El diario de Sara Capítulo VII #4
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Capítulo VII #4

Estaba de pie junto a la barra de Raúl con una copa en la mano, riéndose de algo. Y Valeria estaba a su lado, con un vestido verde que le quedaba demasiado bien, y Santiago tenía una mano apoyada en su espalda con esa naturalidad de quien no está pensando en lo que hace porque no necesita pensarlo.

Lo saludé. Me dio un beso en la mejilla. Me miró un segundo, solo un segundo, con esos ojos verdes que yo conocía demasiado bien, y después siguió con la conversación como si nada. Como si yo fuera la esposa de Ernesto y nada más. Que era exactamente lo que yo le había pedido que hiciera.

Me senté. Pedí vino. Sonreí en los momentos correctos.

Y lo observé toda la noche.

No quería observarlo. Me lo prohibí tres veces durante la cena con una precisión casi clínica: deja de mirarlo, Sara, come, responde lo que te preguntaron, pasa el pan.

Pero la mirada volvía sola, como vuelven siempre las cosas que uno prohíbe, con esa terquedad específica de lo que el cuerpo quiere aunque la cabeza haya decidido otra cosa.

Santiago con Valeria era distinto a como yo lo conocía.

Más suave. Más atento. Le servía el vino sin que ella lo pidiera.

Le decía algo al oído que la hacía reír con esa risa suya fácil y yo no podía escuchar qué era y eso me resultaba insoportable de una manera que no tenía ningún nombre decente.

En un momento ella apoyó la mano en su brazo para contarle algo a la mesa y él puso la suya encima, sobre los dedos de ella, sin dejar de mirar a quien hablaba, con esa naturalidad de los gestos que ya son costumbre.

Sentí una rabia que me subió por la garganta como algo físico.

Una rabia irracional, injusta, que yo misma sabía que no tenía ningún derecho a sentir.

Yo le había dicho que terminara. Yo había tomado la decisión.

Yo había escrito es definitivo y él había escrito de acuerdo y eso era lo que había pedido.

Y sin embargo mirarlo ahí, con la mano encima de la de ella, me provocó algo que en otro contexto no habría podido nombrar y que esa noche, sentada en la mesa de Raúl con la copa a medio terminar, nombré sin dificultad: me provocaba arrancarle los cabellos a Valeria y decirle,

con una claridad que me hubiera dado vergüenza en cualquier otro momento, que ese hombre era mío.

Que era mío aunque yo misma le hubiera dicho que no.

Que era mío aunque nunca hubiera sido mío del todo.

Fue Andrea la que me sacó del pensamiento.

—Sara, ¿estás bien? —me dijo, con esa voz suya baja que usaba cuando quería que solo la escuchara yo—. Estás como ida. Algo te turba.

La miré. Andrea me conocía de años. No era el tipo de mujer que hacía preguntas por cortesía.

Sonreí. La sonrisa correcta, la de siempre.

—Son ideas tuyas —dije—. Estoy un poco estresada con el trabajo. Tenemos un caso complicado que no termina de resolverse. Pero estoy bien.

Andrea me estudió un segundo más de lo que me gustó. Después asintió y volvió a la conversación general. Yo volví a mi copa.

No lo miré más esa noche.

O me lo propuse con suficiente fuerza como para que funcionara durante el tiempo que faltaba.

***

La segunda vez fue un almuerzo del domingo.

Casa de la mamá de Ernesto, que una vez al mes reunía a todo el mundo alrededor de una mesa que siempre tenía más gente de la que cabía y más comida de la que nadie podía terminar.

Santiago apareció tarde, con Valeria, con una bolsa de vino y esa sonrisa suya de quien llega sin culpa a ningún sitio.

Ernesto lo abrazó. Los niños corrieron hacia él porque Santiago era el tipo de hombre al que los niños corrían, no sé exactamente por qué, algo en la manera que tenía de agacharse a su altura y hablarles como si lo que decían importara de verdad.

Valentina fue de las primeras.

—¡Padrino! —gritó desde el pasillo.

Y Santiago se agachó, la levantó en brazos, la hizo girar, y Valentina se rió con esa risa entera que tienen las niñas cuando algo les parece lo mejor del mundo.

Él le dijo algo al oído. Ella se rió más.

Le dio un beso en la mejilla con una sonoridad exagerada y él hizo un gesto de quien acaba de recibir la mejor cosa de la semana.

Yo lo vi desde la puerta de la cocina.

Lo vi con mi hija en brazos, riéndose, siendo exactamente el hombre que siempre había sido para ella, y sentí las dos cosas al mismo tiempo en una mezcla que no tenía nombre: la ternura de verlo así y la rabia de seguir sintiendo lo que sentía cuando ya había decidido no sentirlo.

Las dos cosas juntas, apiladas, sin cancelarse.

Valeria los fotografió con el teléfono.

Sonriendo.

Archivando la imagen.

Entré a la cocina. Ayudé a servir. Hablé con la mamá de Ernesto de cosas que no recuerdo. Comí lo que había en mi plato sin saber qué era.

En el trabajo, los días que siguieron, todo me irritaba.

La asociada que entregaba los informes con un margen mal puesto.

El café de la mañana que siempre estaba o muy caliente o frío.

El cliente que llamaba dos veces en una hora para preguntar lo mismo con palabras distintas.

