Capítulo V
Hay cosas que una entiende demasiado tarde. Que lo que empezó como un abrazo de despedida en la entrada de un edificio, en una noche en que el marido llegó a casa con siete puntos en la cabeza, era en realidad el primer paso hacia algo que iba a costarle mucho más que un abrazo.
Lo entendí tres semanas después de esa noche.
Lo entendí cuando me di cuenta de que llevaba siete días revisando el celular con una frecuencia que no tenía ningún sentido práctico, esperando un mensaje de alguien que no me había escrito nada.
Lo entendí cuando Ernesto me habló en la cama un martes a la noche y yo asentí sin escucharlo, con la cabeza en otro sitio, con la boca de Santiago en la comisura de mis labios todavía fresca después de veinte días.
Lo entendí, escribirlo me cuesta, porque nunca me había pasado antes.
Con Andrés Vásquez no me había pasado. Con Daniela no me había pasado.
Con Carlos ni con Mauricio en Choroní. Lo físico lo administraba con una eficiencia que me sorprendía a mí misma.
Pero esto era otra cosa. Esto no era el cuerpo.
Esto era la cabeza, y la cabeza, descubrí, no se administra igual.
***
Santiago Herrera tenía cuarenta años, igual que Ernesto.
Los dos habían estudiado administración en la UCAB, compartido apartamento en los años de pasantía, fue testigo y padrino de nuestra boda.
Santiago era padrino de Valentina, mi hija menor.
La había bautizado cuando ella tenía apenas seis meses, y desde entonces se había tomado el puesto con una seriedad que contrastaba con su forma de vivir el resto de su vida.
Él decía, cada vez que alguien le preguntaba, que Valentina había heredado mis ojos y el carácter de mi hermana Adriana, y que eso lo tenía completamente enamorado desde que nació.
No tenía hijos propios, y quizás por eso se había entregado con tanta devoción a su papel de padrino: llevaba a Valentina al parque los sábados, le compraba libros que ella devoraba en dos días, y siempre llegaba a sus cumpleaños con el regalo más absurdo y más acertado.
Mi hija lo adoraba. Y Santiago, aunque nunca lo admitiría en voz alta, la quería como si fuera suya.
Trabajaba en una empresa de consultoría financiera.
Vivía solo en un apartamento en Altamira.
Leía, cosa que a los hombres de su círculo no les interesaba demasiado.
Cocinaba, cosa que a Ernesto siempre le había parecido graciosa en él.
Tenía una forma de escuchar a la gente, inclinando un poco la cabeza hacia el lado, que yo había notado muchas veces en cenas sin darle nombre hasta ahora.
Se conocían desde niños. Lo había visto pasar por triunfos y fracasos, perder a su padre, cambiar de trabajo dos veces, salir con mujeres que duraban tres meses y mujeres que duraban seis y la Valeria actual que llevaba cuatro meses y que a mí, por razones que no quería examinar todavía,
no me terminaba de gustar.
Lo conocía desde hacía más de trece años y en esos trece años nunca me había detenido a pensar en él como algo distinto del mejor amigo de mi marido.
Hasta la noche del asalto. Hasta el abrazo en la entrada del edificio.
Hasta el beso en la comisura que podría haber sido un accidente y que los dos sabíamos que no lo era.
***
El primer contacto después de esa noche lo inició él. Un mensaje de WhatsApp el jueves siguiente, cuatro días después del beso, a las once y media de la mañana. Yo estaba en la firma revisando un contrato de arrendamiento cuando el teléfono vibró en el escritorio.
"¿Cómo está Ernesto?"
Tres palabras. La pregunta más inocente del mundo. La pregunta que cualquier amigo mandaría cuatro días después de que otro amigo llegara a casa con siete puntos en la cabeza. Nada que justificara que yo me quedara mirando esa pregunta durante noventa segundos antes de contestar.
"Mejor", escribí. "Ya sin dolor. Le dieron reposo cinco días y está cumpliendo el reposo con la energía de siempre, o sea, mal."
Tres puntos de que estaba escribiendo. Después: "Qué alivio. Oye, ¿y tú cómo estás?"
Me quedé un momento. La pregunta era distinta. No era "cómo están". Era "y tú".
"Bien", escribí. Borré. Escribí: "Más o menos bien. Fue una noche rara."
"Sí. Lo fue."
Un silencio de dos minutos. Después él escribió: "¿Te tomaste el café todavía?"
"No."
"Yo tampoco. Tengo reunión a las doce pero podría salir a las once y cuarenta y cinco si me apuro. Hay una cafetería en la Torre B de las Mercedes que no conoce nadie. ¿Puedes?"
Debería haber dicho que no. Debería haber dicho que tenía trabajo, que el contrato de arrendamiento me estaba esperando, que a las doce yo también tenía algo. Todo eso era verdad. Y sin embargo escribí, con una velocidad que me sorprendió a mí misma: "A las once y cuarenta y cinco ahí estoy."
Guardé el teléfono. Me quedé mirando el contrato de arrendamiento. No leí una sola línea más en los veinte minutos siguientes.
***
La cafetería de la Torre B era exactamente lo que él había dicho: un lugar que no conocía nadie.
Cuatro mesas, una barra de madera, un hombre mayor detrás del mostrador que preparaba el café con una lentitud de ritual.
