Capítulo V #4
Le respondí con un "jajajajaja". Pero por dentro, algo se había movido. Algo que yo no sabía que necesitaba oír. La frase de Santiago, dicha con esa ligereza suya, me había quitado un peso de encima que no sabía que estaba cargando.
Y entonces, con la seriedad que la conversación pedía, escribí:
"Santiago. Esto que te conté es en serio. Lo estoy poniendo en tus manos."
La respuesta llegó rápido.
"Primero muerto que traicionarte, Sara."
Y algo en mí, algo que llevaba meses tenso, se aflojó.
"Buenas noches, Santi."
"Buenas noches, Sara. Que sueñes con lo que quieras soñar."
***
La segunda mención del arma fue dos semanas después, un miércoles en la cena.
Cenábamos los cuatro, Ernesto, las niñas y yo, arroz con pollo que había dejado preparado la señora que venía dos veces a la semana.
Carolina hablaba de un proyecto del colegio.
Valentina no hablaba porque estaba concentrada en separar el pollo del arroz, que era un ritual que repetía en cada comida sin que ninguno de nosotros hubiera logrado explicarle que el pollo y el arroz estaban hechos para estar juntos.
Ernesto esperó a que Carolina terminara de contar lo del proyecto. Esperó a que Valentina se distrajera con algo. Y después, con la voz de quien menciona algo que lleva días pensando y que está eligiendo el momento, dijo:
—Oye, ya hablé con Rodrigo, el del banco. Ya tiene los papeles. Dice que si los llevo la semana que viene puede empezar el trámite.
Lo miré. Sabía exactamente de qué hablaba.
—Ernesto.
—Solo te lo digo para que sepas. No estoy pidiendo permiso.
Eso me llegó de una manera que no esperaba.
Ernesto no era un hombre que dijera "no estoy pidiendo permiso".
Era un hombre que consultaba, que negociaba, que llegaba a acuerdos.
Ese tono era nuevo. Era el tono de un hombre que había procesado algo durante semanas y que había llegado a una conclusión que no iba a mover.
—Las niñas están aquí —dije, en voz baja.
—Las niñas no están oyendo nada. —Tenía razón. Carolina había sacado el teléfono y Valentina seguía en su guerra contra el arroz—. Sara, me rompieron la cabeza con una piedra. Me quitaron todo. Me tiraron al suelo en plena calle a las doce del día. Tengo derecho a no querer que eso vuelva a pasar.
—Tener un arma no garantiza que no vuelva a pasar.
—No garantiza nada. Pero me hace sentir que no voy por el mundo completamente desarmado.
Lo miré. Ernesto me devolvió la mirada con una firmeza que llevaba meses sin ver en él. No era agresividad. Era algo más tranquilo y más sólido que la agresividad. Era un hombre que había tomado una decisión.
—No me gusta —dije.
—Lo sé. Y lo entiendo. Pero lo voy a hacer igual.
Carolina levantó la vista del teléfono. Nos miró a los dos con esa antena de los adolescentes que detectan la tensión adulta antes de que los adultos la nombren.
—¿Pasa algo?
—No —dijimos los dos al mismo tiempo.
Carolina volvió al teléfono. Valentina finalmente aceptó que el arroz y el pollo iban a coexistir en el mismo plato y se los comió juntos con una resignación filosófica que me hubiera dado risa en otra circunstancia.
Esa noche, en la cama, Ernesto se durmió rápido. Yo me quedé mirando el techo con la imagen del arma en la cabeza. No el arma concreta, que todavía no existía. La idea del arma. El peso de algo que no estaba y que pronto iba a estar.
En el cuaderno de tapas vino escribí, al día siguiente, en la firma con la puerta cerrada: "Ernesto está cambiando. Lo del arma no es solo el arma. Es un hombre que siente que el mundo le quitó algo y que quiere recuperar la sensación de control. No lo culpo.
Pero hay algo en esa imagen que no me deja quieta y que no sé bien por qué."
***
La conversación que cambió todo fue una tarde de jueves, veintidós días después del café en la Torre B.
Santiago me escribió a las tres de la tarde: "¿Estás libre a las seis?"
"Tengo caso hasta las cinco y media. ¿Por qué?"
"Quiero mostrarte algo. Nada raro. Un sitio."
"¿Un sitio?”
"Confía."
Era la primera vez que me pedía eso. Confía. Dos sílabas que en otro contexto serían neutras y que en este contexto tenían el peso de todo lo que no habíamos dicho en veintidós días de mensajes.
Pero a las cinco y media, cuando estaba a punto de salir de la oficina, me llamó Ernesto.
El banco le había pedido que se quedara hasta tarde para cerrar un informe, y necesitaba que yo fuera a buscar a las niñas al colegio.
No pude decirle que no. No había manera de decirle que no sin levantar sospechas.
Le escribí a Santiago: "No voy a poder. Ernesto se quedó tarde y tengo que ir a buscar a las niñas."
"¿Y si hablamos después? Cuando las acuestes."
"Puede ser. Pero no sé a qué hora."
"Te espero."
Esa noche acosté a las niñas temprano. Carolina se durmió con el teléfono en la mano. Valentina pidió que le leyera un cuento y a la mitad ya estaba roncando. Apagué la luz. Cerré la puerta. Bajé al cuarto.
Ernesto ya dormía. El apartamento estaba en silencio. Me acosté en la cama, apoyé la espalda contra el respaldo, y abrí el teléfono.
"Ya estoy", escribí.
Los tres puntos aparecieron de inmediato.
"Pensé que te habías dormido."
"Imposible. Tengo mucho en la cabeza."
"¿Quieres contármelo?"
