El diario de Sara Capítulo III #4
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Capítulo III #4

La besó en la boca. Largo. Con la mano apoyada en la nuca de Daniela.

Con la lengua, eso lo registré desde mi taburete a un metro de distancia.

Un beso que ningún hombre, en ninguna discoteca, en presencia de ninguna acompañante de ninguna mujer, daría sin saber perfectamente que está siendo bienvenido.

Daniela se lo devolvió entero. Le subió las dos manos al pecho, debajo de la camisa abierta. Le acarició el cuello. Se besaron durante cuarenta segundos sin separarse, frente a mí, sobre nuestra mesa alta, con la música electrónica vibrándonos en el cuerpo y las luces violetas pasándoles por encima.

Yo, sentada a un metro, los miraba con la respiración cambiada.

Y descubrí algo que no había sospechado.

Descubrí que verlos besarse así, con esa intensidad, con esa franqueza, me estaba excitando con una urgencia que yo no había sentido jamás solo de mirar.

Mi cuerpo entero estaba registrando ese beso como si me lo estuvieran dando a mí.

Mis pezones se endurecieron debajo del vestido.

Sentí la flama en la cara, en el cuello, entre las piernas.

Cuando se separaron, Daniela me miró. Me miró con los labios un poco hinchados, con los ojos brillantes, con una sonrisa de complicidad que me incluía completamente.

Felipe, junto a ella, también me miró. Y me miró con una franqueza nueva, calibrada, que no había tenido en los primeros minutos.

Daniela se acercó a mi oído.

—Sara, vamos atrás. Tú vienes con nosotros.

No la había escuchado decir una orden con tanta calma. No me preguntó. No me pidió permiso. Me dijo lo que iba a pasar como quien anuncia el clima. Y yo, sin pensarlo, sin ensayarlo, asentí con la cabeza.

Bajamos de los taburetes. Felipe pagó el whisky. Salimos los tres por una puerta lateral que daba a un callejón de servicio entre dos edificios.

El callejón estaba mal iluminado, con una sola luz amarilla colgando de un cable. Olía a una mezcla de basura urbana y de humedad de aire acondicionado de los locales contiguos. Pero estaba vacío. Eso era lo importante. Estaba vacío y no nos veía nadie.

Felipe agarró a Daniela por la cintura y la apoyó contra la pared.

Empezaron a besarse otra vez, esta vez sin la contención de la mesa.

Las manos de él le subieron por la cintura hasta los pechos, por encima del vestido verde botella.

Daniela soltó un quejido bajo contra la boca de él.

Le bajó las manos al pantalón. Le buscó el cinturón. Se lo desabrochó.

Yo me quedé parada, a tres metros, con la espalda apoyada contra la pared opuesta.

Sin moverme. Sin decir nada. Mirándolos.

Sentí que el corazón me latía en la garganta y que el vestido negro me apretaba en alguna parte donde no me había apretado al ponérmelo.

La luz amarilla del callejón les caía a los dos sobre el cabello, sobre los hombros, dándoles una textura cinematográfica que aumentaba la irrealidad de lo que estaba viendo.

Felipe le subió a Daniela el vestido hasta la cintura.

Daniela no llevaba pantaleta. Lo registré con un escalofrío que me bajó por la columna.

Esa mujer había salido de su cuarto del hotel sabiendo lo que iba a hacer.

Había salido lista. Yo, en cambio, llevaba una pantaleta negra de encaje fino debajo de mi vestido —una pantaleta que había elegido esa tarde con la duda de para qué la elegía y que ahora, viéndola a Daniela sin nada,

me hizo entender la diferencia entre una mujer que había decidido del todo y otra que todavía estaba decidiendo.

Felipe sacó un preservativo del bolsillo trasero del pantalón. Lo abrió con los dientes. Daniela, sin separar la boca de la de él, le bajó el pantalón y la ropa interior hasta los muslos. Y se lo puso ella, con una mano, mientras con la otra le agarraba la nuca y seguía besándolo.

Esa maniobra, Daniela poniéndoselo a él, fue la imagen que me grabé para siempre.

La precisión con la que sus dedos lo manejaron.

La calma con la que le pasó el preservativo de la base hasta la punta.

La naturalidad de mujer que ha hecho eso muchas veces en muchos lados.

Felipe, mientras tanto, le besaba el cuello con la cabeza echada hacia atrás contra la pared, soltando un quejido bajo cada vez que ella le tocaba.

Lo levantó a Felipe contra ella. Le agarró las nalgas. Lo guió hacia adentro. Y Felipe entró en Daniela contra esa pared del callejón con un movimiento limpio que los dos parecían haber ensayado en otra vida.

Daniela soltó un gemido grave que rebotó contra las paredes del callejón. Felipe le agarró una pierna y se la levantó hasta enredársela a la cintura. Y empezó a moverse.

Yo estaba a tres metros, viéndolo todo. Y mi cuerpo se prendió fuego.

No fue una excitación tibia. Fue una corriente que me partió en dos.

Fue ver a esa mujer pelirroja contra una pared, con las piernas abiertas, recibiendo a un muchacho de dieciocho años con la entrega de quien sabe perfectamente qué quiere.

Fue ver los pechos de Daniela rebotando debajo del vestido cada vez que él empujaba.

Fue escuchar los gemidos de ella, sin filtro, sin contención, como si el callejón fuera un cuarto privado y no la parte trasera de una discoteca a las doce de la noche.

