Capítulo VII #3
Nos vestimos en silencio. Daniela con esa eficiencia suya que yo admiraba y que a veces me resultaba dolorosa, como si lo que acababa de pasar fuera una cosa que uno simplemente ordena y guarda.
Yo me abroché la camisa mirando el espejo pequeño detrás de la puerta. Me arreglé el pelo. Me revisé la cara.
Daniela se puso la chaqueta. Me miró.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Segura?
—Segura.
—Esto hay que arreglarlo, Daniela —dije, mientras me ajustaba la blusa—. No puedo contarte nada porque siempre terminamos cogiendo.
Daniela puso cara de seria, pero no pudo aguantar la risa.
—Contigo no se puede —dije yo, negando con la cabeza.
—¿Y eso es malo? —preguntó ella, con una media sonrisa.
—No sé si es malo. Pero tienes que madurar.
—Humm, eres aburrida. ¿O no me vas a decir que así es más divertido?
No aguanté a pesar de mi seriedad y me reí. Ella también. No había mucho más que decir.
Eché el seguro para atrás. Abrí la puerta.
El pasillo estaba lleno de gente. Dos asociados caminando con expedientes. La recepcionista hablando por teléfono. Una paralegal buscando algo en el archivero. Todo normal. Todo exactamente como debería estar.
Nadie me miró dos veces.
Caminé hacia mi oficina con los pasos de siempre, con la cara de siempre, con esa capacidad que había desarrollado en el último año de sostener una cara normal sobre una vida que no lo era. Cerré mi puerta. Me senté en el escritorio.
Abrí el teléfono.
Había un mensaje de Santiago de hace cuarenta minutos.
"¿Cómo va la tarde?"
Lo miré un momento. Sonreí a pesar de todo. Después escribí:
"Bien. Más interesante de lo que esperaba."
Guardé el teléfono. Abrí el expediente que tenía pendiente. Y la tarde siguió siendo una tarde normal de lunes en una firma de abogados del centro de Caracas.
***
Ese día en que lo vi con claridad.
No fue un momento dramático. No fue una revelación con truenos ni nada que se pareciera a lo que uno imagina cuando piensa en el momento en que una persona finalmente ve lo que no quería ver.
Fue un martes ordinario, a media tarde, esperando el ascensor en el estacionamiento de la firma con las llaves en la mano y la cabeza en ningún lugar específico.
El ascensor tardó. Y en esos cuarenta segundos de espera, sin teléfono, sin expediente, sin nadie que me exigiera nada, el pensamiento llegó solo y se instaló con una precisión que no admitía matices.
Santiago había bautizado a Valentina.
Eso fue todo lo que pensé. Esa sola frase, esa sola imagen: Santiago con mi hija en brazos, con la blusa blanca de ella manchándosele el hombro de la vela, riéndose de algo que le dijo el padre mientras el agua le caía por la frente a Valentina y ella arrugaba la nariz.
Ernesto tomándole fotos. Mi mamá llorando en la primera fila porque mi mamá llora en todos los bautizos independientemente de quién sean.
El ascensor abrió.
Entré. Bajé. Salí al estacionamiento.
Y durante el trayecto a casa, en el taxi que tardó veinte minutos en aparecer, fui con esa claridad incómoda de quien acaba de ver algo que no puede deshacer.
No era solo que Santiago fuera amigo de Ernesto.
Eso lo sabía desde el principio, lo había catalogado, lo había puesto en la columna de los riesgos y lo había dejado ahí mientras el resto ocurría.
Lo que no había calibrado bien, lo que en algún momento había decidido no calcular porque el cálculo no me convenía, era la dimensión real de ese vínculo.
Santiago no era un amigo de trabajo ni un conocido de los domingos.
Era el hombre que estuvo en la clínica cuando nacieron las dos niñas.
Era el que llamaba a Ernesto a las tres de la mañana cuando se le murió el papá y Ernesto se vistió y salió sin que yo pudiera decir nada porque ese era el tipo de amistad que uno no detiene. Era el padrino de mi hija menor.
Cualquier grieta en esto no rompía algo entre Santiago y yo.
Rompía todo.
Lo pensé esa noche mientras hacía la cena.
Lo pensé mientras les revisaba los cuadernos a las niñas.
Lo pensé mientras Ernesto me contaba algo del banco que yo asentía sin escuchar.
Lo pensé con esa frialdad que a veces me llegaba cuando el problema era demasiado serio para abordarlo con otra cosa que no fuera frialdad.
Cuando las niñas se durmieron y Ernesto se fue al cuarto, me senté en el balcón.
No saqué el teléfono de inmediato. Estuve un rato mirando las luces del Ávila, dejando que la ciudad hiciera lo que a veces hacía cuando yo la dejaba: ordenarme los pensamientos sin pedírselo.
El Ardor de noviembre. El ruido sordo de Caracas.
El olor a lluvia que todavía quedaba del aguacero de la tarde.
Cuando finalmente abrí el chat, escribí directo, sin preámbulo.
Yo:
"Necesito decirte algo."
Los tres puntos aparecieron enseguida.
Santiago:
"Dime."
Yo:
"Esto tiene que terminar."
Un silencio. Más largo que los habituales.
Santiago:
"¿Qué cosa específicamente?"
Yo:
"Todo. Los mensajes. El resto. Todo."
Santiago:
"¿Por qué?"
Yo:
"Porque eres el mejor amigo de Ernesto. Porque bautizaste a Valentina. Porque si esto sale a la luz no rompe solo mi matrimonio, rompe algo que lleva muchos años construido entre dos personas que se quieren de verdad. Y tú lo sabes tan bien como yo."
