Capítulo III #5
Llegamos al hotel a la una y diez de la mañana. Subimos en el ascensor en silencio, con las manos rozándose, sin tocarnos del todo, postergando lo que las dos sabíamos que iba a pasar. En el pasillo del piso doce, frente a las puertas de las dos habitaciones, Daniela me miró.
—¿Mi cuarto o el tuyo?
—El tuyo.
Abrió la puerta de la 1210. Me hizo pasar primero. Cerró atrás de mí. Echó el seguro.
La habitación estaba a oscuras. Solo entraba la luz de la ciudad por el ventanal grande que daba al Lago.
Daniela no encendió ninguna luz. Caminó hasta el ventanal, corrió la cortina solo a medias, dejando un haz de claridad amarilla que caía oblicuo sobre la cama. Después se volteó. Caminó hacia mí.
—Sara.
—Sí.
—¿Lo has hecho antes con una mujer?
—No.
—Está bien. Yo te enseño.
Y me empezó a desvestir.
Lo hizo despacio. Sin urgencia. Como si tuviéramos toda la noche y los dos lo supiéramos.
Me bajó el cierre del vestido por la espalda.
Me deslizó las tiras por los hombros. El vestido cayó en el piso a mis pies.
Quedé en sostén y pantaleta, los dos negros, los dos elegidos esa tarde sabiendo que esto iba a pasar aunque yo no me lo confesara.
Daniela se separó dos pasos. Me miró completa.
Después se desvistió ella. Sin teatralidad.
Con la naturalidad de una mujer que conoce su cuerpo y sabe que vale lo que vale.
Se bajó el cierre lateral del vestido verde, lo dejó caer.
No tenía sostén debajo. Sus pechos quedaron al aire, pequeños, firmes, con los pezones rosados que contrastaban con la blancura de la piel.
Las pecas seguían bajándole por el cuello hasta los pechos.
Tenía una pantaleta blanca minúscula que se quitó con un gesto.
Caminó hacia mí desnuda. Me besó. Esta vez sin urgencia. Largo. Mientras me besaba, me desabrochó el sostén. Me lo deslizó por los brazos. Me bajó la pantaleta hasta los muslos. Yo terminé de quitármela sacudiendo las piernas.
Quedamos las dos desnudas en medio del cuarto del hotel, frente a frente, con la luz del Lago cayéndonos oblicua. Daniela me miró un segundo entero, sin hablar. Después me llevó a la cama.
Lo que pasó las siguientes dos horas, escribirlo me cuesta no porque me dé vergüenza sino porque las palabras corrientes no alcanzan. Daniela me hizo cosas que ningún hombre me había hecho jamás. Y me las hizo con una atención específica al cuerpo de una mujer que solo otra mujer puede tener.
Me besó por todas partes. Empezó por la boca y bajó.
Por el cuello. Por las clavículas. Por los pechos, demorándose en cada uno con la lengua, con los labios, con los dientes apenas.
Me chupó los pezones con una alternancia precisa, primero uno hasta que el otro pedía, después el otro hasta que el primero pedía de vuelta.
Yo le clavé las manos en el cabello pelirrojo.
Le sostuve la cabeza contra mi pecho. Solté un quejido grave que me venía desde el fondo del estómago.
Bajó por el vientre. Por el hueso de las caderas.
Me besó los huesos de las caderas con una concentración que ningún hombre ha tenido sobre los huesos de mis caderas, porque a los hombres en general no se les ocurre que los huesos de las caderas de una mujer puedan ser interesantes.
Daniela los besó como si supiera que esa zona específica, en mi cuerpo específico, iba a hacerme retorcerme contra la sábana.
Y me retorcí. Me retorcí con tanta intensidad que ella se rió contra mi piel, una risa baja, satisfecha, y me dijo: "Sara, todavía no llegué a ningún lado importante".
Después bajó por la cara interna de los muslos.
Empezó por el muslo derecho, desde la rodilla, subiendo despacio.
Cada centímetro le tomaba treinta segundos.
Yo, con las dos manos agarradas a la sábana, sentía cómo el Ardor se me iba acumulando entre las piernas con una urgencia que crecía con cada milímetro que ella se acercaba.
Cuando llegó casi al borde y se demoró ahí, yo, retorciéndome contra la sábana, le pedí en voz baja que parara, que era demasiado.
Ella se rió contra mi piel y me dijo "ni siquiera he empezado, Sara".
Y se cambió al muslo izquierdo. Empezó otra vez desde la rodilla. Me hizo el camino entero de nuevo.
Cuando finalmente bajó la cabeza al centro de mí, yo ya estaba a punto de acabar solo de la espera.
Su lengua me encontró con una precisión que reorganizó todo lo que yo creía saber sobre el placer.
Lo de Andrés Vásquez en el escritorio había sido algo.
Lo de Ricardo en aquel motel de la Cota Mil había sido el descubrimiento original.
Pero esto era otro nivel entero. Una mujer sabe a otra mujer.
Sabe los tiempos. Sabe los puntos. Sabe cuándo presionar y cuándo soltar, cuándo demorarse y cuándo subir el ritmo, cuándo usar la lengua entera y cuándo solo la punta.
Me trabajó con la boca durante un tiempo que no podría medir.
Pudieron ser cinco minutos. Pudieron ser quince.
Yo perdí el sentido del tiempo, disuelto en la penumbra del cuarto y el calor abrasador que emanaba de su centro.
