Capítulo V #5
Esa frase. Esa maldita frase. Me recorrió entera como un escalofrío. Y antes de poder detenerme, mi mano izquierda ya estaba bajando por mi vientre, por debajo de la sábana, buscando el Ardor que mi cuerpo estaba pidiendo desde hacía rato.
"No puedo", escribí. "Esto es demasiado."
"¿Qué es demasiado?"
"Lo que estoy sintiendo. Lo que me estás haciendo sentir. No debería estar pasando."
"No estoy haciendo nada. Solo estoy hablando contigo."
"Pero es la forma en que hablas. Es lo que dices. Es la forma en que me miras cuando nos vemos. No puedo evitarlo."
"¿Qué es lo que no puedes evitar?"
No respondí. Mi mano seguía abajo, siguiendo el ritmo que mi cuerpo conocía de memoria. Los dedos encontraron el camino con la precisión de la costumbre, deslizándose por encima del camisón primero, sintiendo la tela fina contra la piel, esa barrera mínima que pronto iba a desaparecer.
La yema del índice rozó el clítoris por encima de la tela, una presión suave, casi tímida al principio, sintiendo la humedad que ya estaba ahí, acumulada desde hacía minutos, desde que él había empezado a hablar de Doña Elvira, desde que yo había imaginado a mi suegra en ese baño con él.
La tela se humedeció bajo mis dedos, y el calor que venía de adentro contrastaba con la frescura de la sábana en mis piernas.
Levanté la cadera apenas unos centímetros, lo suficiente para deslizar la mano por debajo del camisón.
La piel estaba caliente, más caliente de lo que esperaba.
Mis dedos encontraron el camino directamente, sin rodeos.
La yema del índice rozó el clítoris desnudo, y el contacto directo me hizo contener la respiración.
Era como si mi cuerpo hubiera estado esperando ese toque desde que la conversación se había vuelto más densa.
Empecé a trazar círculos lentos alrededor, despacio, sintiendo cómo la piel se humedecía bajo el roce, cómo el Fervor se concentraba en el centro de mi vientre y empezaba a irradiar hacia las piernas.
La textura de mis propios dedos, húmeda y resbaladiza, se deslizaba con una facilidad que me sorprendía.
Cada círculo era una promesa. Cada vuelta, una caricia que yo misma me estaba dando pero que en mi cabeza era él, eran sus dedos, era su voz al otro lado del teléfono guiándome.
Apreté el ritmo. Dos dedos ahora, índice y anular, frotando más rápido, más firme.
El clítoris se hinchaba bajo la presión, sensible, eléctrico, y cada roce enviaba una descarga que me subía por la columna y se instalaba en la nuca.
Mi otra mano subió a apretarme un pecho por encima del camisón, el izquierdo, el que siempre respondía primero.
Pellizqué el pezón hasta que se endureció bajo la tela fina, y el dolor pequeño, el dolor dulce, viajó directo a mi entrepierna y me hizo arquear la espalda contra el respaldo de la cama.
El camisón se me subió un poco más, dejando el vientre al aire, y la corriente de aire frío del ventilador rozó mi piel caliente, un contraste que me hizo soltar un gemido ahogado.
Miré a mi izquierda. Ernesto seguía dormido, de espaldas, respirando con la lentitud de los hombres que duermen tranquilos.
No se iba a despertar. Nunca se despertaba.
Su respiración era un ronquido suave y regular, y yo sabía que, aunque yo gritara, él no se movería.
Pero aun así, el miedo a que abriera los ojos, a que me viera así, con la mano entre las piernas y el teléfono en la otra, con la cara encendida y la respiración entrecortada, ese miedo me mantenía en un filo que hacía todo más intenso.
Cada movimiento era más furtivo, más prohibido, más excitante.
Sin detener el roce circular sobre el clítoris, deslicé dos dedos de la mano derecha hacia la entrada.
Lentos al principio, sintiendo la resistencia, la humedad que ya los recibía con una avidez que me sorprendió.
La textura dentro de mí era distinta a la de fuera, más cálida, más resbaladiza, como un terciopelo húmedo que se abría para recibirme.
Los empujé hacia adentro, y sentí cómo mis propias paredes se contraían alrededor de ellos, como si mi cuerpo estuviera saludando a una parte de sí mismo que hacía tiempo no visitaba.
El contraste entre el frío del aire en mi vientre desnudo y el calor que mis dedos encontraban dentro de mí era abrumador.
Los dedos se hundieron hasta el fondo. La flama dentro de mí era distinto, más denso, más mío, más vivo.
Los moví: dentro y fuera, dentro y fuera, sintiendo la textura de las paredes internas rozando mis nudillos, sintiendo cada pliegue, cada contracción que mi cuerpo hacía sin que yo lo decidiera.
El pulgar seguía masajeando el clítoris en círculos amplios, cada vez más rápidos, y la combinación de las dos sensaciones —la penetración profunda y el roce superficial— me estaba llevando a un lugar del que ya no quería volver.
"Sara", escribió él. "¿Te estás tocando?"
Me quedé helada. El pulso se me disparó.
¿Cómo podía saberlo? ¿Cómo podía adivinar lo que mi mano estaba haciendo?
Por un segundo, el miedo me paralizó. La imagen de Ernesto despertándose, de él mirando el teléfono, de todo el castillo de mentiras que había construido derrumbándose en una sola noche, pasó por mi cabeza como un relámpago.
Pero el miedo duró apenas un segundo, porque mi cuerpo ya había decidido por mí.
