El diario de Sara Capítulo VII #5
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Capítulo VII #5

Me miró asombrado. Un segundo. Y entonces me agarró de los dos brazos, con las dos manos, y me besó.

Me resistí.

Con las manos empujé su pecho, con el cuerpo entero traté de apartarme, con lo que quedaba de voluntad intenté no ser lo que ese beso quería que fuera.

Cuando me soltó le lancé una cachetada que sonó más de lo que esperaba, un golpe limpio que resonó en el jardín mojado y que lo hizo girar la cara hacia un lado.

Me miró.

Y me volvió a agarrar.

Y me volvió a besar.

Esta vez no me resistí.

No sé en qué momento exacto la voluntad cayó porque no fue un instante, fue un derrumbe lento de tres segundos en que fui perdiendo cada capa de resistencia una por una hasta que no quedó ninguna,

y cuando no quedó ninguna le pasé los brazos por el cuello y lo besé con una desesperación que llevaba semanas guardada, que llevaba dos reuniones guardada, que llevaba cada noche de balcón y cada chat cerrado sin enviar guardada,

y que salió toda junta en ese beso bajo la lluvia que ya caía sin disimulo.

Sus manos encontraron los botones de mi blusa.

Las mías el cinturón de él.

Nos arrodillamos en el pasto mojado. La tierra estaba blanda y fría bajo mis rodillas, y el agua comenzó a traspasar la tela de mi vestido casi de inmediato, pero no sentí el frío.

Solo sentí la urgencia de sus manos en mi piel.

Después caímos sobre el pasto, sin que ninguno de los dos pareciera tomar la decisión de hacerlo, como si la tierra nos hubiera reclamado desde abajo.

Santiago se recostó en el fango y yo estaba encima de él y entre mis manos su miembro ya libre y caliente y yo que lo guiaba con una urgencia que no tenía nada de delicada, ningún adorno,

ningún preámbulo que no fueran esas semanas de contención acumulada que ahora salían de la única manera en que podían salir.

Lo cabalgué.

Con todo.

Con la lluvia cayendo encima de los dos, con la tierra húmeda bajo sus espaldas y bajo mis rodillas, con el ruido lejano de la fiesta adentro donde nadie sabía nada,

con Valeria adentro con su vestido blanco y su anillo que todavía no había visto y sus planes de boda que no me preguntaron si me parecían bien.

Lo cabalgué con una entrega que no me reconocí, que era más vieja que yo, que venía de algún lugar anterior a los trece años de matrimonio y a los expedientes y a las reuniones de colegio y a todo lo que yo era en el mundo ordenado de adentro.

Sus manos agarraban mis caderas, mis nalgas, con una fuerza que dejaba marca y que yo quería que dejara marca, que quería sentir mañana como prueba de que esto había ocurrido y no lo había soñado.

Las embestidas eran salvajes y las mías también, un ritmo que no buscaba suavidad sino otra cosa, algo más parecido a una respuesta que a un placer, algo que tenía que ver con el anuncio de Ernesto y los aplausos y el champán y el vestido blanco de Valeria y todo lo que ese vestido significaba.

La lluvia arreciaba.

El orgasmo me llegó desde muy adentro, desde un lugar que no había visitado antes, y cuando llegó no fue gradual sino de golpe, una sacudida entera que me dobló sobre él con un sonido que la lluvia cubrió, que agradecí que la lluvia cubriera, y él se vino conmigo o casi conmigo,

lo sentí llenarse y derramarse adentro de mí con una calidez que contrastaba con el agua fría que nos caía encima, y esa contradicción entre el Fervor de él adentro y el frío de la lluvia afuera fue la cosa más intensa que había sentido en mi vida hasta ese momento.

Caí a su lado.

En el fango. En el pasto mojado. Con la ropa empapada pegada al cuerpo y el pelo aplastado contra la cara y la lluvia sin parar encima de los dos.

Me quedé ahí un momento, sin moverme, sintiendo el agua caer sobre mí como si fuera lo más natural del mundo estar tirada en el jardín de una finca con el hombre que se iba a casar con otra.

Me lo imaginé desde afuera, la imagen de los dos ahí, y pensé que debería parecerme patético y no me lo parecía. Me parecía lo único real que había ocurrido en semanas.

Santiago se volteó hacia mí. Me besó en la sien. En la mejilla. En la comisura de la boca. Besos lentos, tiernos, completamente distintos a todo lo que acababa de pasar, como si el mismo hombre que había estado salvaje diez minutos antes hubiera encontrado de repente toda la calma del mundo.

Abrí la boca.

