Capítulo IV #4
Cada movimiento suyo era una declaración de intenciones.
Empezó a desvestirme también con una delicadeza técnica, casi quirúrgica, que me hizo sentir el peso de mi propia piel.
Me bajó el cierre del vestido con un siseo metálico que retumbó en el silencio cargado de la estancia de Choroní.
Me quitó las sandalias, dejando que mis pies descalzos buscaran el apoyo del suelo frío, un ancla de realidad en medio de la neblina sensorial.
Me dejó en sostén y pantaleta blancos, exponiendo mi palidez ante su mirada evaluadora.
Después me besó por el cuello, por los hombros, por las clavículas, trazando una ruta de fuego con sus labios, mientras Mauricio, en la cama, le hacía a Daniela lo mismo con los pechos, creando una coreografía de espejos donde el deseo se multiplicaba.
Carlos me sentó en el borde de la cama, sujetando mis muslos con una firmeza que me hizo temblar.
Se arrodilló frente a mí, posicionándose como un devoto ante un altar.
Me bajó la pantaleta con una lentitud exasperante y me abrió las piernas con las dos manos, obligándome a una vulnerabilidad que nunca había permitido ante un extraño. Y bajó la cabeza.
Su lengua era distinta de la de Daniela; la de ella era una exploración húmeda y rítmica, casi lírica.
Era distinta de la de Andrés Vásquez, que siempre parecía buscar su propio alivio.
Era distinta de la del muchacho del callejón de Maracaibo, aunque al muchacho yo nunca lo había recibido así.
Carlos me hizo sexo oral con una técnica de hombre experimentado, con ritmo, con pausas calculadas, sabiendo cuándo presionar y cuándo retirarse para hacerme pedir más.
Comenzó lamiendo con lentitud los labios exteriores de mi sexo, recorriéndolos de abajo hacia arriba con la lengua plana y caliente, saboreándome como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Un gemido bajo se me escapó cuando la punta de su lengua encontró mi clítoris hinchado y comenzó a trazar círculos lentos, precisos, implacables.
—Dios, qué rico, Carlos… —jadeé, arqueando la espalda, mientras mis dedos se hundían en su cabello.
Sentí, mientras Carlos me trabajaba con la boca, una mano que me tomó el pecho.
Era la mano de Daniela. Se había estirado desde el otro lado de la cama, un puente de piel sobre el abismo.
Me pellizcaba el pezón con dos dedos, suave pero firme, rítmicamente.
La miré a los ojos y me perdí en ese verde claro.
Ella me sonrió con complicidad, con la cabeza apoyada en el hombro de Mauricio, mientras él le hacía algo entre las piernas que yo solo podía adivinar por el vaivén de sus caderas y los gemidos graves que escapaban de su boca.
Esa imagen específica — la mano de Daniela en mi pecho mientras Carlos me devoraba con hambre — me marcó de una manera que tardé en procesar.
No era solo placer físico. Era Daniela reclamándome, recordándome que, incluso en medio de cuatro cuerpos entrelazados, ella seguía siendo mi centro.
Me gusta cómo me reclamas, pensé con una claridad febril, casi desesperada.
Y yo, con los ojos casi cerrados, con la lengua de Carlos succionando mi clítoris con una presión perfecta, le agarré la mano a Daniela.
Se la apreté con la fuerza de un náufrago.
Le entrelacé los dedos. Las dos manos enlazadas mientras los dos hombres nos hacían lo que nos hacían.
Esa fue la imagen que me llevé a la tumba la primera vez. La descubrí esa primera noche.
El orgasmo me golpeó con una violencia inesperada.
Una ola caliente que partió desde mi vientre y explotó hacia afuera, contrayendo cada músculo de mi cuerpo en espasmos profundos y prolongados.
Grité contra el aire, un sonido ronco y animal que se mezcló con los gemidos de Daniela.
Mis piernas temblaron sin control alrededor de la cabeza de Carlos, mis caderas se sacudieron contra su boca mientras él seguía lamiendo, prolongando el placer hasta que creí que iba a desmayarme.
—No pares, por favor, no pares —supliqué entre sollozos de placer, aunque ya estaba completamente deshecha.
Cuando por fin el orgasmo comenzó a bajar, Carlos subió por mi cuerpo, me besó en la boca con labios brillantes de mi propia excitación y me dejó probarme a mí misma.
Después, sin separarse de mí, se desvistió.
Su miembro estaba erecto, una presencia imponente, grueso y venoso, palpitando con evidente necesidad.
Sacó un preservativo del bolsillo del pantalón.
Me lo puso él mismo en la mano. Yo se lo abrí con los dientes, un gesto de animalidad que me sorprendió, y yo se lo coloqué, sintiendo la dureza latente.
Cuando entró en mí, Mauricio acababa de entrar en Daniela del otro lado de la cama.
Por un momento, los cuatro estábamos en la misma cama, dos parejas, dos ritmos, dos respiraciones cruzadas.
Yo lo miraba a Mauricio mover a Daniela a treinta centímetros de mí.
Mauricio me miraba a mí mientras Carlos me movía con embestidas largas que buscaban el fondo de mi vagina.
Sentí cada centímetro de Carlos abriéndose paso dentro de mí, grueso, caliente, implacable.
Mi vagina se contrajo alrededor de él en un espasmo involuntario, como si mi cuerpo quisiera retenerlo para siempre.
