El diario de Sara Capítulo IV #8
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Capítulo IV #8

Cuatro mesas, una barra de madera, un hombre mayor detrás del mostrador que preparaba el café con una lentitud de ritual.

Sin música. Sin gente de firma con portafolios y auriculares.

Solo el ruido discreto de Las Mercedes entrando por una ventana alta.

Santiago llegó dos minutos después que yo.

Llevaba una camisa azul oscura, mangas enrolladas hasta los codos, sin corbata.

Tenía la expresión de un hombre que acaba de salir corriendo de una reunión y que aun así parece cómodo en cualquier sitio donde llegue.

Me vio desde la puerta. Sonrió. Y algo en mí, algo que yo llevaba días intentando clasificar, se acomodó en su lugar con la precisión de una pieza de rompecabezas que uno lleva tiempo buscando.

Me senté frente a él. Pedimos dos cafés. Y entonces él empezó a hablar.

No sé cuándo fue exactamente que me di cuenta de que me gustaba escucharlo.

Quizás fue cuando dijo algo sobre un libro que había leído la semana anterior, un autor chileno que yo también había leído, y en lugar de hacer el comentario superficial que la gente hace en las cenas, se detuvo en una escena específica, en un personaje secundario,

en la forma en que el autor describía la luz de una tarde en una ciudad que ninguno de los dos conocía.

Hablaba con esa precisión de los que leen de verdad, no de los que leen para poder decir que leyeron.

Y mientras hablaba, yo lo miraba.

No podía evitarlo. Sus ojos verdes, que yo había visto en cien cenas y cumpleaños sin detenerme nunca a examinarlos, tenían esa mañana un color distinto.

Tal vez era la luz de la cafetería, que entraba tamizada por una cortina blanca y les daba un tono más claro, casi gris en los bordes.

O tal vez era que nunca los había mirado con esta atención.

Tenía una forma de entrecerrarlos un poco cuando pensaba, como si las palabras que estaba diciendo las estuviera probando antes de soltarlas, asegurándose de que fueran las correctas.

Me encantaba eso. Me gustaba la lentitud con que hablaba, esa pausa que hacía entre una idea y la siguiente, como si el mundo no estuviera esperando afuera con su prisa de siempre.

Era fascinante la forma en que movía las manos cuando se entusiasmaba con algo, sin exageración, solo el gesto justo para acompañar lo que decía.

Me gustaba que no interrumpiera, que esperara a que yo terminara mis frases, que cuando yo hablaba me mirara con esa atención que hacía que uno se sintiera la única persona en el cuarto.

—¿Y tú qué lees últimamente? —me preguntó.

Me tomó un segundo responder, porque estaba distraída por la forma en que había inclinado la cabeza hacia un lado, ese gesto suyo de escuchar que yo había visto tantas veces sin darle importancia y que ahora, de repente, me parecía la cosa más interesante del mundo.

—Almudena Grandes —dije—. Siempre vuelvo a ella.

—¿La de los episodios nacionales?

—Esa. Pero también las otras. Las historias de gente común en medio de cosas grandes. Me encantaba cómo escribe la intimidad. Cómo hace que lo pequeño parezca importante.

—¿Y lo es?

—¿Qué?

—Lo pequeño. ¿Es importante?

Lo miré. No era una pregunta retórica. Era una pregunta de verdad, hecha con esa curiosidad suya que no fingía interés.

—Creo que sí —dije—. Creo que la vida está hecha de lo pequeño. Y los que saben verlo son los que entienden algo.

Asintió despacio, como si estuviera procesando.

—Nunca lo había pensado así —dijo—. Pero tiene sentido. La gente pasa la vida esperando los grandes momentos y se olvida de que la vida ocurre en los pequeños.

La forma en que dijo eso, con una mezcla de calma y de certeza, me llegó de una manera que no esperaba.

Había algo en la manera de Santiago de hablar de las cosas que no era la anécdota superficial del hombre que llena silencios.

Era más profundo que eso. Era la voz de alguien que se había tomado el tiempo de pensar en las cosas que decía.

—¿Y tu mamá? —pregunté—. ¿Cómo está?

—Bien. Llamándome todos los días para saber si comí. Esa forma de querer de las madres que uno no aprecia hasta que es adulto y se da cuenta de que es lo más parecido a un refugio que existe.

Sonrió cuando lo dijo, y en esa sonrisa vi algo que no había visto antes en él. Una vulnerabilidad pequeña, un asomo de la persona que había detrás de la fachada de hombre tranquilo y sin problemas que siempre mostraba en las cenas.

—¿Tú llamas a tu mamá? —preguntó.

—Todos los días.

—¿Y ella te pregunta si comiste?

—Siempre.

—Entonces las dos tenemos la misma suerte.

Me reí. Fue una risa fácil, de esas que salen sin permiso. Y él, al oírme reír, me miró de una manera que no supe leer del todo. No era deseo, no era coqueteo. Era como si mi risa le hubiera gustado por sí misma, como si fuera un sonido que quería guardar.

—Me gusta tu risa —dijo.

—¿Por qué?

—No sé. Es limpia. No suena a que estás ensayando.

Esa observación, tan sencilla y tan exacta, me dejó sin palabras un momento. Porque tenía razón. Yo había pasado gran parte de mi vida adulta ensayando sonrisas y risas en los lugares donde se esperaban. Y esa mañana, en esa cafetería, con él, no había estado ensayando nada.

