Capítulo III
Pasaron cinco meses desde la consulta de Andrés Vásquez.
Cinco meses en los que cumplí, palabra por palabra, lo que me había prometido aquella madrugada.
Cambié de ginecólogo. Busqué una mujer, una doctora joven que recomendaron en la firma, y me hice los siguientes controles con ella sin que me temblara el pulso.
A Andrés no volví a verlo. Si me lo hubiera cruzado por casualidad en algún restaurante de Las Mercedes, habría sabido sostener una sonrisa cordial y una despedida rápida.
No me crucé con él. Caracas, para esas cosas, es una ciudad piadosa.
La promesa de no volver al consultorio la cumplí. La otra promesa, la que me había hecho en silencio frente al espejo del baño después de la conversación con Ernesto, esa no se cumplió ni se incumplió. Esa quedó suspendida, esperando.
Durante esos cinco meses la vida de afuera siguió igual.
Ernesto en el banco. Las niñas en el colegio.
Yo en la firma. Los domingos en casa de mi mamá.
Los sábados, la ducha. Las fantasías cada vez más concretas, cada vez más impacientes.
La cara de Andrés Vásquez se fue desdibujando con el tiempo, como me había advertido el cuaderno que se desdibujaría, hasta convertirse en una silueta general de hombre adulto sin rostro específico.
Y en esa silueta yo seguía buscándome el alivio de los sábados, sabiendo cada vez con más claridad que el alivio solo, sin hombre real, no me iba a alcanzar mucho más tiempo.
Empecé a leer ofertas de trabajo en mi correo.
Sin un plan claro. Solo por la sensación de que necesitaba un cambio.
La firma donde estaba era buena, pero llevaba seis años en ella y todo el mundo me conocía la cara, me conocía la rutina, me sabía el horario en que entraba y el café que me tomaba en el cafetín.
Esa familiaridad, que durante años me había sido cómoda, empezó a sentirse como una jaula bien decorada.
Una colega de otra firma, alguien que había conocido en un curso de actualización tributaria, me mandó un correo en mayo.
Su firma necesitaba una abogada con mi perfil para un puesto de nivel medio en el área corporativa.
Pagaba un treinta por ciento más. Tenía clientes internacionales.
Implicaba viajar. Yo respondí esa misma tarde.
Pasé tres entrevistas en dos semanas. Me ofrecieron el puesto el último viernes de mayo.
Lo acepté el lunes. Empecé el primer lunes de junio.
Le dije a Ernesto que era una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar, que el horario iba a ser parecido pero con viajes ocasionales a otras ciudades del país.
Ernesto se alegró. Me felicitó. Salimos a cenar el sábado para festejar.
Brindamos con champaña. Esa misma noche, en la cama, hicimos el amor en una versión un poco menos rutinaria de lo habitual.
Él, supongo, quería celebrar a su manera.
Nada en esa cena, ni en ese brindis, ni en ese sexo de celebración, me dejó adivinar que el primer lunes de junio iba a presentarme a una mujer que iba a cambiar mi vida más rápido y más profundo de lo que ningún hombre la había cambiado antes.
***
La firma nueva quedaba en una torre de oficinas de Chuao, piso quince, con vista al cerro.
Tenía veintidós abogados, una recepción con piso de mármol, una sala de juntas con una mesa larga de madera oscura y unos cuadros abstractos en las paredes.
El primer día me asignaron un escritorio en una oficina compartida con otra abogada que estaba ese día en una reunión externa, así que pasé la primera mañana sola, instalando mi computadora, organizando mis carpetas, conociendo a la asistente que iba a compartir conmigo el equipo de soporte.
A las once y media, el socio principal me llevó a hacer la ronda de presentaciones.
Recorrimos los pasillos. Conocí a quince personas en veinte minutos, los nombres se me fueron borrando uno encima del otro, las caras también.
Caras corteses, sonrisas profesionales, manos firmes.
Estaba a punto de volver a mi escritorio con la cabeza saturada cuando el socio me dijo: "falta una. Vamos a saludar a Daniela. Ella es la otra abogada de tu nivel, le va a tocar trabajar contigo en varios casos".
Caminamos hasta el final del pasillo. La oficina de Daniela tenía la puerta entornada. El socio tocó dos veces, abrió. Adentro había una mujer sentada frente a su escritorio, leyendo un expediente con los lentes apoyados en la punta de la nariz.
—Daniela, te presento a Sara Tovar, que se nos une desde hoy.
Daniela se quitó los lentes. Levantó la cabeza. Se levantó de la silla.
Lo primero que registré fue el cabello. Pelirrojo.
Un pelirrojo profundo, casi cobre, cortado a la altura de la mandíbula con una asimetría calculada que le caía un poco más sobre un ojo.
Lo segundo, los ojos. Verdes claros, casi grises.
Los terceros, las pecas. Una constelación dispersa sobre los pómulos y la nariz, sin maquillaje que las cubriera, mostradas con la naturalidad de una mujer que sabe que sus pecas son parte de lo que la hace bonita.
Era de mi estatura. Quizá un centímetro más alta.
Vestía una falda lápiz negra y una camisa de seda crema con los dos primeros botones abiertos.
Tenía un collar de oro fino. Tacones bajos.