Las palabras salieron antes de que pudiera organizarlas, antes de que pudiera decidir si era el momento o si era una buena idea o si iba a arrepentirme. Salieron solas con la lluvia cayendo encima y él con la boca en mi mejilla.

—Te amo.

No supe si me escuchó. La lluvia era mucha y él no dijo nada y yo tampoco repetí. Lo dejé flotar en el aire mojado entre los dos, ese te amo que quizás llegó y quizás no, que quizás él recibió y guardó en silencio o que quizás la lluvia se llevó antes de que pudiera aterrizar en ningún lado.

***

Nos vestimos.

La ropa mojada pegándose a la piel, los botones resbalosos, los zapatos haciendo un sonido que prefiero no describir.

Nos miramos un momento cuando terminamos, los dos empapados, los dos con tierra en las rodillas, los dos con el peso de lo que acababa de pasar entre nosotros sin haberlo planeado y sin poder deshacerlo.

Santiago no dijo nada.

Yo tampoco.

Nos acercamos a la casa por caminos distintos, con un intervalo de dos minutos entre uno y otro que acordamos sin palabras. Yo entré primero por la puerta de la cocina.

Andrea estaba ahí.

Me vio y se angustió de inmediato, con esa expresión de quien ve algo alarmante.

—Sara, ¿qué pasó? Estás empapada.

—Salí a caminar cerca —dije. La voz me salió serena. Siempre me sorprendía eso—. Me agarró la lluvia. No me di cuenta de lo que estaba cayendo.

Andrea me miró un segundo más de lo cómodo. Después asintió y fue a buscar una toalla. Yo subí las escaleras antes de que regresara, con la preocupación instalada de que alguien notara que Santiago también había estado afuera, contando los minutos, calculando si el intervalo había sido suficiente.

El cuarto que nos habían dado tenía baño adentro. Lo agradecí con una intensidad desproporcionada. Metí la ropa mojada en una bolsa plástica que encontré en la maleta, la até bien, la puse en el fondo. Entré a la ducha.

El agua caliente me cayó encima y cerré los ojos.

Me abracé a mí misma bajo el chorro. No como gesto dramático sino como algo que el cuerpo pidió solo, ese abrazo que uno se da cuando necesita contener algo que de otra forma se dispersa.

Pensé en el fango. En la lluvia. En sus manos en mis caderas.

En el te amo que había dicho sin decidirlo y que quizás nadie había escuchado.

Salí. Me vestí con ropa de dormir. Me metí en la cama.

El sueño me llegó antes de lo que merecía, rápido y profundo, con Santiago en la cabeza como lo único que existía en ese momento.

Eran las dos de la mañana cuando escuché la puerta.

Ernesto entró con esa torpeza cuidadosa de los hombres que han bebido y no quieren que se note. Se desvistió en la oscuridad. Se metió en la cama. Buscó mi cuerpo con las manos con esa familiaridad de trece años que no necesita encender ninguna luz.

—Ven —murmuró.

—Duerme, Ernesto —dije—. Ya es tarde.

—Sara...

—Duerme.

Soltó el aire. En dos minutos estaba dormido.

Lo escuché respirar en la oscuridad, ese ritmo tranquilo y sin culpa de un hombre que había brindado con champán por la boda de su mejor amigo y que en unas horas iba a despertar sin saber nada de lo que había ocurrido afuera en el jardín mientras llovía.

Lo miré en la penumbra.

El cargo de conciencia que sentí no fue por haberme entregado a otro.

Eso también estaba ahí, pero no era lo más pesado.

Lo más pesado era otra cosa, más específica, más difícil de sostener: que ese otro era uno de los hombres que Ernesto más quería en el mundo.

Que había sido el otro lado de una amistad de muchos años que Ernesto cargaba con la seriedad con que cargaba pocas cosas.

Y que yo me había enamorado de él.

Eso también era verdad. Lo había dicho en voz alta bajo la lluvia y seguía siendo verdad aquí adentro, en la oscuridad del cuarto, con Ernesto dormido a mi lado.

No era el deseo solamente, no era la adrenalina ni los meses de tensión acumulada.

Era algo más viejo y más hondo que todo eso, algo que llevaba creciendo desde antes de que yo quisiera verlo y que esa noche, en el jardín, había encontrado finalmente su nombre.

Me enamoré de Santiago.

Del mejor amigo de mi marido.

Del padrino de mi hija.

Del hombre que se iba a casar con otra.

Me quedé mirando el techo hasta que Caracas empezó a aclarar por los bordes de la cortina y el sueño volvió a llevarme, tarde, sin piedad, con todo eso cargado encima y sin ningún lugar adonde ponerlo.