Capítulo III #2
—Necesito café o me muero —dijo Daniela, cerrando la carpeta.
—Yo necesito algo más fuerte que café.
—Eso lo dejamos para otro día. Ven.
Bajamos al café de la planta baja. A esa hora estaba casi vacío. Nos sentamos junto al ventanal que daba a la avenida. Por primera vez desde que la conocía, no hablamos de trabajo.
Hablamos de viajes. De libros. De música. De las ciudades donde habíamos vivido y de las que todavía queríamos conocer.
Me sorprendió descubrir que podía pasar dos horas escuchándola sin mirar el reloj.
En algún momento la conversación se quedó en silencio unos segundos.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada.
—Mentirosa.
Me reí.
—Solo estaba pensando que eres muy distinta a la imagen que das en la oficina.
Daniela apoyó el codo sobre la mesa.
—¿Y cuál es esa imagen?
—Que tienes todo resuelto.
Soltó una carcajada.
—Sara, si algún día conoces a una persona que tenga la vida resuelta, me la presentas.
Por un momento desapareció la mujer segura que parecía dominar cualquier situación. Vi algo más humano. Más cansado. Más real.
—Todos estamos improvisando —continuó—. Algunos solo lo disimulamos mejor.
No sé por qué esa frase se me quedó grabada.
Quizá porque durante años había pensado que los adultos sabían exactamente lo que estaban haciendo y Daniela acababa de confesarme que no.
Cuando salimos del café ya era de noche. Caminamos juntas hasta el estacionamiento.
Antes de despedirse me dio un abrazo breve.
Nada extraordinario.
Un abrazo normal entre amigas.
Sin embargo, cuando llegué a casa, seguía pensando en él.
Y eso me inquietó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Daniela no me preguntaba a mí por mi vida.
Eso fue lo que me terminó de impresionar.
Yo le contaba de Ernesto y de las niñas porque salía en conversación, pero ella nunca me hacía las preguntas indirectas que las mujeres se hacen entre sí para sondear si alguien está bien o no en la cama de su casa.
Daniela respetaba mi espacio con una elegancia que me dejaba todavía más en evidencia.
Era yo la que, sin que ella me lo preguntara, me empezaba a desarmar en el cafetín a media mañana, con el café tibio entre las manos, hablando de mi marido con un tono que ella, supongo, leía perfectamente.
La fantasía empezó casi sin que yo me diera cuenta.
Un sábado por la mañana, en la ducha, mientras me tocaba con la rutina de los últimos meses, descubrí que la imagen que me estaba sirviendo de combustible esa mañana no era ningún hombre sin rostro.
Era Daniela. Era Daniela apoyada contra la pared del cafetín de la firma.
Era Daniela mirándome con esos ojos verde claro.
Era el cabello pelirrojo cayéndole sobre un ojo.
Acabé esa mañana con una corriente que me sorprendió.
Una corriente más larga, más profunda, que las de los sábados de los meses anteriores.
Y al salir de la ducha, mientras me secaba frente al espejo del baño, me miré un largo rato y entendí que algo nuevo se me estaba abriendo adentro.
Algo que yo, en mis treinta y tres años, no había sospechado que existía.
***
Ya estaba a punto de salir del apartamento cuando el teléfono sonó. Era Santiago.
—Sara, ¿cómo estás?
—Bien, Santi, ¿qué pasa?
—Es que Ernesto me pidió que pasara a buscar un sobre que dejó en la casa. Y es importante. ¿Estás ahí todavía?
—Sí, pero mira, estoy atrasada para el trabajo —dije, mirando el reloj—. No tengo tiempo de esperarte.
—No te preocupes —dijo él, con esa voz relajada que siempre usaba—. Espérame un ratico, voy para la zona de tu trabajo también. Paso por ti, agarro el sobre y te doy la cola. Así no pierdes tiempo.
—Ok —dije—. Bajo con el sobre y te espero en el frente.
Colgué. Agarré el sobre blanco que Ernesto había dejado en la mesa y bajé. En la entrada del edificio, el carro de Santiago ya doblaba la esquina. Se detuvo. Bajó el vidrio.
—Buenos días, vecina —dijo, con esa sonrisa suya.
—Buenos días —contesté, y le alcancé el sobre por la ventanilla—. Aquí está.
Santiago lo tomó, lo guardó en la guantera y me abrió la puerta desde adentro.
—Súbase, mi reina, que el taxi va para Chuao.
Me reí. Mi reina. Siempre con sus bromas.
—Eres un payaso, Santi —dije, subiendo.
—Payaso, pero con carro y con gasolina —contestó, arrancando—. Eso es más de lo que pueden decir muchos en este país.
El carro olía a él. A su colonia, a ese aroma limpio y fresco. Me acomodé en el asiento mientras el carro se metía en el tráfico de la mañana.
—Gracias por la cola —dije—. A esta hora los taxis son un martirio.
—No me lo agradezcas. Total, iba para la misma zona. —Me miró un segundo, con esa sonrisa de lado—. Además, ¿de qué sirve tener carro si no se puede ayudar a una dama?
—Santi, ¿cuándo te vas a enseriar? Tienes que buscarte una esposa y ya.
Él soltó una carcajada.
—¿Una esposa? ¿Yo? No, mi vida, no me desees esa infelicidad. El matrimonio y yo somos como los curas y los demonios: mientras más lejos, mejor.
—No digas eso —le contesté—. El matrimonio no es tan malo.
—No, claro, no es malo. Para los que les gusta. Pero yo quiero mi vida tranquila y feliz. Sin cuentas que rendir, sin llegar a la casa a dar explicaciones. —Hizo una pausa, y su voz se suavizó un poco—. No todos sirven para eso, Sara. Yo soy de los que prefieren la libertad.