—¿Tú sabes leer a la gente? —le pregunté.

—No sé si leer. A veces me doy cuenta de cosas. No siempre.

—¿Y de qué te das cuenta ahora?

Me miró un momento. No era una mirada que buscase nada. Era una mirada de las que solo miran, que no piden ni exigen, que solo están ahí.

—Me doy cuenta de que estás más cansada de lo que dices. De que llevas tiempo viviendo en un ritmo que no es tuyo. Y de que, aunque no lo digas, te gusta estar aquí, en esta mesa, hablando de esto en lugar de estar en la oficina.

No supe qué responder. Porque todo lo que había dicho era verdad.

—Santi —dije.

—Sí.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por escuchar. Por no hacer las preguntas que todos hacen. Por hablar de cosas que importan.

Lo miré y supe que podía pasarme horas así, viéndolo, escuchándolo, en esa cafetería que no conocía nadie.

—Bueno —dijo él, sonriendo—. Tengo una reunión a la una. Pero todavía me queda tiempo para otro café.

—Yo también tengo tiempo.

El hombre de la barra nos sirvió dos tazas más.

Y la mañana siguió, con la luz de Caracas entrando por la ventana alta, y yo escuchándolo hablar de todo y de nada, y registrando cada detalle de él: la pequeña cicatriz en el índice que nunca le había preguntado, la forma en que se pasaba la mano por el pelo cuando pensaba,

el tono de su voz cuando se reía, esa risa suya que no era ruidosa sino contenida, como si él también guardara las cosas que valían la pena.

Y supe que algo estaba cambiando. Que la cafetería de la Torre B iba a ser un antes y un después en mi vida. Pero esa mañana, sentada frente a él, con el café tibio entre las manos, no quise nombrarlo todavía. Solo quise quedarme ahí, mirándolo, escuchándolo, guardando cada detalle para después.

En el taxi de vuelta a la firma escribí en el cuaderno de mi teléfono — no en el cuaderno de tapas vino, ese estaba en casa — escribí: "Hablar con Santi es como encontrar un libro que creías que ya habías leído y darte cuenta de que lo habías leído mal."

Guardé la nota. La borré. La volví a escribir. La guardé.

***

Esa misma semana, el viernes en la noche, Ernesto mencionó la posibilidad de comprar un arma.

Estábamos en la cama. Las niñas dormidas. Yo leía, o fingía leer, porque en realidad llevaba diez minutos mirando la misma página sin procesar una sola palabra. Ernesto tenía el teléfono en la mano, como casi siempre a esa hora, revisando algo.

—Oye —dijo, sin levantar la vista del teléfono—, hay un tipo en el banco, un compañero del área de riesgos, que dice que me puede conseguir el porte de un arma legal. Un revólver pequeño, para tener en el carro.

Bajé el libro. Lo miré.

—¿Cómo?

—Un porte legal. El tipo tiene contactos en el CICPC, dice que el trámite se puede hacer en tres semanas si uno tiene los papeles en orden. Después del asalto, Sara, no me siento seguro saliendo ni siquiera a tomar café. Me golpearon muy feo.

—Ernesto, yo no quiero un arma en esta casa.

—No sería en la casa. Sería en el carro. Solo para el carro.

—En el carro que entra a esta casa. Con dos niñas.

—Las niñas no van a tocar el carro solas.

—No me gustan las armas —dije, y sentí que mi voz salía más seca de lo que pretendía—. Nunca me han gustado. No quiero una en ningún lugar que tenga que ver con esta familia.

Ernesto me miró. Había algo en su cara que no era enojo, era algo más cansado que el enojo. La expresión de un hombre que siente que el mundo se le ha vuelto más hostil y que su mujer no lo está entendiendo.

—Solo lo estoy pensando, Sara. No dije que ya lo iba a hacer.

—Está bien —dije. Volví al libro. No leí nada.

Esa noche me dormí tarde, con la oscuridad del cuarto encima, con Ernesto respirando al lado, y pensé en el arma.

Pensé que Ernesto tenía razón en sentirse inseguro.

Pensé que Caracas justificaba ese miedo con una lógica aplastante.

Y pensé, al mismo tiempo, que la imagen de un arma en el carro de mi marido me producía una incomodidad que no era solo miedo al accidente.

Era algo más antiguo, más instintivo, más difícil de nombrar.

***

Los mensajes con Santiago se fueron volviendo una cosa propia. No los planeamos. Simplemente empezaron a existir, como existen las cosas que uno no decide conscientemente pero que el cuerpo y la cabeza van construyendo solos.

Empezaron siendo mensajes sobre Ernesto.

Cómo iba la recuperación. Si los puntos habían cicatrizado bien.

Si había vuelto al trabajo. Después derivaron hacia otras cosas: un artículo que Santiago había leído sobre algo que recordaba un caso que yo había mencionado en el café.

Una reseña de un libro que él pensaba que a mí podría interesarme.

Una pregunta sobre Valentina, que había ganado un concurso de dibujo en el colegio y cuya foto yo había publicado en el estado de WhatsApp sin pensar que Santiago la iba a comentar.

"Salió igualita a ti", escribió.

"Todos dicen que se parece más a mí", respondí. "A Ernesto le da risa porque los ojos son completamente suyos."