El diario de Sara Capítulo III #3
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Capítulo III #3

— y no sé qué quiso decir con eso."

***

A los dos meses de haber empezado en la firma, los socios nos asignaron a Daniela y a mí un caso en Maracaibo. Una empresa textil familiar con un litigio interno entre los hermanos socios. Tres días de trabajo. Hotel en el Lago. Salida un miércoles por la mañana, regreso el viernes por la tarde.

El correo con la asignación me llegó un martes.

Lo leí dos veces. Cerré la pantalla. Me quedé mirando el ventanal de mi oficina, sin enfocar nada, durante unos diez minutos.

Sabía, al leer ese correo, que el viaje iba a ser un punto de quiebre en algún sentido que yo no iba a poder predecir con exactitud.

Esa misma tarde, antes de irme, pasé por la oficina de Daniela.

Estaba sentada en su escritorio, con los lentes puestos, leyendo.

—¿Viste el correo del viaje?

Levantó la cabeza. Me miró por encima de los lentes. Sonrió.

—Lo vi. Nos vamos juntas. Te va a gustar Maracaibo.

—No conozco bien.

—Yo sí. Tengo amigos allá. Si no te molesta una noche, te llevo a una discoteca que vale la pena. Una sola, no te asustes. La música está bien, la gente está bien, sirven los tragos como dios manda. Es para distraernos un rato del trabajo.

Me acordé, cuando me lo dijo, que yo no iba a una discoteca desde la universidad.

Que mi vida nocturna, durante los últimos doce años, había consistido en cenas con la familia de Ernesto, cumpleaños de los amigos del banco, alguna cena de gala en el hotel Tamanaco para alguna fundación. Las discotecas eran de otra vida.

—Hace años que no piso una discoteca, Daniela.

—Razón de más para pisarla, entonces. ¿Vienes?

Me lo preguntó con una sonrisa de ladito que me derritió la última resistencia.

—Voy.

Esa noche, en la casa, le dije a Ernesto que el viaje a Maracaibo era miércoles a viernes.

Le dije que íbamos a estar todo el día con un cliente y que las noches probablemente tendríamos cenas de trabajo.

Le dije, con la naturalidad de quien dice una pequeña verdad envuelta en una pequeña mentira, que las cenas iban a alargarse y que no se preocupara si yo llegaba al hotel tarde.

Ernesto asintió con la cabeza, sin dejar de mirar la tableta donde estaba revisando un correo de su banco. Me dijo: "está bien, mi amor, cuídate".

La semana antes del viaje me compré ropa nueva.

Dos vestidos que nunca iba a haber comprado para un viaje de trabajo.

Uno azul oscuro, ajustado, con la espalda baja.

Otro negro, más corto, con un escote en V que tampoco era para una cena con cliente.

Ropa interior nueva. Tacones que no había usado desde antes de tener a Carolina.

Perfume nuevo, esta vez no de jazmín como el del consultorio sino algo más cálido, más oscuro, con notas de madera y de ámbar.

Mientras compraba, me decía a mí misma que era ridículo, que era exagerado, que estaba preparando una bolsa para un viaje de trabajo de tres días y no para una luna de miel.

Pero seguía comprando. Y al guardar las cosas en la maleta el martes en la noche, mientras Ernesto miraba un partido en la sala, sentí en las manos esa mezcla específica de vergüenza y de hambre que ya conocía desde la mañana de la cita con Andrés Vásquez.

Sabía lo que estaba empacando. No me lo decía con palabras pero el cuerpo lo sabía.

El miércoles trabajamos doce horas seguidas en las oficinas del cliente.

Salimos a las siete y media de la tarde, exhaustas, con la cabeza llena de cifras.

El jueves fue parecido. Cenamos las dos noches en el hotel, conversando del caso, controladas, profesionales.

Yo dormía en la habitación 1208 y Daniela en la 1210, en el mismo pasillo.

El viernes a la una de la tarde cerramos el último punto con el cliente. Salimos del edificio con esa sensación de victoria pequeña que se siente cuando un caso difícil queda resuelto. Daniela me miró en el carro, mientras volvíamos al hotel, y me dijo:

—Esta noche, lo que te dije.

—¿Qué cosa?

—La discoteca.

—Daniela, mañana volamos a las seis y media. Mañana en la mañana, quiero decir. Si vamos a la discoteca esta noche y nos quedamos hasta tarde, yo no me levanto.

—Te levantas. Yo me encargo. Vamos a las once, a las dos estamos en el hotel, descansas tres horas y duermes de regreso en el avión. Confía.

Confié.

***

A las nueve y media empezamos a arreglarnos cada una en su cuarto.

Yo me puse el vestido negro, el de la espalda con el escote en V.

Tacones altos. El cabello suelto, ondulado con una plancha que había llevado en la maleta.

Maquillaje más cargado que el habitual, con los ojos delineados y los labios de un rojo profundo.

Cuando me miré en el espejo del cuarto, no me reconocí del todo.

Era yo, sí, pero era una versión de mí que no salía a la calle desde hacía mucho tiempo.

Daniela tocó a mi puerta a las diez y veinte.

Cuando abrí, me quedé sin palabras dos segundos.

Llevaba un vestido verde botella, ceñido, con los hombros descubiertos.

El pelirrojo del cabello le caía sobre el verde con un contraste que parecía calculado por un diseñador de revistas.

Tacones negros altísimos. Los ojos verde claro maquillados con sombra ahumada.

