Capítulo IV #7
No era suficiente para un hombre como Santiago. Él necesitaba a alguien que lo mirara de verdad. Que lo escuchara. Que no solo estuviera ahí por la foto. Y Valeria no era eso.
Mientras pensaba eso, Santiago levantó la cabeza y me miró desde el otro lado de la sala.
Sus ojos verdes se encontraron con los míos.
No había deseo en esa mirada. Había otra cosa.
Como si él supiera que yo lo había visto a él y a Valeria, y que yo había entendido algo que él no necesitaba explicar.
Desvié la mirada. No podía sostenerla.
Ernesto volvió de las placas media hora después. Caminaba más despacio, con la rigidez de quien ha recibido golpes en el cuerpo. Se sentó a mi lado. Apoyó la cabeza en mi hombro. Le puse la mano en la nuca y sentí que él temblaba.
—Ya pasó —le dije—. Ya pasó.
El médico salió con los resultados de las placas.
—No hay fractura —dijo, con la calma de quien da una buena noticia—. El traumatismo fue fuerte, pero todo está bien. Eso sí, tiene que estar en casa unos días en reposo. Nada de esfuerzos. Y si le duele la cabeza, si tiene alucinaciones, si ve cosas que no están, vuelve de inmediato. ¿Entendido?
—Entendido —dijo Ernesto, y su voz era la de un hombre que no estaba escuchando.
Salimos de la clínica. Raúl y Andrea se ofrecieron a ir a buscar el carro de Ernesto, que seguía en el estacionamiento del banco.
—Yo los llevo a la casa —dijo Santiago.
Ernesto asintió sin decir nada, la cabeza gacha, las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta manchada de sangre seca. Santiago lo ayudó a subir al carro, lo sentó en el asiento de atrás con una delicadeza que contrastaba con sus manos grandes. Yo me subí al lado de mi marido.
El carro de Santiago avanzaba entre el tráfico de Caracas. Yo miraba por la ventana, viendo las luces de la ciudad, sintiendo el cansancio en los huesos.
Cuando llegamos al edificio, Santiago bajó y ayudó a Ernesto a salir. Yo salí también y Valeria decidió esperar en el carro. Ernesto subió la escalera del edificio con la lentitud de un hombre que ya no está seguro de sus pasos.
En la entrada del edificio, antes de que Ernesto entrara, Santiago me dijo:
—¿Quieres que suba? Para ayudarlos.
—No, Santi. Ya estamos bien. Gracias por todo.
—No me agradezcas. —Me miró con sus ojos verdes—. Para eso están los amigos.
Santiago dio un paso hacia mí. No era un paso grande. No era un paso de urgencia. Pero fue un paso que cambió la distancia entre nosotros.
—Sara —dijo, y su voz era baja—. Si necesitas algo, cualquier cosa, me llamas. De verdad.
—Sí —dije.
Y entonces me abrazó.
Fue un abrazo de despedida. De esos que se dan entre amigos, entre personas que se conocen desde hace años. Nada especial. Nada que alguien que nos viera desde lejos hubiera registrado como algo más que un saludo.
Pero yo lo sentí distinto.
Sentí su pecho contra el mío, su aliento en mi cuello, su mano en mi espalda baja. Sentí la Calidez de su cuerpo a través de la ropa, el olor de su colonia mezclado con el cansancio de la noche. Sentí que sus brazos me rodeaban con una firmeza que no era posesiva, era protectora.
Y algo en mí, algo que no había sentido en mucho tiempo, se despertó.
Se me puso la piel de gallina.
No sé si fue el cansancio. No sé si fue la angustia de la noche. No sé si fue la forma en que él me había mirado en la clínica, o la forma en que había ayudado a Ernesto a subir al carro con esa delicadeza que no esperaba de un hombre de sus manos. Pero el abrazo me duró más de lo que debería.
Y yo se lo devolví igual.
Le apreté la espalda con las dos manos, como si necesitara sostenerme de algo. Como si él fuera el único objeto fijo en medio de un terremoto. No fue un abrazo de amiga. Fue un abrazo de mujer que está a punto de caerse y que encuentra un lugar donde apoyarse.
Cuando nos separamos, nuestras caras estaban muy cerca. Tan cerca que yo podía sentir su respiración. Que podía ver el verde de sus ojos, cada reflejo de la luz de la calle sobre sus pupilas.
Él no se movió. Yo tampoco.
Por un segundo, el mundo se detuvo.
Después, él inclinó la cabeza. Y me besó.
No fue un beso en la boca. Fue un beso en la comisura. La esquina de mis labios, apenas rozando los suyos. Fue tan suave, tan breve, que podría haber sido un accidente. Pero no lo fue.
Cuando se separó, sus ojos seguían en los míos.
—Cuídate, Sara —dijo.
Se dio la vuelta y se fue.
Yo me quedé parada en la entrada del edificio, con el corazón latiendo tan fuerte que podía escucharlo en mis oídos. Con el sabor de su beso en la comisura de mis labios. Con la sensación de su abrazo todavía en mi piel. Con la piel de gallina que no se me iba.
Subí al apartamento. Ernesto ya estaba en la cama, con la luz apagada, medio dormido con la medicación. Me acosté a su lado. Pero no pude dormir.
