El diario de Sara Capítulo IV #12
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Capítulo IV #12

Me quedé helada. El pulso se me disparó.

¿Cómo podía saberlo? ¿Cómo podía adivinar lo que mi mano estaba haciendo?

Por un segundo, el miedo me paralizó. La imagen de Ernesto despertándose, de él mirando el teléfono, de todo el castillo de mentiras que había construido derrumbándose en una sola noche, pasó por mi cabeza como un relámpago.

Pero el miedo duró apenas un segundo, porque mi cuerpo ya había decidido por mí.

"No", escribí. "No, claro que no."

"Mentirosa."

"¿Cómo puedes saberlo?"

"Porque yo también lo estoy haciendo."

Esa frase me cortó el aire. Él también. Santiago Herrera, el mejor amigo de mi marido, el padrino de mi hija, se estaba tocando mientras hablaba conmigo.

La imagen se me clavó en la cabeza como una daga de placer: él en su cama, a oscuras, con el teléfono en una mano y la otra ocupada, pensando en mí mientras yo pensaba en él.

Mi cuerpo respondió a esa imagen con una oleada de calor que me hizo apretar los dedos dentro de mí.

"¿En serio?", escribí, con los dedos temblorosos.

"En serio. Estoy en mi cama, a oscuras, con el teléfono en una mano y la otra ocupada. Y no puedo dejar de pensar en ti. En cómo te ves cuando te tocas. En cómo sonarías si estuvieras aquí."

"Eso es un límite, Santi. Eso es cruzar una línea."

"¿Y qué si la cruzo? ¿Qué pasa si la cruzo y descubro que al otro lado también hay algo bueno?"

"Pasa que Ernesto duerme al lado mío."

"¿Y eso te detiene?"

Miré a mi izquierda otra vez. Ernesto seguía dormido. Su respiración era la misma de siempre, pausada y regular. No se iba a despertar. Nunca se despertaba. Y en ese momento, el miedo se convirtió en otra cosa: en un impulso, en una urgencia que no podía contener.

"No", escribí. "No me detiene."

"Entonces sigue."

Y seguí. Mi mano se movía más rápido ahora, siguiendo el ritmo de la conversación, de sus palabras, de la imagen de él haciendo lo mismo al otro lado del teléfono.

Los dedos se movían dentro y fuera con una urgencia que ya no podía controlar, sintiendo cada pliegue de mi interior, cada contracción que mi cuerpo hacía sin pedir permiso.

La flama caliente se acumulaba en mi bajo vientre como un fuego que crecía con cada palabra que él escribía.

El ritmo se aceleró sin que yo lo decidiera.

Era el cuerpo el que pedía más, más adentro, más fuerte, más.

Los dedos se movían con una desesperación que ya no disimulaba, y la otra mano me apretaba el seno con más fuerza, los dedos clavándose en la carne, sintiendo el pezón duro contra la palma de mi mano.

El contraste entre el frío de la noche en mi piel expuesta y el Fervor que mis dedos encontraban dentro de mí era casi insoportable.

Casi, casi. Sentía la tensión acumularse en el bajo vientre, el calor que se concentraba, que vibraba, que pedía salir.

Apreté los dedos dentro de mí, los curvé buscando ese punto, ese lugar que siempre me rompía, y lo encontré.

Las paredes de mi vagina se contrajeron alrededor de mis propios dedos y supe que no faltaba nada, que el orgasmo ya estaba ahí, esperando.

"¿Te gusta pensar que estoy aquí, Santi?"

"Me encanta."

"¿Qué estás imaginando?"

"Te imagino en tu cama, con el camisón subido, los dedos mojados, la boca entreabierta. Te imagino gimiendo bajito para no despertar a Ernesto."

"¿Y qué más?"

"Te imagino con los ojos cerrados. Te imagino apretando el teléfono con la mano. Te imagino diciendo mi nombre."

"Tu nombre", escribí. Y mientras escribía, mis dedos se movían más rápido, más húmedos, más cerca del borde. La respiración se me cortaba. El silencio del cuarto era absoluto, solo roto por el zumbido del ventilador y el latido de mi propio corazón en mis oídos.

"Estoy a punto", escribió él.

"Yo también."

"¿Quieres llegar?"

"No sé si debo."

"¿Y si no es un límite? ¿Y si solo es esto, los dos, hablando, sintiendo, sin que nada de lo que pasa entre nosotros sea un error?"

"¿Y qué es entonces?"

"No sé. Pero no quiero que se acabe."

Esa fue la última palabra que escribí antes de que el orgasmo me atravesara.

Los dedos dentro de mí sintieron la primera contracción, un espasmo profundo que empezó en el centro y se extendió hacia afuera.

Después otro, y otro. La explosión me sacudió entera, me dobló las rodillas, me arrancó un gemido largo, grave, gutural, que el silencio del cuarto apenas alcanzó a disimular.

Muerdo el labio inferior para no hacer ruido, sintiendo el dolor de mis dientes contra la piel, pero el gemido se escapa igual, ahogado, contenido, casi tan silencioso como el zumbido del ventilador.

Los dedos siguieron dentro, sintiendo las contracciones que se iban apagando, las olas que se volvían temblores pequeños.

Cada espasmo era una liberación, una descarga de la tensión que había estado acumulando durante toda la conversación.

Mis dedos se quedaron dentro mientras las últimas contracciones se desvanecían, sintiendo la humedad que ahora era más abundante, más cálida, más mía.

Cerré los ojos. Abrí la boca. Solté un suspiro que apenas se oyó.

Cuando abrí los ojos, él había escrito: "Llegué."

"Yo también."

"¿Y qué sientes ahora?"

"Que he cruzado algo."

"¿Y te arrepientes?"

"No. No me arrepiento."

"Bueno, entonces hasta mañana, Sara."

"Hasta mañana, Santi."

Y apagué el teléfono.

Ernesto seguía dormido a mi lado. El apartamento seguía en silencio. Pero yo sabía que nada iba a ser igual.

Nada.