuncia un día de calor y polvo.
Me levanté temprano, preparé el café, vestí a las niñas para el colegio y salí a la firma con la cabeza en otro sitio completamente.
No había podido dormir bien desde el regreso de Maracay.
La discusión con Ernesto, el arma, el silencio en el carro...
todo se mezclaba con la imagen de Santiago en la finca, su boca en mi cuello, sus manos en mi cuerpo.
En la oficina, abrí el teléfono. Un mensaje de él.
Santiago:
"¿Cómo amaneciste?"
Sonreí.
Yo:
"Pensando en ti."
Santiago:
"Eso es peligroso."
Yo:
"Lo sé."
Santiago:
"¿Qué haces hoy?"
Yo:
"Trabajar. Mentirle a mi marido. Extrañarte. Lo de siempre."
Santiago:
"¿Te puedo ver?"
Yo:
"Temprano. Antes de que la oficina se llene."
Nos encontramos en un café de Las Mercedes. No duró mucho. Fue un café rápido, apenas para mirarnos, para tocar nuestras manos por debajo de la mesa. Pero no fue suficiente. Ninguno de los dos quería separarse.
—Vamos a un hotel —dije.
Santiago me miró con esa sonrisa suya.
—¿Estás segura?
—No quiero perder ni un segundo más.
El hotel quedaba cerca. Una habitación pequeña con una cama, una ventana que daba a un patio interior y un silencio que nos envolvía. Hicimos el amor como si el tiempo se hubiera detenido. Sin prisa. Sin culpa. Con esa urgencia de quienes saben que estos momentos son prestados.
Tres horas después, volví a la oficina con el cuerpo todavía tembloroso. Pero no era un temblor de placer. Era un temblor de desplazamiento: sentía que mi alma no cabía del todo en mi piel, como si hubiera dejado un pedazo de mí en la sábana del hotel.
Caminaba por el pasillo de la firma y notaba el roce de mi ropa contra mi sexo aún sensible.
Cada paso era un recordatorio de lo que había hecho, de lo que había sido, de lo que ya no podía deshacer.
Mis muslos aún ardían, y sentía la humedad entre ellos, mezclada con el recuerdo de su boca, sus manos, su cuerpo contra el mío.
Me senté frente a mi escritorio y miré la pantalla del ordenador sin verla. Las palabras bailaban ante mis ojos, pero mi mente estaba en otra parte. En el olor de su piel. En el sonido de su respiración. En la forma en que me había susurrado al oído: "Eres mía."
Y lo peor no era el deseo. Lo peor era que, por un momento, había creído que era verdad. Que podía ser suya. Que podía dejar de ser de Ernesto. Que podía empezar de nuevo.
Pero la realidad, fría y gris como la luz de Caracas, me esperaba en el escritorio. Los correos. Los informes. Las llamadas. La vida que había construido y que ahora sentía como una prisión.
Apoyé la cabeza en las manos y cerré los ojos. Sentí el latido de mi corazón, aún acelerado. Sentí el ardor en mis labios por sus besos. Sentí el vacío en mi pecho por saber que, aunque acababa de estar con él, ya lo extrañaba.
—Sara, ¿estás bien? —preguntó una voz a mi lado.
Levanté la cabeza. Era Daniela, con una taza de café en la mano y una mirada de preocupación.
—Sí —mentí, forzando una sonrisa—. Solo cansada.
Pero no era cansancio. Era la certeza de que ya no podía volver atrás. Y de que, tarde o temprano, el precio por haber cruzado esa línea iba a llegar.
El jueves, volví a verlo. Llegué tarde a casa. Ernesto estaba en la sala con las luces apagadas, viendo televisión con el volumen bajo.
—Llegas tarde —dijo, sin mirarme.
—Trabajo. Cerré un caso.
—No me mientas, Sara.
—Ernesto, no quiero discutir.
—Tú nunca quieres discutir. Pero siempre llegas tarde. Siempre estás en otro lado. Siempre con el teléfono en la mano.
—¿Qué quieres que te diga?
—Que quiero saber qué está pasando.
Me quedé callada. Podía haberle dicho la verdad. Podía haberle dicho que ya no lo amaba, que me había enamorado de otro, que el arma en su cintura me había dado más miedo que todo lo que había hecho yo a sus espaldas. Pero no dije nada.
—Voy a dormir, Ernesto. Estoy cansada.
Fui al cuarto. Cerré la puerta. Me quité la ropa, me puse una bata, me acosté y cerré los ojos, pensando en Santiago.
***
Los días pasaron. Me atreví a contarle todo a Daniela. En la cafetería de la firma —ya que no quería que intentara nada sexual conmigo—, con el café tibio entre las manos, le hablé de Santiago. De cómo me hacía sentir. De cómo me miraba. De lo que habíamos hecho en Maracay.
—Sara —dijo Daniela, con esa voz suya que siempre me leía antes de que yo terminara de hablar—. Eso es más peligroso de lo que crees.
—Lo sé. Pero no puedo parar. Siento que lo amo.