Esa noche, en el cuaderno, escribí:
"Santi me abrazó. Fue un abrazo de despedida, de esos que se dan entre amigos. Pero yo lo sentí distinto. Se me puso la piel de gallina. Y se lo devolví igual. No sé qué significa. Pero no quiero dejar de sentirlo."
Y debajo, una línea más:
"Valeria era bonita. Pero no era suficiente para él."
Hay cosas que una entiende demasiado tarde. Que lo que empezó como un abrazo de despedida en la entrada de un edificio, en una noche en que el marido llegó a casa con siete puntos en la cabeza, era en realidad el primer paso hacia algo que iba a costarle mucho más que un abrazo.
Lo entendí tres semanas después de esa noche.
Lo entendí cuando me di cuenta de que llevaba siete días revisando el celular con una frecuencia que no tenía ningún sentido práctico, esperando un mensaje de alguien que no me había escrito nada.
Lo entendí cuando Ernesto me habló en la cama un martes a la noche y yo asentí sin escucharlo, con la cabeza en otro sitio, con la boca de Santiago en la comisura de mis labios todavía fresca después de veinte días.
Lo entendí, escribirlo me cuesta, porque nunca me había pasado antes.
Con Andrés Vásquez no me había pasado. Con Daniela no me había pasado.
Con Carlos ni con Mauricio en Choroní. Lo físico lo administraba con una eficiencia que me sorprendía a mí misma.
Pero esto era otra cosa. Esto no era el cuerpo.
Esto era la cabeza, y la cabeza, descubrí, no se administra igual.
***
Santiago Herrera tenía cuarenta años, igual que Ernesto.
Los dos habían estudiado administración en la UCAB, compartido apartamento en los años de pasantía, fue testigo y padrino de nuestra boda.
Santiago era padrino de Valentina, mi hija menor.
La había bautizado cuando ella tenía apenas seis meses, y desde entonces se había tomado el puesto con una seriedad que contrastaba con su forma de vivir el resto de su vida.
Él decía, cada vez que alguien le preguntaba, que Valentina había heredado mis ojos y el carácter de mi hermana Adriana, y que eso lo tenía completamente enamorado desde que nació.
No tenía hijos propios, y quizás por eso se había entregado con tanta devoción a su papel de padrino: llevaba a Valentina al parque los sábados, le compraba libros que ella devoraba en dos días, y siempre llegaba a sus cumpleaños con el regalo más absurdo y más acertado.
Mi hija lo adoraba. Y Santiago, aunque nunca lo admitiría en voz alta, la quería como si fuera suya.
Trabajaba en una empresa de consultoría financiera.
Vivía solo en un apartamento en Altamira.
Leía, cosa que a los hombres de su círculo no les interesaba demasiado.
Cocinaba, cosa que a Ernesto siempre le había parecido graciosa en él.
Tenía una forma de escuchar a la gente, inclinando un poco la cabeza hacia el lado, que yo había notado muchas veces en cenas sin darle nombre hasta ahora.
Se conocían desde niños. Lo había visto pasar por triunfos y fracasos, perder a su padre, cambiar de trabajo dos veces, salir con mujeres que duraban tres meses y mujeres que duraban seis y la Valeria actual que llevaba cuatro meses y que a mí, por razones que no quería examinar todavía,
no me terminaba de gustar.
Lo conocía desde hacía más de trece años y en esos trece años nunca me había detenido a pensar en él como algo distinto del mejor amigo de mi marido.
Hasta la noche del asalto. Hasta el abrazo en la entrada del edificio.
Hasta el beso en la comisura que podría haber sido un accidente y que los dos sabíamos que no lo era.
***
El primer contacto después de esa noche lo inició él. Un mensaje de WhatsApp el jueves siguiente, cuatro días después del beso, a las once y media de la mañana. Yo estaba en la firma revisando un contrato de arrendamiento cuando el teléfono vibró en el escritorio.
"¿Cómo está Ernesto?"
Tres palabras. La pregunta más inocente del mundo. La pregunta que cualquier amigo mandaría cuatro días después de que otro amigo llegara a casa con siete puntos en la cabeza. Nada que justificara que yo me quedara mirando esa pregunta durante noventa segundos antes de contestar.
"Mejor", escribí. "Ya sin dolor. Le dieron reposo cinco días y está cumpliendo el reposo con la energía de siempre, o sea, mal."
Tres puntos de que estaba escribiendo. Después: "Qué alivio. Oye, ¿y tú cómo estás?"
Me quedé un momento. La pregunta era distinta. No era "cómo están". Era "y tú".
"Bien", escribí. Borré. Escribí: "Más o menos bien. Fue una noche rara."
"Sí. Lo fue."
Un silencio de dos minutos. Después él escribió: "¿Te tomaste el café todavía?"
"No."
"Yo tampoco. Tengo reunión a las doce pero podría salir a las once y cuarenta y cinco si me apuro. Hay una cafetería en la Torre B de las Mercedes que no conoce nadie. ¿Puedes?"
Debería haber dicho que no. Debería haber dicho que tenía trabajo, que el contrato de arrendamiento me estaba esperando, que a las doce yo también tenía algo. Todo eso era verdad. Y sin embargo escribí, con una velocidad que me sorprendió a mí misma: "A las once y cuarenta y cinco ahí estoy."
Guardé el teléfono. Me quedé mirando el contrato de arrendamiento. No leí una sola línea más en los veinte minutos siguientes.
***
La cafetería de la Torre B era exactamente lo que él había dicho: un lugar que no conocía nadie.