Sin música. Sin gente de firma con portafolios y auriculares.
Solo el ruido discreto de Las Mercedes entrando por una ventana alta.
Santiago llegó dos minutos después que yo.
Llevaba una camisa azul oscura, mangas enrolladas hasta los codos, sin corbata.
Tenía la expresión de un hombre que acaba de salir corriendo de una reunión y que aun así parece cómodo en cualquier sitio donde llegue.
Me vio desde la puerta. Sonrió. Y algo en mí, algo que yo llevaba días intentando clasificar, se acomodó en su lugar con la precisión de una pieza de rompecabezas que uno lleva tiempo buscando.
Me senté frente a él. Pedimos dos cafés. Y entonces él empezó a hablar.
No sé cuándo fue exactamente que me di cuenta de que me gustaba escucharlo.
Quizás fue cuando dijo algo sobre un libro que había leído la semana anterior, un autor chileno que yo también había leído, y en lugar de hacer el comentario superficial que la gente hace en las cenas, se detuvo en una escena específica, en un personaje secundario,
en la forma en que el autor describía la luz de una tarde en una ciudad que ninguno de los dos conocía.
Hablaba con esa precisión de los que leen de verdad, no de los que leen para poder decir que leyeron.
Y mientras hablaba, yo lo miraba.
No podía evitarlo. Sus ojos verdes, que yo había visto en cien cenas y cumpleaños sin detenerme nunca a examinarlos, tenían esa mañana un color distinto.
Tal vez era la luz de la cafetería, que entraba tamizada por una cortina blanca y les daba un tono más claro, casi gris en los bordes.
O tal vez era que nunca los había mirado con esta atención.
Tenía una forma de entrecerrarlos un poco cuando pensaba, como si las palabras que estaba diciendo las estuviera probando antes de soltarlas, asegurándose de que fueran las correctas.
Me encantaba eso. Me gustaba la lentitud con que hablaba, esa pausa que hacía entre una idea y la siguiente, como si el mundo no estuviera esperando afuera con su prisa de siempre.
Era fascinante la forma en que movía las manos cuando se entusiasmaba con algo, sin exageración, solo el gesto justo para acompañar lo que decía.
Me gustaba que no interrumpiera, que esperara a que yo terminara mis frases, que cuando yo hablaba me mirara con esa atención que hacía que uno se sintiera la única persona en el cuarto.
—¿Y tú qué lees últimamente? —me preguntó.
Me tomó un segundo responder, porque estaba distraída por la forma en que había inclinado la cabeza hacia un lado, ese gesto suyo de escuchar que yo había visto tantas veces sin darle importancia y que ahora, de repente, me parecía la cosa más interesante del mundo.
—Almudena Grandes —dije—. Siempre vuelvo a ella.
—¿La de los episodios nacionales?
—Esa. Pero también las otras. Las historias de gente común en medio de cosas grandes. Me encantaba cómo escribe la intimidad. Cómo hace que lo pequeño parezca importante.
—¿Y lo es?
—¿Qué?
—Lo pequeño. ¿Es importante?
Lo miré. No era una pregunta retórica. Era una pregunta de verdad, hecha con esa curiosidad suya que no fingía interés.
—Creo que sí —dije—. Creo que la vida está hecha de lo pequeño. Y los que saben verlo son los que entienden algo.
Asintió despacio, como si estuviera procesando.
—Nunca lo había pensado así —dijo—. Pero tiene sentido. La gente pasa la vida esperando los grandes momentos y se olvida de que la vida ocurre en los pequeños.
La forma en que dijo eso, con una mezcla de calma y de certeza, me llegó de una manera que no esperaba.
Había algo en la manera de Santiago de hablar de las cosas que no era la anécdota superficial del hombre que llena silencios.
Era más profundo que eso. Era la voz de alguien que se había tomado el tiempo de pensar en las cosas que decía.
—¿Y tu mamá? —pregunté—. ¿Cómo está?
—Bien. Llamándome todos los días para saber si comí. Esa forma de querer de las madres que uno no aprecia hasta que es adulto y se da cuenta de que es lo más parecido a un refugio que existe.
Sonrió cuando lo dijo, y en esa sonrisa vi algo que no había visto antes en él. Una vulnerabilidad pequeña, un asomo de la persona que había detrás de la fachada de hombre tranquilo y sin problemas que siempre mostraba en las cenas.
—¿Tú llamas a tu mamá? —preguntó.
—Todos los días.
—¿Y ella te pregunta si comiste?
—Siempre.
—Entonces las dos tenemos la misma suerte.
Me reí. Fue una risa fácil, de esas que salen sin permiso. Y él, al oírme reír, me miró de una manera que no supe leer del todo. No era deseo, no era coqueteo. Era como si mi risa le hubiera gustado por sí misma, como si fuera un sonido que quería guardar.
—Me gusta tu risa —dijo.
—¿Por qué?
—No sé. Es limpia. No suena a que estás ensayando.
Esa observación, tan sencilla y tan exacta, me dejó sin palabras un momento. Porque tenía razón. Yo había pasado gran parte de mi vida adulta ensayando sonrisas y risas en los lugares donde se esperaban. Y esa mañana, en esa cafetería, con él, no había estado ensayando nada.
—¿Tú sabes leer a la gente? —le pregunté.
—No sé si leer. A veces me doy cuenta de cosas. No siempre.