Capítulo IV #2
Yo le decía a Ernesto que tenía que quedarme tarde en la firma cerrando un caso, o que tenía cena con un cliente extranjero, o que iba a un curso nocturno de actualización tributaria.
Las excusas las empecé a calibrar con un cuidado que no había necesitado nunca antes en mi matrimonio.
Aprendí a no abusar de ninguna excusa. Aprendí a alternarlas, a hacerlas creíbles, a no dar más detalles de los necesarios.
Mentir bien, descifré, es un oficio que se aprende, y yo, después de meses de practicar, lo estaba aprendiendo rápido.
Ernesto recibía las excusas con la confianza que da un matrimonio de trece años.
Me besaba en la frente. Me pedía que le avisara si llegaba muy tarde para no preocuparse.
Me ofrecía pasar a buscarme. Yo le decía que no, que tomaba taxi, que él descansara con las niñas.
Ernesto aceptaba sin presionar. Y yo, cada vez que cruzaba la puerta del departamento de regreso del de Daniela, sentía la mezcla específica de alivio y de culpa que ya empezaba a serme familiar.
Mi vida sexual con Ernesto, durante esos meses, se fue volviendo cada vez más mecánica.
Los martes y los sábados seguían siendo los días de la cama matrimonial.
Pero yo ya no fingía con la dedicación de antes.
Le dejaba que él hiciera su rutina de doce minutos sin intervenir demasiado.
A veces, en mitad del acto, mi cabeza se iba al departamento de Daniela, a su boca entre mis piernas, a sus dedos guiando los míos.
Acababa pensando en otra mujer, en mi propia cama matrimonial, con mi marido encima.
Esa traición silenciosa, la traición de la cabeza, era peor que la traición física.
Y yo lo sabía, y aun así no podía detenerla.
Daniela y yo no hablábamos de Ernesto. Esa fue una regla tácita que se instaló entre las dos sin que la acordáramos.
Cuando estábamos juntas, mi marido no existía.
Cuando volvía a casa, Daniela no existía.
Las dos compartimentábamos con una eficiencia que solo podía haber aprendido yo, supongo, de mujeres que llevaban años haciéndolo, como ella.
Daniela me había dado, sin enseñármelo formalmente, un manual de la doble vida.
Y yo lo seguí al pie de la letra durante meses.
Hubo solo una vez, una sola, en que ese sistema se quebró un poco. Una mañana de jueves, en el cafetín de la firma, Daniela y yo nos servíamos café al mismo tiempo. Estábamos solas. Ella, sin mirarme, me dijo en voz baja:
—Sara, ¿estás bien con esto?
—¿Con qué?
—Con cómo lo estamos manejando.
—Sí. ¿Por qué?
—Porque a veces te veo con una sombra que antes no te veía.
Yo me quedé un segundo con la cucharita en la mano, sin moverme. Después le sonreí con una sonrisa profesional perfecta. Le dije:
—Estoy bien. Gracias por preguntar.
Daniela asintió. No insistió. Las dos nos llevamos los cafés a nuestras oficinas.
Pero la pregunta se me quedó. Era la primera vez que alguien, desde que había empezado todo esto con Andrés Vásquez hace casi un año, me preguntaba directamente cómo estaba.
Y la respuesta honesta, la que yo no le había dado a Daniela esa mañana, era que no estaba bien.
Pero “no estar bien”, descubrí esa misma tarde escribiendo en el cuaderno, no era lo mismo que querer salir.
Había aprendido a vivir en un estado nuevo, mitad satisfecha mitad culpable, y ese estado, aunque me tuviera con sombras, ya era mi vida.
Pasaron dos meses así. Encuentros con Daniela cada quince días. Vida normal con Ernesto. Sombras en la cara que solo Daniela registraba.
***
Y un sábado a la tarde, en su departamento, después de hacer el amor durante una hora y media, mientras estábamos las dos acostadas en su cama deshecha, con la luz del atardecer entrando por la ventana, descubrí algo que me sorprendió.
Aprendí que el sexo con Daniela, después de cuatro o cinco encuentros, ya no me sorprendía como al principio.
Era extraordinario, sí. Pero era también, escribirlo me cuesta, una rutina nueva.
Una rutina que mi cuerpo había aprendido a anticipar, a recibir, a devolver.
Y mi cuerpo, ese animal antiguo que ya había aprendido el truco de descubrir y después aburrirse, estaba empezando a pedir más.
Me quedé mirando el techo. Daniela apoyaba la cabeza en mi pecho. Le acaricié el cabello pelirrojo con los dedos. Y le dije, sin pensarlo, sin haberlo ensayado:
—Daniela.
—Mmm.
—Yo quiero más.
Sentí su cuerpo ponerse rígido un segundo. Después se incorporó despacio en la cama. Se sentó. Se cubrió los pechos con la sábana, no por pudor, sino por concentración, por darle al diálogo la formalidad que estaba pidiendo. Me miró.
—¿Más cómo?
—No sé. Más. Lo que tú me quieras mostrar. Lo que viene después de esto.
Daniela se quedó callada un momento. Se pasó una mano por el cabello. Me miró con una atención nueva, calibrándome, evaluando algo.
—Sara, ten cuidado con lo que pides.
—Lo pido.
—Yo te puedo dar lo que pides. Pero una vez que cruzas eso, no se vuelve a cruzar para atrás.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Estás en un punto en el que crees que sabes, pero todavía no sabes.
