Capítulo VI #3
La había visto.
Quiero decir, él la había visto.
Me quedé mirando la pantalla con el corazón en la boca.
Tres puntitos.
Santiago:
"Dios mío, Sara."
Cerré los ojos un segundo.
Santiago:
"Eres preciosa."
Yo:
"Para."
Santiago:
"No puedo."
Santiago:
"¿Sabes lo que me acabas de hacer?"
Yo:
"Lo mismo que tú a mí."
Santiago:
"No. Peor."
Apoyé la espalda contra la pared del baño. El azulejo frío a través del camisón.
Santiago:
"Sara."
Yo:
"¿Qué?"
Santiago:
"Tenemos un problema serio."
Yo:
"Lo sé."
Santiago:
"¿Y qué hacemos?"
Miré el techo del baño. La lámpara pequeña. El silencio del apartamento alrededor.
Yo:
"Esta noche, nada."
Santiago:
"¿Y mañana?"
Yo:
"Mañana tampoco sé."
Santiago:
"¿Cuándo vas a saber?"
No respondí de inmediato. Porque la respuesta honesta era que no lo sabía. Que llevaba semanas sin saber. Que "no saber" se había convertido en mi estado natural desde que todo esto había empezado.
Yo:
"Cuando nos veamos."
Los tres puntitos tardaron más que de costumbre.
Santiago:
"¿Será mañana que nos reunimos todos para el aniversario de Raúl y Andrea?"
Yo:
"Pues sí, había olvidado que era el aniversario de ellos."
Santiago:
"Bien."
Una pausa.
Santiago:
"Buenas noches, Sara. Que duermas bien."
Yo:
"Con lo que me mandaste, no creo."
Santiago:
"Perfecto."
Apagué la pantalla.
Me quedé un momento más apoyada en la pared del baño, con el teléfono contra el pecho, con la respiración todavía un poco acelerada. Después abrí la puerta. El pasillo en silencio. El cuarto de las niñas. El cuarto matrimonial con Ernesto durmiendo.
Me metí en la cama despacio.
No me dormí en mucho tiempo.
Pero tampoco quise dormirme.
Quería quedarme despierta con eso un rato más.
***
La noche empezó sin señales de nada.
Ernesto me avisó a las seis de la tarde, mientras yo todavía estaba en la firma terminando de revisar un expediente que llevaba encima desde el jueves. Me llamó al celular con esa voz tranquila suya, la voz de quien ya decidió y solo informa.
—El restaurante es a las ocho. El de siempre, el de las Acacias.
—Voy para la casa a cambiarme —dije.
—Perfecto.
Me puse un vestido azul noche, ajustado, con los hombros descubiertos y una abertura en la espalda que Ernesto no había visto todavía porque lo había comprado sin decirle.
Me pinté los labios de rojo. Me eché el pelo hacia un lado.
Me miré en el espejo antes de salir del cuarto y pensé que me veía bien, que me veía demasiado bien para un aniversario ajeno donde lo más probable era que tomáramos vino tinto y escucháramos los mismos chistes de siempre.
El restaurante estaba lleno. Raúl ya estaba en la mesa con Andrea, su mujer, que traía puesto un vestido dorado y una sonrisa de cumpleaños aunque no fuera su cumpleaños.
Los abracé. Pedí agua. Ernesto ordenó whisky.
Estaba cómodo, contento, ese Ernesto del fin de semana que no es el mismo del martes a las siete de la noche.
Llevábamos quince minutos en la mesa cuando lo vi entrar.
Santiago.
No venía solo.
Venía con Valeria, que resaltaba con su melena rubia y larga que le caía sobre los hombros y una sonrisa de quien sabe perfectamente que entra a un lugar y lo transforma. Joven. Tendría veintiocho, veintinueve años. El vestido rojo le hacía demasiado bien.
Sentí algo que no me gustó. Algo pequeño, caliente, instalado en algún lugar entre el estómago y el pecho, que no tenía nombre decente pero que reconocí de inmediato.
Celos.
Esa era la palabra. Y odié tener que nombrarla.
—¡Santi! —gritó Raúl desde la mesa, poniéndose de pie.
Los abrazos. Las presentaciones. La mujer se llamaba Valeria.
Tenía una voz suave y una risa fácil. Santiago la puso a su lado con la naturalidad de quien ya sabe dónde va a quedar todo en la foto.
Me saludó a mí con un beso en la mejilla, como siempre, como si no hubieran ocurrido las cosas que habían ocurrido, como si la última semana no existiera.
Olía a una colonia que reconocí sin querer reconocer.
Me senté. Puse la servilleta sobre las piernas. Pedí vino.
Los demás hablaron. Raúl contó una historia del trabajo que conocía de memoria.
Andrea sirvió pan. Ernesto preguntó algo sobre un partido de béisbol.
Santiago respondió. Valeria sonrió. Yo bebí el vino y miré el mantel y calculé cuántos años tenía ese restaurante y si servían postre decente y en general pensé en cualquier cosa que no fuera la persona que estaba sentada exactamente en diagonal a mí.
Cuando miré el teléfono por primera vez era más por inercia que por otra cosa.
Tenía un mensaje nuevo.
Santiago:
"¿Estás bien?"
Lo leí dos veces. Lo guardé en el bolso. Bebí otro sorbo de vino.
Yo:
"Perfectamente. ¿Y tú?"
Santiago:
"Yo muy bien. Valeria es buena compañía."
Sentí el Fervor subirme a la cara. Alcé los ojos hacia él. Estaba riéndose de algo que decía Raúl, con esa sonrisa ancha suya, sin mirarme. Como si nada.
Yo:
"Qué bien por ti."
Santiago:
"Eso sonó molesto."
