El diario de Sara Capítulo VI #4
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Capítulo VI #4

La segunda fue cuando Ernesto y Raúl fueron al baño juntos, como hacen los hombres de cierta edad, y quedamos los cuatro en la mesa pero con una conversación que Valeria llevaba con Andrea sobre no sé qué cosa, y en ese hueco breve, con las mujeres hablando entre ellas,

Santiago volvió a llevar la mano a la nariz, mirándome por encima del borde de la copa.

La tercera fue al final de la noche, mientras esperábamos las cuentas, con la mesa entera presente, sin ninguna cobertura, con la misma calma de siempre, como si fuera un hombre pensando en nada mientras esperaba el vuelto.

Yo lo miraba y él lo sabía.

Él lo hacía y yo lo sentía.

Llegué a casa con el vestido azul, sin encaje negro debajo, con la firma de esa noche instalada en algún lugar del cuerpo que iba a tardar días en apagarse. Ernesto se quitó la chaqueta. Preguntó si quería agua. Le dije que no. Me fui al baño. Abrí el grifo. Me miré en el espejo.

Me temblaban un poco las manos.

Ese rufián.

***

Llegamos a casa pasada la una.

Ernesto venía contento, ese contento lento y generoso que le da el whisky cuando bebe de más, que no es frecuente pero que cuando ocurre lo suaviza de una manera que casi me resulta tierna.

Me abrió la puerta del ascensor con un gesto exagerado, como de caballero antiguo, y se rió de su propio gesto.

Le dije que se callara, que iba a despertar a las niñas.

Se calló, pero siguió sonriendo. En el cuarto se quitó los zapatos sentado en el borde de la cama con esa torpeza cuidadosa de los hombres que saben que han bebido y no quieren que se note, y en diez minutos estaba dormido con la ropa del día todavía a medias.

Me quité los aretes. Me limpié los labios. Me solté el pelo. Hice las cosas de siempre con las manos de siempre mientras la cabeza estaba en otro lugar completamente. Me puse el pijama. Me metí en la cama. Ernesto respiraba hacia el otro lado.

Cerré los ojos.

Los abrí.

Cerré.

Abrí.

La pantalla del teléfono se iluminó sobre la mesita de noche.

El corazón me dio un golpe exacto, puntual, antes de que siquiera pudiera leer el nombre.

Santiago:

"¿Dormida?"

Miré el techo dos segundos. Miré a Ernesto. Tomé el teléfono y me volteé hacia el otro lado, cubriéndome con la sábana como si eso cambiara algo.

Yo:

"No. ¿Tú?"

Santiago:

"Tampoco."

Una pausa.

Yo:

"¿Estás con Valeria?"

Santiago:

"Sí."

Algo se me apretó en un lugar que no quería reconocer. Lo sostuve un momento, lo identifiqué, lo dejé pasar.

Yo:

"Qué bien."

Santiago:

"¿Celosa?"

Yo:

"Eres un idiota."

Sentí más que vi su sonrisa al otro lado. Me lo imaginé en la oscuridad de donde fuera que estuviera, con esa cara de no tener ningún remordimiento de nada.

Santiago:

"Un idiota con tus pantaletas en el bolsillo."

Yo:

"No me lo recuerdes."

Santiago:

"Me parece que es exactamente lo que quieres que te recuerde."

No respondí. Ernesto soltó un murmullo sordo desde su lado de la cama y yo esperé quieta hasta que su respiración volvió a ser pareja.

Santiago:

"¿Sigues ahí?"

Yo:

"Sí."

Santiago:

"¿En qué piensas?"

Yo:

"En que me debes un reto."

Santiago:

"Ah. La apuesta."

Yo: "Dijiste lo que sea. Sin condiciones."

Santiago:

"Lo dije y lo cumplo. Mañana me pides lo que quieras."

Yo:

"Ahora."

Un silencio. Más largo que los anteriores.

Santiago:

"¿Ahora?"

Yo:

"Ahora."

Santiago:

"Son la una y diez de la mañana, Sara."

Yo:

"Sé qué hora es."

Otro silencio. Podía sentirlo al otro lado recalibrando, tratando de leerme, preguntándose qué estaba construyendo yo en esa cabeza mía que él todavía no terminaba de descifrar del todo.

Santiago:

"¿Y qué querrá la señora a esta hora?"

Lo había estado pensando desde la mesa del restaurante, desde que lo vi hacer lo que hizo, desde que llegué a casa con el cuerpo encendido y Ernesto dormido en cinco minutos y yo en la oscuridad sin poder apagar nada.

Yo:

"Quiero que le hagas el amor a Valeria."

Una pausa larga.

Yo:

"Y quiero que pongas la cámara para que yo los vea."

El doble check tardó. Lo suficiente para que yo sintiera el pulso en la garganta, preguntándome si había ido demasiado lejos, si existía en Santiago un límite que yo no había calculado.

Santiago:

"Eso es tremendo lo que estás pidiendo."

Yo:

"Lo sé."

Santiago:

"Sara."

Yo:

"Es inapelable. Dijiste sin condiciones."

Otro silencio. Más corto esta vez.

Santiago:

" Ok, abogada. Procedo."

Lo vi voltearse hacia Valeria. Le susurró algo al oído, algo que yo no pude escuchar, pero que ella recibió con un gesto de sorpresa primero, después con una sonrisa lenta que se fue dibujando en sus labios mientras asentía.

No parecía incómoda. No parecía sorprendida.

Parecía, más bien, como si aquello no fuera la primera vez que le pedían algo así.

Como si ella supiera, desde el principio, que aquella noche no era solo para los dos.

