El diario de Sara Capítulo IV #11
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Capítulo IV #11

Esa noche acosté a las niñas temprano. Carolina se durmió con el teléfono en la mano. Valentina pidió que le leyera un cuento y a la mitad ya estaba roncando. Apagué la luz. Cerré la puerta. Bajé al cuarto.

Ernesto ya dormía. El apartamento estaba en silencio. Me acosté en la cama, apoyé la espalda contra el respaldo, y abrí el teléfono.

"Ya estoy", escribí.

Los tres puntos aparecieron de inmediato.

"Pensé que te habías dormido."

"Imposible. Tengo mucho en la cabeza."

"¿Quieres contármelo?"

"Tú primero. Me debes la historia de Doña Elvira."

Hubo un silencio. Después los tres puntos aparecieron y desaparecieron varias veces.

"Qué curiosa eres. ¿Estás segura de que quieres escucharla?"

"Completamente segura."

"Bueno. Pero no me juzgues."

"No te voy a juzgar. Solo quiero saber cómo hiciste."

Otro silencio. Después empezó a escribir.

"Fue en una fiesta de la universidad. Ernesto y Raúl se habían ido temprano. Yo me quedé porque había una chica que me interesaba. Pero la chica se fue con otro. Me quedé solo, con una botella de ron, en la cocina de la casa de los padres de Raúl. Y entonces llegó doña Elvira."

"Llegó a la cocina a buscar hielo. Estaba algo ebria. Llevaba un vestido rojo, escote pronunciado, el pelo suelto. Yo la había visto antes en otras fiestas, siempre impecable, siempre sonriente, pero esa noche estaba distinta. Había algo en su mirada. Algo que yo, con mis veintipico de años,

no supe interpretar hasta que ella me habló."

"¿Qué te dijo?"

"Me preguntó por qué estaba solo. Le dije que mi amiga se había ido con otro. Se rió. Y me dijo: 'los hombres jóvenes siempre eligen mal. No saben lo que tienen enfrente hasta que se va'."

"¿Y tú qué hiciste?"

"Me quedé callado. Ella se acercó, me tomó la cara, y me dijo: '¿Quieres que te enseñe lo que es una mujer de verdad?'."

"¿Y tú dijiste que sí?"

"Le dije que sí sin dudarlo. Me llevó al baño de la casa de Raúl. La fiesta seguía al otro lado de la puerta. La gente bailaba, reía, bebía. Y yo, en el baño, con doña Elvira, aprendiendo lo que me enseñaba esa hembra."

"¿Y después?"

"Después nos vimos muchas veces más. Siempre en lugares discretos. Siempre con la misma intensidad. Ella me decía que me amaba. Y yo, tonto de mí, le creía. O no le creía, pero me daba igual. Porque doña Elvira en esa época era una mujer espectacular."

"¿Y Ernesto nunca sospechó?"

"Nunca. Y yo no le conté a nadie. Hasta hoy. Hasta que te lo conté a ti."

Me quedé mirando el teléfono con la historia todavía flotando en el aire. Era tan absurdo y tan prohibido que no podía dejar de pensar en ello. Y mi cuerpo, ese traidor, respondía como si la historia me estuviera llegando directamente al centro.

"Ahora te toca a ti", escribió él.

"¿A mí?"

"Sí. Me dijiste que tenías una aventura con una compañera. Quiero saber cómo empezó."

El corazón me latió más fuerte. Hasta ese momento, nadie sabía los detalles. Nadie sabía cómo había empezado lo de Daniela. Ni siquiera yo había escrito eso en el cuaderno con todos los detalles.

"¿De verdad quieres saber?"

"Claro que sí."

"Bueno. Pero no te escandalices."

"Ja, ja, ja. Yo nunca me escandalizo. Ya sabes mis pecados. Los tuyos no pueden ser peores."

Hice una pausa. Recordé la primera vez que vi a Daniela. El cabello pelirrojo. Los ojos verdes. La pausa entre los dos besos. La palabra "compañera" dicha con esa media sonrisa. Y después el viaje a Maracaibo. La discoteca. El callejón. El cuarto de hotel.

"Fue en un viaje de trabajo", empecé a escribir.

"Maracaibo. Había una compañera que me caía bien desde el primer día, pero no sabía por qué. En el viaje, las cosas se fueron dando. Una noche fuimos a una discoteca. Ella besó a un chico delante de mí. Y verlos me excitó. Después, ella me llevó a un callejón.

Me hizo hacer cosas que nunca había hecho."

"¿Dime qué cosas?"

Pensé por un minuto si decirle o no y se lo solté: "Que le hiciera sexo oral a un chico de dieciocho años mientras ella lo miraba. Que recibiera su semen en la boca mientras él se venía. Y que después, ella me besó con ese sabor. Fue la primera vez que probé el semen de un hombre.

Y la primera vez que besaba a una mujer. Las dos en la misma noche."

"Guau. ¿Y después?"

"Después fuimos al hotel. A su cuarto. Y pasó lo que tenía que pasar. Fue la primera vez que estuve con una mujer."

"¿Y cómo fue?"

"Fue..." —hice una pausa—. "Fue distinto. No sé cómo explicarlo. Con los hombres siempre hay algo que no termina de encajar. Con ella todo encajaba. Sabía exactamente lo que hacer. Y yo, que siempre había sido la que sabía, de repente no sabía nada.

Me sentí como una adolescente descubriendo su cuerpo por primera vez."

"¿Y te gustó?"

"Me gustó más de lo que debería."

"¿Y sigues con ella?"

"Sí."

"¿Y si Ernesto se entera?"

"Por Dios, no. Creo que me muero."

