Capítulo IV #10
Pensé. Podía contarle lo de la arqueología. Lo de querer viajar a Egipto cuando era niña. Lo de mi mamá diciéndome que eso no era para señoritas.
"Cuando era niña quería ser arqueóloga", escribí.
"Viajar a Egipto, desenterrar cosas que nadie había visto en siglos. Mi mamá dijo que eso no era para mí. Que una mujer de bien estudiaba derecho o se casaba bien. Yo elegí derecho. Y me casé. Y a veces veo documentales de arqueología y me pregunto qué habría pasado si no le hubiera hecho caso."
"Y qué crees que habría pasado?"
"No lo sé. Tal vez habría viajado. Tal vez no me habría casado. Tal vez sería más feliz. O menos. Eso nunca se sabe."
"Pero te queda el documental", escribió.
"¿El documental?"
"Sí. Verlo y preguntarte. Eso también es una forma de viajar, ¿no?"
Me reí. No de él, sino de la forma en que lo decía. Como si la vida fuera más simple de lo que yo la hacía.
La conversación siguió. Y en algún punto, sin que yo supiera cómo, la temperatura cambió. No sé si fue la hora. No sé si fue la oscuridad del balcón y el hecho de estar sola, con Caracas abajo y el teléfono en la mano. Pero algo en el aire se volvió más denso. Más íntimo. Más cargado.
"Ahora te toca un secreto más grande", escribió él.
"¿Cuál?"
"El que no le has contado a nadie."
"Ya te conté lo de la arqueología."
"Eso fue un sueño de niña. Ahora quiero uno de adulta."
El pulso se me aceleró. No porque supiera lo que iba a decir. Sino porque no sabía.
"Cuéntame tu pecado más íntimo", escribió.
Guardé silencio un rato. El teléfono en la mano. La noche de Caracas abajo. Y sentí, con una claridad que me sorprendió, que estaba húmeda. Que mi cuerpo había reaccionado a algo que no era una caricia ni una mirada, solo palabras, solo la cercanía de su voz a través de la pantalla.
"No deberías preguntarle eso a la esposa de tu mejor amigo", escribí al final.
"¿Y por qué no?"
"Porque algunas cosas no se dicen."
"Sara, tú eres mi amiga también. Y yo sería incapaz de delatarte."
"No te creo."
"¿Qué tengo que hacer para que me creas?"
No respondí. El corazón me latía en las sienes. Y él, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo, escribió:
"Bueno, entonces me voy a poner en tus manos. Te voy a contar algo que puede arruinar la amistad de años que tenemos Raúl, Ernesto y yo. Si quieres, puedes usar esto para hundirme. Pero te lo cuento igual."
Me quedé pasmada. ¿Qué podía ser tan grande como para arruinar una amistad de décadas?
Veía en la pantalla cómo escribía. Los tres puntos aparecían, desaparecían, volvían a aparecer.
Yo esperaba desesperada, con el teléfono apretado entre las manos, sintiendo la humedad entre mis piernas crecer con cada segundo de espera.
Y de repente, el mensaje llegó.
"En mis años de universidad, me cogí a la mamá de Raúl. Y a la mamá de Ernesto."
Se me cortó el aire.
"En esa época esas señoras estaban bien buenas", continuó. "Se dio la oportunidad y me las cogí. Y de hecho, a la mamá de Ernesto me la cogí más de veinte veces. Doña Elvira."
Me quedé en shock. No podía creerlo. La mamá de Ernesto. Mi suegra. La señora que me recibía los domingos con un beso y una bandeja de pastelitos. La mujer que se sentaba en la mesa a hablar de la familia y del clima. Esa misma señora.
"¿No te puedo creer?", escribí. "¿Qué hiciste eso? ¿A doña Elvira? ¿Y a la señora Juana?"
"Sí, a las dos. Y las dos fueron completamente voluntarias."
"Eres un bribón, Santiago Herrera."
"Ya lo sé. Pero ahora ya sabes mi pecado más grande."
Yo estaba entre incredulidad, risas y excitación.
Mi cuerpo vibraba con una mezcla de todo eso.
La imagen de mi suegra, de la señora Juana, y Santiago en sus años mozos.
Era tan absurdo y tan prohibido que no podía dejar de pensar en ello.
Y mi cuerpo, ese traidor, respondía como si la historia me estuviera llegando directamente al centro.
"Ahora te toca a ti", escribió él.
"¿Cómo sé que lo que me dijiste es verdad?"
Pasó un minuto. Después otro. Y de repente, llegó una foto.
Era mi suegra. En pelotas. En una posición muy sugerente. Debía tener más de diez años de antigüedad, pero era inconfundible. Doña Elvira, la señora de los pastelitos y las conversaciones dominicales, posando como una modelo de revista.
Casi me caigo de la cama.
"Si quieres, guarda esto", escribió él. "Y si me delatas, me hundes. Pero así sabes que no te miento."
"¿Qué más quieres que te cuente?", escribí, con los dedos temblorosos.
"Tu pecado más grande."
Me quedé pensando. Si hacerlo o no. Si cruzar esa línea o quedarme al borde. Mi cuerpo ya estaba del otro lado, húmedo, vibrante, pidiendo más. Pero mi cabeza todavía estaba negociando con la culpa.
Dos minutos después, llegó un mensaje suyo:
"????"
Y yo, sin poder detenerme, escribí:
"Tengo una aventura."
Me quedé esperando su respuesta, toda nerviosa. Los tres puntos aparecían y desaparecían. El silencio se alargaba. El corazón me latía tan fuerte que podía oírlo en los oídos.
