Capítulo III #6
Se acostó al lado mío, y sentí su respiración agitada contra mi cuello, la Calidez de su piel pegada a la mía, el latido de su corazón que aún no se calmaba.
Me miró a los ojos con una intensidad que me desarmó. Sus dedos trazaron el contorno de mi mandíbula, mis labios, mi frente. No dijo nada. Pero en su silencio había más que en cualquier palabra.
—¿Por qué lloras? —preguntó, y su voz era tan baja que casi no la escuché.
No sabía que estaba llorando. Sentí las lágrimas calientes en mis mejillas, en mi cuello. No era el orgasmo. Era otra cosa. Era la certeza de que aquello que acababa de pasar no era un episodio. Era una puerta que se abría para siempre.
—No lo sé —susurré—. No sé por qué lloro.
Daniela me besó la frente. Me secó las lágrimas con el pulgar. Y me abrazó sin hablar, como si supiera que no necesitaba palabras, solo su cuerpo contra el mío mientras el temblor se iba apagando.
Me besó con su propio sabor mezclado con el mío en la boca. Fue un beso que sellaba un pacto silencioso, una comunión de secretos que solo nosotras dos compartiríamos.
—Bésame, por dios, bésame más... —rogué en mi mente, incapaz de articular palabra, entregada por completo a la profundidad de su mirada.
Yo, todavía sin recuperar la respiración, con el corazón martilleando contra mis costillas y el cuerpo vibrando con los remanentes de un orgasmo que había redefinido mi realidad,
le sostuve la cara con las dos manos y le devolví el beso con la rendición completa de quien acaba de entender algo definitivo sobre sí misma.
Después me enseñó. Me agarró la mano. Me llevó la mano a su cuerpo.
Me guió. Me dijo en voz baja, contra el oído, dónde tocar y cómo.
Al principio la tocaba con torpeza, sin saber el ritmo, sin entender cómo el cuerpo de otra mujer respondía.
Daniela me corregía con cariño, sin hacerme sentir mal.
"Más suave", me decía. "Ahí, así". "Ahora más rápido".
"Para, espera". Yo aprendía. Aprendía con la concentración con que en otra época había aprendido cláusulas de derecho contractual, con la misma seriedad estudiosa, con el mismo respeto por el material que tenía enfrente.
La hice acabar con los dedos quince minutos después.
Acabó con la cabeza tirada para atrás, el cabello pelirrojo desparramado contra la almohada blanca, los ojos cerrados, una sonrisa pequeña que se le formó al final.
Su cuerpo, debajo de mi mano, se contrajo en oleadas que yo sentí pasarle entera bajo los dedos.
Cuando se le pasó, me besó una mano. Me besó la otra.
Me besó la boca. Me dijo, contra mi boca: "estás aprendiendo rápido".
Y después seguimos. Nos turnamos. Nos enredamos.
Lo de probar el cuerpo de una mujer con la boca, después de haber probado horas antes el semen de un hombre desconocido en un callejón, me pareció la mayor transgresión que había cometido en mis treinta y tres años.
Pero al hacerlo, descubrí que también me gustaba.
Descubrí que el sabor distinto, la textura distinta, el ritmo distinto, todo eso, mi cuerpo lo recibía como un descubrimiento más.
Como una nueva habitación de la casa que yo había estado habitando hace tres décadas sin saber que tenía sótanos.
Aprendí más sobre el cuerpo de una mujer en esas dos horas de las que había aprendido en treinta y tres años de tenerlo yo misma. Y aprendí, también, que mi cuerpo respondía a otro cuerpo de mujer con una entrega que ningún cuerpo de hombre había logrado pedirle nunca.
Cuando finalmente paramos, yo estaba acostada de espaldas. Daniela apoyó la cabeza en mi pecho. Yo le acaricié el cabello pelirrojo con la mano. Estábamos las dos sudadas, sin aliento, con la sábana enredada a los pies.
Daniela me besó el pecho una vez más. Me dijo, contra mi piel, antes de cerrar los ojos:
—Sara, yo sabía desde el primer día que esto iba a pasar.
—Yo no.
—Tú sí. Lo que pasa es que tú no querías saberlo.
Cerró los ojos. A los pocos minutos su respiración se hizo lenta y profunda. Se durmió contra mi pecho, con el brazo cruzado encima de mi vientre, con una pierna enredada con la mía.
Yo no me dormí.
Me quedé despierta durante dos horas con Daniela durmiendo encima de mi pecho.
Sin moverme para no despertarla. Sin alcanzar el celular para mirar la hora.
Sin hacer nada. Mirando el techo del cuarto del hotel mientras la luz del Lago iba cambiando despacio del amarillo de la noche al gris azulado de la madrugada que estaba por llegar.
Pensé muchas cosas. Las pensé sin orden, una se me sucedía a la otra, se me cruzaban, se contradecían. Voy a ponerlas en este cuaderno en el orden que me fueron viniendo, sin acomodarlas, porque acomodarlas sería hacerme un favor que no me corresponde.
Primero pensé en Ernesto. Pensé en él durmiendo en La Castellana, en nuestra cama, sin saber que su esposa estaba acostada desnuda en un hotel de Maracaibo con una mujer pelirroja durmiéndole encima del pecho.
La distancia entre las dos imágenes me cortó el aire.
Mi marido en su cama, recto, fiel, confiado.
Yo en otra cama, en otra ciudad, en otra dimensión.