La piel muy blanca, casi traslúcida, con un brillo en los pómulos que no era maquillaje sino el efecto de la luz del ventanal sobre una piel cuidada.
Caminó hacia mí. Me extendió la mano. Yo le di la mía. Pero ella, en lugar del apretón profesional que yo esperaba, se inclinó y me dio dos besos en las mejillas, primero uno, después el otro, con una pausa entre los dos que duró un segundo más de lo necesario. Cuando se separó, me miró a los ojos.
—Sara. Encantada. Ya nos van a poner a trabajar juntas, supongo.
—Eso me dijeron.
—Mejor. Aquí los hombres son aburridos. Necesitaba una compañera con la que pudiera hablar.
Lo dijo con una media sonrisa, mirándome todavía a los ojos, dejando flotando la palabra "compañera" con una pequeña carga que el socio, supongo, no captó. Yo sí la capté. La capté entera.
Eso fue lo que me dejó esa mujer en el primer minuto.
Una sensación de que las palabras que ella decía siempre tenían dos sentidos.
Que el sentido público estaba bien, era impecable, no se le podía reclamar nada.
Y que el sentido privado, debajo, estaba esperando a quien tuviera oído para captarlo. Yo lo tuve desde el primer minuto.
Salí de su oficina con una sensación rara en el estómago.
Le agradecí al socio la ronda, volví a mi escritorio, intenté concentrarme en los expedientes que me habían dejado para revisar.
No pude. Durante el resto de la mañana, mientras leía cláusulas y subrayaba párrafos, la cara de Daniela se me cruzaba cada cinco minutos.
La cara, las pecas, la pausa entre los dos besos, la palabra "compañera" con esa media sonrisa.
Esa noche, en la cama al lado de Ernesto, antes de dormirme, lo escribí mentalmente para ponerlo en el cuaderno al día siguiente. Lo escribí así, exactamente así:
Hoy conocí a una mujer que me hizo algo en el primer minuto que no supe nombrar. Algo que estaba más cerca del miedo que de cualquier otra cosa.
Las semanas siguientes Daniela y yo trabajamos juntas en dos casos.
Nos cruzábamos en su oficina, en la mía, en la sala de juntas, en el cafetín a media mañana.
Aprendí a conocerla en pequeñas dosis, sin propósito definido, como se conoce a una colega con quien uno va a pasar muchas horas en los próximos años.
Lo primero que aprendí de Daniela fue que era más inteligente que yo en lo profesional.
Tenía treinta y cuatro años, dos más que yo, había estudiado derecho en la Andrés Bello, había hecho una maestría en Estados Unidos, había trabajado tres años en Madrid antes de volver.
Hablaba inglés perfecto, francés decente, italiano funcional.
Cuando leía un contrato, lo terminaba en la mitad del tiempo que yo necesitaba, y siempre encontraba dos o tres detalles que a mí se me pasaban.
La primera semana sentí, varias veces, que me estaba humillando sin proponérselo.
Aprendí, después, que no era humillación.
Era simplemente que ella estaba un nivel arriba y yo tenía que apurarme para alcanzarla.
Lo segundo que aprendí, y este es el detalle del que voy a tener que escribir con cuidado, fue que Daniela vivía con una libertad sexual que yo no había visto nunca en una mujer cercana.
No fue algo que me dijera de un golpe. Fue algo que se le iba escapando en pequeñas observaciones.
Una vez, en el cafetín, comentando un caso de divorcio que llevaba la firma, me dijo, con la naturalidad de quien comenta el clima: "Yo no entiendo a las mujeres que se quedan en matrimonios sin sexo, Sara. Eso es una forma de muerte voluntaria que a mí siempre me ha parecido incomprensible".
Yo, con la cara controlada de la que es exactamente una de esas mujeres, le pregunté qué tipo de matrimonio tenía ella.
Daniela se rió. Me dijo: "Yo tengo el matrimonio que me funciona. Mi marido vive en Madrid hace tres años. Yo vivo aquí. Cuando él viene cada dos meses jugamos al matrimonio normal una semana entera. Cuando se va, los dos tenemos vidas bastante autónomas. Es un acuerdo civilizado entre dos adultos".
Yo asentí como quien escucha una receta de cocina.
Por dentro, me había dado un vuelco el estómago.
Era la primera vez en mi vida que escuchaba a una mujer hablar de su matrimonio en esos términos.
Mi mamá no lo habría imaginado. Adriana se habría escandalizado.
Las mujeres con las que yo me había criado, con las que había estudiado, con las que había trabajado durante años, todas funcionaban dentro de un mismo libro de reglas, y ese libro no tenía la página que Daniela acababa de abrirme.
Otra vez, semanas después, hablando de un cliente que la había invitado a salir, Daniela soltó: "Sara, hay vidas y vidas. Hay las que se viven y las que se aguantan. Yo elegí hace tiempo cuál de las dos quería para mí".
Esa frase la apunté esa misma noche en el cuaderno.
Esa frase me daba vueltas en la cabeza durante días.
Una semana después, un jueves que se hizo eterno, terminamos de revisar un contrato cerca de las siete de la noche. La oficina ya estaba medio vacía. Las asistentes se habían ido y en el pasillo solo quedaban algunas luces encendidas.