Capítulo VII #2
Y seguí. Le di detalles. Le conté cómo había sido verlos, la posición, el momento en que Santiago me había mirado a mí en lugar de mirar a Valeria, como si lo que estaba haciendo fuera para mí aunque no fuera conmigo.
Le conté lo que eso me había hecho por dentro.
Las palabras salían con una precisión que me sorprendía, como si hubieran estado esperando salir desde el principio y solo hubieran necesitado el oído correcto.
Fue en algún punto de ese relato cuando noté que Daniela había bajado la mano.
Despacio. Sin drama. Con esa naturalidad suya para las cosas del cuerpo que a mí siempre me había descolocado un poco. La mano derecha había encontrado su propio pecho por encima de la blusa, y la izquierda bajaba ahora por el muslo con una lentitud que no pretendía esconderse.
Me detuve.
—¿En serio, Daniela?
Ella levantó la vista. No paró.
—Sigue —dijo.
—No, en serio. Eso puede ser un problema para mí, que estás haciendo eso mientras te cuento.
—¿Por qué?
—Porque...
—Sara. —Su voz era la de siempre, tranquila, sin fisuras—. Llevas semanas cargando esto sola. Lo estás contando y tu cuerpo está respondiendo igual que el mío. No finjas que no.
Tenía razón. Lo sabía desde que había empezado a hablar. La humedad que sentía no era de ahora, era de todo el relato, de cada detalle que había puesto en palabras, del hecho de decirlo en voz alta por primera vez.
Daniela se levantó del escritorio.
—Es que es demasiado —dijo.
Y me besó.
El beso de Daniela siempre era distinto al de los hombres.
Era más lento al principio, más consciente, como si ella supiera exactamente lo que estaba haciendo y quisiera que yo también lo supiera.
Me besó con la boca suave, sin urgencia, con las dos manos en mi cara, y yo cerré los ojos y dejé que el peso de las semanas se disolviera un poco en ese contacto.
Afuera, en el pasillo, alguien pasó caminando. Los tacones resonaron en el piso de cerámica y se alejaron hacia el ascensor. Ninguna de las dos se movió.
Cuando nos separamos, Daniela me miró.
—La puerta tiene seguro —dijo.
—Lo sé —dije.
Daniela se quitó la chaqueta. La dobló con esa precisión suya y la dejó sobre la silla. Debajo llevaba una blusa de seda color crema, sin mangas, que yo le había visto muchas veces en reuniones de clientes y que nunca me había parecido tan cargada como en ese momento.
Me acerqué a ella. Le desabroché la blusa despacio, botón por botón, con los dedos que me temblaban un poco, no de miedo sino de la anticipación específica de algo que se ha esperado y que finalmente llega.
Ella me dejó. Me miró mientras yo lo hacía con esa calma suya que era también una forma de deseo.
Cuando la blusa cayó, le desabroché el sostén por detrás. Lo deslicé por los hombros. Y la piel de Daniela, esa piel blanca con las pecas que yo conocía de memoria, apareció en la luz fría de la oficina como algo que no debería estar ahí y que precisamente por eso era irresistible.
Ella me desabotonó la camisa. Me la quitó.
Me desabrochó el pantalón con una eficiencia que me hizo reír bajito, esa risa chica de las situaciones que uno no había planeado y que ocurren con una lógica propia.
Me lo bajó. Lo recogió del suelo y lo dejó doblado encima de su chaqueta con un cuidado que en otro momento me hubiera parecido gracioso.
Quedamos las dos en ropa interior en su oficina, con la luz blanca del techo, con el ruido del pasillo filtrándose por debajo de la puerta, con Caracas visible por la ventana alta que daba a un patio interior.
Daniela me miró de arriba abajo con esa atención que tenía para mirar las cosas que le importaban.
—En el sofá —dijo.
El sofá de su oficina era de cuero oscuro, de dos cuerpos, el que tenía para las reuniones largas con clientes.
Nos sentamos. Nos besamos otra vez, esta vez con más urgencia, con las manos ya moviéndose.
Daniela me bajó el tirante del sostén, me besó el hombro, la clavícula, el pecho.
Yo me aferré a su pelo con una mano y con la otra busqué su espalda, el Fervor de su piel, la suavidad que siempre me descolocaba porque era distinta a la de cualquier hombre.
Nos recostamos en el sofá. Daniela encima de mí primero, besándome el cuello, mordiéndome el lóbulo con una suavidad que me sacó un sonido que ahogué apretando los labios.
Afuera alguien habló en el pasillo. Una voz de hombre, breve, que decía algo sobre una reunión.
Las dos nos quedamos quietas un segundo.
La voz se alejó. Daniela levantó la cabeza y me miró con una media sonrisa.
—¿Sigues? —murmuró.
—Sí —murmuré yo.
Me bajó la ropa interior despacio. Yo le bajé la suya. Y entonces sus dedos encontraron el camino que conocían, ese camino que ella había aprendido hace meses con una paciencia de cartógrafa, y que recorría ahora sin dudar, con la precisión de quien sabe exactamente dónde está lo que busca.
Dos dedos. Despacio al principio, sintiendo la humedad que ya estaba ahí acumulada desde el relato, desde las semanas, desde todo lo que llevaba sin resolverse.
