Capítulo V #2
—¿Y de qué te das cuenta ahora?
Me miró un momento. No era una mirada que buscase nada. Era una mirada de las que solo miran, que no piden ni exigen, que solo están ahí.
—Me doy cuenta de que estás más cansada de lo que dices. De que llevas tiempo viviendo en un ritmo que no es tuyo. Y de que, aunque no lo digas, te gusta estar aquí, en esta mesa, hablando de esto en lugar de estar en la oficina.
No supe qué responder. Porque todo lo que había dicho era verdad.
—Santi —dije.
—Sí.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por escuchar. Por no hacer las preguntas que todos hacen. Por hablar de cosas que importan.
Lo miré y supe que podía pasarme horas así, viéndolo, escuchándolo, en esa cafetería que no conocía nadie.
—Bueno —dijo él, sonriendo—. Tengo una reunión a la una. Pero todavía me queda tiempo para otro café.
—Yo también tengo tiempo.
El hombre de la barra nos sirvió dos tazas más.
Y la mañana siguió, con la luz de Caracas entrando por la ventana alta, y yo escuchándolo hablar de todo y de nada, y registrando cada detalle de él: la pequeña cicatriz en el índice que nunca le había preguntado, la forma en que se pasaba la mano por el pelo cuando pensaba,
el tono de su voz cuando se reía, esa risa suya que no era ruidosa sino contenida, como si él también guardara las cosas que valían la pena.
Y supe que algo estaba cambiando. Que la cafetería de la Torre B iba a ser un antes y un después en mi vida. Pero esa mañana, sentada frente a él, con el café tibio entre las manos, no quise nombrarlo todavía. Solo quise quedarme ahí, mirándolo, escuchándolo, guardando cada detalle para después.
En el taxi de vuelta a la firma escribí en el cuaderno de mi teléfono — no en el cuaderno de tapas vino, ese estaba en casa — escribí: "Hablar con Santi es como encontrar un libro que creías que ya habías leído y darte cuenta de que lo habías leído mal."
Guardé la nota. La borré. La volví a escribir. La guardé.
***
Esa misma semana, el viernes en la noche, Ernesto mencionó la posibilidad de comprar un arma.
Estábamos en la cama. Las niñas dormidas. Yo leía, o fingía leer, porque en realidad llevaba diez minutos mirando la misma página sin procesar una sola palabra. Ernesto tenía el teléfono en la mano, como casi siempre a esa hora, revisando algo.
—Oye —dijo, sin levantar la vista del teléfono—, hay un tipo en el banco, un compañero del área de riesgos, que dice que me puede conseguir el porte de un arma legal. Un revólver pequeño, para tener en el carro.
Bajé el libro. Lo miré.
—¿Cómo?
—Un porte legal. El tipo tiene contactos en el CICPC, dice que el trámite se puede hacer en tres semanas si uno tiene los papeles en orden. Después del asalto, Sara, no me siento seguro saliendo ni siquiera a tomar café. Me golpearon muy feo.
—Ernesto, yo no quiero un arma en esta casa.
—No sería en la casa. Sería en el carro. Solo para el carro.
—En el carro que entra a esta casa. Con dos niñas.
—Las niñas no van a tocar el carro solas.
—No me gustan las armas —dije, y sentí que mi voz salía más seca de lo que pretendía—. Nunca me han gustado. No quiero una en ningún lugar que tenga que ver con esta familia.
Ernesto me miró. Había algo en su cara que no era enojo, era algo más cansado que el enojo. La expresión de un hombre que siente que el mundo se le ha vuelto más hostil y que su mujer no lo está entendiendo.
—Solo lo estoy pensando, Sara. No dije que ya lo iba a hacer.
—Está bien —dije. Volví al libro. No leí nada.
Esa noche me dormí tarde, con la oscuridad del cuarto encima, con Ernesto respirando al lado, y pensé en el arma.
Pensé que Ernesto tenía razón en sentirse inseguro.
Pensé que Caracas justificaba ese miedo con una lógica aplastante.
Y pensé, al mismo tiempo, que la imagen de un arma en el carro de mi marido me producía una incomodidad que no era solo miedo al accidente.
Era algo más antiguo, más instintivo, más difícil de nombrar.
***
Los mensajes con Santiago se fueron volviendo una cosa propia. No los planeamos. Simplemente empezaron a existir, como existen las cosas que uno no decide conscientemente pero que el cuerpo y la cabeza van construyendo solos.
Empezaron siendo mensajes sobre Ernesto.
Cómo iba la recuperación. Si los puntos habían cicatrizado bien.
Si había vuelto al trabajo. Después derivaron hacia otras cosas: un artículo que Santiago había leído sobre algo que recordaba un caso que yo había mencionado en el café.
Una reseña de un libro que él pensaba que a mí podría interesarme.
Una pregunta sobre Valentina, que había ganado un concurso de dibujo en el colegio y cuya foto yo había publicado en el estado de WhatsApp sin pensar que Santiago la iba a comentar.
"Salió igualita a ti", escribió.
"Todos dicen que se parece más a mí", respondí. "A Ernesto le da risa porque los ojos son completamente suyos."
"Los ojos son los de Ernesto pero la forma de sonreír es la tuya. Esa sonrisa de que estoy pensando algo que no voy a decir."
Me quedé mirando ese mensaje más tiempo del que debería.
"¿Eso piensas de mi sonrisa?"
"Eso pienso desde hace años. Solo que no lo había dicho."
