El diario de Sara Capítulo VII
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Capítulo VII

Había noches en que me sentaba en el balcón con el teléfono y perdía la noción del tiempo.

No era nuevo. Muchas veces me quedaba en el balcón, mirando las luces de Caracas apilarse en el Ávila, dejando que el ruido sordo de la ciudad llenara el silencio que no siempre quería llenar yo misma.

Pero antes el balcón era un lugar de descanso.

Ahora era otra cosa. Era el único rincón del apartamento donde podía escribirle a Santiago sin sentir que las paredes me escuchaban.

Esa noche llevaba cuarenta minutos afuera.

Las niñas dormían. Ernesto estaba en el cuarto revisando algo del banco, lo había visto cuando pasé por el pasillo con el vaso de agua que era mi excusa para salir.

La noche de Caracas estaba tibia, con ese calor pegajoso de noviembre que no termina de irse aunque el reloj diga que ya debería ser fresco.

Tenía el teléfono apoyado en la rodilla, la pantalla inclinada hacia mí, y estaba escribiéndole a Santiago con esa mezcla de concentración y descuido que da la costumbre de hacer algo que uno sabe que no debe.

Llevábamos una hora en el chat.

Habíamos empezado hablando de algo intrascendente, como casi siempre, un artículo que él había leído, un caso que yo había cerrado esa tarde, la anécdota de Valentina en el colegio que yo le había contado porque él siempre preguntaba por las niñas con una atención que todavía me descolocaba.

Y después, como casi siempre, la conversación había derivado sola hacia el otro territorio.

El territorio sin nombre que los dos habitábamos desde hacía semanas y que cada noche se volvía un poco más grande, un poco más difícil de ignorar cuando nos veíamos en el mundo de afuera.

Santiago había escrito, hacía diez minutos, algo que yo había leído tres veces antes de responder.

Le había preguntado, con esa curiosidad que a veces me salía antes de que pudiera filtrarla, si le había dicho algo a Valeria. Si le había explicado de alguna manera que era para mí el acto sexual de ellos dos. De esa noche.

Los tres puntos habían aparecido y desaparecido dos veces antes de que llegara la respuesta.

Santiago: "jajajajaja eso es miedo, Sara?"

Me había reído sola en el balcón. Una risa chica, de las que salen por la nariz.

Yo: "No es miedo", había escrito. "Es curiosidad. Hay una diferencia."

Santiago: "Suena a miedo."

Yo: "Santiago."

Santiago: "Está bien, está bien." Una pausa. "Le dije que era un espectáculo para una amiga. No especifiqué quién."

Lo leí dos veces. Después escribí: "¿Y ella se lo creyó?"

Santiago: "Valeria no pregunta más de lo necesario. Además le encanta que la vean en esas actitudes. Es una de sus virtudes."

Había algo en esa frase que no supe leer del todo.

No era frialdad hacia Valeria, tampoco era cariño.

Era la descripción clínica de una persona que él conocía bien y que ocupaba un lugar definido en su vida, un lugar que yo, sin tener ningún derecho a pensarlo, no podía evitar examinar cada vez que su nombre aparecía en la conversación.

Estaba pensando en cómo responder cuando escuché la puerta del balcón.

No la escuché abrirse.

La escuché cuando ya estaba abierta.

Apagué la pantalla con un movimiento que intenté hacer lento y no lo fue.

El teléfono quedó bocabajo en mi rodilla, con esa torpeza específica de los movimientos que pretenden ser casuales y no lo son, y yo levanté la vista hacia la puerta con una expresión que construí en el segundo y medio que tuve disponible y que esperé que pareciera la expresión de una mujer que

estaba simplemente sentada en su balcón mirando la noche.

Era Ernesto.

Llevaba la franela vieja que usaba para dormir, la azul con el logo de un concierto al que había ido hace diez años y que se había lavado tantas veces que el logo era apenas una sombra.

Tenía el pelo un poco revuelto del lado donde se había apoyado en el respaldo de la cama.

Me miró con esa expresión suya de hombre tranquilo que sale a buscar a su mujer sin ninguna urgencia particular.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí afuera? —dijo. No era una pregunta de sospecha. Era la pregunta de un hombre que había levantado la vista del computador en algún momento y había notado el balcón vacío.

—Un rato —dije. La voz me salió normal. Eso siempre me sorprendía de mí misma, la normalidad de mi voz en los momentos en que menos la merecía.

Ernesto se apoyó en el marco de la puerta. Cruzó los brazos, no con actitud defensiva sino con el gesto de quien tiene frío y se los cruza para darse Fervor. Me miró un segundo, después miró la ciudad. Después me miró a mí otra vez.

—¿Estás bien?

—Sí. Solo quería tomar aire.

Asintió. Y entonces hizo algo que no esperaba: entró al balcón, se puso detrás de mí, y me puso los brazos en los hombros.

Un abrazo de parado, torpe y cálido al mismo tiempo, con su barbilla apoyada en la parte de arriba de mi cabeza.

Olía a la crema que se ponía después de afeitarse, esa crema de siempre que yo conocía desde hacía trece años y que era uno de esos olores que uno asocia con la vida entera y no con una persona sola.

—Está lindo —dijo, mirando las luces.

—Sí —dije.

