El diario de Sara Capítulo VI #2
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Capítulo VI #2

Yo no quería que me olvidara.

Ni siquiera un poco.

Apoyé los codos sobre el escritorio y me cubrí el rostro con las manos.

Dios mío. ¿Qué me está pasando?

La noche anterior le había contado cosas que jamás pensé compartir con nadie.

Cosas sobre Daniela.

Sobre mi matrimonio.

Sobre mí misma.

Cosas que ni siquiera Ernesto conocía.

Y ahora no podía dejar de preguntarme qué pensaría él de todo eso.

Tal vez creyera que estaba loca.

Tal vez creyera que era una mujer incapaz de ser fiel a nadie.

Tal vez creyera que era exactamente lo que durante años me había esforzado por no parecer.

Una cualquiera.

La palabra apareció en mi cabeza y me hizo estremecer.

Porque una parte de mí sabía que era injusta.

Pero otra parte no podía dejar de escucharla.

¿Por qué le había contado tanto?

¿Por qué había bajado todas las defensas de golpe?

¿Por qué había confiado en él de esa manera?

No tenía sentido.

Nada de aquello tenía sentido.

Y cuanto más intentaba entenderme, menos me entendía.

A las cuatro de la tarde empecé a sentirme molesta.

No triste.

No preocupada.

Molesta.

Perfecto. Simplemente perfecto.

La noche anterior me llevaba a cruzar todas las líneas posibles y al día siguiente desaparecía.

Qué conveniente.

Volví a mirar el teléfono.

Nada.

Cinco minutos después lo revisé otra vez.

Nada.

Para las cinco ya había dejado de intentar trabajar.

Los documentos seguían abiertos frente a mí, pero mi mente estaba en otra parte.

Pensando.

Imaginando.

Dando vueltas en círculos.

Cinco y veinte.

Nada.

Cinco y treinta.

Nada.

Cinco y cuarenta.

Nada.

Sentía el corazón cada vez más pequeño.

Como si una presión invisible me estuviera aplastando el pecho.

Tomé el teléfono.

Busqué su nombre.

Mi pulgar quedó suspendido sobre la pantalla.

Podía escribirle.

Solo una línea.

Un saludo.

Cualquier cosa.

No había nada malo en eso.

¿O sí?

No.

Sí.

No.

¿Qué iba a pensar?

¿Que estaba desesperada?

¿Que había pasado el día entero pendiente de él?

Lo peor era que sería verdad.

Solté el aire lentamente.

No.

No iba a escribir.

Si él necesitaba espacio, lo tendría.

Si se había arrepentido, escribirle no iba a arreglar nada.

Y si no se había arrepentido...

Bueno.

Entonces terminaría escribiendo tarde o temprano.

¿No?

Cinco y cuarenta y tres.

Miré el teléfono una vez más.

Nada.

Ni un mensaje.

Ni una llamada.

Ni una explicación.

Cerré los ojos.

Era ridículo.

Absolutamente ridículo.

Habían pasado menos de veinticuatro horas desde la conversación más imprudente de mi vida y yo me estaba comportando como una adolescente abandonada después de su primera cita.

Pero eso no lo hacía menos real.

Porque por primera vez en todo el día tuve que admitir algo que había estado intentando evitar.

Lo extrañaba.

Y no tenía ningún derecho a extrañarlo.

***

A las diez de la noche la pantalla de mi teléfono se iluminó.

Lo tomé casi de inmediato.

Demasiado rápido.

Tanto que tuve que obligarme a respirar antes de desbloquearlo.

Era él.

Santiago:

"Hola."

Sentí el corazón golpearme el pecho.

Había pasado todo el día pendiente del teléfono como una adolescente.

Aun así me obligué a esperar un minuto antes de responder.

Yo:

"Hola."

Los tres puntitos aparecieron enseguida.

Santiago:

"¿Cómo estuvo tu día?"

La respuesta sincera habría sido otra.

Habría querido escribirle: "Horrible. Porque pasé todo el día preguntándome por qué no me escribías."

Pero no podía hacer eso.

Todavía no.

Yo:

"Bien. Bastante ajetreado. ¿Y el tuyo?"