Guardé el teléfono un momento. El silencio se alargó. Y entonces él escribió:

"¿Qué estás sintiendo ahora?"

"¿Ahora?"

"Sí. Mientras me cuentas esto. ¿Qué sientes?"

Me quedé quieta. La pregunta era demasiado directa. Demasiado íntima. Demasiado cerca de lo que mi cuerpo estaba sintiendo en ese momento.

"Creo que estoy pasando un límite, Santi."

"¿Qué límite?"

"El que separa lo que se puede decir de lo que se hace."

"¿Y quieres pasarlo?"

"¿Tú quieres que lo pase?"

"Quiero que hagas lo que tu cuerpo te pida."

Esa frase. Esa maldita frase. Me recorrió entera como un escalofrío. Y antes de poder detenerme, mi mano izquierda ya estaba bajando por mi vientre, por debajo de la sábana, buscando el Fervor que mi cuerpo estaba pidiendo desde hacía rato.

"No puedo", escribí. "Esto es demasiado."

"¿Qué es demasiado?"

"Lo que estoy sintiendo. Lo que me estás haciendo sentir. No debería estar pasando."

"No estoy haciendo nada. Solo estoy hablando contigo."

"Pero es la forma en que hablas. Es lo que dices. Es la forma en que me miras cuando nos vemos. No puedo evitarlo."

"¿Qué es lo que no puedes evitar?"

No respondí. Mi mano seguía abajo, siguiendo el ritmo que mi cuerpo conocía de memoria. Los dedos encontraron el camino con la precisión de la costumbre, deslizándose por encima del camisón primero, sintiendo la tela fina contra la piel, esa barrera mínima que pronto iba a desaparecer.

La yema del índice rozó el clítoris por encima de la tela, una presión suave, casi tímida al principio, sintiendo la humedad que ya estaba ahí, acumulada desde hacía minutos, desde que él había empezado a hablar de Doña Elvira, desde que yo había imaginado a mi suegra en ese baño con él.

La tela se humedeció bajo mis dedos, y la Calidez que venía de adentro contrastaba con la frescura de la sábana en mis piernas.

Levanté la cadera apenas unos centímetros, lo suficiente para deslizar la mano por debajo del camisón.

La piel estaba caliente, más caliente de lo que esperaba.

Mis dedos encontraron el camino directamente, sin rodeos.

La yema del índice rozó el clítoris desnudo, y el contacto directo me hizo contener la respiración.

Era como si mi cuerpo hubiera estado esperando ese toque desde que la conversación se había vuelto más densa.

Empecé a trazar círculos lentos alrededor, despacio, sintiendo cómo la piel se humedecía bajo el roce, cómo el calor se concentraba en el centro de mi vientre y empezaba a irradiar hacia las piernas.

La textura de mis propios dedos, húmeda y resbaladiza, se deslizaba con una facilidad que me sorprendía.

Cada círculo era una promesa. Cada vuelta, una caricia que yo misma me estaba dando pero que en mi cabeza era él, eran sus dedos, era su voz al otro lado del teléfono guiándome.

Apreté el ritmo. Dos dedos ahora, índice y anular, frotando más rápido, más firme.

El clítoris se hinchaba bajo la presión, sensible, eléctrico, y cada roce enviaba una descarga que me subía por la columna y se instalaba en la nuca.

Mi otra mano subió a apretarme un pecho por encima del camisón, el izquierdo, el que siempre respondía primero.

Pellizqué el pezón hasta que se endureció bajo la tela fina, y el dolor pequeño, el dolor dulce, viajó directo a mi entrepierna y me hizo arquear la espalda contra el respaldo de la cama.

El camisón se me subió un poco más, dejando el vientre al aire, y la corriente de aire frío del ventilador rozó mi piel caliente, un contraste que me hizo soltar un gemido ahogado.

Miré a mi izquierda. Ernesto seguía dormido, de espaldas, respirando con la lentitud de los hombres que duermen tranquilos.

No se iba a despertar. Nunca se despertaba.

Su respiración era un ronquido suave y regular, y yo sabía que, aunque yo gritara, él no se movería.

Pero aun así, el miedo a que abriera los ojos, a que me viera así, con la mano entre las piernas y el teléfono en la otra, con la cara encendida y la respiración entrecortada, ese miedo me mantenía en un filo que hacía todo más intenso.

Cada movimiento era más furtivo, más prohibido, más excitante.

Sin detener el roce circular sobre el clítoris, deslicé dos dedos de la mano derecha hacia la entrada.

Lentos al principio, sintiendo la resistencia, la humedad que ya los recibía con una avidez que me sorprendió.

La textura dentro de mí era distinta a la de fuera, más cálida, más resbaladiza, como un terciopelo húmedo que se abría para recibirme.

Los empujé hacia adentro, y sentí cómo mis propias paredes se contraían alrededor de ellos, como si mi cuerpo estuviera saludando a una parte de sí mismo que hacía tiempo no visitaba.

El contraste entre el frío del aire en mi vientre desnudo y el Fervor que mis dedos encontraban dentro de mí era abrumador.

Los dedos se hundieron hasta el fondo. El Ardor dentro de mí era distinto, más denso, más mío, más vivo.

Los moví: dentro y fuera, dentro y fuera, sintiendo la textura de las paredes internas rozando mis nudillos, sintiendo cada pliegue, cada contracción que mi cuerpo hacía sin que yo lo decidiera.

El pulgar seguía masajeando el clítoris en círculos amplios, cada vez más rápidos, y la combinación de las dos sensaciones —la penetración profunda y el roce superficial— me estaba llevando a un lugar del que ya no quería volver.

"Sara", escribió él. "¿Te estás tocando?"