Yo:
"No estoy molesta."
Santiago:
"Sara."
Yo:
"¿Qué?"
Santiago:
"Estás molesta."
Puse el teléfono boca abajo sobre mis rodillas. Corté un trozo de pan que no necesitaba. Ernesto me dijo algo sobre la carta y yo asentí sin haber escuchado nada.
El teléfono vibró.
Santiago:
"Me gustas cuando te molestas."
No le contesté.
Pasaron diez minutos. Pedimos la cena. Valeria preguntó qué era bueno y Santiago le recomendó algo con una familiaridad que sugería que conocía bien el menú, que había estado aquí antes, posiblemente con otras personas, posiblemente con otras Valerias, y ese pensamiento no me hizo ningún bien.
El teléfono volvió a vibrar.
Santiago:
"Quiero tus pantaletas."
Lo leí tres veces.
Lo leí una cuarta.
Levanté los ojos hacia él casi sin querer. Esta vez sí me estaba mirando. Directamente. Con esa cara que tenía cuando sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Yo:
"Estás loco."
Santiago:
"Completamente."
Yo:
"¿Cómo se te ocurre algo así?"
Santiago:
"Se me ocurre seguido, pero hoy se me ocurrió decírtelo."
Yo:
"No te voy a dar eso."
Santiago:
"No te estoy pidiendo. Te estoy retando."
Leí eso y sentí algo que no debería haber sentido en la mesa de un aniversario, con mi marido a la derecha y la esposa del aniversariante enfrente. Sentí una descarga lenta, profunda, que empezó en algún lugar que no era el estómago.
Yo:
"¿Retando?"
Santiago:
"Si me las das, tú tienes derecho a retarme a lo que quieras después. Lo que sea. Sin condiciones."
Me quedé mirando la pantalla.
Yo:
"Eso es una trampa."
Santiago:
"Es una apuesta. Muy distinto."
Guardé el teléfono. Pedí otro vaso de vino que no había pedido todavía.
Andrea me contó algo sobre las vacaciones de diciembre y yo respondí cosas correctas en el orden correcto porque llevo años siendo una mujer que puede sostener dos conversaciones al mismo tiempo: la que ocurre en voz alta y la que ocurre por dentro, donde nadie puede escucharme.
Por dentro estaba pensando en la apuesta.
Estaba pensando en lo que sea. Sin condiciones.
Estaba pensando en que llevaba puesto el conjunto de encaje negro.
El bueno. El que no me pongo para nada ordinario y que esa noche me había puesto sin planear nada, solo porque me había dado la gana y porque me había mirado en el espejo antes de salir y había pensado que quería llevar puesto algo que solo yo supiera que tenía puesto.
Me excusé.
—Voy al baño.
Nadie me prestó atención. Ernesto asintió. Santiago no levantó los ojos del plato.
El baño estaba al fondo del restaurante, pasando la barra.
Entré. Cerré el pestillo. Me miré en el espejo y me pregunté qué clase de mujer estaba siendo en ese momento y si esa mujer me gustaba o me asustaba, y la respuesta fue que me gustaba y me asustaba exactamente en la misma medida, que era una medida considerable.
Me levanté el vestido.
Me quité las pantaletas.
Las sostuve en la mano un segundo, esa pieza de encaje negro, mínima, cálida todavía de mi cuerpo.
Pensé en lo que iba a hacer con ellas. Pensé en lo que sea.
Sin condiciones. Las doblé en la mano, las hice una bolita apretada, y me arreglé el vestido.
Me miré otra vez en el espejo. Nadie habría podido decir que me faltaba nada.
Salí del baño.
Volví a la mesa.
Pedí perdón por la demora. Raúl ya estaba en el postre de Andrea. Valeria le decía algo al oído a Santiago con una familiaridad que me costó más de lo que debería haberme costado. Ernesto estaba explicando algo sobre un asunto del banco que tenía entretenido a Raúl. Nadie me miraba.
Me senté.
Bajo la mesa, sin mirarlo, extendí la mano hacia él.
Lo sentí tomar la bolita de encaje negro con los dedos. Apretó la mano alrededor de ella sin decir nada, sin mover un músculo de la cara, siguiendo la conversación de la mesa como si no acabara de pasar nada extraordinario.
Alcé los ojos hacia mi plato.
Sentí una insolencia feliz recorriéndome la espalda. Bebí vino. Corté un trozo de carne. Respondí algo que me preguntó Andrea sobre las niñas. Fui, durante varios minutos, una mujer completamente normal en la cena del aniversario de sus amigos.
Entonces lo miré.
Solo para verlo. Solo para confirmar que estaba tan tranquilo como parecía.
Y lo vi.
Tenía la mano sobre la mesa. Y entre los dedos, hecha una bolita apretada, estaba el encaje negro. Y mientras Raúl contaba su historia y Ernesto reía y Andrea llenaba las copas y Valeria sonreía, Santiago levantó la mano despacio, sin prisa, sin esconderse, y llevó la bolita de encaje a la nariz.
La olió y puso cara de gusto.
Cerró los ojos un segundo. Solo un segundo. Y después los abrió y me miró directamente, con una calma insolente y perfecta, como quien acaba de confirmar algo que ya sabía.
Me mojé de una vez.
No fue gradual. No fue una sensación que se construyera. Fue inmediata, incondicional, como una respuesta fisiológica a algo que mi cuerpo procesó antes que mi cabeza. Me humedecí entera bajo ese vestido azul, sin pantaletas, en la mesa de un aniversario, con mi marido a veinte centímetros.
Lo odié.
Y lo deseé tanto que me costó respirar.
Aparté los ojos. Alcé la copa. Bebí.
Durante el resto de la noche lo hizo dos veces más.