Los movió hacia adentro con una curva suave que me hizo arquear la espalda contra el cuero del sofá.
El cuero frío contra mi espalda desnuda y los dedos de Daniela calientes adentro de mí era una contradicción que me recorrió entera.
Ella me miraba mientras lo hacía. Eso siempre me había gustado de Daniela, que miraba. Que no cerraba los ojos ni miraba al techo. Que me miraba a mí, con esa atención que era también una forma de posesión.
Moví las manos hacia ella. Encontré su clítoris con el pulgar, húmeda ya, con esa temperatura específica del deseo que lleva rato esperando. Ella soltó el aire por la boca, un sonido pequeño y contenido, y apoyó la frente contra la mía.
Nos movimos juntas en el silencio de la oficina, con el ruido del pasillo de fondo, con la ciudad visible por la ventana alta.
Los dedos de Daniela se movían en círculos dentro de mí, profundos y lentos, mientras el pulgar presionaba el clítoris con una cadencia que yo ya conocía y que sabía exactamente a dónde me llevaba.
Yo hacía lo mismo con ella, siguiendo su ritmo, dejando que los dos cuerpos se coordinaran solos como siempre lo hacían, sin instrucciones, sin palabras.
En algún momento Daniela bajó la cabeza, me besó el pecho, el pezón, con la lengua caliente y lenta, y después siguió bajando.
Cuando su boca llegó entre mis piernas y su lengua encontró el clítoris en círculos lentos y precisos sin dejar de mover los dedos adentro de mí, yo cerré los ojos y apreté la mandíbula.
El calor se concentraba en el centro, se acumulaba, subía por las piernas y volvía, más denso cada vez.
Los dedos de Daniela se curvaron buscando ese punto que ella conocía de memoria y que cuando encontraba me hacía doblar las rodillas.
Lo encontró. Las paredes de mi vagina se contrajeron alrededor de sus dedos con una fuerza que me sorprendió a mí misma.
Y entonces los pasos volvieron al pasillo.
Más cercanos esta vez. Una conversación entre dos personas que se detenían justo afuera de la puerta. Una voz que yo reconocí como la de una de las asociadas preguntando algo sobre un expediente. La otra voz respondiendo, más alta de lo normal.
Los dedos de Daniela no pararon. La lengua tampoco.
Yo me mordí el labio con una fuerza que dolió un poco.
Las voces seguían afuera. La manija no se movió, el seguro estaba echado, y yo lo registré con la parte racional del cerebro que seguía funcionando aunque el resto estuviera en otro sitio completamente.
Las voces. Los dedos. La lengua. El sofá de cuero.
La luz blanca de la oficina. Daniela sin parar.
El orgasmo llegó sin anuncio.
Fue una oleada larga que me sacudió desde el centro hacia afuera, un espasmo que me dobló la espalda, y antes de que pudiera detenerlo un sonido me salió de la garganta.
Pequeño. Ahogado a medias. Pero real. Un grito corto que se me escapó entre los labios apretados y que rebotó contra las paredes de la oficina con una claridad que me pareció brutal.
Me tapé la boca con la mano.
Las voces afuera se callaron un segundo.
El corazón me latía en los oídos. Daniela se había quedado quieta, los dedos todavía adentro, mirándome con los ojos abiertos. Las dos inmóviles, conteniendo la respiración, escuchando.
Una de las voces dijo algo en voz baja. La otra respondió con una risa breve. Y los pasos se alejaron por el pasillo hasta desaparecer.
El silencio volvió.
Daniela exhaló despacio. Yo también.
Después ella se recostó a mi lado en el sofá, que apenas nos cabía a las dos, y me pasó un brazo por la cintura. Yo todavía sentía los temblores pequeños del orgasmo apagándose en las piernas.
—¿Nos escucharon? —susurré.
—No —dijo ella. Una pausa—. Probablemente no.
—Daniela.
—Estaban hablando de un expediente. No estaban pensando en nosotras.
Me quedé mirando el techo. La lámpara blanca. El falso cielo raso perfectamente alineado. El mundo ordenado y profesional de una firma de abogados que seguía existiendo al otro lado de esa puerta como si nada hubiera pasado adentro.
Después de un momento me giré hacia ella. Le pasé la mano por el vientre, bajé despacio, y ella abrió las piernas sin decir nada. La toqué con los dedos, encontré el ritmo que ella necesitaba, y la vi cerrar los ojos por primera vez en toda la tarde.
Su orgasmo fue más silencioso que el mío. Un temblor largo, contenido, con la boca apretada y las manos aferradas al borde del sofá, y cuando terminó soltó el aire lentamente como quien suelta algo que llevaba rato cargando.
Nos quedamos un momento en silencio.
Después Daniela dijo, con la voz tranquila de siempre:
—Tengo una reunión en veinte minutos.
—Lo sé.
—Tenemos que vestirnos.
—Lo sé también.
Ninguna de las dos se movió todavía.
Afuera el pasillo volvió a llenarse de pasos normales, de voces de trabajo, del ruido de una firma de abogados a media tarde. El mundo de afuera siguiendo su horario sin saber nada de lo que acababa de ocurrir en esta oficina con seguro echado y sofá de cuero y ventana que daba a un patio interior.