Capítulo IV
Volví de Maracaibo con la convicción de que aquello había sido un episodio.
Una vez. Algo que pasó en una ciudad que no era la mía, en un hotel de paso, con una mujer que en Caracas iba a volver a ser mi colega y nada más.
Eso me dije durante todo el vuelo de regreso.
Eso me dije durante el taxi al departamento.
Eso me dije mientras abrazaba a las niñas y besaba a Ernesto y descomponía la maleta y guardaba el vestido negro al fondo del closet, con la decisión silenciosa de que ese vestido no iba a salir de ahí en mucho tiempo.
Tres semanas seguidas evité a Daniela en la firma.
Llegué temprano, me encerré en mi oficina, almorcé con la asistente o con un cliente o sola.
Si tenía que cruzar a Daniela en una sala de juntas, la saludaba con dos besos profesionales delante de los demás, le hablaba del caso que nos ocupara, no la miraba a los ojos más de lo necesario y me iba apenas terminaba la reunión.
Daniela, por su parte, me respetó la distancia.
No me buscó. No me mandó mensajes innecesarios.
No vino a tocarme la puerta de la oficina.
Trabajamos esas tres semanas como dos colegas correctas, eficientes, distantes.
Si alguien en la firma hubiera estado mirando, no habría visto absolutamente nada.
Las primeras dos noches fui a la cama agotada y dormí como una piedra.
Pero al tercer día, en la ducha del sábado en la mañana, mientras Ernesto corría en el parque del Este, mi cuerpo me devolvió todo lo que yo le estaba intentando esconder.
Empecé a tocarme sin querer. Y lo que vi, mientras me tocaba, no fue ningún hombre desconocido.
Fue el callejón de Maracaibo. Fue Felipe contra la pared.
Fue Daniela arrodillándome al lado, agarrándome la nuca, besándome con el sabor en la boca.
Fue, sobre todo, el cuarto 1210 del hotel del Lago, con las dos desnudas en una cama, con la luz del Lago cayéndonos oblicua, con los dedos de Daniela enseñándome cosas que mi cuerpo no había sabido pedir.
Acabé esa mañana con una corriente que me dejó temblando bajo el agua caliente. Y al salir, secándome frente al espejo, me miré con una mezcla de derrota y de alivio. Mi cuerpo, ya había decidido algo que mi cabeza todavía estaba intentando negociar.
Las semanas siguientes me rendí a una rutina secreta que no se la conté a nadie.
De lunes a viernes, en la firma, profesional total.
Los sábados en la mañana, en la ducha, con Daniela en la cabeza.
Los sábados en la noche, en la cama de Ernesto, fingiendo orgasmos pequeños mientras pensaba en otra cosa.
Los domingos, almuerzo con la familia, normalidad.
Todo el ciclo se repetía igual durante tres semanas seguidas, con la diferencia de que cada semana las fantasías de la ducha eran más detalladas y las cenas con Ernesto se me hacían más largas.
En el cuaderno escribí, una de esas tardes en la firma con la puerta cerrada: “Estoy haciendo lo correcto. Estoy evitándola. Estoy resistiendo. Pero el cuerpo no está de acuerdo. Y el cuerpo, descubro, vota más fuerte que la cabeza. La pregunta no es si voy a volver. La pregunta es cuándo”.
La respuesta llegó la cuarta semana.
Era un jueves de finales de junio, alrededor de las cuatro de la tarde.
Yo estaba en mi oficina revisando un contrato de exportación cuando se abrió la puerta sin que nadie hubiera tocado.
Daniela entró con un expediente en la mano, cerró la puerta detrás de sí, dejó el expediente sobre mi escritorio.
Se quedó parada del otro lado, mirándome.
Llevaba un traje sastre gris oscuro y una blusa blanca abotonada hasta arriba.
El cabello pelirrojo recogido en un rodete bajo.
Lentes puestos. Era la versión más profesional de Daniela, la que yo había aprendido a manejar en estas tres semanas.
Pero los ojos verde claro me miraban con una intensidad que el traje no podía neutralizar.
—Sara.
—Daniela.
—Te he respetado el silencio.
—Lo sé. Gracias.
—Te lo voy a seguir respetando si eso es lo que necesitas.
Asentí. Ella siguió, sin moverse del otro lado del escritorio.
—Pero quiero que sepas dos cosas. La primera, que yo no me voy a meter en tu vida.
Tú decides cuándo, cómo y si. Yo no busco a nadie que no me quiera buscar.
La segunda, y esto te lo digo de mujer a mujer, lo que pasó en Maracaibo no fue un accidente.
Yo lo planeé. Tú lo aceptaste. Las dos somos adultas.
Las dos sabemos lo que hicimos y por qué.
Si quieres olvidarlo, está bien. Si no quieres olvidarlo, también está bien.
Pero no te castigues fingiéndome aquí en la oficina que somos dos extrañas, porque no lo somos.
Me quedé mirándola sin saber qué contestar. Tenía razón. Cada palabra había sido medida con la precisión de una abogada que había ensayado el discurso varias veces antes de entrar a mi oficina.
—Daniela, yo necesito tiempo.
—Tómatelo. No tengo prisa. Pero cuando estés lista, vuelvo a estar.
Y se fue. Cerró la puerta detrás de sí con la misma calma con la que había entrado. Yo me quedé sentada con el contrato a medio leer, con las manos heladas, con una Calidez en la cara que el aire acondicionado de la oficina no estaba neutralizando.