Guardé el teléfono. Fui a buscar agua a la cocina. Estuve diez minutos parada frente a la ventana de la cocina, mirando las luces de Caracas de noche, antes de volver al cuarto.
Esa noche escribí en el cuaderno: "Hay personas que te conocen de una manera. Y de pronto dicen algo que te hace pensar que te han estado mirando de otra manera al mismo tiempo, en paralelo, sin que tú lo supieras. Y eso, dependiendo de quién sea la persona,
puede ser la cosa más tranquilizadora o la más peligrosa del mundo. Con Santi es las dos al mismo tiempo."
***
Con Daniela, esas semanas, las cosas siguieron su ritmo.
Nos veíamos en la firma con la profesionalidad de siempre.
Cada quince días, el encuentro en su departamento de Las Mercedes.
El cuerpo seguía recibiendo lo que Daniela le daba con una precisión que yo ya sabía leer.
Pero algo había cambiado. No en el cuerpo. En la cabeza.
Una noche de martes, en la cama deshecha de Daniela, después de una hora juntas, ella me acariciaba el brazo en silencio y yo miraba el techo. En algún momento se incorporó. Me miró.
—¿Dónde estás?
—Aquí.
—No. Estás aquí con el cuerpo. La cabeza está en otro sitio.
La miré. Daniela tenía la cualidad específica de decir cosas ciertas con una calma que no pedía respuesta inmediata. No era una acusación. Era una observación.
—Estoy bien —dije.
—No te estoy preguntando si estás bien. Te estoy diciendo que no estás aquí.
Me senté también. Nos miramos en la penumbra del cuarto, las dos desnudas, con la sábana entre las dos como un territorio neutral.
—Hay algo que me está pasando —dije—. No tiene que ver contigo. O sí tiene, pero no de la manera que parece.
—¿Es un hombre?
La pregunta me sorprendió. No por la pregunta en sí, sino por la velocidad con que la había hecho. Como si lo hubiera estado esperando.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque te conozco, Sara. Llevas tres semanas con una sombra distinta de la de siempre. La sombra de antes era culpa. Esta es otra cosa. —Hizo una pausa—. La sombra del deseo que todavía no se ha resuelto es muy específica. La reconozco.
No respondí. Daniela asintió despacio, como si mi silencio fuera la confirmación que necesitaba.
—Está bien —dijo—. No tienes que contarme nada.
—Daniela...
—En serio. —Me agarró la mano—. Yo no soy tu pareja, Sara. No tengo derecho a pedirte explicaciones sobre lo que sientes por otras personas. Lo que tú y yo tenemos es lo que tú y yo tenemos. Y lo que tú tengas con otra persona es tuyo.
Lo dijo con esa elegancia que tenía para las cosas difíciles. Con esa elegancia de mujer que había construido un modelo de vida entero sobre la premisa de que el amor y la posesión no son la misma cosa.
Pero esa noche, de vuelta en el taxi a casa, con la ciudad pasando por la ventana, me quedé pensando en algo que no le había dicho a Daniela.
Que lo que sentía por Santiago no era lo mismo que lo que sentía por ella.
Con Daniela era el cuerpo primero, la emoción después, siempre en ese orden.
Con Santiago era al revés. Y eso, descubrí esa noche en el taxi, era mucho más difícil de administrar.
***
El berrinche, porque así lo llamé yo misma después, fue un sábado a la tarde.
Ernesto había llevado a las niñas a casa de su madre a pasar el fin de semana. Yo tenía la tarde libre, cosa que en mi vida ocurría con la frecuencia de los eclipses. Estaba en el balcón con un libro y un café cuando vi en el estado de WhatsApp de Santiago una foto.
Era una foto de una mesa de restaurante.
Dos copas de vino. Un plato con algo que parecía pasta.
Y una mano de mujer, con uñas largas pintadas de rojo, apoyada sobre la mesa al lado de la copa.
La foto no tenía texto. No necesitaba. Era el tipo de foto que uno sube cuando quiere decir "estoy aquí con alguien" sin tener que decirlo.
Las uñas eran de Valeria. Las reconocí porque las había visto en la clínica.
Bajé el teléfono. Tomé el café. El café estaba frío. Lo dejé. Intenté leer. No pude. Me quedé mirando la ciudad desde el balcón con una irritación que no tenía ningún nombre razonable y que yo sabía perfectamente bien que no tenía ningún derecho a sentir.
Ernesto era mi marido. Daniela era mi amante. Santiago era uno de los dos mejores amigos de mi marido con quien yo llevaba tres semanas escribiéndome todos los días. Valeria tenía todo el derecho del mundo a estar cenando con él. Yo no tenía ningún derecho a sentir nada sobre esa foto.
Y sin embargo la irritación no se iba.
A las seis de la tarde el teléfono sonó. Era Santiago.
—Hola —dijo.
—Hola.
—¿Cómo va el sábado?
—Bien. —Una pausa que duró demasiado—. ¿Saliste a comer?
Silencio de un segundo.
—Sí. Un almuerzo tardío. ¿Viste el estado?
—Lo vi.
—Sara...
—No, está bien. —La irritación se me coló en la voz y lo supe en el momento en que salió—. Me parece muy bien. Qué bueno que tengas planes. Muy bien.
Un silencio. Y después, claramente, él se estaba riendo. No a carcajadas. Esa risa baja de quien encuentra algo genuinamente gracioso pero no quiere hacer un escándalo de eso.