Capítulo VI #6
Pero también vi, por primera vez, que detrás de esa decisión no había terquedad.
Había algo más antiguo, más difícil de nombrar.
Había un hombre que se sentía pequeño en un mundo que se había vuelto demasiado grande, y que estaba agarrando lo único que creía que podía devolverle el control.
Y esa imagen —la de mi marido, el hombre tranquilo, el hombre que nunca levantaba la voz, agarrando un arma porque no sabía cómo más protegerse— me partió por dentro de una manera que no esperaba.
Me volteé hacia la ventana. Afuera Caracas ya estaba encendida, el ruido del tráfico subiendo desde la avenida, el sol de lunes golpeando los edificios de enfrente con esa luz blanca y sin compasión de las mañanas de verano. Respiré.
No había nada más que decir. O había demasiado, que viene siendo lo mismo.
Ernesto terminó de anudarse la corbata sin más palabras.
Desayunó de pie, rápido, como hace cuando sabe que el ambiente no da para sentarse.
Le dio un beso en la cabeza a Carolina, que bajó a último momento con la mochila abierta y el uniforme torcido.
Se despidió de mí con un beso en la mejilla que yo recibí quieta, sin voltearme del todo.
La puerta se cerró.
Me quedé en la cocina.
Valentina encontró el zapato. Carolina terminó el jugo.
Las llevé al colegio en silencio, respondiendo sus conversaciones con los sonidos correctos en los lugares correctos, esa capacidad automática que una desarrolla después de años de ser madre y de tener una cabeza que va por un lado mientras el cuerpo conduce y firma cuadernos y dice sí mija y hasta
luego mija y que te vaya bien.
Las dejé en la entrada del colegio. Las vi desaparecer entre la multitud de mochilas y uniformes, y me quedé un momento en la acera, viéndolas alejarse.
Cuando estuve sola, levanté la mano para llamar un taxi.
El que se detuvo era uno de esos viejos, con el asiento de atrás descosido y un olor a ambientador barato.
Me subí. Cerré la puerta. Le di al conductor la dirección de la firma.
Mientras el taxi se metía en el tráfico de Caracas, apoyé la cabeza contra el vidrio de la ventanilla y cerré los ojos un momento.
Un arma. En el carro de Ernesto. En el mismo carro donde montaba a mis hijas cada mañana. En el mismo carro donde Valentina se dormía en los viajes largos con la cabeza contra la ventana. En el mismo carro donde Carolina me hacía preguntas sobre la vida que yo no siempre sabía cómo responder.
El taxi avanzaba entre el tráfico. Yo miraba por la ventanilla sin ver nada, con la imagen del arma instalada en la cabeza como una idea que no podía sacudirme.
Ernesto había decidido. Ernesto era, en estas cosas, un hombre que decidía y después administraba la conversación hasta que el otro se cansaba o se rendía o encontraba la manera de vivir con la decisión.
Yo lo conocía. Llevaba trece años conociéndolo.
El taxi se detuvo frente al edificio de la firma. Pagué. Bajé.
Me quedé un minuto más en la acera antes de entrar.
Pensé en decírselo a Daniela. Pensé en no decírselo.
Pensé en que la semana pasada había tenido una noche que no le había contado a nadie y que guardaba en un compartimento aparte, bien cerrado, y que ahora encima de eso tenía esta mañana y este peso nuevo que Ernesto había puesto sobre la semana sin pedirme permiso.
El lunes no había terminado de empezar y ya me pesaba encima como si fueran las seis de la tarde.
Subí a la oficina.
Saludé a la recepcionista.
Cerré la puerta de mi despacho.
Puse el bolso sobre el escritorio, saqué el cuaderno del cajón de abajo, lo abrí en la página siguiente.
Y antes de que llegara el primer expediente del día, antes de que sonara el teléfono y empezara la semana de verdad, escribí una sola línea.
Un arma en el carro de Ernesto. Como si eso fuera distinto a un arma en la casa. Como si la distancia de veinte metros cambiara lo que me pesa adentro.
Cerré el cuaderno.
Empecé a trabajar.
Pero el cuaderno no se cerraba del todo en mi cabeza. Mientras las horas pasaban, mientras revisaba expedientes y respondía correos y atendía llamadas, algo seguía dando vueltas en mi interior como una pregunta que no encontraba respuesta.
¿Qué estaba haciendo con mi vida?
La noche anterior había visto a Santiago hacer el amor a Valeria a través de una pantalla, había llegado al clímax con los dedos dentro de mí mientras mi marido dormía a centímetros, y había sentido, por un momento, que por fin entendía lo que era ser deseada.
Y esa mañana, en la cocina, Ernesto me había dicho que iba a poner un arma en el carro donde montaba a mis hijas, y yo había sentido miedo de verdad, el miedo que no se calma con palabras bonitas ni con orgasmos robados.
Las dos cosas eran ciertas. Las dos cosas estaban pasando al mismo tiempo.
Mi vida se había vuelto un lugar donde el deseo y el peligro convivían en la misma casa, donde una noche podía ser la más intensa de mi vida y la mañana siguiente podía traerme una noticia que me helaba la sangre.
Y lo peor, lo que más me dolía, era que no sabía cuál de las dos cosas estaba más cerca de romperme.
Apoyé la frente contra el vidrio de la ventana de mi oficina.
Miré Caracas abajo, el tráfico, la gente, las vidas que seguían su curso mientras yo intentaba ordenar los pedazos de la mía.
Y supe, con una certeza que no quería tener, que esto no iba a resolverse solo.
Que algo tenía que cambiar. Que no podía seguir siendo la mujer que se masturbaba mirando a su amante con otra mientras su marido dormía, y al mismo tiempo la mujer que se indignaba porque un arma entraba a su casa.
Que las dos mujeres eran yo, y que esa contradicción era, quizás, la única verdad que valía la pena escribir.
Pero no escribí nada más. No había palabras para eso todavía. Así que cerré el cuaderno, guardé el bolígrafo y esperé a que la semana hiciera lo suyo. Como siempre. Como todas las semanas. Como la mujer que finge que puede con todo y que, en el fondo, no sabe si quiere seguir fingiendo.