El diario de Sara Capítulo V #3
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Capítulo V #3

—¿Te estás poniendo celosa, Sara Tovar?

—Yo no me estoy poniendo nada.

—Claro que no.

—Santiago, vete a la mierda.

Y le corté la llamada.

Me quedé sentada en el balcón con el teléfono en la mano, con el corazón latiendo más rápido de lo que justificaba la situación, con una mezcla de vergüenza y de algo que se parecía peligrosamente a la satisfacción de haber dicho exactamente lo que pensaba.

Diez minutos después escribí: "Disculpa mi actitud. Fue infantil."

Tres puntos. Después: "Un poco, sí. Pero también fue la cosa más honesta que has hecho en semanas."

"No empieces."

"No empiezo nada. Solo digo lo que veo."

"¿Y qué ves?"

Una pausa más larga. Después: "Una mujer que siente cosas que no sabe bien cómo procesar. Lo mismo que veo cuando me miro al espejo ultimamente."

Me quedé mirando esa palabra sin tilde, "ultimamente" mal escrito, y esa errata pequeña me pareció la cosa más humana que él había escrito en semanas.

Santiago Herrera, que hablaba bien, que escribía bien, que siempre tenía la palabra exacta, había escrito "ultimamente" sin tilde porque estaba escribiendo rápido y con el corazón un poco afuera.

"¿Qué estás sintiendo tú?", escribí.

"Cosas que no debería."

"Eso me lo sé de memoria."

"Lo sé. Por eso te lo digo a ti y no a nadie más."

Y entonces, sin que yo supiera cómo ni cuándo, la conversación cambió de tono. Pasó de ser ligera a ser otra cosa. Algo más denso. Más íntimo. Más peligroso. No fue una decisión consciente; fue como si el aire entre los dos se hubiera vuelto más pesado, y yo, en lugar de huir, me quedé.

Ahí empezó la hora larga. Una hora y doce minutos, según el registro de WhatsApp que revisé después. Una hora y doce minutos en los que pasó algo que yo no había anticipado.

Empezamos hablando de cosas ligeras. De libros.

De cómo a veces uno encuentra lugares que parecen hechos para uno, sin saber que los estaba buscando.

De cómo la vida a veces te pone en el camino a personas con las que se puede hablar sin esfuerzo, sin tener que pensar en lo que se va a decir antes de decirlo.

"Es lindo hablar contigo, Sara", escribió en algún momento.

Y yo, sin pensarlo demasiado, escribí: "También me agrada hablar contigo, Santi."

No era una declaración. Era solo una verdad. Pero al escribirla, sentí que algo pequeño pero real se movía en mi pecho. Algo que no necesitaba nombre todavía, pero que estaba ahí.

"¿Puedo contarte algo?", escribió él.

"Sí."

"Hay días en que llego a mi casa y el silencio es demasiado grande. No es que esté triste. Solo es... mucho espacio vacío. Y hoy, llegué y el apartamento no se sintió tan vacío."

"Te entiendo", escribí. "A veces las casas no son hogares. Son solo lugares donde se guardan cosas."

"Exacto", escribió. Y después: "¿Tú también sientes eso?"

"¿Qué?"

"Que tu casa es solo una casa."

El dedo se me quedó suspendido sobre el teclado. Era una pregunta que nadie me había hecho nunca. Y la respuesta honesta era que sí. Que el apartamento de La Castellana era el lugar donde vivía, donde criaba a mis hijas, donde dormía al lado de un hombre bueno. Pero que no era un hogar. No del todo.

"A veces", escribí. "Más de lo que me gustaría admitir."

"Yo también. Y esto, escribirlo aquí, es la primera vez que se lo digo a alguien."

"¿En serio?"

"En serio. No es algo que uno dice en las cenas."

Seguimos hablando. De cosas pequeñas y grandes. De cómo a veces uno se despierta y no sabe bien quién es. De cómo los años pasan y uno se da cuenta de que ha ido tomando decisiones sin darse cuenta, y que un día mira hacia atrás y no reconoce el camino que recorrió.

"Tengo otro secreto", escribió él.

"Dime."

"Cuando era niño, quería ser escritor. Escribía cuentos largos en un cuaderno que mi mamá me compraba. Los guardaba debajo de la cama. Un día mi papá los encontró y se rió. No de mala manera, pero se rió. Dijo que eso no era para hombres. Y yo, tonto, dejé de escribir.

Nunca más volví a escribir un cuento."

"¿Nunca más?"

"Nunca más. Hasta que empecé a hablar contigo y me di cuenta de que te cuento cosas como antes escribía cuentos."

Esa frase me llegó de una manera distinta. No era romántica. No era una declaración. Era otra cosa. Era la honestidad de un hombre que se estaba abriendo sin esperar nada a cambio.

"¿Y si volvieras a escribir?", le pregunté.

"¿Volver?"

"Sí. No hace falta que sea para publicar. Solo para ti. Como cuando eras niño."

Hubo un silencio largo. Los tres puntos aparecieron y desaparecieron varias veces.

"Quizás", escribió al final. "No sé. Tal vez necesito un empujón."

"Te lo doy. Escribe. Aunque sea una página."

"Bueno. Pero si es mala, no te rías."

"No me voy a reír."

"¿Y tú? ¿Tienes un secreto de esos?"

Pensé. Podía contarle lo de la arqueología. Lo de querer viajar a Egipto cuando era niña. Lo de mi mamá diciéndome que eso no era para señoritas.

"Cuando era niña quería ser arqueóloga", escribí.