La grieta que se acababa de abrir esa noche entre las dos dimensiones era de un tamaño que no se iba a poder cerrar.
Después pensé en mis hijas. Pensé en Carolina y en Valentina dormidas en sus camas.
Pensé en si alguna de ellas, en algún punto futuro de sus vidas, se enteraría de lo que su mamá había hecho esta noche.
Pensé en el peso que esa información, si llegara a ellas, les pondría en los hombros.
Lloré un poco, en silencio, con la cara hacia el techo, con cuidado de no sacudir a Daniela que dormía pegada a mí.
Después pensé en Andrés Vásquez. Lo pensé con una distancia rara.
Pensé que aquella mañana en su consultorio, hace cinco meses, yo había creído que estaba viviendo el momento más cargado de mi vida adulta.
Y que esta noche, en el callejón con Felipe y después en el cuarto con Daniela, lo de Andrés Vásquez había quedado reducido a un episodio menor.
Una nota al pie. Un ensayo torpe. La verdadera caída empezaba esta noche, en este Lago de Maracaibo, con esta mujer pelirroja durmiendo encima de mí.
Después pensé en el callejón. Pensé en lo que yo había hecho voluntariamente en ese callejón.
Probar el semen de un muchacho de dieciocho años que conocí hace dos horas.
Besar a una mujer con ese sabor en la boca.
Recibir órdenes silenciosas y obedecerlas.
Eso, escribirlo me cuesta, no es algo que mi vida anterior hubiera podido predecir.
La Sara que el martes en la noche estaba haciendo la maleta y le decía a Ernesto que el viaje era de trabajo no podía haber imaginado a la Sara que el viernes a la una de la mañana se arrodillaba en un callejón de Maracaibo a recibir lo que recibió.
Pero la Sara que vivió eso lo vivió con una entrega completa.
Eso es lo más perturbador. Yo no me obligué.
Yo no me forcé. Yo no pasé el rato esperando que terminara.
Yo participé. Yo me toqué mientras los miraba.
Yo caminé hacia ellos cuando Daniela me llamó.
Yo me arrodillé. Yo recibí. Yo besé a una mujer con un sabor en la boca que ninguna mujer respetable está dispuesta a saborear voluntariamente.
Y mientras lo hacía, yo gozaba. Eso es la verdad que me persigue acostada en esta cama.
No hubo arrepentimiento durante. El arrepentimiento, si llega, llegará después. Durante, hubo placer puro.
Después pensé en Daniela. Esto es lo más importante. Esto es lo que quiero anotar con la mayor honestidad posible.
Daniela no es como Ricardo. No es como Andrés Vásquez.
No es como ningún hombre que yo haya conocido.
Daniela es otra cosa. Daniela es una mujer que me leyó completa desde el primer día, en su oficina, cuando me dio dos besos con una pausa de un segundo de más.
Daniela supo, antes que yo, lo que había adentro mío.
Daniela esperó dos meses, sin presionarme, sin acercarse demasiado, hasta encontrar el viaje correcto y la noche correcta.
Y esta noche, en el callejón, Daniela me llevó a hacer cosas que yo, sola, no me habría animado nunca.
Y después, en el hotel, Daniela me hizo sentir cosas que ningún hombre me había hecho sentir.
Daniela es la persona más peligrosa que he conocido en mi vida.
Y, escribirlo me cuesta más todavía, yo, mientras la siento dormir contra mi pecho, no quiero alejarme de ella.
No quiero. Ese es el dato que me parte la noche en dos.
No quiero alejarme. Quiero más. Quiero más viajes.
Quiero más callejones. Quiero más cuartos de hotel.
Quiero que Daniela me siga mostrando, una por una, las puertas que mi vida hasta ahora no había abierto.
Y que se vayan abriendo todas. Una por una. Hasta el final.
Eso es lo que está pasando conmigo esta madrugada en el cuarto 1210 del hotel del Lago.
Y no es solo un descubrimiento sexual. Es algo más.
Es la primera vez en mi vida —la primera vez, lo subrayo dos veces si pudiera— en que yo me siento atraída hacia una persona como yo no recuerdo haberme sentido antes.
Ni con Ricardo. Ni con Ernesto. Ni con la idea fantasiosa de Andrés.
Por primera vez en mi vida, alguien me está pasando todo a la vez.
El cuerpo y la cabeza. El placer y el miedo.
La curiosidad y la pertenencia. La sensación de que no quiero que se acabe lo que estamos haciendo, no la noche de hoy sino lo que se ha empezado entre las dos esta noche.
Y esa persona, para complicarme más todo lo que ya está complicado, es una mujer.
Pensé eso despacio. Lo pensé varias veces.
Lo pensé hasta que se me hizo irrenunciable.
A los treinta y tres años, casada, con dos hijas, con trece años de matrimonio respetable a las espaldas, yo recién esta madrugada, en este cuarto, descubro que la persona con la que más conectada me he sentido en toda mi vida adulta es una mujer pelirroja que conocí hace dos meses en un pasillo de
oficina.
Daniela se movió un poco contra mí. Murmuró algo que no entendí. Se acomodó. Volvió a la respiración profunda.
Yo le acaricié el cabello pelirrojo con los dedos, con un cuidado que era casi una declaración silenciosa. Una declaración que ella, dormida, no escuchó pero que yo, escribiendo ahora, dejo registrada en este cuaderno.
Pensé también, mientras la sostenía, en una pregunta que llevaba años sin formularme.