Daniela no era simplemente experta; su técnica poseía una cualidad casi mística, una intuición salvaje que le permitía leer cada sutil contracción de mis músculos, cada cambio casi imperceptible en el ritmo de mi respiración.
Sus labios carnosos rodeaban mi clítoris con una presión firme y constante, mientras su lengua, ágil y caliente, trazaba círculos concéntricos que expandían la sensibilidad por toda mi vagina.
El placer no era una línea recta, sino una marea ascendente.
Sentí la primera oleada subiendo, contenida por su técnica, retenida en el borde con una crueldad exquisita.
Justo cuando creía que no podría soportarlo más, cuando el grito se me atascaba en la garganta, ella cambiaba el ángulo, suavizaba la succión, forzándome a una contención que multiplicaba la tensión eléctrica en mi bajo vientre.
No había espacio para el pensamiento, solo para la sensación pura y abrumadora de ser poseída por su boca.
—Daniela, no pares... por favor, nunca me habían hecho algo así —gemí, con la voz rota, hundiéndome más en las sábanas.
Ella, sintiendo que yo estaba lista, me la dejó pasar.
La contención dio paso a una liberación absoluta.
Acabé contra su boca con una corriente que me dejó temblando durante dos minutos.
Fue un orgasmo de una intensidad desconocida para mí, una explosión que no solo sacudió mi cuerpo, sino que pareció fragmentar mi propia consciencia.
Me arqueé contra la cama, cada fibra de mi ser tensa hasta el límite, sintiendo cómo espasmos violentos y rítmicos recorrían las paredes de mi vagina, ordeñando la última gota de placer.
Solté un quejido que rebotó contra el vidrio del ventanal, un sonido gutural, primitivo, que no reconocí como mío.
Le clavé los talones en la espalda, buscando un anclaje en medio del abismo sensorial que me rodeaba.
Sentí el cuerpo entero contraerse y soltarse, contraerse y soltarse, en oleadas largas que iban perdiendo intensidad despacio, dejándome en un estado de lasitud absoluta, flotando en un mar de dopamina y sudor.
Pero la experiencia no había terminado. Mientras yo intentaba desesperadamente recuperar el aliento, con los ojos cerrados y la mente en blanco, Daniela, lejos de detenerse, continuó su exploración.
Su boca, húmeda y caliente, descendió más allá, alejándose de mi clítoris.
Sentí el rastro de su saliva sobre la piel sensible de mis muslos, un contraste helado con el Fervor que emanaba de mi centro.
Y entonces, en un giro que me heló la sangre antes de hacérmela hervir, sus labios encontraron el contorno de mi ano.
Daniela me hizo sexo oral hasta en el ano, una audacia que me hizo soltar un grito de pura sorpresa y horror delicioso.
El tabú absoluto de la zona, sumado a la intensidad de su lengua explorando el esfínter con una determinación voraz, generó una sobrecarga sensorial que me dejó paralizada.
No había pudor, solo una entrega total a la perversión de su deseo.
Cada roce, cada succión en ese lugar prohibido, enviaba oleadas de un placer sucio y profundo que me hacía temblar de una manera distinta, más visceral, más sombría.
Y mientras su boca me profanaba de esa manera, sentí la invasión de sus dedos.
Daniela me metió uno, luego dos dedos, hundiéndose profundamente en mi vagina dilatada, buscando el punto exacto de mi placer anal con un conocimiento anatómico que me aterraba y me fascinaba a partes iguales.
—¡Dios... Daniela! ¡Qué divino lo haces... me estás matando! —articulé, sin saber muy bien a quién me dirigía en mi delirio.
¡Mételo más adentro... más! —suplicaba mi mente, incapaz de resistir la embestida de sus dedos dentro de mí, rítmicos, exigentes, poseyéndome con una fuerza que desintegraba cualquier resto de mi identidad.
La combinación de su boca en mi culo y sus dedos en mi vagina creó una sinergia devastadora.
La tensión eléctrica que creía haber descargado volvió a acumularse con una velocidad vertiginosa.
Sentía que mi cuerpo no era más que un instrumento afinado para el placer anal, vibrando bajo su tacto experto.
La lasitud post-orgásmica fue barrida por una urgencia carnal que me hizo gemir con una desesperación renovada.
Y entonces, el clímax anal me sobrevino con la violencia de un tsunami.
Eyaculé, vi estrellas, y el llanto me llegó sin que pudiera contenerlo en medio del orgasmo.
Fue una experiencia transgresora, una liberación que no solo fue física, sino también emocional y psicológica.
El orgasmo anal me sacudió con una intensidad diferente, más profunda, más abrumadora, como si me arrancaran el alma a través de mi propio cuerpo.
Lloré, sí, con lágrimas calientes que resbalaron por mis mejillas, un llanto de rendición absoluta, de quiebre de barreras mentales, de aceptación de una naturaleza que jamás había sospechado que poseía.
Fue un orgasmo que me dejó vacía y llena al mismo tiempo, flotando en un vacío moral que solo podía ser llenado por la presencia de Daniela.
Cuando se me pasó, cuando el temblor finalmente cesó y pude abrir los ojos, el olor de Daniela me envolvía: su perfume mezclado con mi sudor, el aroma de su cabello pelirrojo contra mi hombro.
Subió por mi cuerpo con una lentitud que no era posesión, era cuidado.