"Tú primero. Me debes la historia de Doña Elvira."
Hubo un silencio. Después los tres puntos aparecieron y desaparecieron varias veces.
"Qué curiosa eres. ¿Estás segura de que quieres escucharla?"
"Completamente segura."
"Bueno. Pero no me juzgues."
"No te voy a juzgar. Solo quiero saber cómo hiciste."
Otro silencio. Después empezó a escribir.
"Fue en una fiesta de la universidad. Ernesto y Raúl se habían ido temprano. Yo me quedé porque había una chica que me interesaba. Pero la chica se fue con otro. Me quedé solo, con una botella de ron, en la cocina de la casa de los padres de Raúl. Y entonces llegó doña Elvira."
"Llegó a la cocina a buscar hielo. Estaba algo ebria. Llevaba un vestido rojo, escote pronunciado, el pelo suelto. Yo la había visto antes en otras fiestas, siempre impecable, siempre sonriente, pero esa noche estaba distinta. Había algo en su mirada. Algo que yo, con mis veintipico de años,
no supe interpretar hasta que ella me habló."
"¿Qué te dijo?"
"Me preguntó por qué estaba solo. Le dije que mi amiga se había ido con otro. Se rió. Y me dijo: 'los hombres jóvenes siempre eligen mal. No saben lo que tienen enfrente hasta que se va'."
"¿Y tú qué hiciste?"
"Me quedé callado. Ella se acercó, me tomó la cara, y me dijo: '¿Quieres que te enseñe lo que es una mujer de verdad?'."
"¿Y tú dijiste que sí?"
"Le dije que sí sin dudarlo. Me llevó al baño de la casa de Raúl. La fiesta seguía al otro lado de la puerta. La gente bailaba, reía, bebía. Y yo, en el baño, con doña Elvira, aprendiendo lo que me enseñaba esa hembra."
"¿Y después?"
"Después nos vimos muchas veces más. Siempre en lugares discretos. Siempre con la misma intensidad. Ella me decía que me amaba. Y yo, tonto de mí, le creía. O no le creía, pero me daba igual. Porque doña Elvira en esa época era una mujer espectacular."
"¿Y Ernesto nunca sospechó?"
"Nunca. Y yo no le conté a nadie. Hasta hoy. Hasta que te lo conté a ti."
Me quedé mirando el teléfono con la historia todavía flotando en el aire. Era tan absurdo y tan prohibido que no podía dejar de pensar en ello. Y mi cuerpo, ese traidor, respondía como si la historia me estuviera llegando directamente al centro.
"Ahora te toca a ti", escribió él.
"¿A mí?"
"Sí. Me dijiste que tenías una aventura con una compañera. Quiero saber cómo empezó."
El corazón me latió más fuerte. Hasta ese momento, nadie sabía los detalles. Nadie sabía cómo había empezado lo de Daniela. Ni siquiera yo había escrito eso en el cuaderno con todos los detalles.
"¿De verdad quieres saber?"
"Claro que sí."
"Bueno. Pero no te escandalices."
"Ja, ja, ja. Yo nunca me escandalizo. Ya sabes mis pecados. Los tuyos no pueden ser peores."
Hice una pausa. Recordé la primera vez que vi a Daniela. El cabello pelirrojo. Los ojos verdes. La pausa entre los dos besos. La palabra "compañera" dicha con esa media sonrisa. Y después el viaje a Maracaibo. La discoteca. El callejón. El cuarto de hotel.
"Fue en un viaje de trabajo", empecé a escribir.
"Maracaibo. Había una compañera que me caía bien desde el primer día, pero no sabía por qué. En el viaje, las cosas se fueron dando. Una noche fuimos a una discoteca. Ella besó a un chico delante de mí. Y verlos me excitó. Después, ella me llevó a un callejón.
Me hizo hacer cosas que nunca había hecho."
"¿Dime qué cosas?"
Pensé por un minuto si decirle o no y se lo solté: "Que le hiciera sexo oral a un chico de dieciocho años mientras ella lo miraba. Que recibiera su semen en la boca mientras él se venía. Y que después, ella me besó con ese sabor. Fue la primera vez que probé el semen de un hombre.
Y la primera vez que besaba a una mujer. Las dos en la misma noche."
"Guau. ¿Y después?"
"Después fuimos al hotel. A su cuarto. Y pasó lo que tenía que pasar. Fue la primera vez que estuve con una mujer."
"¿Y cómo fue?"
"Fue..." —hice una pausa—. "Fue distinto. No sé cómo explicarlo. Con los hombres siempre hay algo que no termina de encajar. Con ella todo encajaba. Sabía exactamente lo que hacer. Y yo, que siempre había sido la que sabía, de repente no sabía nada.
Me sentí como una adolescente descubriendo su cuerpo por primera vez."
"¿Y te gustó?"
"Me gustó más de lo que debería."
"¿Y sigues con ella?"
"Sí."
"¿Y si Ernesto se entera?"
"Por Dios, no. Creo que me muero."
Guardé el teléfono un momento. El silencio se alargó. Y entonces él escribió:
"¿Qué estás sintiendo ahora?"
"¿Ahora?"
"Sí. Mientras me cuentas esto. ¿Qué sientes?"
Me quedé quieta. La pregunta era demasiado directa. Demasiado íntima. Demasiado cerca de lo que mi cuerpo estaba sintiendo en ese momento.
"Creo que estoy pasando un límite, Santi."
"¿Qué límite?"
"El que separa lo que se puede decir de lo que se hace."
"¿Y quieres pasarlo?"
"¿Tú quieres que lo pase?"
"Quiero que hagas lo que tu cuerpo te pida."