Otro silencio. Más largo todavía.
Santiago:
"Lo sé."
Yo:
"Entonces entiendes por qué."
Santiago:
"Entiendo por qué lo dices. No significa que esté de acuerdo."
Me recosté en la silla. La pantalla iluminando apenas mis manos en la oscuridad del balcón.
Santiago:
"La estamos pasando bien, Sara. Los dos. No me digas que no."
Yo:
"Eso no es el punto."
Santiago:
"Entonces cuál es el punto. Porque lo del riesgo siempre existió y nunca fue cero y los dos lo sabíamos desde el principio."
Yo:
"El punto es que hay un límite para lo que estoy dispuesta a arriesgar. Y ese límite no es solo yo. Es Ernesto. Es lo que tú y él tienen. Todos los años de amistad que tú estás traicionando cada vez que me escribes. ¿Lo has pensado así alguna vez?"
Los tres puntos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron. Desaparecieron de nuevo.
Santiago:
"Sí. Lo he pensado."
Yo:
"¿Y?"
Santiago:
"Y lo pienso y después te escribo igual. No sé qué decirte, Sara. Así estoy."
Cerré los ojos un momento. La honestidad de esa respuesta me hizo algo que no esperaba. No me calmó. Me lo complicó todo más, que era probablemente lo que hacía siempre la honestidad en los momentos inconvenientes.
Yo:
"Pues tienes que dejar de escribirme. Los dos tenemos que parar."
Santiago:
"Solo necesitamos más cuidado. Lo de la pantaleta fue exceso, lo admito. Pero podemos ser más cuidadosos."
Yo:
"No se trata de cuidado. Se trata de que le estás haciendo un daño que no tiene reparación a tu mejor amigo. Si Ernesto se entera no es algo que se arregla. No es una pelea. Es el fin de años. ¿Eso lo estás poniendo en la balanza?"
Un silencio largo. El más largo de la noche.
Santiago:
"Sí."
Yo:
"¿Y aun así?"
Santiago:
"Aun así no quiero parar. Eso es lo que hay. No te voy a mentir."
Me quedé mirando la pantalla. Caracas abajo, el Ávila al fondo, el ruido sordo de siempre.
Pensé en Ernesto en el cuarto, probablemente ya dormido, con la franela vieja y el pelo revuelto de un lado.
Pensé en Valentina preguntando por el padrino el mes pasado porque quería que fuera a su obra del colegio.
Pensé en lo que estaba construyendo y en lo que podía perder y en que esas dos cosas no tenían ninguna equivalencia posible.
Yo:
"Pues yo sí quiero parar. Y necesito que lo respetes."
Un silencio.
Santiago:
"¿Es definitivo?"
Yo:
"Sí."
Santiago: "De acuerdo."
Solo eso. Dos palabras. Sin argumento adicional, sin intento de convencerme de nuevo. Como un hombre que acepta una decisión que no comparte pero que reconoce que no es suya.
Yo:
"Gracias."
Santiago:
"No me des las gracias."
Yo:
"Santiago."
Santiago:
"Está bien, Sara. Está bien."
Cerré el chat.
Me quedé en el balcón todavía un rato, con el teléfono apagado en el regazo y las luces de Caracas haciendo lo de siempre, que era existir sin pedirle permiso a nadie.
Esperaba sentir algo concluyente. Alivio, quizás, o esa paz específica de las decisiones correctas. No llegó ninguna de las dos cosas.
Lo que llegó fue más parecido al frío.
Entré al apartamento. Cerré el balcón. Fui al cuarto en la oscuridad, me metí en la cama sin encender nada, me recosté de lado con los ojos abiertos hacia la ventana.
Ernesto respiraba tranquilo a mi espalda.
Pensé en las dos palabras de Santiago. De acuerdo. La brevedad de eso. Lo que cabía y lo que no cabía en dos palabras dichas por un hombre que media hora antes me había dicho que no quería parar.
No me dormí en mucho tiempo.
Estuve ahí, quieta, con los ojos en la franja de luz que entraba por debajo de la cortina, escuchando a Ernesto dormir con esa tranquilidad de quien no sabe nada, de quien tiene su mundo intacto,
de quien mañana va a levantarse y llamarle a su mejor amigo para preguntarle si quiere ver el partido del domingo.
Y yo iba a estar ahí también.
Sirviendo el café. Revisando los cuadernos de las niñas. Siendo la mujer que siempre había sido en esta casa.
Solo que ahora sabía algo que antes no sabía sobre lo que era capaz de hacer.
Y eso, pensé mientras Caracas seguía encendida afuera sin pedirle permiso a nadie, eso no tenía reversa.
***
La primera vez fue en casa de Raúl.
Una cena de esas que empiezan a las ocho y terminan pasada la medianoche porque el vino es bueno y nadie tiene ganas de ser el primero en levantarse.
Éramos ocho: Raúl y Andrea, Santiago y Valeria, otro matrimonio amigo de Ernesto del banco, y nosotros.
Mesa larga en el comedor de Raúl, las velas que Andrea siempre ponía aunque no hiciera falta, la música baja de fondo que nadie escuchaba pero que llenaba los silencios.
Yo sabía que iba a estar.
Me lo había dicho Ernesto en el carro, de pasada, mientras buscaba estacionamiento. Va a estar Santi también, con la novia esa. Lo dijo sin ninguna carga, como quien menciona el clima. Yo asentí. Miré por la ventana. El corazón me hizo algo que no le pedí que hiciera.
Cuando llegamos, Santiago ya estaba adentro.