El diario de Sara Capítulo VI
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Capítulo VI

Me desperté antes que Ernesto.

No fue raro. A mis casi treinta y cuatro años, después de dos hijas, mi cuerpo había desarrollado la capacidad de despertarse solo a la menor variación de luz, de ruido o de temperatura. Lo raro fue la sensación que encontré al abrir los ojos.

Me quedé inmóvil unos segundos, mirando el techo oscuro de la habitación, intentando identificarla.

No era culpa.

Eso fue lo primero que me sorprendió.

La noche anterior había cruzado una línea. No tenía sentido discutirlo. Podía buscar nombres más suaves, explicaciones más elegantes o justificaciones más sofisticadas, pero ninguna cambiaba los hechos. Había cruzado una línea.

Y sin embargo no sentía culpa.

O al menos no la culpa que esperaba.

Giré la cabeza hacia la izquierda.

Ernesto seguía dormido.

La respiración tranquila. El brazo doblado bajo la almohada. La expresión relajada de quien duerme sin sospechar que el mundo ha cambiado mientras cerraba los ojos.

Lo observé durante unos segundos.

Después de tantos años todavía me producía ternura verlo dormir.

Era un buen hombre.

La frase apareció en mi cabeza con la naturalidad de algo que uno ha repetido tantas veces que termina convirtiéndose en una verdad automática.

Ernesto era un buen hombre.

Y precisamente por eso debería haberme sentido peor.

Pero no era eso lo que sentía.

Porque la verdad incómoda era otra.

Yo ya había sido infiel antes.

No era la primera vez que traicionaba a mi marido.

No era la primera vez que mentía.

No era la primera vez que escondía una parte de mi vida.

Lo de Daniela llevaba demasiado tiempo para fingir inocencia, lo de Felipe, Mauricio, Carlos y Andrés.

Y sin embargo nunca me había despertado así.

Nunca.

Con Daniela existía culpa.

Con Santiago existía otra cosa.

Miedo.

Me incorporé despacio en la cama.

Un miedo extraño.

Un miedo que tenía una temperatura distinta.

Porque ellos vivían en un compartimento separado de mi vida. Había fronteras claras. Distancias. Espacios seguros.

Santiago no.

Santiago formaba parte de mi mundo.

Él era padrino de mi hija.

Había estado en cumpleaños familiares.

Había cargado a mis hijas cuando eran bebés.

Había compartido vacaciones con nosotros.

Había cenado en mi mesa.

Era uno de los hombres a los que Ernesto llamaría si alguna vez necesitara ayuda a las tres de la mañana.

Ahí estaba el problema.

Y también, descubrí con una vergüenza que me costaba admitir incluso en estas páginas, ahí estaba parte de la atracción.

Me levanté de la cama y fui al baño.

Mientras me cepillaba los dientes intenté no pensar en él.

Fracasé.

Pensé en él de todos modos.

Pensé en sus mensajes.

Pensé en su voz.

Pensé en la conversación de la noche anterior.

Pensé en la facilidad con que habíamos llegado a lugares donde jamás debimos haber llegado.

Y mientras más pensaba en el desastre potencial de todo aquello, más energía sentía recorriéndome por dentro.

Era absurdo.

Debería haber estado buscando una forma de detener aquello.

Debería haber estado elaborando estrategias para alejarme.

Debería haber estado prometiéndome que no volvería a ocurrir.

En lugar de eso, una parte de mí seguía acercándose mentalmente al borde del precipicio para mirar hacia abajo.

Y cada vez que lo hacía, sentía vértigo.

Y cada vez que sentía vértigo, quería volver a mirar.

Cuando salí del baño lo primero que hice fue tomar el teléfono.

Ni siquiera intenté mentirme.

Lo agarré porque quería ver si había escrito.

No había escrito.

Ningún mensaje.

Ninguna notificación.

Nada.

Sentí una decepción tan inmediata que me molestó conmigo misma.

¿Desde cuándo me importaba tanto?

Lo dejé sobre la mesa de noche.

Dos minutos después volví a mirarlo.

Seguía vacío.

La mañana transcurrió entre uniformes escolares, desayunos apresurados, mochilas olvidadas y el caos habitual de cualquier familia con hijos.

Pero detrás de todo había una segunda conversación ocurriendo dentro de mi cabeza.

Una conversación que tenía siempre la misma pregunta.

¿Por qué no había escrito?

A las ocho y media seguía sin escribir.

A las nueve seguía sin escribir.

A las nueve y media ya había inventado tres explicaciones distintas.

Tal vez estaba ocupado.

Tal vez estaba avergonzado.

Tal vez se había arrepentido.

La tercera posibilidad me produjo un malestar completamente irracional.

Porque entonces tuve que enfrentar una verdad todavía peor.

Yo no quería que se arrepintiera.

***

Llegué a la firma con la sensación de estar viviendo dos días simultáneos.

El día real.

Y el día que ocurría dentro de mi teléfono.

Intenté concentrarme en un expediente.

Después en otro.

Después en una reunión.

No funcionó.

Mi atención regresaba una y otra vez a la pantalla.

A las once de la mañana Daniela apareció en la puerta de mi oficina.

Entró sin tocar, como siempre.

Me observó durante tres segundos.

Después sonrió.

—¿Qué pasa contigo?

—¿Por qué?

—Porque llevas toda la mañana en otro planeta.

—Estoy trabajando.

—Sara.

—¿Qué?

—Te he visto toda la mañana desbloqueado el teléfono a cada rato.

Bajé la mirada.

Maldita sea. Daniela tan atenta a todo.

—Estoy esperando una llamada.