Santiago:

"Complicado."

Yo:

"¿Qué pasó?"

Santiago:

"Tuve que ir a una hacienda cerca de Maracay a entregar unas cotizaciones."

Yo:

"¿Tan lejos?"

Santiago:

"Lo suficiente para quedarme incomunicado casi todo el día."

Yo:

"¿Sin señal?"

Santiago:

"Sin señal."

Yo:

"Qué horror."

Santiago:

"No sabes cuánto."

Sentí cómo una parte de la tensión que había acumulado durante el día desaparecía.

No había sido indiferencia.

No había sido desinterés.

Simplemente no había podido escribirme.

Santiago:

"Y mira la hora a la que estoy llegando a casa."

Miré el reloj.

Pasaban de las diez.

Yo:

"Debió ser un día pesado."

Santiago:

"Lo fue."

Yo:

"Bueno, ya terminó."

Santiago:

"Sí."

Pasaron unos segundos.

Entonces apareció un nuevo mensaje.

Santiago:

"Sara..."

Sentí algo extraño en el estómago.

Yo:

"¿Qué?"

Santiago:

"¿Has pensado en mí hoy?"

Me quedé mirando la pantalla.

Porque la respuesta era demasiado evidente.

Yo:

"¿Y por qué tendría que pensar en ti?"

Santiago:

"No me respondiste."

Yo:

"¿Y si no quiero responder?"

Santiago:

"Entonces asumiré que sí."

No pude evitar sonreír.

Yo:

"Eres imposible."

Santiago:

"Eso no es un no."

Yo:

"Tampoco es un sí."

Santiago:

"Sara..."

Yo:

"¿Qué?"

Santiago:

"Yo sí pensé en ti."

Sentí un pequeño vuelco en el pecho.

Aquello me afectó más de lo que debería.

Yo:

"¿Todo el día?"

Santiago:

"Más de lo que me gustaría admitir."

Me mordí el labio.

No sabía qué responder.

Durante semanas habíamos bordeado ciertas líneas.

Pero aquella conversación era diferente.

Más sincera.

Más peligrosa.

Yo:

"Yo también pensé en ti."

Tardó varios segundos en responder.

Santiago:

"Gracias por decirlo."

Leí aquella frase dos veces.

No era una respuesta seductora.

No era una broma.

Parecía algo mucho más auténtico.

Yo:

"No tienes que agradecerme."

Santiago:

"Sí tengo."

Yo:

"¿Por qué?"

Santiago:

"Porque llevo todo el día preguntándome si anoche significó lo mismo para ti que para mí."

Mi corazón dio un vuelco.

Yo:

"¿Y?"

Santiago:

"Y ahora sé que sí."

Apoyé la cabeza contra el cabecero de la cama.

De repente la habitación parecía más silenciosa.

Yo:

"Esto se está complicando."

Santiago:

"Lo sé."

Yo:

"No debería estar pasando."

Santiago:

"También lo sé."

Yo:

"Entonces deberíamos parar."

La respuesta tardó más que las anteriores.

Cuando llegó, me quedé mirándola varios segundos.

Santiago:

"¿Quieres parar?"

Me mordí el labio.

Porque esa era precisamente la pregunta que no quería responder.

Yo:

"No."

Los tres puntitos aparecieron de inmediato.

Santiago:

"Yo tampoco."

Y por primera vez desde que comenzó aquella conversación, sentí miedo.

Porque ya no estábamos hablando de deseo.

Estábamos hablando de algo mucho más peligroso.

Los tres puntitos aparecieron y desaparecieron varias veces. Como si él también estuviera eligiendo las palabras.

Santiago:

"Sara, tengo que decirte algo."

Yo:

"¿Qué?"

Santiago:

"Me tienes encendido."

Me quedé mirando esa frase.

Yo:

"¿Cómo así?"

Santiago:

"Así."

Y llegó la foto.

Me quedé paralizada.

No supe cuánto tiempo estuve mirando la pantalla. Podían haber sido dos segundos. Podían haber sido veinte. El tiempo hizo algo raro, se detuvo o se aceleró, no supe distinguirlo.

Era su miembro.