Lo que no había anticipado, lo que me sorprendió y me asustó al mismo tiempo, fue la cara de Felipe.

La cara de un muchacho de dieciocho años que está cogiendo a una mujer doce, quince años mayor que él, con una concentración total.

La boca apretada. Los ojos cerrados. La frente contra el cabello pelirrojo de Daniela.

Las dos manos clavadas en sus caderas, marcándole las uñas en la piel blanca.

La urgencia bruta de la juventud, esa urgencia que un hombre adulto ya no tiene porque ya aprendió a dosificarla.

Felipe no la dosificaba. Felipe la estaba viviendo entera.

Y Daniela, recibiéndolo, lo guiaba. Le hablaba al oído, palabras que yo no escuchaba pero que veía formándose en sus labios.

Le pasaba las uñas por la espalda, por debajo de la camisa blanca de lino.

Le clavaba los talones de los tacones contra la pierna.

Lo iba subiendo grado por grado, con la calma de una experta administrando el placer de un aprendiz.

Sin pensarlo, sin decidirlo, mi mano derecha se metió debajo de mi vestido. Encontró la pantaleta. La corrí a un costado. Y me toqué.

Me toqué mirándolos. Despacio al principio, después con la urgencia que el cuerpo me iba pidiendo.

Cerré los ojos un segundo. Los volví a abrir.

Daniela me estaba mirando desde el otro lado del callejón mientras Felipe la cogía.

Me estaba mirando a mí, los ojos clavados en los míos, con una sonrisa que no era una sonrisa sino una invitación.

Cuando vio que yo me estaba tocando, la sonrisa se le hizo más ancha.

Empujé contra mi propia mano con un ritmo que se acoplaba al ritmo de los empujes de Felipe contra Daniela.

Como si los tres estuviéramos en el mismo acto.

Como si yo, a tres metros, fuera parte de lo que estaba pasando contra esa pared.

Sentí mi propia humedad contra los dedos.

Sentí el cuello tirado para atrás. Sentí la espalda apoyada contra la pared opuesta, los hombros contra el ladrillo frío, la cara caliente, los labios entreabiertos.

Estaba a punto de acabar yo también, sin tocarlos, solo de mirarlos, cuando Daniela cambió la cosa.

Empujó a Felipe hacia atrás un segundo. Le dijo algo al oído. Felipe asintió. Daniela se enderezó contra la pared. Felipe se quedó parado frente a ella, con el preservativo todavía puesto, brillante, listo. Daniela me hizo una seña con dos dedos.

—Sara. Ven.

Me empujé de la pared opuesta. Caminé los tres metros con las piernas que me temblaban, sin pensar, sin resistencia. Llegué al lado de ella. Daniela me agarró la cara con las dos manos. Me besó.

Su boca era distinta de la boca de cualquier hombre que yo hubiera besado en mi vida.

Era más suave. Más paciente. Más entrenada en cosas específicas.

Su lengua entró en mi boca con una calma que me hizo soltar un quejido contra ella.

Le devolví el beso. Le subí las manos al cabello pelirrojo, lo apreté con los dedos. Le clavé las uñas en la nuca.

Mientras me besaba, Daniela se arrodilló despacio en el callejón, llevándome con ella hasta que las dos quedamos de rodillas frente a Felipe. Él, mirándonos desde arriba, con la respiración cortada, esperó.

—Sara —me dijo Daniela contra el oído, con una voz baja que no era una orden pero que tenía el peso de una orden—, mírame a mí mientras pasa.

Yo asentí. Daniela le quitó el preservativo a Felipe con dos dedos, despacio.

Lo tiró a un lado. Y agarró a Felipe con la mano derecha.

Lo movió dos, tres veces. Felipe soltó un quejido grave, las caderas se le contrajeron, y empezó a venirse.

Y Daniela, mientras él se venía, me agarró por la nuca y me acercó a ella.

Lo recibimos juntas.

Una parte cayó en la boca de ella. Una parte cayó en la mía.

Una parte cayó entre las dos, en los labios juntos, mezclándose.

Daniela me besó en ese mismo segundo, con la boca llena, sin asco, con una naturalidad que me dejó sin defensas.

Me pasó el sabor con la lengua. Me hizo tragar lo que ella tenía en la boca.

Yo tragué lo mío. Nos besamos así, durante diez, veinte segundos enteros, todavía de rodillas en el callejón, con Felipe parado encima nuestro mirándonos respirar fuerte.

Era la primera vez en mi vida que yo probaba el semen de un hombre. Era la primera vez en mi vida que yo besaba a una mujer.

Las dos primeras veces juntas. En la misma noche. En ese callejón. En la misma boca.

Felipe se subió el pantalón. Murmuró algo.

Daniela se levantó. Yo también. Daniela le dio dos besos en la mejilla a Felipe, casi distraídamente.

Le dijo: "gracias, lindo, fue un placer".

Felipe sonrió. Le dio un beso más a ella en la boca, corto.

Me miró a mí, me sonrió con una sonrisa de muchacho satisfecho, me dijo "mucho gusto, Sara".

Y se metió otra vez por la puerta lateral de la discoteca.

Daniela me miró. Me agarró la cara con las dos manos. Me limpió con el pulgar una gota que tenía en la comisura de la boca. Me besó una vez más, suave.

—Vamos al hotel.

—Vamos.

***