Capítulo IV #5
Me hizo un sexo oral más largo todavía que el de Carlos, una exploración exhaustiva donde su lengua parecía buscar cada secreto de mi vagina.
—Qué rico sí, no pares— gemí, arqueando la espalda mientras sus dedos se hundían en mis nalgas.
La intensidad de su succión me hizo acabar una segunda vez antes de entrar, un orgasmo que me dejó temblando, con la vista nublada y los músculos de las piernas en tensión absoluta.
Cuando finalmente entró en mí, Mauricio se demoró un momento adentro sin moverse, llenándome por completo con su miembro cálido y firme, mirándome a la cara con una fijeza que me obligó a sostenerle la mirada.
Me dijo, en español de Madrid muy bajito al oído: “eres preciosa”.
La palabra preciosa, dicha en ese acento, en ese contexto, con un hombre adentro de mí que conocí ocho horas antes, me llegó con una pegada extraña.
No era un cumplido para ablandarme. Era una observación dicha con calma.
Yo le sonreí, sintiendo una conexión eléctrica.
Le besé la boca con hambre. Le dije, también en voz baja: “muévete, por favor... no pares y destrózame”.
Empezó a moverse con embestidas largas y profundas que me hacían sollozar de placer.
—Me gusta cómo te sientes, Sara— susurró él, acelerando el ritmo.
Mientras Mauricio estaba conmigo, Carlos y Daniela hicieron el amor del otro lado de la cama.
Yo escuchaba a Daniela acabar con un quejido grave que ya conocía, un sonido gutural que me excitaba aún más.
Daniela me agarraba la mano por encima de la sábana, apretando mis dedos con fuerza mientras Mauricio se movía adentro mío y Carlos se movía adentro de ella.
Las dos manos cruzadas entre las dos parejas.
Esa imagen, la mano de Daniela sosteniendo la mía mientras los dos hombres nos cogían a las dos en paralelo, me la voy a llevar a la tumba.
Lo último que hicimos esa noche, ya hacia las dos de la mañana, fue las dos mujeres juntas mientras los hombres miraban.
Daniela y yo nos hicimos el amor en el centro de la cama, con una técnica que ya habíamos perfeccionado en su departamento, con la diferencia de que esta vez había dos hombres mirándonos, masturbándose suavemente cada uno por su cuenta,
comentando entre ellos en voz baja cosas que yo no escuchaba claramente.
Cuando Daniela acabó con la cabeza apoyada entre mis muslos, los dos hombres aplaudieron despacio, con una formalidad casi cómica, y Daniela soltó una carcajada que rebotó contra el techo del cuarto.
Esa carcajada de Daniela fue, escribirlo me cuesta, lo que más se me grabó de toda esa primera noche.
No los actos físicos. No los orgasmos. La carcajada de una mujer pelirroja desnuda en el centro de una cama, riéndose con la naturalidad de una niña feliz, mientras los tres adultos que la habíamos hecho acabar la mirábamos con una mezcla de orgullo y de cariño.
Esa carcajada me hizo entender, en un segundo, que esto no era un mundo oscuro.
Era un mundo paralelo al que yo había vivido durante treinta y tres años.
Otro mundo, sí. Pero no peor. Solo otro.
Nos dormimos los cuatro en la misma cama, con la sábana enredada, con las piernas cruzadas las unas con las otras, con el ventilador girando despacio.
Yo me dormí con la cabeza apoyada en el pecho de Daniela y la mano de Carlos en mi cintura.
Mauricio dormía del otro lado de Daniela.
Cuatro adultos en una sola cama de Choroní, con el mar afuera, con la luna ya escondida, con la noche todavía sin terminar de entregarme todo lo que iba a entregarme.
Me desperté la mañana siguiente con la luz del Caribe entrando por la ventana del cuarto. Eran las nueve y veinte. La cama estaba vacía. Yo seguía sin ropa, con la sábana cubriéndome a medias. Los otros tres se habían levantado en algún momento sin despertarme.
Bajé al baño del cuarto principal, me duché, me puse un vestido sencillo de playa, un pareo encima, sandalias. Bajé al primer piso. Lo que encontré abajo me cortó el aire por una razón que tardé un momento en identificar.
Mauricio estaba en la cocina preparando café.
Llevaba una camisa de lino blanca abierta y un pantalón de lino claro.
Me vio bajar y me sonrió. Carlos estaba en la terraza leyendo el periódico que la cocinera había dejado, con un café al lado.
Daniela salía de la piscina, en bikini negro, secándose el cabello con una toalla, fresca como si la noche anterior hubiera sido un sueño nuestro y nada más.
La normalidad doméstica de la escena fue lo que me cortó el aire.
Hace ocho horas estos tres adultos y yo habíamos estado en una cama haciendo cosas que el código moral con el que yo me crié habría calificado como una pesadilla.
Y ahora los tres se movían por la casa con la naturalidad de tres amigos en cualquier fin de semana.
Mauricio me preguntó si quería el café con leche o solo.
Carlos levantó la cabeza del periódico, me dijo “buenos días, Sara” con la cortesía de un compañero de oficina.
Daniela me dio un beso en la mejilla al pasar para subirse a cambiarse, sin más drama que el de un saludo entre amigas.
Yo, sentándome a la mesa de la terraza con el café que Mauricio me alcanzó, registré algo importante.
