El diario de Sara Capítulo IV #9
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Capítulo IV #9

"Los ojos son los de Ernesto pero la forma de sonreír es la tuya. Esa sonrisa de que estoy pensando algo que no voy a decir."

Me quedé mirando ese mensaje más tiempo del que debería.

"¿Eso piensas de mi sonrisa?"

"Eso pienso desde hace años. Solo que no lo había dicho."

Guardé el teléfono. Fui a buscar agua a la cocina. Estuve diez minutos parada frente a la ventana de la cocina, mirando las luces de Caracas de noche, antes de volver al cuarto.

Esa noche escribí en el cuaderno: "Hay personas que te conocen de una manera. Y de pronto dicen algo que te hace pensar que te han estado mirando de otra manera al mismo tiempo, en paralelo, sin que tú lo supieras. Y eso, dependiendo de quién sea la persona,

puede ser la cosa más tranquilizadora o la más peligrosa del mundo. Con Santi es las dos al mismo tiempo."

***

Con Daniela, esas semanas, las cosas siguieron su ritmo.

Nos veíamos en la firma con la profesionalidad de siempre.

Cada quince días, el encuentro en su departamento de Las Mercedes.

El cuerpo seguía recibiendo lo que Daniela le daba con una precisión que yo ya sabía leer.

Pero algo había cambiado. No en el cuerpo. En la cabeza.

Una noche de martes, en la cama deshecha de Daniela, después de una hora juntas, ella me acariciaba el brazo en silencio y yo miraba el techo. En algún momento se incorporó. Me miró.

—¿Dónde estás?

—Aquí.

—No. Estás aquí con el cuerpo. La cabeza está en otro sitio.

La miré. Daniela tenía la cualidad específica de decir cosas ciertas con una calma que no pedía respuesta inmediata. No era una acusación. Era una observación.

—Estoy bien —dije.

—No te estoy preguntando si estás bien. Te estoy diciendo que no estás aquí.

Me senté también. Nos miramos en la penumbra del cuarto, las dos desnudas, con la sábana entre las dos como un territorio neutral.

—Hay algo que me está pasando —dije—. No tiene que ver contigo. O sí tiene, pero no de la manera que parece.

—¿Es un hombre?

La pregunta me sorprendió. No por la pregunta en sí, sino por la velocidad con que la había hecho. Como si lo hubiera estado esperando.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque te conozco, Sara. Llevas tres semanas con una sombra distinta de la de siempre. La sombra de antes era culpa. Esta es otra cosa. —Hizo una pausa—. La sombra del deseo que todavía no se ha resuelto es muy específica. La reconozco.

No respondí. Daniela asintió despacio, como si mi silencio fuera la confirmación que necesitaba.

—Está bien —dijo—. No tienes que contarme nada.

—Daniela...

—En serio. —Me agarró la mano—. Yo no soy tu pareja, Sara. No tengo derecho a pedirte explicaciones sobre lo que sientes por otras personas. Lo que tú y yo tenemos es lo que tú y yo tenemos. Y lo que tú tengas con otra persona es tuyo.

Lo dijo con esa elegancia que tenía para las cosas difíciles. Con esa elegancia de mujer que había construido un modelo de vida entero sobre la premisa de que el amor y la posesión no son la misma cosa.

Pero esa noche, de vuelta en el taxi a casa, con la ciudad pasando por la ventana, me quedé pensando en algo que no le había dicho a Daniela.

Que lo que sentía por Santiago no era lo mismo que lo que sentía por ella.

Con Daniela era el cuerpo primero, la emoción después, siempre en ese orden.

Con Santiago era al revés. Y eso, descubrí esa noche en el taxi, era mucho más difícil de administrar.

***

El berrinche, porque así lo llamé yo misma después, fue un sábado a la tarde.

Ernesto había llevado a las niñas a casa de su madre a pasar el fin de semana. Yo tenía la tarde libre, cosa que en mi vida ocurría con la frecuencia de los eclipses. Estaba en el balcón con un libro y un café cuando vi en el estado de WhatsApp de Santiago una foto.

Era una foto de una mesa de restaurante.

Dos copas de vino. Un plato con algo que parecía pasta.

Y una mano de mujer, con uñas largas pintadas de rojo, apoyada sobre la mesa al lado de la copa.

La foto no tenía texto. No necesitaba. Era el tipo de foto que uno sube cuando quiere decir "estoy aquí con alguien" sin tener que decirlo.

Las uñas eran de Valeria. Las reconocí porque las había visto en la clínica.

Bajé el teléfono. Tomé el café. El café estaba frío. Lo dejé. Intenté leer. No pude. Me quedé mirando la ciudad desde el balcón con una irritación que no tenía ningún nombre razonable y que yo sabía perfectamente bien que no tenía ningún derecho a sentir.

Ernesto era mi marido. Daniela era mi amante. Santiago era uno de los dos mejores amigos de mi marido con quien yo llevaba tres semanas escribiéndome todos los días. Valeria tenía todo el derecho del mundo a estar cenando con él. Yo no tenía ningún derecho a sentir nada sobre esa foto.

Y sin embargo la irritación no se iba.

A las seis de la tarde el teléfono sonó. Era Santiago.

—Hola —dijo.

—Hola.

—¿Cómo va el sábado?

—Bien. —Una pausa que duró demasiado—. ¿Saliste a comer?

Silencio de un segundo.

—Sí. Un almuerzo tardío. ¿Viste el estado?

—Lo vi.

—Sara...