—Mentira.

—¿Perdón?

—Cuando esperas una llamada te pones impaciente. Hoy pareces otra cosa.

—¿Qué cosa?

Daniela inclinó la cabeza.

—Ansiosa.

La palabra me golpeó más fuerte de lo que debería.

Porque era precisamente la que estaba intentando evitar.

Demostrar que estoy ansiosa.

Como si fuera una adolescente.

Como si tuviera diecisiete años.

Como si no fuera una mujer casada con dos hijas y una colección considerable de malas decisiones.

—Estás imaginando cosas.

—Puede ser.

Me observó unos segundos más.

—O puede ser que te conozca demasiado.

Suspiré.

No quería tener aquella conversación en la oficina.

No todavía.

—¿Almorzamos?

Las cejas de Daniela se levantaron apenas.

—¿Eso fue un cambio de tema?

—Completamente.

—Entonces sí, definitivamente quiero almorzar contigo.

—A la una.

—A la una.

Se acercó a la puerta.

Antes de salir volvió a mirarme.

—Sea lo que sea que te está pasando, más te vale contármelo.

Y después se fue.

Esperé a que desapareciera por el pasillo.

Miré el teléfono una vez más.

La pantalla seguía vacía.

Y por primera vez en toda la mañana comprendí algo que no me gustó en absoluto.

No estaba esperando un mensaje.

Estaba esperando a una persona.

Y esas dos cosas nunca son lo mismo.

***

El almuerzo con Daniela fue una de esas experiencias extrañas en las que uno está físicamente presente pero mentalmente en otro lugar.

La escuchaba.

De verdad que la escuchaba.

Al menos eso intentaba.

Estábamos sentadas en nuestro restaurante habitual, una trattoria pequeña a dos cuadras de la oficina, y Daniela hablaba sobre uno de los casos que llevaba semanas quitándole el sueño.

Algo relacionado con una disputa entre socios, cuentas ocultas y documentos que parecían haber desaparecido misteriosamente antes de una auditoría.

Normalmente me habría interesado.

Normalmente incluso habría disfrutado analizando cada detalle con ella.

Ese día apenas podía seguir el hilo de la conversación.

—¿Y entonces qué hicieron? —pregunté.

—Sara, acabo de decirte qué hicimos.

Parpadeé.

—Perdón.

Daniela dejó el tenedor sobre el plato.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Mentira.

Solté una risa nerviosa.

—¿Por qué todo el mundo está tan empeñado en analizarme hoy?

—Porque llevas desde esta mañana caminando como si estuvieras flotando dos centímetros por encima del suelo.

—Exagerada.

—No tanto.

Bebí un poco de agua para evitar mirarla directamente.

Daniela me conocía demasiado.

Ese era el problema.

Llevábamos años juntas.

Había sido mi amante.

Mi amiga.

Mi confidente.

La persona que mejor me conocía después de Ernesto.

Y precisamente por eso sabía que no podía contarle nada.

No todavía.

No sobre Santiago.

No sobre la conversación de la noche anterior.

No sobre el desastre que estaba creciendo dentro de mi cabeza.

—Estoy cansada —mentí.

Daniela me observó durante unos segundos.

—Claro.

Su tono dejaba claro que no me creía.

Por suerte no insistió.

La conversación volvió al trabajo.

A los clientes.

A los casos pendientes.

A las vacaciones que una asociada llevaba meses prometiendo y nunca terminaba de pedir.

Yo asentía cuando correspondía.

Sonreía cuando era necesario.

Respondía cuando Daniela me hacía preguntas directas.

Pero una parte de mí seguía atrapada en otro sitio.

En una pantalla.

En una conversación.

En una ausencia.

Porque Santiago seguía sin escribir.

Intenté no mirar el teléfono.

Fracasé.

Lo miré una vez.

Después otra.

Y otra más.

Nada.

Ni un mensaje.

Ni una llamada.

Ni siquiera una reacción a alguno de los chistes absurdos que nos habíamos enviado durante las últimas semanas.

Nada.

Un vacío absoluto.

Y mientras más tiempo pasaba, más difícil me resultaba ignorarlo.

¿Por qué no escribía?

La pregunta empezó como una curiosidad.

Después se convirtió en una preocupación.

Y finalmente terminó transformándose en una obsesión.

Cuando regresamos a la oficina, lo primero que hice fue revisar el teléfono antes incluso de sentarme.

Nada.

Sentí una punzada de decepción tan intensa que tuve ganas de arrojar el aparato contra la pared.

Era ridículo.

Absolutamente ridículo.

Habían pasado unas pocas horas.

Nada más.

La gente tenía trabajos.

Responsabilidades.

Reuniones.

Vidas.

Lo sabía.

Lo entendía perfectamente.

Y aun así no podía evitarlo.

Porque la parte racional de mi cerebro sabía que probablemente estaba ocupado.

La parte emocional estaba convencida de que algo andaba mal.

Intenté concentrarme en un contrato.

Leí la misma cláusula tres veces.

No entendí una sola palabra.

Volví a mirar el teléfono.

Nada.

Abrí un expediente.

Lo cerré cinco minutos después.

Volví a mirar el teléfono.

Nada.

A las tres de la tarde ya había construido media docena de teorías.

Tal vez estaba arrepentido.

Tal vez había despertado esa mañana horrorizado por lo que habíamos hecho.

Tal vez había comprendido que aquello era una locura.

Tal vez había decidido poner distancia.

Tal vez había decidido olvidarme.

La última posibilidad me produjo una sensación desagradable en el estómago.

Porque me obligó a enfrentar una verdad incómoda.