Los labios sin pintar, lo que le daba una naturalidad descarada.

Me miró de arriba abajo. Sonrió.

—Sara. Estás peligrosa.

—Lo mismo te iba a decir.

—Vamos.

La discoteca quedaba en una zona de Maracaibo que yo no conocía, con varios locales nocturnos uno al lado del otro.

La fachada era discreta, una puerta negra con un guardia grande de traje.

Daniela saludó al guardia por el nombre.

El guardia la dejó pasar sin pedirle pulsera ni nada.

"Es amiga de la casa", me explicó después.

Adentro, el lugar estaba lleno pero no incómodo.

Dos pistas, una con música electrónica más fuerte y otra con salsa moderna.

Una barra larga iluminada con luces violetas.

Mesas altas en los costados. Una clientela mayoritariamente entre los veinticinco y los treinta y cinco años, mejor vestida que el promedio, con esa mezcla específica de ejecutivos jóvenes y mujeres profesionales que en Caracas también existe pero que en Maracaibo tiene su propio tono.

Pedimos dos whiskys en la barra. Daniela conocía al cantinero. Saludó a tres o cuatro personas con dos besos rápidos, pero no se detuvo a conversar con ninguno. Me agarró del brazo y me llevó a una mesa alta cerca de la pista de salsa. Subimos a los taburetes.

—Sara, una sola regla esta noche.

—¿Cuál?

—Olvídate de Caracas hasta mañana a las seis de la mañana.

Levantó su vaso. Yo levanté el mío. Brindamos.

Bailamos durante una hora. Salsa primero, después electrónica.

Daniela bailaba bien, con esa soltura de cuerpo que solo tienen las mujeres seguras.

Yo bailaba menos bien pero a esa altura ya tenía dos whiskys encima y no me importaba demasiado.

Varios hombres se acercaron a invitarnos tragos.

Daniela los despachaba a todos con una sonrisa amable y un "gracias, estamos bien" que no admitía réplica.

Hasta que apareció él.

Lo vi venir de lejos, abriéndose paso entre la gente con una calma que no encajaba con su edad.

Un muchacho alto, delgado, de hombros anchos, con una camisa blanca de lino abierta dos botones y un pantalón oscuro.

Cabello castaño claro, despeinado a propósito.

Los rasgos finos, casi de modelo, con una boca que parecía hecha por un escultor.

Cuando se acercó a la mesa, registré que era muy joven.

Mucho más joven que cualquiera de los hombres que se nos habían acercado esa noche.

—Dani.

Daniela giró. Lo vio. Sonrió.

—Felipe.

Se inclinaron a darse dos besos. Pero los dos besos duraron tres segundos en lugar de uno. Y al separarse, Felipe dejó la mano apoyada en la cintura de Daniela un momento que yo registré entero.

—Sara, te presento a Felipe. Es hijo de unos amigos. Lo conozco desde que era un chamo.

—Mucho gusto.

Felipe me dio dos besos a mí también. Educado, formal, sin la pausa que había habido con Daniela.

Me preguntó qué hacía. Le dije que abogada.

Me preguntó de dónde era. Le dije que de Caracas.

Él me dijo que estaba en su primer año de universidad, que estudiaba comunicación social, que tenía dieciocho años y que había acabado de cumplirlos hacía dos meses.

Lo dijo con la naturalidad del muchacho recién llegado a la mayoría de edad que la pronuncia con orgullo.

Pidió un whisky en la barra y volvió. Se quedó parado al lado de nuestra mesa, conversando.

Pero la conversación, aunque era a tres, era a dos.

Daniela y él hablaban mirándose con una intensidad que cualquiera que los viera entendía.

Yo tomaba mi whisky despacio y los miraba a ellos con una sensación rara que iba creciendo en el pecho.

Felipe me hizo preguntas también. Me preguntó si tenía hijos.

Le dije que dos. Me preguntó cuánto tiempo llevaba casada.

Le dije que trece años. Me hizo las preguntas con la cortesía del muchacho bien educado que sabe que no debe excluir a la otra mujer de la mesa.

Pero las preguntas se las hacía mirándome a mí, calibrándome, y yo, mientras le respondía con la voz controlada, registraba esa mirada con un Fervor en las mejillas que el whisky no explicaba completamente.

En algún momento, Daniela se levantó al baño.

Me dejó sola con Felipe en la mesa. Tres minutos.

Cuatro, quizás. Felipe me sostuvo la mirada un segundo demasiado largo.

Me preguntó si yo bailaba. Le dije que mal.

Me dijo: "eso no me lo creo". Lo dijo con una sonrisa que tenía exactamente la dosis correcta de coqueteo de un muchacho de dieciocho años con una mujer de treinta y pico, una dosis que no avanzaba pero que tampoco se retiraba.

Yo le sonreí de vuelta. Le dije: "crelo, créeme".

No corrigió mi error. Lo dejó pasar como si me hubiera entendido perfecto.

Cuando Daniela volvió del baño, encontró el clima distinto. Lo registró sin decir nada. Se sentó otra vez en su taburete. Apoyó una mano en la pierna de Felipe, en el muslo, sin esconderse. Y volvieron a la conversación, esta vez con el clima cargado a tres.

A los veinte minutos de esa tercera ronda, Daniela se inclinó hacia él y le dijo algo al oído que yo no escuché. Él se rió bajito. Le contestó algo que ella tampoco compartió conmigo. Y después, sin más preámbulos, sin pedirle permiso a nadie, Felipe la besó.