Daniela me preguntó qué me pasaba y le dije que nada, estrés, el caso que no cerraba, y Daniela me miró con esa atención suya y no dijo más pero tampoco se convenció del todo.

Hubo momentos en que el teléfono me pesaba en el bolsillo como algo vivo.

Momentos en que abría el chat, veía el último mensaje de Santiago — "Está bien, Sara. Está bien." — y ponía el dedo sobre el teclado y me quedaba ahí, quieta, sin escribir nada, durante un tiempo que no medía.

Después cerraba la pantalla.

Y seguía con lo que tenía que seguir.

Con todo el dolor de su alma, que era una frase que me había parecido siempre exagerada y que esa semana entendí por primera vez desde adentro.

***

La invitación llegó el jueves. Una cena en la finca de los padres de Raúl, en Aragua, para celebrar no sé bien qué. Ernesto me lo dijo al teléfono, distraído. No le pregunté quién más iba. No quería saberlo. Pero lo sabía igual.

Cuando llegamos, Santiago ya estaba adentro. Y cuando Ernesto golpeó el borde de la copa, supe que algo iba a pasar.

El anuncio lo hizo Ernesto

Eso fue lo primero que me sorprendió, que fuera Ernesto.

Santiago estaba a su lado, con esa copa en la mano y esa expresión suya de quien está cómodo en cualquier sitio, y fue Ernesto el que se puso de pie y golpeó el borde de la copa con un tenedor y dijo, con esa voz suya de hombre que anuncia cosas buenas,

que Santiago tenía algo que compartir con todos.

Santiago se levantó.

Sonrió.

Y anuncio que él y Valeria se iban a casar.

El comedor estalló. Aplausos, gritos, las bromas de siempre que los hombres hacen en esos momentos: por fin te capturaron, ya era hora, bienvenido al club.

Raúl se levantó a abrazarlo. Ernesto también.

Valeria estaba radiante con ese vestido blanco que en ese momento entendí que no era casualidad, que ella lo había sabido desde que llegó a esa finca, que había llegado vestida de lo que iba a ser.

Yo aplaudí.

No sé cómo lo hice pero lo hice. Las manos moviéndose solas, el gesto correcto en el momento correcto, la cara construida sobre algo que por dentro se estaba hundiendo con una lentitud que era casi elegante, como se hunden las cosas pesadas en el agua quieta.

Brindamos. El champán llegó de algún lado. Levanté la copa. La llevé a los labios. Bebí.

Ella no puede llevarse a mi Santiago.

El pensamiento llegó con esa claridad brutal que tienen los pensamientos que uno no autorizó. Lo identifiqué. Lo reconocí. Y no pude hacer nada con él porque era verdad y era mío y estaba ahí, instalado en el centro del pecho con la firmeza de las cosas que no piden permiso.

***

En algún momento de la siguiente media hora me levanté de la mesa.

No dije nada. Nadie me estaba mirando. Salí por la puerta lateral que daba al jardín de la finca y caminé hacia los árboles, hacia donde la luz de adentro no llegaba del todo, donde el ruido de las risas y las bromas se convertía en un murmullo lejano y manejable.

Estaban cayendo gotas pequeñas. Lo suficiente para sentirlas en los hombros, en el pelo, sin ser todavía una lluvia de verdad.

El pasto olía a tierra húmeda y a algo verde que no supe nombrar.

Caminé sin dirección particular, siguiendo el borde del jardín donde había una hilera de arbustos altos que separaban la parte arreglada de la finca del potrero que venía después.

Las lágrimas me llegaron sin aviso.

No fueron las que uno produce cuando decide llorar.

Fueron las otras, las que salen solas sin consultar, sin drama, sin el gesto previo.

Las sentí en la cara mezcladas con las gotas de la lluvia y por un momento esa mezcla me pareció casi misericordiosa, que la lluvia cubriera lo que yo no podía contener.

Ella no puede llevárselo.

Pero podía. Valeria podía llevárselo porque Santiago se lo había permitido.

Porque Santiago había dicho que sí a esa pregunta que yo nunca le había hecho.

Porque yo le había dicho que terminara y él había dicho de acuerdo y había salido y había encontrado a alguien a quien decirle que sí a la pregunta que importaba.

Sentí la mano en el hombro antes de escuchar los pasos.

Me volteé sobresaltada.

Santiago.

Estaba ahí, con la camisa todavía sin la primera gota encima porque acababa de salir, mirándome con esa expresión suya que no era de lástima sino de algo más complicado que la lástima.

—Te vi salir —dijo—. ¿Qué haces aquí si está lloviendo? Vamos adentro.

—Voy cuando me dé la gana —dije. La voz me salió más áspera de lo que pretendía—. Regresa con tu futura esposa. Te puede echar de menos.

Se quedó quieto un momento.

—Sara, no te entiendo. Tú me corriste.

—No me importa lo que hagas con tu vida. —Las gotas caían más seguidas ahora, empezando a ser lluvia de verdad—. No me importa lo que hagas con tus putas. No me debes ninguna explicación.

—Anda, vamos a la casa. —Extendió la mano agarrando mi brazo.

No sé qué ocurrió en ese segundo. No tengo una explicación racional para lo que hizo mi cuerpo porque no fue una decisión, fue un reflejo, fue algo que salió de un lugar más viejo y más hondo que la razón. Me solté con una violencia que lo sorprendió a él y que me sorprendió a mí.

—¡Suéltame, desgraciado!