Para ellos esto era vida normal. Para mí era todavía extraordinario.
La diferencia entre las dos cosas era, supongo, lo que diferenciaba a una mujer que llevaba años en este mundo de una mujer que estaba entrando recién.
Y a mí me iba a tocar aprender, en algún momento, a hacer parecer normal lo que para mí seguía siendo extraordinario, si yo quería seguir entrando.
Desayunamos los cuatro en la terraza. Frutas frescas, panes, jamón, queso, café.
La conversación fue otra vez agradable, neutra, como si la noche anterior fuera un capítulo de un libro que ya habíamos cerrado.
Mauricio contó una anécdota de un viaje a Lisboa.
Carlos me preguntó por mi área en la firma.
Daniela hizo un comentario gracioso sobre el primo de Mauricio que le había prestado la casa.
Yo participé. Sonreí. Comí. Por dentro, mientras todo eso pasaba, una parte de mí se iba acostumbrando a la sensación de que esto, ahora, también era yo.
Después del desayuno bajamos a la playa.
La ensenada de la casa daba a una franja privada de arena casi blanca.
Nos pusimos los cuatro en sillas plegables, debajo de un toldo.
Daniela y Carlos se metieron al mar a nadar.
Mauricio se quedó conmigo bajo el toldo.
Conversamos durante una hora. Me contó cosas de su trabajo.
Me preguntó por las niñas — sin nombres, sin presionarme, con el respeto de alguien que sabía que esa información era parte de la vida pública mía y que no le correspondía investigar.
Yo le hablé en general. Él me escuchó como me había escuchado la tarde anterior, con esa atención específica de los hombres que no tienen prisa.
Hubo un momento, hacia el mediodía, en que Mauricio se inclinó hacia mí en la silla y me dijo:
—Sara, anoche fuiste muy generosa.
Lo registré con un escalofrío. La palabra “generosa”, en ese contexto, era una palabra rara. Un cumplido y una observación al mismo tiempo. Le sonreí.
—Anoche fui yo. Las versiones de mí que conoce el resto del mundo no estaban invitadas.
Se rió. Se rió con una risa franca, profunda, que me cayó bien.
—Esa es la forma más exacta de explicarlo que he escuchado en mucho tiempo.
Almorzamos en la terraza. Pasta con mariscos. Ensalada. Vino blanco. Después, los cuatro nos echamos una siesta larga, cada uno en su cuarto, hasta las cinco de la tarde. La casa quedó en silencio entero durante esas horas, con solo el ruido del mar contra la orilla.
Esa segunda noche fue distinta. Más íntima. Con menos teatro y más concentración.
Cenamos otra vez en la terraza. La conversación fue todavía más cargada que la de la noche anterior, porque ya había habido una noche entera juntos y el conocimiento físico que los cuatro teníamos del cuerpo de cada uno daba a las palabras un peso nuevo.
Después de la cena, Daniela se puso de pie.
Me agarró de la mano. Me dijo, frente a los hombres:
—Sara, esta noche subes conmigo. Solo conmigo, primero.
Mauricio le sonrió. Carlos asintió con calma. Eso, hallé, también era parte de la dinámica — Daniela podía marcar la noche, Mauricio la podía marcar otra, Carlos otra, yo otra. La autoridad rotaba con una elegancia que tenía la formalidad de un baile.
Subimos al cuarto principal. Mauricio y Carlos se quedaron en la sala con vasos de whisky, dándonos espacio. Daniela cerró la puerta del cuarto. Encendió solo una lámpara de mesita. Me besó largo, sin ropa, en el medio del cuarto. Después me llevó a la cama.
Lo que hicimos las dos esa segunda noche, las dos solas durante una hora y media, fue distinto de todo lo anterior entre nosotras.
Daniela se demoró conmigo con una concentración nueva.
Me besó por todas partes con un cuidado que tenía algo de despedida.
Me hizo acabar tres veces seguidas, en posiciones distintas, dejándome reposar entre cada una, dándome agua entre cada una, hablándome al oído entre cada una con palabras que fui guardando: “qué hermosa eres”, “qué bien aprendiste”, “estás más linda esta noche que la de ayer”.
La hice acabar yo a ella dos veces. La segunda con la cabeza entre sus muslos, con su mano agarrándome el cabello, con su voz pidiendo más en un susurro que se le quebraba.
Cuando se le pasó, me subió por el cuerpo, me abrazó, y se quedó así, con la cara contra mi cuello, durante varios minutos sin decir nada.
Después, hacia la una de la mañana, Daniela se incorporó. Me dijo: “ahora vienen ellos”. Se levantó. Abrió la puerta del cuarto. Llamó a Mauricio y a Carlos con la mano.
Los dos hombres entraron. Lo que pasó la siguiente hora fue distinto del cuarteto de la primera noche.
Esta vez la dinámica fue Daniela y yo en el centro de la cama, los dos hombres alternándose con cada una de nosotras pero también, y esto fue lo nuevo, jugando entre ellos en algún momento — no entre ellos sexualmente, sino coordinándose, organizándose,
asegurándose de que todo el Ardor que estaba en el cuarto siguiera circulando.
Yo recibí a Mauricio una vez más. Esta vez con una entrega completa que la primera noche, por la novedad, no había podido tener.