El diario de Sara Capítulo IV #6
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Capítulo IV #6

Acabé con él adentro, con Daniela besándome la boca al mismo tiempo, con Carlos acariciándome los pechos desde el costado.

Después Daniela y yo nos turnamos para hacerle sexo oral a Carlos hasta que él acabó en mi boca esta vez — Daniela no participó, me dejó sola, fue mi acto.

Probé semen otra vez en mi boca, esta vez con una calma adulta que no había tenido en el callejón con Felipe.

Tragué. Daniela me besó. Carlos me besó la frente.

Nos dormimos los cuatro otra vez en la cama king.

Pero esta vez con una distribución distinta — Daniela en el medio, yo a un lado, Mauricio del otro lado de Daniela, Carlos al lado mío.

La cama king nos contenía con dificultad.

Pero nos dormimos así, con las piernas enredadas, con el ventilador girando, con el mar sonando afuera.

Lo último que pensé antes de dormirme fue una cosa simple. Pensé que mi cuerpo soportaba mucho más de lo que yo había imaginado. Y que esa información, mañana cuando volviera a Caracas, iba a tener que vivir con ella.

El domingo a la mañana fue parecido al sábado, pero más corto.

Desayunamos los cuatro. Carlos, que tenía un cliente urgente el lunes, se fue temprano en su carro a Caracas a las once.

Mauricio, Daniela y yo nos quedamos hasta las dos.

Almorzamos los tres. Mauricio fue cortés, atento, conmigo todo el tiempo, sin presionar nada, sin extender la dinámica de las dos noches anteriores hacia el día.

A las tres salimos de la casa. Volvimos a Caracas en el carro alquilado, con Mauricio manejando, con Daniela en el asiento de adelante, conmigo atrás.

Paramos en una gasolinera de la autopista.

Mauricio bajó a llenar el tanque. Daniela bajó al baño.

Yo me quedé en el carro. Saqué el celular y vi mensajes de Ernesto y de las niñas.

Ernesto preguntando a qué hora llegaba. Carolina mandando un emoji de un corazón.

Valentina mandando una foto de un dibujo.

Yo respondí los tres mensajes con la voz controlada, escribiendo mentiras pequeñas con la facilidad que ya había desarrollado.

Le dije a Ernesto que llegaba a las cinco.

A Carolina le dije “también te quiero, mi amor”.

A Valentina le dije que el dibujo era hermoso.

***

Llegamos a Caracas a las cinco y diez. Mauricio me dejó en mi edificio.

Daniela me bajó la maleta. Nos despedimos con dos besos en la mejilla, los tres, como tres compañeros de un retiro cualquiera.

Mauricio me dijo: “ha sido un placer, Sara”.

Daniela me dijo: “nos vemos el lunes en la firma”. Subí al apartamento.

Ernesto me recibió con un beso en la boca.

Me preguntó cómo había estado el retiro.

Le dije que productivo, que había aprendido cosas nuevas, que estaba muy cansada.

Las niñas me abrazaron una de cada lado.

Carolina me preguntó si le había traído algo.

Yo había previsto eso — paré en la gasolinera de regreso con Mauricio y compré dos chocolates para las niñas, una vela perfumada chica para Ernesto.

Repartí los regalos. Las niñas se contentaron. Ernesto agradeció la vela con un beso.

Cenamos los cuatro. Acostamos a las niñas.

Yo le dije a Ernesto que iba a ducharme y a dormir temprano, que el retiro me había agotado.

Subí. Vacié la maleta encima de la cama.

Vacié la cartera encima de la cómoda — el celular, las llaves, el labial, las gafas de sol, dos billetes que me sobraron, varios papeles doblados que no miré con atención.

Me bañé. Me acosté. Dormí casi diez horas seguidas con un sueño profundo de cuerpo cansado.

***

Diez días después de Choroní me senté en la firma a la hora del almuerzo a escribir esta entrada. Tengo el cuaderno abierto sobre el escritorio, la puerta de la oficina cerrada, la asistente avisada de que no me pasen llamadas durante una hora.

Voy a escribir lo que voy a escribir con la mayor honestidad que pueda. Después voy a guardar el cuaderno y voy a salir a almorzar con dos colegas y voy a fingir que mi vida es la vida que todos creen que tengo.

Lo primero. Choroní pasó. Lo escribo despacio.

Choroní pasó. Yo, Sara Tovar, abogada caraqueña de treinta y tres años, casada hace trece, madre de dos niñas, pasé un fin de semana en una casa privada con una mujer pelirroja que es mi colega de la firma, con su esposo español, y con un amigo abogado.

Hicimos las cosas que los cuatro fuimos a hacer.

Yo participé con la voluntad de una mujer adulta que había pedido que pasara.

Lo que aprendí en ese fin de semana, tanto sobre mi cuerpo como sobre el mundo de los matrimonios abiertos del que ahora soy parte secundaria, no se me va a desaprender.

Lo segundo. Mi cuerpo soporta más de lo que yo había imaginado.

Eso es información valiosa y peligrosa al mismo tiempo.

Es información valiosa porque me está haciendo descubrir partes de mí que treinta y tres años de vida convencional habían mantenido encerradas.

Es información peligrosa porque, una vez que el cuerpo descubre que puede más, no quiere volver al menos.

Y el menos, en mi caso, es mi cama matrimonial los martes y los sábados.

Lo tercero. La sensación que tengo respecto a Daniela está cambiando.

Ya no es solo deseo. Es algo más complicado.