El teléfono seguía bocabajo en mi rodilla. Debajo de los brazos de mi marido. A diez centímetros de sus manos. Con la pantalla apagada sobre un chat que llevaba una hora construyendo un incendio que Ernesto no sabía que existía.

Me quedé quieta. No me moví. Dejé que el abrazo fuera lo que era: un hombre bueno que salía a abrazar a su mujer en el balcón porque la quería.

Eso era todo lo que era para él. Para mí era otra cosa.

Para mí era los cinco segundos más largos de la semana, con el corazón latiendo en un ritmo que esperaba que él no pudiera sentir a través de la espalda.

Estuvo dos minutos ahí. Después me besó en la cabeza.

—No te quedes mucho más. Mañana es lunes.

—Ya voy —dije.

Entró. La puerta se cerró despacio. Yo me quedé mirando las luces de Caracas con el teléfono todavía bocabajo en la rodilla durante un minuto que no supe cómo medir. Después lo levanté.

La pantalla se iluminó. Los mensajes de Santiago esperaban.

"¿Sigues ahí?"

"¿Sara?"

Los miré. Volví a apagar la pantalla. Me quedé un momento más en el balcón, sola, con la ciudad abajo y el abrazo de Ernesto todavía tibio en los hombros, y pensé en lo que estaba haciendo.

No con culpa. Ya habíamos establecido, el cuaderno y yo, que la culpa no era el problema.

El problema era otra cosa. El problema era la geometría imposible de lo que estaba construyendo: Santiago formaba parte de esta familia.

No como Daniela, que existía en un compartimento separado, en un edificio de Las Mercedes que no tenía nada que ver con La Castellana ni con los domingos en casa de mi mamá ni con el logo viejo en la franela de Ernesto.

Santiago había bautizado a Valentina. Santiago había estado en esta sala.

Santiago le llamaba a Ernesto cuando tenía un problema a las tres de la mañana.

No había distancia segura.

No había compartimento que funcionara.

Cualquier grieta en esto no iba a romper solo algo mío. Iba a romper algo de todos.

Lo sabía. Lo había sabido desde el principio. Y sin embargo ahí estaba, en el balcón, con el teléfono en la mano y el abrazo de mi marido todavía en los hombros, incapaz de no levantar la pantalla otra vez y escribir:

Yo: "Aquí estoy. Ernesto salió a buscarme."

Tres puntos.

Santiago: "¿Todo bien?"

Yo: "Sí", escribí. "Todo bien."

Mentira. Todo bien era la frase más inexacta que tenía. Nada estaba bien. Todo estaba exactamente como yo lo había elegido que estuviera, que era la versión más precisa y más incómoda de la misma cosa.

Entré al apartamento. Cerré el balcón. Fui al cuarto. Me metí en la cama al lado de Ernesto que ya tenía los ojos cerrados. Apagué la lamparita.

En la oscuridad, con el teléfono boca abajo en la mesita de noche, pensé que había un nombre para lo que estaba haciendo.

No era infidelidad solamente. Era algo más específico.

Era vivir en dos sitios al mismo tiempo y creer, con una ingenuidad que me daba vergüenza admitir, que los dos sitios iban a seguir siendo distintos para siempre.

Caracas, en algún momento, siempre se achica.

Y cuando se achica, los mundos paralelos se tocan.

***

Daniela cerró la puerta de su oficina con ese clic seco que yo conocía de memoria.

No era la primera vez que estaba en ese cuarto con la puerta cerrada.

Pero era la primera vez que estaba ahí con algo que contar.

Algo que no había contado a nadie. Algo que llevaba semanas cargando sola y que esa tarde, sin haberlo planeado, había subido por el ascensor de la firma con la certeza de que si no lo decía en voz alta iba a reventar.

Daniela se sentó en el borde del escritorio. Me miró con esa atención suya que no pedía nada, que solo estaba ahí, disponible y quieta.

—Habla —dijo.

—Creo que esto va a escalar más de lo que está y eso va a ser muy peligroso —dije.

Un segundo de silencio. Daniela no se movió. No abrió los ojos más de lo normal, no hizo el gesto de sorpresa que yo esperaba. Solo asintió, muy despacio, como quien confirma algo que llevaba tiempo sospechando.

—Cuéntame.

Y le conté.

Le conté desde el beso en la comisura la noche del asalto.

Le conté el café en la Torre B y la librería y el berrinche de los celos y el "vete a la mierda" y la disculpa y la hora larga de WhatsApp.

Le conté la foto que él había mandado y la que yo había mandado desde el baño, sentada en el borde de la bañera, con el corazón en la boca y el dedo dudando sobre el botón de enviar.

Le conté el balcón de anoche y Ernesto abrazándome por detrás con el teléfono bocabajo en mi rodilla.

Daniela me escuchó sin interrumpirme.

Y después, cuando creí que ya había dicho lo más pesado, le conté lo otro.

Le conté que yo le pedí a Santiago que me dejara verlo con Valeria. Que fue mi idea, mi reto, después de la apuesta de las pantaletas. Que él había aceptado porque me debía un deseo sin condiciones. Y que yo había estado ahí, en un rincón del cuarto, viendo.

Daniela no dijo nada durante varios segundos.

Después abrió los ojos un poco más y soltó una risa chica, casi imperceptible.

—Ve que eres bien pervertida —dijo.

—Daniela.

—A ver, sigue contándome.