Inconfundiblemente él.

Erecto. Completamente erecto.

Yo:

"Santiago. Te pasaste."

Santiago:

"¿En serio?"

Yo:

"En serio. No puedo creer que hicieras eso."

Tres puntitos. Después:

Santiago:

"¿De verdad eres tú?"

Solté una carcajada ahogada en el silencio del cuarto. Una risa que me salió sola, de esas que uno no puede controlar.

Ernesto seguía dormido a mi lado.

Me tapé la boca con la mano.

Santiago:

"Así me tienes, Sara. Desde hace rato."

Leí esa frase dos veces. Tres.

El corazón me latía en la garganta.

Yo:

"Eso no debiste mandarlo."

Santiago:

"¿Por qué no?"

Yo:

"Porque ahora no puedo pensar con claridad."

Santiago:

"Bien."

Yo:

"No es bien."

Santiago:

"Para mí sí."

Pasaron unos segundos.

Santiago:

"¿Y tú?"

Yo:

"¿Yo qué?"

Santiago:

"Ya sabes qué."

Yo:

"No."

Santiago:

"Sara."

Yo:

"No, Santiago."

Santiago:

"¿Por qué no?"

Yo:

"Porque no es lo mismo."

Santiago:

"¿Por qué no es lo mismo?"

Yo:

"Porque no."

Los tres puntitos aparecieron y desaparecieron. Después:

Santiago:

"Yo me expuse primero."

Yo:

"Eso fue decisión tuya."

Santiago:

"Sí. Y fue por ti."

No respondí.

Santiago:

"No tienes que hacerlo si no quieres. En serio. Solo te pregunto."

El problema era ese.

Que sí quería.

Eso era exactamente el problema.

Me quedé mirando el techo unos segundos. Después miré a Ernesto. Dormido. Ajeno a todo. Después miré el teléfono.

Yo:

"Dame un minuto."

Santiago:

"Aquí estoy."

***

Me levanté de la cama despacio. Sin hacer ruido. El piso frío bajo los pies descalzos. El pasillo en silencio. El cuarto de las niñas con la puerta entreabierta, las dos respirando con esa calma profunda de los niños que duermen sin culpa.

Entré al baño. Cerré la puerta. No abrí el grifo esta vez.

Me miré en el espejo.

La mujer que me devolvía la mirada tenía el pelo suelto, el camisón azul que me había puesto después de la ducha, una expresión que no supe leer del todo. No era vergüenza. No era miedo. Era algo más parecido a la concentración de quien está a punto de hacer algo que sabe que no tiene vuelta atrás.

Tomé el teléfono.

Me senté en el borde de la bañera.

La luz del baño caía vertical, dura. Me quedé un momento así, quieta, con el teléfono en la mano y el camisón recogido y me bajé la tanga.

Pensé en lo que él había mandado. En lo que eso le había costado. O no le había costado. En cualquier caso lo había hecho.

Abrí la cámara.

Bajé mi mano y me abrí los labios vaginales.

El pulso me golpeaba en las sienes con una fuerza que apenas podía ignorar.

La mano que sostenía el teléfono temblaba ligeramente, un temblor fino que recorría mis dedos como una corriente eléctrica contenida.

Respiré hondo, intentando controlar la ansiedad que me subía por el pecho, pero el aire entraba y salía entrecortado, sin encontrar su ritmo.

La luz del baño caía dura sobre mi piel, implacable, como si me estuviera juzgando.

Cerré los ojos un segundo. Solo uno. Lo suficiente para preguntarme si esto era realmente lo que quería, si estaba dispuesta a cruzar ese último límite.

Cuando los abrí, la respuesta ya estaba ahí, grabada en el calor que se acumulaba entre mis piernas.

No pensé demasiado. Pensar demasiado era lo que me había detenido toda la vida en los momentos que importaban.

Tomé la foto.

La miré medio segundo. Solo medio segundo, porque si la miraba más no la mandaba.

Y la mandé.

El dedo dudó sobre el botón.

Un segundo.

Dos.

Lo presioné.

Y antes de que pudiera arrepentirme, la mandé.

El doble check apareció. Gris primero. Después azul.