—¿Y nunca te has enamorado de verdad?
La pregunta salió antes de que pudiera pensarla. Santiago no respondió de inmediato. El carro se detuvo en un semáforo, y él se quedó mirando el frente unos segundos.
—Una vez —dijo, con una voz más baja de lo habitual—. Pero no se dio. Cosas de la vida.
—¿Y qué pasó?
El semáforo se puso en verde. Santiago aceleró, y su tono volvió a ser el de siempre.
—Nada. Era una mujer que no estaba destinada a ser mía. Y ya. Punto. —Me miró un segundo, y esa sonrisa suya volvió a aparecer—. Además, ¿pa' qué sufrir? Hay que ser feliz, Sara. La vida ya es bastante complicada como para amargarse.
—Pero si no te arriesgas, nunca sabes —insistí.
Él me miró de nuevo, esta vez con una expresión que no supe leer.
—¿Y tú, Sara? ¿Te arriesgaste?
La pregunta me cayó como un balde de agua fría.
—No entiendo.
—Nada —respondió, volviendo a mirar la carretera—. Es que a veces pienso que uno se casa por costumbre, por presión, porque toca. Y después se queda con la duda de si esa era la persona indicada o si solo fue la que llegó en el momento correcto.
El carro se detuvo frente a la torre de mi oficina.
—Llegamos —dijo Santiago, con su voz normal otra vez—. Ya ves, ni siquiera te diste cuenta del tráfico.
—Gracias, Santi —dije, recogiendo mi bolso—. De verdad.
—No hay de qué, Sara. Cualquier cosa que necesites, ya sabes. Estoy a la vuelta de la esquina.
Bajé del carro. Cerré la puerta. Caminé hacia la entrada de la torre. En el ascensor, me di cuenta de que estaba sonriendo.
Llegué a la oficina con una sonrisa tonta que no supe explicar. Durante el resto del día, mientras trabajaba, la cara de Daniela y la voz de Santiago se me cruzaban sin orden.
***
El día pasó muy rápido, y ya al final de la tarde cuando salía de la oficina, Ernesto me llamó.
—Sara, ¿ya saliste? Estoy con Raúl y Andrea en el café de Chuao. ¿Te llegas?
—Voy.
Crucé la calle caminando hacia el café. Mientras andaba, pensé en lo inseparables que eran Ernesto y Raúl.
Trabajaban juntos en el banco, se veían todos los días, y aún así los fines de semana siempre encontraban una excusa para reunirse: un cumpleaños, un partido de béisbol —Ernesto magallanero, Raúl caraquista—, una parrilla improvisada, cualquier cosa con tal de estar juntos.
Pasaban más tiempo el uno con el otro que con sus propias familias.
Y Santiago, siempre Santiago, se les unía con la novia de turno, como si los fines de semana sin ellos no fueran completos.
Llegué al café. Los vi desde la entrada: Ernesto y Raúl en una mesa, y al lado de Raúl, Andrea.
Era rubia, de esos rubios naturales que parecen bañados por el sol, con el cabello largo y liso que se movía con gracia cuando reía.
Sus ojos, grandes y ámbar, brillaban con la luz de la tarde como dos monedas de miel.
Tenía esa forma de reírse que contagiaba a todos, y cuando hablaba, movía las manos con una naturalidad que la hacía aún más hermosa.
Era el tipo de belleza que no imponía, que no intimidaba, sino que invitaba a sonreír.
Una belleza graciosa, pensé. De las que alegran una mesa sin esfuerzo.
Llevaban ocho años de matrimonio, Raúl y Andrea. Ocho años intentando tener hijos, según me había contado Adriana en una de nuestras conversaciones. Habían probado de todo, decía mi hermana, pero nada funcionaba. Y sin embargo, ahí estaban, mirándose como si el mundo no existiera más allá de ellos.
Me senté. Andrea me saludó con un beso y una sonrisa.
—Sara, qué bueno que viniste. Hace meses que no te veo.
—El trabajo —dije, con una disculpa que no necesitaba.
La conversación fluyó. Raúl contó un chiste del banco. Ernesto se rió. Andrea movió su cabello rubio hacia atrás, y sus ojos ámbar se clavaron en mí un momento, como si supiera algo que yo no había dicho.
—¿Y cómo están las niñas? —preguntó.
—Bien. Creciendo.
—Se parecen a ti —dijo, y sonrió—. Las dos igualitas a ti.
Ernesto, a mi lado, puso una mano en mi hombro.
—Son el orgullo de su madre —dijo.
Andrea lo miró, y por un segundo, su sonrisa se congeló. Como si hubiera escuchado algo que no encajaba del todo.
No dije nada.
Terminamos el café. Raúl pagó. Nos despedimos en la entrada.
En el carro, de vuelta a casa, Ernesto me preguntó si estaba bien.
—Sí —dije—. Cansada.
No dijo nada más.
Yo miré por la ventana y pensé en Andrea. En cómo se reía con Raúl, en cómo él le tocaba la mano sin pensar, en cómo ella le devolvía la mirada con esa seguridad de mujer que sabe que es vista. En cómo, en mi propia mesa, yo solo había recibido una mano en el hombro.
Un equipo.
Eso éramos.
Pero un equipo no es una pareja.
Ya en mi cama con Ernesto dormido a mi lado, en el cuaderno, solo pude escribir dos cosas: "Me toqué esta mañana pensando en una mujer. No sé qué hacer con esta información. Pero la información ya está. Y no se va a ir. Y el loco de Santi me dijo —¿Y tú, Sara? ¿Te arriesgaste?