Cuando pasé la segunda noche de Choroní haciendo el amor con ella sola durante una hora y media, registré que para mí esa hora y media era distinta de cualquier otra cosa que estuviera pasando ese fin de semana.

Que con ella no era solo el cuerpo. Que con ella había algo emocional que con Mauricio o con Carlos, por más amables que hubieran sido, no había.

Eso me asusta más que cualquier acto físico que hayamos hecho.

Porque deseo lo puedo administrar. Lo otro, no sé.

***

Esa misma semana, un jueves a media mañana, el teléfono de mi oficina sonó. Era Ernesto.

—Sara.

Su voz sonaba rara. Apagada.

—Ernesto, ¿qué pasa? ¿Estás bien?

—Me asaltaron —dijo—. Cuando salí a almorzar. Tres tipos. Me tiraron al suelo, me patearon, me dieron un golpe en la cabeza. Me rompieron el teléfono, me quitaron la cartera, la billetera, todo.

Sentí que el mundo se me caía encima.

—¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¿Te duele algo?

—Estoy en una clínica cerca del banco. Me van a poner puntos en la cabeza. Me duele, pero no es grave. Bueno, eso dicen.

—¿Qué clínica?

Me dio el nombre. Agarré mi cartera, le dije a la asistente que cancelara mis reuniones y salí corriendo.

En el taxi, mientras el tráfico de Caracas se movía con su lentitud eterna, llamé a Santiago. No sé por qué lo llamé a él primero. Tal vez porque era el único número que tenía en la cabeza en ese momento. Tal vez porque necesitaba que alguien supiera.

—Santi, Ernesto está en una clínica. Lo asaltaron, lo golpearon. Estoy yendo para allá.

—¿Qué clínica? Voy para allá.

Le di el nombre. Después llamé a Raúl. Después a mi mamá, para que recogiera a las niñas del colegio. Después a Adriana.

Cuando llegué a la clínica, Ernesto estaba sentado en una camilla, con la cabeza inclinada hacia adelante, mientras un médico le cosía el cuero cabelludo con una aguja que brillaba bajo la luz blanca.

Llevaba puesto un tapabocas, y su cara estaba pálida, casi gris, con la mandíbula tensa.

Tenía un ojo morado, el labio partido. La camisa, un desastre de sangre seca.

—Ernesto —dije, y mi voz se quebró.

Él levantó la cabeza. Me vio. Y en sus ojos vi algo que no había visto nunca: miedo. Miedo de verdad.

—Ya pasó —dijo, con la voz ronca—. Solo me dieron puntos. Siete.

—¿Siete?

—Parece que fue un golpe con una piedra. O con algo duro. —El médico, sin dejar de coser, dijo en voz baja: "Fue un golpe contundente. Nada grave, pero va a doler unos días."

Me senté a su lado. Le agarré la mano. No sabía qué decir. No sabía cómo consolar a un hombre al que habían golpeado en la cabeza con una piedra.

Llegó Raúl primero. Con Andrea. Los vi entrar por la puerta de la sala de emergencia, Raúl con la cara desencajada y la camisa a medio remangar. —Ernesto, ¿qué pasó? ¿Estás bien? —preguntó, abalanzándose hacia él como un hermano mayor.

—Ya estoy bien —dijo Ernesto—. Me dieron puntos. Pero tengo que hacerme unas placas para descartar algo interno.

—Nosotros te llevamos —dijo Raúl, y su voz era tan firme como su mano sobre el hombro de su amigo.

La recepcionista llamó a Ernesto para las placas. Se levantó de la camilla con la rigidez de un hombre que se mueve porque tiene que moverse, no porque quiera. Raúl lo acompañó al pasillo.

Me quedé sola un momento en la sala de espera. Y entonces, como si el universo hubiera decidido que esa noche necesitaba más, vi a Santiago entrar. Llegó con una mujer que yo no conocía. Alta, delgada, de pelo rubio y sonrisa fácil, como si el mundo fuera un sitio donde todo le sale bien.

—Sara —dijo Santiago, acercándose—, ¿cómo está Ernesto?

—Le cosieron siete puntos en la cabeza y ahora van a sacarle una placa. Dicen que no es grave, pero fue un golpe duro.

Santiago asintió y, con un gesto de la mano, presentó a la mujer que lo acompañaba: —Te presento a Valeria.

—Mucho gusto —dije, extendiendo la mano con la cortesía mecánica que la angustia no lograba disimular.

Valeria me dio dos besos en la mejilla. Sonrió con la amplitud de quien no tiene nada que esconder.

—Qué horror lo de tu esposo —dijo—. Menos mal que no fue peor.

—Sí, menos mal.

Me senté. Santiago y Valeria se sentaron en las sillas de enfrente. Valeria se apoyó en el hombro de Santiago, le susurró algo al oído, se rió bajito. Santiago le sonrió, pero era una sonrisa distante, la de alguien que está en otro lugar.

Yo los miré desde mi silla. Miré a Valeria. Era bonita, sí. Rubia, delgada, de piel clara, con una forma de moverse que parecía ensayada. Tenía todo lo que una mujer podía tener para ser deseada. Pero algo en ella no encajaba.

No sé qué era. Tal vez la forma en que no miraba a Santiago cuando él hablaba. Tal vez la forma en que se reía sin escuchar. Tal vez la forma en que, cuando él le puso la mano en la pierna, ella no la devolvió.

Era bonita, sí. Pero no era suficiente para él. No sé por qué pensé eso. No sé por qué, en medio de la angustia por Ernesto, mi cabeza se fue a Santiago y a Valeria. Pero lo pensé con una claridad que me sorprendió.