Capítulo IV #3
La mañana del viernes, me despedí de él y de las niñas, salí del edificio con una maleta pequeña, tomé un taxi al aeropuerto.
Mauricio había llegado de Madrid el lunes anterior.
Esa semana Daniela había estado distante en la firma, lo cual era esperable.
El viernes a las diez y cuarto de la mañana, los cuatro nos encontramos en el aeropuerto.
Daniela me presentó a Mauricio. Mauricio me dio dos besos con esa formalidad española controlada, me miró a los ojos un segundo de más, me sonrió con calma.
Era alto, casi calvo, con barba de tres días entrecanada, ojos azules muy claros.
Vestía un pantalón de lino claro y una camisa de lino azul cielo.
Tenía el aire desordenado y atractivo de los hombres europeos de cuarenta y largos.
Carlos me dio dos besos también. Era más bajo que Mauricio, más fornido, con el cabello negro entrecano y unos ojos castaños que sonreían antes que la boca. Vestía menos casual que Mauricio, con un polo gris y unos jeans oscuros. Me dio la mano antes de los besos, con una cortesía formal de abogado.
—Mucho gusto, Sara.
—El gusto es mío, Carlos.
Nada en esos primeros saludos hubiera dejado adivinar a nadie en el aeropuerto que íbamos a pasar las próximas cuarenta y ocho horas haciendo lo que íbamos a hacer.
Volamos a Maiquetía, alquilamos un carro, manejamos la ruta de la costa hasta Choroní.
La casa quedaba al final de un camino de tierra, en una pequeña ensenada privada, con una vista al mar Caribe que cortaba la respiración.
Era una casa moderna de dos pisos, con paredes blancas y techos de madera, una piscina infinita que se fundía con la línea del horizonte, una terraza grande con muebles de teca, un comedor abierto al jardín.
El primo de Mauricio la usaba poco. Daniela y Mauricio la habían usado varias veces.
Llegamos a la una del mediodía. Almorzamos los cuatro en la terraza un pescado a la plancha que había preparado la cocinera.
Tomamos un vino blanco frío. La conversación fue agradable, adulta, sin innuendos pesados.
Hablamos de Madrid, de la firma de Carlos, de un caso que él estaba llevando, de un viaje que Mauricio había hecho a Lisboa el mes anterior.
Yo participé con la naturalidad que me salió.
Sentía, durante todo el almuerzo, que los tres me estaban dejando entrar al ritmo a propósito, sin presionar, dejándome aclimatar.
Después del almuerzo cada uno se fue a su cuarto a descansar la siesta. Daniela y Mauricio compartieron el cuarto principal. Carlos tenía un cuarto al fondo. Yo tenía un cuarto en el primer piso, con vista al mar, con una cama matrimonial de madera y una hamaca colgada en el balcón.
Me acosté en la hamaca. Cerré los ojos. Escuché el mar abajo.
Pensé en Ernesto, pensé en las niñas, pensé en mi mamá, en Adriana, en mi padre muerto.
Después dejé de pensar y me dormí veinte minutos.
Cuando me desperté, el sol ya empezaba a inclinarse hacia el oeste y todo en la casa estaba en silencio.
Bajé descalza al jardín. Mauricio leía el periódico en la terraza.
Carlos nadaba lentamente en la piscina. Daniela no se veía.
Mauricio me sonrió cuando me vio bajar. Me ofreció un té frío.
Lo acepté. Nos sentamos en la terraza. Conversamos veinte minutos sobre cosas neutras.
Era un hombre fácil de conversar. Tenía esa cualidad europea de hacer que la otra persona se sintiera escuchada sin esfuerzo.
Yo registré, mientras hablaba con él, que ya empezaba a entender por qué Daniela había construido su vida con este hombre.
Era un compañero, no un dueño. Era un cómplice, no un guardián.
La tarde fue así. Pasos pequeños. Encuentros casuales.
Risas. Carlos saliendo de la piscina, secándose, sentándose con nosotros en la terraza.
Daniela apareciendo con un libro en la mano, dándole un beso corto a Mauricio en los labios y otro a Carlos en la mejilla y otro a mí también en la mejilla, con la naturalidad de quien tratara a tres personas que conoce a fondo.
La cosa se fue armando despacio. La cocinera nos avisó a las siete que la cena estaría lista a las ocho y media. Cada uno subió a arreglarse.
Yo me bañé despacio, con el agua tibia, secándome el cabello frente al espejo.
Me puse un vestido blanco de algodón fino, sin mangas, hasta media pierna.
Sandalias bajas. Aretes de perla. Maquillaje mínimo.
Me miré en el espejo y vi a una mujer que era yo y que al mismo tiempo no lo era.
Una mujer adulta entrando voluntariamente a una noche que iba a marcarla.
Bajé a las ocho y veinte. La mesa estaba puesta en la terraza.
Cuatro velas. Una vajilla blanca sencilla.
Vino tinto descorchado. Carlos ya estaba sentado, con una camisa de lino blanca y un pantalón claro.
Mauricio llegó dos minutos después, con una camisa azul oscura y los pies descalzos.
Daniela bajó última, cinco minutos después.
Llevaba un vestido negro corto, de tirantes finos, con los hombros descubiertos.
El pelirrojo del cabello le caía suelto sobre los hombros.
Sin maquillaje en los labios, solo una sombra leve en los ojos. Estaba descalza también.