Esa noche, en la ducha de antes de cenar, me toqué dos veces.
La primera sin acabar, parando antes, frustrada conmigo misma.
La segunda hasta el final, con una corriente larga que me dejó apoyada contra los azulejos del baño durante varios minutos.
Salí, me vestí, bajé a cenar con la familia, sonreí en la mesa, jugué con las niñas.
Acosté a las niñas. Acosté a Ernesto. A las once y veinte, con todos durmiendo, bajé a la cocina, abrí mi celular, y le mandé un mensaje a Daniela.
“Mañana después del trabajo, ¿un café?”
Me contestó a los cuarenta segundos.
“En mi departamento. A las siete. Yo te espero”.
No respondí. Apagué el celular. Lo dejé en la cocina cargando.
Subí. Me metí en la cama al lado de Ernesto.
Me dormí en quince minutos con una claridad rara.
Había decidido. La decisión, una vez tomada, había desactivado la lucha de las tres semanas anteriores.
Y el cuerpo, en lugar de ponerse ansioso por la cita, se relajó.
El viernes a las siete y diez de la noche subí en el ascensor del edificio de Daniela en Las Mercedes con un nudo en el estómago y una bolsa con una botella de vino tinto que había comprado en el supermercado de la esquina.
La bolsa de plástico me temblaba un poco en la mano.
Daniela me abrió la puerta en jeans, descalza, con una camiseta blanca y el cabello suelto sin maquillaje. Me sonrió.
—Pasa.
Pasé. Cerró la puerta con un clic definitivo, aislando el mundo exterior y el zumbido de mi propia conciencia culpable.
Me quitó la bolsa con el vino de las manos temblorosas y la dejó sobre la mesa de la entrada sin mirarla, como si cualquier distracción fuera un sacrilegio ante lo inminente.
Me agarró la cara con las dos manos, con una posesión hambrienta que me cortó la respiración, y me besó como si las tres semanas de silencio y resistencia forzada no hubieran existido, borrando de un plumazo mi frágil castillo de naipes de decencia matrimonial.
La urgencia nos arrastró hasta su habitación, un santuario de penumbra y aroma a jazmín que ya empezaba a sentir familiar.
Hicimos el amor esa noche durante dos horas, con una intensidad nueva que ninguna de las dos había anticipado, una voracidad que dejó en ridículo mis encuentros rutinarios de doce minutos con Ernesto.
Era distinto del cuarto 1210 del hotel de Maracaibo; allí había sido el descubrimiento sísmico, aquí era la conquista territorial.
Era distinto porque ahora yo sabía. Ya no era la aprendiz desconcertada buscando aprobación; ahora era una mujer consciente de su propio deseo.
Ahora yo le devolvía caricia por caricia, le encontraba los puntos exactos donde su piel blanca se erizaba, le marcaba los tiempos con la confianza de quien ha repasado la partitura en sueños.
Cuando la desnudez nos dejó expuestas bajo la luz tenue, Daniela sacó de su mesilla un dildo de silicona negra, largo y amenazante bajo mi mirada neófita.
Me miró a los ojos, calibrando mi reacción.
Asentí, con el corazón martilleando contra mis costillas.
Se lo colocó con un arnés de cuero y se posicionó sobre mí.
La primera penetración me sacó un grito ronco, animal, que no reconocí como mío.
Era duro, invasivo, pero deliciosamente rítmico.
Sus caderas se movían con una precisión brutal, empujando ese falo artificial dentro de mi vagina, llenándome de una manera que me hizo olvidar mi propio nombre.
Pensé, con los ojos cerrados, que también esto Daniela lo había practicado mucho.
Y esa idea, en lugar de molestarme, me excitó más.
Yo arqueaba la espalda, clavando las uñas en sus hombros, perdida en una marea de sensaciones que amenazaba con ahogarme.
—No pares, Daniela, por favor, no pares— le supliqué, con la voz quebrada por el placer y el miedo a que aquello terminara.
El primer orgasmo me llegó como una explosión volcánica, violentísima, que me dejó temblando de pies a cabeza.
Ella me bebió el grito en la boca, succionando mi lengua mientras mi sexo se contraía dolorosamente alrededor de ese miembro de goma.
Al acabar, sudadas y jadeantes, me quedé sin aire.
Pero ella no me dejó reposar. Se quitó el arnés y bajó.
Sus labios rodearon mi clítoris con una atención que me hizo sollozar de nuevo.
Daniela, esto no se lo hago a nadie más —se me escapó en un susurro febril, sin entender por qué pronunciaba esas palabras que nunca le diría a mi marido.
No hubo respuesta, solo el trabajo húmedo y constante de su boca que me llevó a un segundo clímax, más profundo y grave que el primero.
Al final, acabé tres veces. Daniela acabó dos, la última sobre mi propia cara, exhausta y plena.
Cuando finalmente nos quedamos quietas, sudadas, con la sábana enredada a los pies, ella se rió contra mi cuello y me dijo:
—Sara, yo sabía que ibas a volver.
—Yo también lo sabía. Lo que me costaba era admitirlo.
—Eso es lo único que se le pide a una mujer adulta. Que admita lo que ya sabe.
Empezamos a vernos cada quince o veinte días, casi siempre en su departamento de Las Mercedes.