Yo me incorporé también. Quedamos las dos sentadas en la cama, frente a frente, con la sábana en común. La miré con la mirada más adulta que pude ponerle.
—Daniela. Yo tengo treinta y tres años. Tengo dos hijas.
Estoy casada con un hombre bueno hace trece años.
Sé exactamente lo que estoy haciendo. Sé exactamente lo que estoy poniendo en juego.
No me protejas como si fuera una jovencita asustada que viniera a probar suerte. Si me proteges así, no me sirves.
Se quedó muy quieta. Por primera vez desde que la conocía, vi en su cara una vacilación que no había visto antes. Después, despacio, asintió.
—Está bien. Te creo.
—Entonces dime qué viene después.
—Lo que viene después es Mauricio.
—Tu marido.
—Mi marido. Y un círculo de amigos que él y yo compartimos.
Lo que pasa cada cierto tiempo, cuando él viene de Madrid o cuando yo voy, es que organizamos un fin de semana.
A veces los dos solos. A veces con una persona más.
A veces con dos. Es algo que llevamos haciendo años.
Es la cosa que tenemos él y yo. Es la cosa que hace que nuestro matrimonio funcione.
Yo asentí. No me sorprendió. Algo de eso lo había olfateado desde la conversación del cafetín meses atrás, cuando ella había dicho que había vidas que se vivían y vidas que se aguantaban.
—¿Y tú me estás invitando a uno de esos fines de semana?
—Si tú quieres.
—¿Cuándo?
—Mauricio viene de Madrid en tres semanas.
Va a venir por diez días. La idea, si tú quieres, es que el fin de semana del medio nos vayamos los cuatro a la casa de playa de un primo de Mauricio en Choroní.
Él, yo, tú, y un amigo de él que es parte del grupo desde hace años.
Un hombre que se llama Carlos. Abogado de otra firma. Divorciado. Discreto.
—Cuatro personas. Dos noches.
—Dos noches.
Me quedé un momento mirando un punto del cuarto, intentando que la idea entrara entera.
Sara Tovar, abogada caraqueña, esposa de Ernesto Figueroa, madre de Carolina y Valentina, estaba siendo invitada a un fin de semana de cuatro adultos en una casa de playa para hacer cosas que dos años antes ni siquiera había sabido que existían como opción real para mujeres como ella.
Daniela me miraba esperando la respuesta. No me presionaba. Solo esperaba.
—Acepto.
Asintió. Después, con una ternura nueva, me agarró la cara con las dos manos y me besó suave.
—Sara. Voy a llamar a Mauricio esta noche.
—Llámalo.
Las tres semanas que pasaron entre esa tarde y el viaje a Choroní fueron las más raras que recuerde haber vivido en mucho tiempo.
Daniela, en los días siguientes, me fue dando información en pequeñas dosis.
Me explicó cómo funcionaba el matrimonio con Mauricio.
Me contó que llevaban diez años juntos, que los primeros tres habían sido un matrimonio convencional, y que después, en un viaje a Ámsterdam, él le había propuesto abrir la cosa.
Que lo habían pensado mucho. Que habían establecido reglas claras: nunca a espaldas del otro, siempre con seguridad, sin enamoramientos públicos, sin escándalos en el círculo profesional, sin niños en común para no complicar.
Que esa última regla, no tener hijos, había sido también de los dos, porque entendieron temprano que el modelo que estaban construyendo era incompatible con criar.
Me explicó que Mauricio era un hombre bueno.
Un español de Madrid, ingeniero, trabajaba en una empresa de telecomunicaciones que lo había mandado a Caracas hace doce años y que después, hace tres, lo había mandado de vuelta a Madrid.
Que él la había respetado siempre. Que él era considerado, atento, sin agresividad.
Que en los fines de semana de cuatro siempre se aseguraba de que la mujer invitada estuviera cómoda.
Que había una regla principal: cualquiera de los cuatro podía decir basta en cualquier momento, y todo paraba. Sin reproches. Sin negociación.
Me explicó también quién era Carlos. Carlos Estévez, abogado, cuarenta y siete años, divorciado hace ocho.
Conocido del círculo desde antes de que existiera el círculo.
Hombre culto, lector, de una familia caraqueña tradicional pero con una vida nocturna que la familia no conocía.
Daniela me contó que Carlos había pasado por dos relaciones serias después del divorcio y que las dos se habían roto porque las mujeres no habían soportado la modalidad.
Que ahora estaba solo, contento de estarlo, y que esos fines de semana eran su vida sexual principal.
Me preguntó, durante esas tres semanas, por lo menos cuatro veces si yo seguía segura.
Cada vez que me lo preguntó, le dije que sí.
Cada vez que le dije que sí, ella me respondió con la misma frase: “está bien, pero recuerda que puedes decir basta en cualquier momento”.
Esa repetición me daba seguridad. Me hacía entender que no me estaban metiendo en algo del que no podía salir.
A Ernesto le dije que la firma me había mandado a un retiro corporativo de tres días en una posada cerca de Caracas.
Le di el nombre de una posada real, en La Colonia Tovar, que yo había ubicado en internet.
Le mostré el correo de “invitación” que me había falsificado yo misma con un programa de edición de PDF.
Ernesto me deseó buena suerte con el retiro.
Me dijo que él se ocupaba de las niñas. Me besó en la frente.