Capítulo VI #5
Pero no gritaba. Y esa contención, esa lucha por no perder el control mientras Santiago la llevaba al borde, me excitaba más que cualquier grito.
El cuerpo de Valeria empezó a temblar. Santiago no se detuvo.
Siguió con la boca, con los dedos, con esa precisión brutal de quien sabe exactamente dónde y cómo tocar.
Y cuando ella llegó, cuando el orgasmo la sacudió entera, yo sentí las primeras contracciones de mi propio cuerpo bajo mis dedos, y supe que esto no iba a terminarse tan rápido.
Santiago se levantó de la cama. Se arrodilló en el borde. Y por un momento, la imagen se enfocó justo en el lugar correcto.
Vi su miembro.
Era imponente, completamente erecto, con la piel tensa y la punta brillante.
Valeria lo tomó con las dos manos, como si estuviera sosteniendo algo sagrado, y empezó a besar la cabeza con una devoción que me hizo contener la respiración.
La lengua recorrió el glande con una lentitud que era casi una ceremonia.
Después bajó más, y más, hasta que se lo engulló por completo, con una facilidad que sugería que no era la primera vez que lo hacía.
¿Cuántas veces lo ha hecho antes?, me pregunté. ¿Cuántas veces ha estado en esa cama con él?
Y mientras mis dedos se movían dentro de mí, dos dedos primero, tres después, sintiendo cómo mi cuerpo se dilataba para recibirlos, no pude evitar la idea de que yo quería ser la que estuviera ahí.
Que yo quería ser la que lo tuviera en la boca.
Que yo quería que él me mirara a los ojos mientras yo lo hacía.
Santiago la levantó. La puso en cuatro sobre la cama. Y entonces la embistió.
Fue duro. Fue profundo. Fue exactamente lo que yo necesitaba ver.
Valeria soltó un gemido que era puro animal, un sonido que no tenía nada de civilizado, y Santiago no se detuvo. Siguió embistiéndola con un ritmo que era implacable, con una fuerza que la hacía agarrar la sábana con los puños y apretar los dientes para no desgarrarse la garganta gritando.
Más duro, parecía decirle el cuerpo de ella. Más duro, más profundo, no pares.
Y él no paraba.
Cada embestida era un golpe que yo sentía en mi propio cuerpo. Cada gemido de ella era un eco que resonaba en mi pecho. Mis dedos se movían más rápido, más dentro, y la combinación de la imagen en la pantalla y mis propias manos me estaba llevando a un lugar del que ya no podía volver.
Santiago no la estaba cogiendo. La estaba poseyendo. La estaba reclamando.
Y yo, a través de la pantalla, estaba siendo reclamada con ella.
Valeria empezó a temblar otra vez. Su cuerpo se contrajo alrededor de él, y yo sentí cómo mi propio cuerpo se preparaba para la misma liberación.
Pero Santiago no se detuvo. Siguió embistiéndola a través del orgasmo, prolongándolo, exigiéndole más, y ella, entre gemidos y palabras que no lograba entender del todo, le pedía que no parara, que no se detuviera, que la llevara hasta el final.
Él llegó primero.
Lo vi en la tensión de sus hombros, en la forma en que agarró las caderas de ella con más fuerza, en el gruñido grave que se le escapó de la garganta. Se vino dentro de ella con un último empujón profundo, y yo sentí cómo mi propio orgasmo llegaba exactamente en ese mismo momento.
Fue una cosa contenida. Apretada. Silenciosa.
Pero fue la más intensa de toda la noche.
Mi cuerpo se contrajo alrededor de mis propios dedos, tres dedos dentro de mí, el pulgar frotando el clítoris con una presión que ya no podía controlar.
Sentí cómo el Ardor se concentraba en el bajo vientre, cómo la tensión se acumulaba como un resorte a punto de saltar.
Y entonces llegó. No fue un espasmo breve.
Fue una ola larga, profunda, que empezó en algún lugar que no sabía nombrar y se extendió hacia afuera como un ciclon que no encontraba dónde detenerse.
El calor me recorrió la columna, me subió por la nuca, me estalló detrás de los párpados como una luz blanca que lo llenaba todo.
Los músculos de las piernas se me tensaron, los dedos de los pies se me apretaron contra el colchón, y sentí cómo mi vagina se contraía alrededor de mis propios dedos en espasmos que no querían terminar, cada uno más intenso que el anterior,
cada uno arrancándome un jadeo contenido que apenas podía silenciar mordiendo el labio.
El placer no era una línea recta; era un oleaje que subía y bajaba, que se intensificaba y se suavizaba, que me dejaba sin aliento y al mismo tiempo me pedía más.
Cuando finalmente comenzó a ceder, cuando las contracciones se fueron haciendo más espaciadas, más suaves, sentí que el cuerpo entero se me relajaba como si hubiera estado sosteniendo algo durante horas sin saberlo.
Respiré. El aire entró con una facilidad que no había tenido en toda la noche.
Mordí el labio para no hacer ruido. Apreté los ojos con tanta fuerza que vi estrellas.
Santiago la besaba en la nuca. Sus cuerpos seguían unidos. La mano de él, grande, cálida, cubría el vientre de ella.
Era una imagen de posesión. De entrega. De algo que yo no tenía.
Apagué el teléfono.
Cuando los abrí, la pantalla seguía encendida.