¿Sabía que yo iba a estar mirando?, me pregunté. ¿Lo sabía desde antes de llegar a su casa?

La respuesta me llegó cuando vi cómo Valeria se arreglaba el cabello frente al teléfono, cómo sonreía directo a la cámara con una complicidad que no podía ser casual, cómo sus dedos trazaban un saludo diminuto en dirección a la lente antes de que Santiago la atrajera hacia sí para besarla.

No solo sabía que la estaban viendo. Le gustaba.

Y ese pensamiento, esa certeza de que Valeria no solo aceptaba ser observada sino que lo disfrutaba, me golpeó con una fuerza nueva.

No era un objeto pasivo en la escena que estaba a punto de presenciar.

Era una participante activa. Y eso, de alguna manera, hacía todo más intenso.

Me mordí el labio. La mano que había liberado encontró el camino sola, otra vez.

Me quedé inmóvil en la oscuridad de mi cuarto, con Ernesto respirando tranquilo a mis espaldas y el teléfono apretado entre las manos. La pantalla se oscureció un momento. Después llegó la llamada de video.

La acepté.

La imagen parpadeó, se estabilizó. Santiago había apoyado el teléfono en algún lugar calculado, un ángulo suficientemente abierto, la habitación en penumbra con una luz cálida desde algún lado. Lo vi voltearse hacia Valeria, y después la vi a ella, y me tapé la boca con la mano.

No sé si fue para contener un sonido o para contenerme a mí misma.

Puse el teléfono sobre la almohada, de lado, frente a mí.

La mano que había liberado encontró el camino sola.

No pensé. No decidí. El cuerpo tiene sus propias decisiones y esa noche las había tomado todas horas antes, en una mesa de restaurante, cuando un hombre levantó la mano despacio y cerró los ojos un segundo.

Pero antes de que mis dedos pudieran encontrar el alivio que mi cuerpo llevaba horas reclamando, la pantalla del teléfono se iluminó de nuevo.

Era un mensaje de él.

Santiago:

"Mírame."

No supe si era una orden o una invitación. Tampoco me importó.

Mis dedos se detuvieron sobre el camisón. Mi mirada volvió a la pantalla. Y lo vi.

La imagen era borrosa al principio, como si él hubiera movido el teléfono al colocarlo. Después se enfocó. Estaba en su cuarto, en esa cama que yo ya conocía sin haberla pisado nunca, con la luz tenue de su lámpara de mesita. Y no estaba solo.

Valeria estaba con él.

Mi primera reacción fue apartar la mirada.

Cerrar la aplicación. Apagar el teléfono.

Hacer como si no hubiera visto nada. Pero mi mano no se movió.

Mi mano se quedó quieta sobre el camisón, y mis ojos, esos traidores, se quedaron pegados a la pantalla como si hubieran encontrado algo que no podían soltar.

Santiago la besó.

Fue un beso lento al principio, casi perezoso, como si tuviera toda la noche para hacer lo que estaba haciendo.

Valeria protestó con un gesto vago, un movimiento de cabeza que podría haber sido un no, pero él no se detuvo.

La agarró por la nuca con una mano y la atrajo hacia sí con una firmeza que no admitía réplica.

La besó otra vez, esta vez más profundo, y yo vi cómo el cuerpo de ella se iba ablandando contra el de él, cómo la resistencia se convertía en entrega en cuestión de segundos.

Santiago sabía exactamente lo que hacía.

Lo supe cuando vi cómo sus manos bajaban por la espalda de ella, cómo encontraban el borde de su camiseta y la subían con una lentitud calculada, cómo sus dedos trazaban círculos en su piel desnuda mientras ella se arqueaba contra él.

Era un hombre que conocía el cuerpo femenino como se conoce un instrumento, y estaba tocando a Valeria como si ella fuera el único instrumento que importaba en el mundo.

Mis dedos encontraron el camino de nuevo. Sin pensarlo. Sin decidirlo.

Empecé a tocarme mientras los miraba.

Santiago bajó la cabeza. Besó el cuello de Valeria. La clavícula. El hueco entre sus pechos. Y ella, que al principio había protestado, ahora le agarraba el cabello con las dos manos y lo apretaba contra su piel con una urgencia que yo podía sentir a través de la pantalla.

Mírame, había dicho él.

Y yo lo miraba.

Santiago la tumbó sobre la cama. Se arrodilló entre sus piernas abiertas.

Le besó el vientre, las caderas, la cara interna de los muslos, con una paciencia de depredador que sabía exactamente cuánto tiempo podía esperar.

Valeria gemía bajito, con los ojos cerrados y la cabeza tirada hacia atrás, y yo veía cómo su cuerpo se iba entregando por completo a lo que él estaba haciendo.

Cuando Santiago bajó la cabeza entre sus piernas, cuando su boca encontró el centro de ella, Valeria soltó un grito que no fue un grito.

Fue otra cosa. Fue un sonido ronco, profundo, que venía de algún lugar que no era la garganta.

Y yo, mientras mis dedos se movían más rápido, más húmedos, sentí que ese sonido me llegaba directamente al centro de mí misma.

Me gusta cuando te molestas, me había dicho él en el restaurante.

Ahora entendía por qué.

Santiago le hizo sexo oral a Valeria con una maestría que me cortó el aire.

La lengua, los labios, los dedos, todo trabajaba en sincronía con un ritmo que ella no podía controlar.

La veía agarrar la sábana con los puños.

La veía arquear la espalda. La veía morderse el labio para no gritar, igual que yo me mordía el mío para no hacer ningún sonido.

Ella no está casada, pensé. Ella puede gritar si quiere.