El diario de Sara Capítulo III #7
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Capítulo III #7

La pregunta de si yo, en algún sentido, había sido siempre así sin saberlo.

Si la atracción que esta noche descubrí por una mujer pelirroja era una novedad biográfica o si era una constante mía que durante treinta y tres años había estado dormida porque nadie la había despertado.

Pensé en mis amigas del colegio. En las maestras del bachillerato a las que yo admiraba con una intensidad que en su momento me parecía inocente.

En una compañera de la facultad de derecho con la que pasábamos horas estudiando juntas y de la que yo me ponía rara cuando llegaba a verla.

Pensé en todo eso a la luz de lo que esta noche había aprendido.

Y me pregunté si quizá la Sara joven, la del capítulo uno de este cuaderno, había estado registrando señales que la Sara pública nunca le permitió interpretar.

No tengo respuesta a esa pregunta. La planto acá, en este cuaderno, para volver a ella en otro momento.

Ahora mismo, lo único que sé es que esta noche pasó.

Y que la mujer que esta noche se acostó conmigo en la cama del hotel 1210 está durmiendo encima de mí mientras yo escribo esto mentalmente, esperando ponerlo en limpio en cuanto llegue a Caracas y abra el cuaderno otra vez.

También pensé, antes de quedarme finalmente medio dormida con la cabeza apoyada en la cabeza de Daniela, en la frase que ella me había dicho hace unas semanas en el cafetín de la firma.

Hay vidas y vidas, había dicho. Hay las que se viven y las que se aguantan.

En ese momento yo había escuchado la frase como una declaración filosófica abstracta, una observación de mujer mayor a otra mujer mayor.

Esta madrugada en el hotel, con su cuerpo desnudo enredado al mío, entendí que la frase había sido otra cosa.

Había sido una invitación. Daniela me había estado invitando a su mundo desde el primer mes, sin presionarme, esperando con la paciencia de una experta a que yo le diera la primera señal.

Y cuando le di la señal —al aceptar el viaje, al aceptar la discoteca, al ir al callejón sin protestar, al arrodillarme cuando ella me llamó con dos dedos— Daniela había leído cada movimiento mío con una claridad que yo misma no tenía sobre lo que estaba haciendo.

Esa lectura, que ella tiene de mí, me asusta.

Pero no me asusta lo suficiente para querer salirme.

Esa es la verdad más complicada de poner en este cuaderno.

Que Daniela me lee. Que Daniela me anticipa.

Que Daniela sabe lo que yo voy a querer antes de que yo lo quiera.

Y que yo, en lugar de defenderme de esa lectura, me estoy entregando a ella con una rendición que no había tenido nunca con ningún hombre.

Mañana —en realidad hoy, en pocas horas— vamos a tomar un avión.

Vamos a volver a Caracas. Yo voy a entrar a mi casa, voy a abrazar a mis hijas, voy a besar a Ernesto, voy a guardar la ropa de la maleta, voy a contar una versión de este viaje que no incluya nada de lo que pasó esta noche.

La doble vida que en el capítulo del consultorio había sido apenas un episodio aislado, esta madrugada se está instalando como vida permanente.

La voy a llevar adelante. Lo sé acostada en esta cama, con el peso del cabello pelirrojo de Daniela contra mi pecho, sin la menor duda.

Y la decisión que tomé en silencio frente al espejo del consultorio aquella mañana —que si Ernesto no me lo daba, lo iba a buscar en otro lado— se acaba de cumplir esta noche. No con un hombre. Con una mujer. Y con una intensidad que ninguna versión de mí misma había anticipado nunca.

***

Estoy escribiendo estas últimas líneas tres días después, en la firma de Caracas, a la hora del almuerzo.

Daniela está en su oficina, al final del pasillo, trabajando como si esta semana no hubiera pasado nada distinto.

Yo en la mía, escribiendo en el cuaderno con la puerta cerrada y la asistente avisada de que no me pasen llamadas durante una hora.

De vuelta el viernes a la tarde llegué a la casa con el cuerpo todavía cansado.

Las niñas me recibieron con abrazos. Ernesto me besó en la boca, me preguntó cómo había sido el viaje.

Le dije que productivo, que el cliente había quedado contento, que Maracaibo me había parecido más interesante de lo que esperaba.

Cenamos los cuatro. Acostamos a las niñas.

A Ernesto le inventé que estaba muy cansada, lo cual era verdad, y nos dormimos a las once sin tocarnos.

El sábado pasé el día con las niñas. Almuerzo en casa de mi mamá el domingo.

La rutina de afuera se reanudó sin que se notara grieta.

Soy buena para esto, descubro. Soy buena ocultando.

Esa habilidad, aprendida durante meses con la fantasía privada de la ducha y consolidada con el episodio de Andrés Vásquez, ahora se vuelve un instrumento adulto que voy a tener que usar todos los días.

Ayer lunes volví a la firma. Crucé a Daniela en el pasillo a las nueve y media. Nos saludamos con dos besos profesionales en frente de la recepcionista. Ella me dijo "hola, Sara, ¿qué tal el fin de semana?". Yo le contesté "bien, gracias, ¿el tuyo?". Ella me dijo "tranquilo". Y nos separamos.

A las once y veinte ella entró a mi oficina con un expediente en la mano, cerró la puerta detrás de sí, lo dejó sobre mi escritorio. Yo la miré desde mi silla. Ella se sentó en la silla de visita. Se cruzó de piernas. Me miró durante diez segundos sin decir nada.

—Sara.

—Sí.

—Esto va a continuar. Tú lo sabes. Yo lo sé.

—Sí.

—Pero no aquí. Aquí somos colegas. Aquí esto no existe.

—De acuerdo.

—Cuando viajemos. O cuando yo te invite a algún lugar específico. Solo entonces.

—De acuerdo.

—¿Estás bien con eso?

—Sí.

Se levantó. Se acercó al escritorio. Se inclinó. Me dio un beso pequeño en la frente, con una mano apoyada en mi mejilla. Y se fue, dejando el expediente sobre mi escritorio como si hubiéramos estado discutiendo un caso.

Esa fue toda la conversación. Eso fue todo lo que necesitamos para establecer las reglas de la cosa que se está abriendo entre las dos.

Y aquí, ahora, en este cuaderno, escribo lo último de esta entrada. Lo escribo con la mano firme, con la cabeza despejada, con la lucidez fría de la una y media de la tarde de un martes cualquiera.

Soy una mujer de treinta y tres años casada hace trece años con un hombre bueno.

Soy madre de dos niñas a las que adoro. Tengo una vida pública intachable, una familia que me respeta, una carrera que avanza, un departamento pago, una madre orgullosa de mí.

Y, debajo de todo eso, desde la madrugada del sábado pasado en una cama de hotel del Lago de Maracaibo, soy también la amante secreta de una mujer pelirroja que se llama Daniela Guzmán y que me está enseñando cosas que cambian todo lo que yo creía saber sobre quién era.

Yo creía que con Andrés Vásquez había aprendido lo que era cruzar una línea.

Esta semana en Maracaibo aprendí que las líneas son muchas, que las voy a ir cruzando todas, y que Daniela me las va mostrando una por una.

No tengo intención de parar. Eso es lo que me cuesta más escribir. No tengo intención de parar.

Cierro el cuaderno. Lo guardo en el cajón de mi escritorio, debajo de los expedientes que nadie va a revisar. Salgo a almorzar.