—Dios… —gemí, clavando las uñas en sus hombros.
Carlos gruñó contra mi cuello y empujó más profundo, rotando las caderas para rozar ese punto exacto que me hacía perder el control.
A mi lado, Mauricio se cogía a Daniela con un ritmo más pausado pero igual de profundo.
Los gemidos de ella, graves y roncos, se mezclaban con los míos en una sinfonía obscena que llenaba el cuarto.
Daniela tenía una pierna enredada en la cintura de Mauricio, la espalda arqueada, los pechos pequeños moviéndose con cada embestida.
Nuestras miradas se encontraron. Sus ojos verdes brillaban de placer y algo más profundo, algo posesivo.
Mírame, parecía decirme sin palabras. Mírame mientras te cogen.
Lo nuevo, lo que me sorprendió en esos primeros minutos, fue la intimidad rara que se formaba entre los cuatro.
No era una orgía caótica como yo me había imaginado en la cabeza durante las semanas anteriores.
Era algo más delicado, una ceremonia de respeto.
Era cuatro adultos que se cuidaban entre sí.
Cuando Carlos veía que Mauricio le estaba pidiendo a Daniela que cambiara de posición, esperaba un momento.
Cuando Daniela me veía con los ojos cerrados y la boca apretada de placer, dejando escapar pequeños "ay dios" entre dientes, dejaba de moverse ella misma para concentrarse en mirarme.
Cuando yo, en algún momento, levanté la mano para pedir un poco de agua, Mauricio se separó de Daniela, se levantó, fue hasta la mesita de noche, me sirvió un vaso, me lo entregó, me esperó a que yo bebiera, y volvió a la cama.
La interrupción no rompió nada. La cosa se reanudó como un río que se hace a un lado de una piedra y sigue.
Carlos volvió a entrar, esta vez con una urgencia que presagiaba el final.
Me agarró de las caderas con fuerza, clavándome los dedos en la carne mientras me penetraba con embestidas profundas y brutales.
Cada choque de su pelvis contra la mía enviaba ondas de placer que me recorrían la columna.
Mi clítoris rozaba su pubis con cada embestida, creando una fricción insoportable.
—Carlos… me voy a correr… —gemí, casi sollozando.
— Córrete para mí —gruñó él aún más.
El orgasmo me atravesó como un rayo. Mi vagina se contrajo violentamente alrededor de su pene, ordeñándolo con espasmos largos y poderosos.
Grité sin control, un sonido gutural y primitivo que rebotó en las paredes.
Mis piernas temblaron sin control, mis dedos se hundieron en su espalda, dejando marcas rojas.
Sentí que me desbordaba, que mi cuerpo entero se rompía en mil pedazos de placer líquido.
Carlos no se detuvo. Siguió penetrándome a través del orgasmo, prolongándolo hasta que creí que iba a desmayarme.
A mi lado, Daniela también llegó al clímax con un gemido largo y tembloroso, apretando la mano de Mauricio. Los cuatro cuerpos se sacudían al unísono, respiraciones entrecortadas, piel sudorosa, gemidos que se entremezclaban en el aire cargado de la habitación.
Sus movimientos se volvieron más rápidos, un galope que me arrastraba de nuevo al borde.
Sentí el semen acumulándose en él, la tensión antes de la liberación.
Yo acabé otra vez con Carlos adentro, un orgasmo que se sintió como si me arrancaran el alma.
Mauricio acabó con Daniela debajo. Hubo unos minutos de pausa, los cuatro respirando, riéndonos bajito de la coreografía sin programar.
Daniela se levantó. Caminó al baño del cuarto.
Volvió con un paño tibio, se limpió, le pasó el paño a Mauricio, lo trajo a Carlos, me lo trajo a mí.
Esa atención doméstica en medio de la noche me cayó con una textura nueva.
Era una mujer que sabía cómo se hacían estas cosas.
Era una anfitriona en su elemento. Y nosotros tres éramos los invitados que ella estaba cuidando con una elegancia que excedía cualquier prejuicio que yo hubiera traído al cuarto.
Después se reorganizó la cama en una coreografía de piel y deseo que me dejó sin aliento.
Mauricio se levantó con una elegancia natural, su figura recortada contra la penumbra de la habitación.
Caminó hasta mi lado con paso firme pero silencioso.
Me miró con esos ojos azules muy claros, que en la oscuridad de Choroní parecían emitir una luz propia, cargada de una inteligencia serena.
Me preguntó, con la formalidad de su acento español que contrastaba con la crudeza del momento:
—Sara, ¿me dejas?
Yo asentí, sintiendo un nudo de anticipación en la garganta.
Carlos se hizo a un lado, dándome un último beso en la sien antes de retirarse.
Daniela vino a su lado, sus cuerpos entrelazándose de inmediato en un abrazo experto.
Y Mauricio se acostó conmigo. Mauricio era distinto de Carlos; si el primero era ritmo y técnica, el segundo era pura atmósfera y profundidad.
Más demorado, como si tuviera toda la vida para cartografiar mi cuerpo.
Más explorador, sus manos grandes y cálidas no buscaban solo el placer, sino una conexión que me hacía sentir expuesta y deseada a partes iguales.
Me besó por todas partes durante mucho tiempo antes de hacer cualquier otra cosa: el cuello, la curva de las caderas, la parte interna de mis muslos.