Como a los tres minutos, llegó:
"Vean, vean, la Sarita también tiene sus pecados."
"¿Y con quién?", preguntó.
"Con una compañera de la oficina."
"¿Una mujer?"
"Sí."
"Por Dios, Sara. Para Santiago Herrera eso no sería una infidelidad. Eso sería darle sabor al matrimonio. Para Ernesto Figueroa... no sé."
Le respondí con un "jajajajaja". Pero por dentro, algo se había movido. Algo que yo no sabía que necesitaba oír. La frase de Santiago, dicha con esa ligereza suya, me había quitado un peso de encima que no sabía que estaba cargando.
Y entonces, con la seriedad que la conversación pedía, escribí:
"Santiago. Esto que te conté es en serio. Lo estoy poniendo en tus manos."
La respuesta llegó rápido.
"Primero muerto que traicionarte, Sara."
Y algo en mí, algo que llevaba meses tenso, se aflojó.
"Buenas noches, Santi."
"Buenas noches, Sara. Que sueñes con lo que quieras soñar."
***
La segunda mención del arma fue dos semanas después, un miércoles en la cena.
Cenábamos los cuatro, Ernesto, las niñas y yo, arroz con pollo que había dejado preparado la señora que venía dos veces a la semana.
Carolina hablaba de un proyecto del colegio.
Valentina no hablaba porque estaba concentrada en separar el pollo del arroz, que era un ritual que repetía en cada comida sin que ninguno de nosotros hubiera logrado explicarle que el pollo y el arroz estaban hechos para estar juntos.
Ernesto esperó a que Carolina terminara de contar lo del proyecto. Esperó a que Valentina se distrajera con algo. Y después, con la voz de quien menciona algo que lleva días pensando y que está eligiendo el momento, dijo:
—Oye, ya hablé con Rodrigo, el del banco. Ya tiene los papeles. Dice que si los llevo la semana que viene puede empezar el trámite.
Lo miré. Sabía exactamente de qué hablaba.
—Ernesto.
—Solo te lo digo para que sepas. No estoy pidiendo permiso.
Eso me llegó de una manera que no esperaba.
Ernesto no era un hombre que dijera "no estoy pidiendo permiso".
Era un hombre que consultaba, que negociaba, que llegaba a acuerdos.
Ese tono era nuevo. Era el tono de un hombre que había procesado algo durante semanas y que había llegado a una conclusión que no iba a mover.
—Las niñas están aquí —dije, en voz baja.
—Las niñas no están oyendo nada. —Tenía razón. Carolina había sacado el teléfono y Valentina seguía en su guerra contra el arroz—. Sara, me rompieron la cabeza con una piedra. Me quitaron todo. Me tiraron al suelo en plena calle a las doce del día. Tengo derecho a no querer que eso vuelva a pasar.
—Tener un arma no garantiza que no vuelva a pasar.
—No garantiza nada. Pero me hace sentir que no voy por el mundo completamente desarmado.
Lo miré. Ernesto me devolvió la mirada con una firmeza que llevaba meses sin ver en él. No era agresividad. Era algo más tranquilo y más sólido que la agresividad. Era un hombre que había tomado una decisión.
—No me gusta —dije.
—Lo sé. Y lo entiendo. Pero lo voy a hacer igual.
Carolina levantó la vista del teléfono. Nos miró a los dos con esa antena de los adolescentes que detectan la tensión adulta antes de que los adultos la nombren.
—¿Pasa algo?
—No —dijimos los dos al mismo tiempo.
Carolina volvió al teléfono. Valentina finalmente aceptó que el arroz y el pollo iban a coexistir en el mismo plato y se los comió juntos con una resignación filosófica que me hubiera dado risa en otra circunstancia.
Esa noche, en la cama, Ernesto se durmió rápido. Yo me quedé mirando el techo con la imagen del arma en la cabeza. No el arma concreta, que todavía no existía. La idea del arma. El peso de algo que no estaba y que pronto iba a estar.
En el cuaderno de tapas vino escribí, al día siguiente, en la firma con la puerta cerrada: "Ernesto está cambiando. Lo del arma no es solo el arma. Es un hombre que siente que el mundo le quitó algo y que quiere recuperar la sensación de control. No lo culpo.
Pero hay algo en esa imagen que no me deja quieta y que no sé bien por qué."
***
La conversación que cambió todo fue una tarde de jueves, veintidós días después del café en la Torre B.
Santiago me escribió a las tres de la tarde: "¿Estás libre a las seis?"
"Tengo caso hasta las cinco y media. ¿Por qué?"
"Quiero mostrarte algo. Nada raro. Un sitio."
"¿Un sitio?”
"Confía."
Era la primera vez que me pedía eso. Confía. Dos sílabas que en otro contexto serían neutras y que en este contexto tenían el peso de todo lo que no habíamos dicho en veintidós días de mensajes.
Pero a las cinco y media, cuando estaba a punto de salir de la oficina, me llamó Ernesto.
El banco le había pedido que se quedara hasta tarde para cerrar un informe, y necesitaba que yo fuera a buscar a las niñas al colegio.
No pude decirle que no. No había manera de decirle que no sin levantar sospechas.
Le escribí a Santiago: "No voy a poder. Ernesto se quedó tarde y tengo que ir a buscar a las niñas."
"¿Y si hablamos después? Cuando las acuestes."
"Puede ser. Pero no sé a qué hora."
"Te espero."