"No", escribí. "No, claro que no."
"Mentirosa."
"¿Cómo puedes saberlo?"
"Porque yo también lo estoy haciendo."
Esa frase me cortó el aire. Él también. Santiago Herrera, el mejor amigo de mi marido, el padrino de mi hija, se estaba tocando mientras hablaba conmigo.
La imagen se me clavó en la cabeza como una daga de placer: él en su cama, a oscuras, con el teléfono en una mano y la otra ocupada, pensando en mí mientras yo pensaba en él.
Mi cuerpo respondió a esa imagen con una oleada de calina que me hizo apretar los dedos dentro de mí.
"¿En serio?", escribí, con los dedos temblorosos.
"En serio. Estoy en mi cama, a oscuras, con el teléfono en una mano y la otra ocupada. Y no puedo dejar de pensar en ti. En cómo te ves cuando te tocas. En cómo sonarías si estuvieras aquí."
"Eso es un límite, Santi. Eso es cruzar una línea."
"¿Y qué si la cruzo? ¿Qué pasa si la cruzo y descubro que al otro lado también hay algo bueno?"
"Pasa que Ernesto duerme al lado mío."
"¿Y eso te detiene?"
Miré a mi izquierda otra vez. Ernesto seguía dormido. Su respiración era la misma de siempre, pausada y regular. No se iba a despertar. Nunca se despertaba. Y en ese momento, el miedo se convirtió en otra cosa: en un impulso, en una urgencia que no podía contener.
"No", escribí. "No me detiene."
"Entonces sigue."
Y seguí. Mi mano se movía más rápido ahora, siguiendo el ritmo de la conversación, de sus palabras, de la imagen de él haciendo lo mismo al otro lado del teléfono.
Los dedos se movían dentro y fuera con una urgencia que ya no podía controlar, sintiendo cada pliegue de mi interior, cada contracción que mi cuerpo hacía sin pedir permiso.
El Fervor se acumulaba en mi bajo vientre como un fuego que crecía con cada palabra que él escribía.
El ritmo se aceleró sin que yo lo decidiera.
Era el cuerpo el que pedía más, más adentro, más fuerte, más.
Los dedos se movían con una desesperación que ya no disimulaba, y la otra mano me apretaba el seno con más fuerza, los dedos clavándose en la carne, sintiendo el pezón duro contra la palma de mi mano.
El contraste entre el frío de la noche en mi piel expuesta y el Ardor que mis dedos encontraban dentro de mí era casi insoportable.
Casi, casi. Sentía la tensión acumularse en el bajo vientre, el calor que se concentraba, que vibraba, que pedía salir.
Apreté los dedos dentro de mí, los curvé buscando ese punto, ese lugar que siempre me rompía, y lo encontré.
Las paredes de mi vagina se contrajeron alrededor de mis propios dedos y supe que no faltaba nada, que el orgasmo ya estaba ahí, esperando.
"¿Te gusta pensar que estoy aquí, Santi?"
"Me encanta."
"¿Qué estás imaginando?"
"Te imagino en tu cama, con el camisón subido, los dedos mojados, la boca entreabierta. Te imagino gimiendo bajito para no despertar a Ernesto."
"¿Y qué más?"
"Te imagino con los ojos cerrados. Te imagino apretando el teléfono con la mano. Te imagino diciendo mi nombre."
"Tu nombre", escribí. Y mientras escribía, mis dedos se movían más rápido, más húmedos, más cerca del borde. La respiración se me cortaba. El silencio del cuarto era absoluto, solo roto por el zumbido del ventilador y el latido de mi propio corazón en mis oídos.
"Estoy a punto", escribió él.
"Yo también."
"¿Quieres llegar?"
"No sé si debo."
"¿Y si no es un límite? ¿Y si solo es esto, los dos, hablando, sintiendo, sin que nada de lo que pasa entre nosotros sea un error?"
"¿Y qué es entonces?"
"No sé. Pero no quiero que se acabe."
Esa fue la última palabra que escribí antes de que el orgasmo me atravesara.
Los dedos dentro de mí sintieron la primera contracción, un espasmo profundo que empezó en el centro y se extendió hacia afuera.
Después otro, y otro. La explosión me sacudió entera, me dobló las rodillas, me arrancó un gemido largo, grave, gutural, que el silencio del cuarto apenas alcanzó a disimular.
Muerdo el labio inferior para no hacer ruido, sintiendo el dolor de mis dientes contra la piel, pero el gemido se escapa igual, ahogado, contenido, casi tan silencioso como el zumbido del ventilador.
Los dedos siguieron dentro, sintiendo las contracciones que se iban apagando, las olas que se volvían temblores pequeños.
Cada espasmo era una liberación, una descarga de la tensión que había estado acumulando durante toda la conversación.
Mis dedos se quedaron dentro mientras las últimas contracciones se desvanecían, sintiendo la humedad que ahora era más abundante, más cálida, más mía.
Cerré los ojos. Abrí la boca. Solté un suspiro que apenas se oyó.
Cuando abrí los ojos, él había escrito: "Llegué."
"Yo también."
"¿Y qué sientes ahora?"
"Que he cruzado algo."
"¿Y te arrepientes?"
"No. No me arrepiento."
"Bueno, entonces hasta mañana, Sara."
"Hasta mañana, Santi."
Y apagué el teléfono.
Ernesto seguía dormido a mi lado. El apartamento seguía en silencio. Pero yo sabía que nada iba a ser igual.
Nada.