Cuando se sentó a la mesa, Mauricio le agarró la mano y se la besó. Daniela le sonrió. Carlos sirvió el vino. Y empezamos a cenar.
La cena duró dos horas largas. Empezamos con un ceviche que la cocinera había dejado preparado.
Seguimos con un risotto de mariscos. Terminamos con una tabla de quesos y un postre de frutas.
El vino corrió con discreción — ninguno de los cuatro tomó demasiado.
Era una mesa de adultos que sabían exactamente cuánto necesitaban beber para soltarse sin perderse.
La conversación fue subiendo de temperatura sin que ninguno de nosotros la empujara explícitamente.
Empezamos hablando de viajes. Después de relaciones complicadas.
Después de cómo cada uno había llegado al estilo de vida que tenía.
Mauricio contó cómo había sido el día en Ámsterdam que le había propuesto a Daniela abrir el matrimonio.
Daniela contó cómo había aceptado. Carlos contó las dos rupturas que había tenido después del divorcio porque sus parejas no soportaban el modelo.
Yo, con la voz controlada, conté un poco de mi matrimonio sin entrar en detalles que comprometieran a Ernesto.
Al postre, Mauricio le tomó la mano a Daniela por encima de la mesa.
La sostuvo así, sin esconderse, mientras conversaba con Carlos.
A los pocos minutos Daniela empezó a acariciarle el dorso de la mano con el pulgar, despacio, sin mirar lo que hacía.
La cosa se estaba calentando con esa lentitud específica de los que saben.
Después del postre, Mauricio dijo que iba a poner música en el equipo de la sala.
Se levantó. Daniela lo siguió a los dos minutos, con la copa en la mano.
Carlos y yo nos quedamos solos en la terraza.
Sin que ninguno lo hubiera coordinado, fue como una invitación silenciosa para que las dos parejas iniciaran el movimiento por separado y nos encontráramos después adentro.
Carlos se inclinó hacia mí en la silla. Me dijo, con esa voz baja de abogado que ya empezaba a conocer:
—Sara, vamos al jardín a tomar el aire. Quiero hablar contigo un momento.
Asentí. Bajamos del entablado de la terraza al jardín. Caminamos hasta el borde donde el césped se cortaba contra la oscuridad de la playa. La luna estaba baja, anaranjada. Se oía el mar a quince metros de nosotros.
—Sara, ¿tú estás bien con esto?
—Sí.
—Te lo pregunto porque a veces, en estos fines de semana, una persona dice que sí y después se da cuenta de que no quería.
Eso no es problema. Si en algún momento de la noche tú no quieres seguir, dices basta y todo se detiene.
Yo respeto. Mauricio respeta. Daniela respeta.
No hay reclamo, no hay incomodidad. ¿Lo entiendes?
—Lo entiendo.
—Y quiero decirte una cosa más, antes de que entremos.
Lo que va a pasar esta noche es entre los cuatro.
No hay obligación de hacer todo con todos.
Tú haces lo que tú quieras. Si solo quieres estar con Daniela, está bien.
Si solo quieres estar conmigo o con Mauricio, también.
Si quieres estar con todos en distintos momentos, también. La regla es tu cuerpo, tus tiempos.
Lo miré. Estaba parado a medio metro de mí, con la camisa blanca medio desabotonada, con la luna iluminándole un costado de la cara. Era un hombre maduro, bien plantado, con esa seguridad calmada de los que ya no necesitan probar nada.
Me acerqué. Le puse una mano en el pecho, encima de la camisa. Le subí la mano hasta el cuello. Y lo besé.
El beso no fue urgente. Fue un beso de mujer que está aceptando una invitación con todas las consecuencias claras. Carlos me lo devolvió igual, sin apuro, con la calma de un hombre que sabía que tenía toda la noche por delante. Cuando nos separamos, me agarró la cara con una mano.
—Vamos adentro.
Entramos a la sala. La música estaba puesta — algo lento, con un saxofón.
Mauricio y Daniela ya estaban en el sofá grande del medio del salón, besándose.
Daniela tenía la espalda apoyada contra el respaldo, las piernas cruzadas debajo de ella.
Mauricio le había deslizado una mano debajo del vestido.
Cuando Carlos y yo entramos, ninguno de los dos se inmutó.
Daniela me miró por encima del hombro de Mauricio y me sonrió. Yo le sonreí de vuelta.
Carlos me llevó a otro sillón, al lado del de Daniela y Mauricio.
Nos sentamos. Empezamos a besarnos también.
Sus manos me bajaron por la cintura, por las caderas.
Me subió el vestido un poco. Yo le abrí la camisa hasta la mitad.
Nos besamos durante varios minutos así, escuchando los sonidos de Daniela y Mauricio al lado, dejando que los dos ritmos se fueran sincronizando.
En algún momento Mauricio levantó a Daniela. La cargó en brazos. Le dijo, sin mirarnos: “vamos al cuarto”. Daniela me hizo una seña con la mano, una seña casual. Carlos me agarró por la cintura. Los seguimos.
El cuarto principal de la casa era grande, con una cama king de madera oscura, una ventana abierta al mar, un ventilador de techo girando despacio.
Mauricio dejó a Daniela en la cama. Empezó a desvestirla.
Le bajó los tirantes del vestido. Le sacó el vestido por la cabeza.
Daniela quedó desnuda — sin sostén, sin pantaleta.
Había venido lista, igual que en Maracaibo.
Carlos me llevó al lado de la cama con una parsimonia que solo incrementaba mi ansiedad.