Santiago había terminado. Lo vi voltear hacia el teléfono, mirar directo a la cámara con esa calma insolente que era su firma, el aliento todavía algo alterado, y decir en voz muy baja, casi sin mover los labios:
—Complacida, señora.
Sentí algo entre la risa y el fuego.
Tomé el teléfono. Lo miré a los ojos por la pantalla pequeña, ese verde oscuro suyo, esa cara de hombre que no le debe explicaciones al mundo.
Yo:
"Hablamos mañana."
Y colgué.
Apagué la pantalla. Puse el teléfono boca abajo sobre la mesita. La casa en silencio. Ernesto respirando tranquilo. El ventilador del techo girando despacio. Todo exactamente igual que antes.
Yo, no.
Me dormí antes de lo que merecía dormirme, con una velocidad que me sorprendió a mí misma, como si el cuerpo hubiera resuelto finalmente lo que llevaba horas sin poder resolver.
Me dormí con una sola imagen fija detrás de los párpados.
No era Valeria.
Era Santiago mirando a la cámara.
Y esa media sonrisa suya que decía, sin decirlo, que esta noche había ganado él.
Y que los dos sabíamos que tenía razón.
***
El lunes empezó como empiezan los lunes malos: con una noticia que uno no pidió antes del café.
Ernesto apareció en la cocina ya vestido, con la corbata todavía suelta y esa expresión suya de quien tiene algo que decir y lo ha estado organizando mentalmente desde la ducha.
Yo estaba de espaldas, sirviendo el café, escuchando a Valentina buscar sus zapatos en el cuarto con el ruido característico de quien revisa el mismo lugar tres veces sin encontrar nada.
—Sara.
—Mmm.
—Me confirmaron esta semana la entrega.
Giré la taza despacio. Tomé un sorbo antes de voltearme.
—¿La entrega de qué?
No fue una pregunta. Lo dije como lo que era: una advertencia de que ya sabía la respuesta y que la respuesta no me iba a gustar.
—El arma. Cumplí todos los requisitos. Hice el curso en el polígono el mes pasado, te lo dije. Los papeles están en orden. Esta semana me la entregan.
Me quedé mirándolo.
Ernesto sostuvo la mirada con esa serenidad suya que en otros momentos me parece una virtud y en momentos como ese me resulta casi ofensiva, porque es la serenidad de un hombre que ya decidió y que me está informando, no consultando.
—Te dije que no quería un arma en esta casa —dije. La voz me salió más baja de lo que pretendía, que es como me sale la voz cuando estoy más enojada, no más calmada.
—Y yo te escuché. Por eso no va a estar en la casa.
—Ernesto.
—Va a quedarse en el carro. Bajo llave, en la guantera, con el seguro puesto. Las niñas no tienen acceso al carro sin nosotros. No hay ningún riesgo real.
—El riesgo real es que existe —dije—. El riesgo real es que hay un arma a veinte metros de donde duermen mis hijas.
—Nuestras hijas.
—Nuestras hijas. —Le devolví la palabra sin suavizarla—. Y esta casa también es mía, Ernesto, y yo fui clara. Fui muy clara. Hace meses, cuando empezaste con esto, yo te dije que no quería eso cerca de las niñas.
—Y yo te expliqué mis razones. La situación en Caracas no está para...
—No me des el discurso de la situación en Caracas. —Puse la taza en la encimera con más fuerza de la necesaria—. Todo el mundo tiene el discurso de la situación en Caracas. La mitad de los hombres de este país tienen ese discurso y un arma y un accidente esperando a ocurrir.
Ernesto respiró. Ese respiro suyo de quien decide no escalar.
—No va a ocurrir ningún accidente.
—Eso dice todo el mundo antes de que ocurra.
Valentina apareció en la puerta de la cocina con un zapato en la mano y cara de no entender el clima que había en la habitación.
—Mamá, no encuentro el otro.
—Revisa debajo de la cama. —Lo dije sin voltearme.
Valentina desapareció. Ernesto y yo nos miramos en el silencio que dejó la niña al irse, ese silencio tenso y doméstico que es peor que el grito porque no tiene salida limpia.
—Sara. —Su voz bajó un tono—. Entiendo que no te gusta.
No te estoy pidiendo que te guste. Te estoy diciendo que tomé una decisión que considero responsable para proteger a esta familia, y que voy a cumplir con todas las condiciones que tú pusiste.
Fuera de la casa. Bajo llave. Sin acceso de las niñas.
—Las condiciones que yo puse era que no la quería. Punto. No puse condiciones sobre dónde guardarla porque no quería que existiera.
—Eso no es viable, Sara.
"Para los dos", repitió él, y por un momento su voz perdió la firmeza de antes.
No sé si fue el cansancio o si realmente vi algo nuevo en sus ojos, pero en ese instante, Ernesto no era el hombre que había decidido sin consultarme.
Era un hombre con miedo. Un hombre que había sido golpeado en la calle, que había sentido el peso de su propia vulnerabilidad, que había sangrado en una camilla de hospital mientras yo le sostenía la mano sin saber qué decir.
Me quedé mirándolo. Quise gritarle. Quise decirle que un arma no iba a devolverle la seguridad que había perdido, que no iba a borrar el miedo de esa noche, que lo que él necesitaba no era un revólver en la guantera sino hablar de lo que le había pasado, de verdad,
sin el discurso de "la situación en Caracas" que todos los hombres repiten como un mantra.