"Viajar a Egipto, desenterrar cosas que nadie había visto en siglos. Mi mamá dijo que eso no era para mí. Que una mujer de bien estudiaba derecho o se casaba bien. Yo elegí derecho. Y me casé. Y a veces veo documentales de arqueología y me pregunto qué habría pasado si no le hubiera hecho caso."

"Y qué crees que habría pasado?"

"No lo sé. Tal vez habría viajado. Tal vez no me habría casado. Tal vez sería más feliz. O menos. Eso nunca se sabe."

"Pero te queda el documental", escribió.

"¿El documental?"

"Sí. Verlo y preguntarte. Eso también es una forma de viajar, ¿no?"

Me reí. No de él, sino de la forma en que lo decía. Como si la vida fuera más simple de lo que yo la hacía.

La conversación siguió. Y en algún punto, sin que yo supiera cómo, la temperatura cambió. No sé si fue la hora. No sé si fue la oscuridad del balcón y el hecho de estar sola, con Caracas abajo y el teléfono en la mano. Pero algo en el aire se volvió más denso. Más íntimo. Más cargado.

"Ahora te toca un secreto más grande", escribió él.

"¿Cuál?"

"El que no le has contado a nadie."

"Ya te conté lo de la arqueología."

"Eso fue un sueño de niña. Ahora quiero uno de adulta."

El pulso se me aceleró. No porque supiera lo que iba a decir. Sino porque no sabía.

"Cuéntame tu pecado más íntimo", escribió.

Guardé silencio un rato. El teléfono en la mano. La noche de Caracas abajo. Y sentí, con una claridad que me sorprendió, que estaba húmeda. Que mi cuerpo había reaccionado a algo que no era una caricia ni una mirada, solo palabras, solo la cercanía de su voz a través de la pantalla.

"No deberías preguntarle eso a la esposa de tu mejor amigo", escribí al final.

"¿Y por qué no?"

"Porque algunas cosas no se dicen."

"Sara, tú eres mi amiga también. Y yo sería incapaz de delatarte."

"No te creo."

"¿Qué tengo que hacer para que me creas?"

No respondí. El corazón me latía en las sienes. Y él, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo, escribió:

"Bueno, entonces me voy a poner en tus manos. Te voy a contar algo que puede arruinar la amistad de años que tenemos Raúl, Ernesto y yo. Si quieres, puedes usar esto para hundirme. Pero te lo cuento igual."

Me quedé pasmada. ¿Qué podía ser tan grande como para arruinar una amistad de décadas?

Veía en la pantalla cómo escribía. Los tres puntos aparecían, desaparecían, volvían a aparecer.

Yo esperaba desesperada, con el teléfono apretado entre las manos, sintiendo la humedad entre mis piernas crecer con cada segundo de espera.

Y de repente, el mensaje llegó.

"En mis años de universidad, me cogí a la mamá de Raúl. Y a la mamá de Ernesto."

Se me cortó el aire.

"En esa época esas señoras estaban bien buenas", continuó. "Se dio la oportunidad y me las cogí. Y de hecho, a la mamá de Ernesto me la cogí más de veinte veces. Doña Elvira."

Me quedé en shock. No podía creerlo. La mamá de Ernesto. Mi suegra. La señora que me recibía los domingos con un beso y una bandeja de pastelitos. La mujer que se sentaba en la mesa a hablar de la familia y del clima. Esa misma señora.

"¿No te puedo creer?", escribí. "¿Qué hiciste eso? ¿A doña Elvira? ¿Y a la señora Juana?"

"Sí, a las dos. Y las dos fueron completamente voluntarias."

"Eres un bribón, Santiago Herrera."

"Ya lo sé. Pero ahora ya sabes mi pecado más grande."

Yo estaba entre incredulidad, risas y excitación.

Mi cuerpo vibraba con una mezcla de todo eso.

La imagen de mi suegra, de la señora Juana, y Santiago en sus años mozos.

Era tan absurdo y tan prohibido que no podía dejar de pensar en ello.

Y mi cuerpo, ese traidor, respondía como si la historia me estuviera llegando directamente al centro.

"Ahora te toca a ti", escribió él.

"¿Cómo sé que lo que me dijiste es verdad?"

Pasó un minuto. Después otro. Y de repente, llegó una foto.

Era mi suegra. En pelotas. En una posición muy sugerente. Debía tener más de diez años de antigüedad, pero era inconfundible. Doña Elvira, la señora de los pastelitos y las conversaciones dominicales, posando como una modelo de revista.

Casi me caigo de la cama.

"Si quieres, guarda esto", escribió él. "Y si me delatas, me hundes. Pero así sabes que no te miento."

"¿Qué más quieres que te cuente?", escribí, con los dedos temblorosos.

"Tu pecado más grande."

Me quedé pensando. Si hacerlo o no. Si cruzar esa línea o quedarme al borde. Mi cuerpo ya estaba del otro lado, húmedo, vibrante, pidiendo más. Pero mi cabeza todavía estaba negociando con la culpa.

Dos minutos después, llegó un mensaje suyo:

"????"

Y yo, sin poder detenerme, escribí:

"Tengo una aventura."

Me quedé esperando su respuesta, toda nerviosa. Los tres puntos aparecían y desaparecían. El silencio se alargaba. El corazón me latía tan fuerte que podía oírlo en los oídos.

Como a los tres minutos, llegó:

"Vean, vean, la Sarita también tiene sus pecados."

"¿Y con quién?", preguntó.

"Con una compañera de la oficina."

"¿Una mujer?"

"Sí."

"Por Dios, Sara. Para Santiago Herrera eso no sería una infidelidad. Eso sería darle sabor al matrimonio. Para Ernesto Figueroa... no sé."