—No, está bien. —La irritación se me coló en la voz y lo supe en el momento en que salió—. Me parece muy bien. Qué bueno que tengas planes. Muy bien.

Un silencio. Y después, claramente, él se estaba riendo. No a carcajadas. Esa risa baja de quien encuentra algo genuinamente gracioso pero no quiere hacer un escándalo de eso.

—¿Te estás poniendo celosa, Sara Tovar?

—Yo no me estoy poniendo nada.

—Claro que no.

—Santiago, vete a la mierda.

Y le corté la llamada.

Me quedé sentada en el balcón con el teléfono en la mano, con el corazón latiendo más rápido de lo que justificaba la situación, con una mezcla de vergüenza y de algo que se parecía peligrosamente a la satisfacción de haber dicho exactamente lo que pensaba.

Diez minutos después escribí: "Disculpa mi actitud. Fue infantil."

Tres puntos. Después: "Un poco, sí. Pero también fue la cosa más honesta que has hecho en semanas."

"No empieces."

"No empiezo nada. Solo digo lo que veo."

"¿Y qué ves?"

Una pausa más larga. Después: "Una mujer que siente cosas que no sabe bien cómo procesar. Lo mismo que veo cuando me miro al espejo ultimamente."

Me quedé mirando esa palabra sin tilde, "ultimamente" mal escrito, y esa errata pequeña me pareció la cosa más humana que él había escrito en semanas.

Santiago Herrera, que hablaba bien, que escribía bien, que siempre tenía la palabra exacta, había escrito "ultimamente" sin tilde porque estaba escribiendo rápido y con el corazón un poco afuera.

"¿Qué estás sintiendo tú?", escribí.

"Cosas que no debería."

"Eso me lo sé de memoria."

"Lo sé. Por eso te lo digo a ti y no a nadie más."

Y entonces, sin que yo supiera cómo ni cuándo, la conversación cambió de tono. Pasó de ser ligera a ser otra cosa. Algo más denso. Más íntimo. Más peligroso. No fue una decisión consciente; fue como si el aire entre los dos se hubiera vuelto más pesado, y yo, en lugar de huir, me quedé.

Ahí empezó la hora larga. Una hora y doce minutos, según el registro de WhatsApp que revisé después. Una hora y doce minutos en los que pasó algo que yo no había anticipado.

Empezamos hablando de cosas ligeras. De libros.

De cómo a veces uno encuentra lugares que parecen hechos para uno, sin saber que los estaba buscando.

De cómo la vida a veces te pone en el camino a personas con las que se puede hablar sin esfuerzo, sin tener que pensar en lo que se va a decir antes de decirlo.

"Es lindo hablar contigo, Sara", escribió en algún momento.

Y yo, sin pensarlo demasiado, escribí: "También me agrada hablar contigo, Santi."

No era una declaración. Era solo una verdad. Pero al escribirla, sentí que algo pequeño pero real se movía en mi pecho. Algo que no necesitaba nombre todavía, pero que estaba ahí.

"¿Puedo contarte algo?", escribió él.

"Sí."

"Hay días en que llego a mi casa y el silencio es demasiado grande. No es que esté triste. Solo es... mucho espacio vacío. Y hoy, llegué y el apartamento no se sintió tan vacío."

"Te entiendo", escribí. "A veces las casas no son hogares. Son solo lugares donde se guardan cosas."

"Exacto", escribió. Y después: "¿Tú también sientes eso?"

"¿Qué?"

"Que tu casa es solo una casa."

El dedo se me quedó suspendido sobre el teclado. Era una pregunta que nadie me había hecho nunca. Y la respuesta honesta era que sí. Que el apartamento de La Castellana era el lugar donde vivía, donde criaba a mis hijas, donde dormía al lado de un hombre bueno. Pero que no era un hogar. No del todo.

"A veces", escribí. "Más de lo que me gustaría admitir."

"Yo también. Y esto, escribirlo aquí, es la primera vez que se lo digo a alguien."

"¿En serio?"

"En serio. No es algo que uno dice en las cenas."

Seguimos hablando. De cosas pequeñas y grandes. De cómo a veces uno se despierta y no sabe bien quién es. De cómo los años pasan y uno se da cuenta de que ha ido tomando decisiones sin darse cuenta, y que un día mira hacia atrás y no reconoce el camino que recorrió.

"Tengo otro secreto", escribió él.

"Dime."

"Cuando era niño, quería ser escritor. Escribía cuentos largos en un cuaderno que mi mamá me compraba. Los guardaba debajo de la cama. Un día mi papá los encontró y se rió. No de mala manera, pero se rió. Dijo que eso no era para hombres. Y yo, tonto, dejé de escribir.

Nunca más volví a escribir un cuento."

"¿Nunca más?"

"Nunca más. Hasta que empecé a hablar contigo y me di cuenta de que te cuento cosas como antes escribía cuentos."

Esa frase me llegó de una manera distinta. No era romántica. No era una declaración. Era otra cosa. Era la honestidad de un hombre que se estaba abriendo sin esperar nada a cambio.

"¿Y si volvieras a escribir?", le pregunté.

"¿Volver?"

"Sí. No hace falta que sea para publicar. Solo para ti. Como cuando eras niño."

Hubo un silencio largo. Los tres puntos aparecieron y desaparecieron varias veces.

"Quizás", escribió al final. "No sé. Tal vez necesito un empujón."

"Te lo doy. Escribe. Aunque sea una página."

"Bueno. Pero si es mala, no te rías."

"No me voy a reír."

"¿Y tú? ¿Tienes un secreto de esos?"