Capítulo II #6
Vio todo eso, y debió sentir que el control ya no era suyo porque él lo había tomado, porque ella ya no recordaba por qué se suponía que aquello no debía pasar.
Entonces, con un movimiento fluido, Andrés retiró la mano de entre sus piernas.
Se levantó del banquito sin dejar de mirarla.
Sus dedos, aún húmedos, bajaron al cierre de su pantalón.
Lo abrió con un gesto que tenía la economía de quien sabe que no hay tiempo que perder.
Sara vio su miembro erecto, una columna de carne que palpaba con una urgencia que se reflejaba en la respiración de él.
Dios mío. El pensamiento se cruzó como un relámpago.
Él se acercó a la camilla. Llevó su miembro hacia la cara de ella, colocándolo a centímetros de sus labios.
Sara sintió la Calidez de la piel, el aroma masculino que se mezclaba con el olor a látex y a colonia.
Dudó. Un segundo eterno en el que su conciencia se levantó por última vez y le recordó quién era: la esposa de Ernesto, la madre de Carolina y Valentina, la mujer que no debía estar ahí.
Miró el miembro de Andrés. Miró sus ojos.
Y en la mirada de él no encontró presión, no encontró exigencia, sino una expectativa abierta, como si él ya supiera cuál iba a ser su decisión y solo esperara verla confirmada.
Sara dio el último paso. Inclinó la cabeza y besó la punta.
El glande, caliente y liso, rozó sus labios como una pregunta que ella estaba dispuesta a responder.
Abrió la boca y lo tomó, sintiendo cómo la textura, el sabor salado del pre-semen, la humedad de su propia saliva se mezclaban en una sensación que era a la vez nueva y extrañamente conocida.
¿Qué estoy haciendo? La pregunta se desvaneció en cuanto empezó a mover la cabeza, en cuanto su lengua rodeó el miembro y sintió cómo él se tensaba bajo su boca.
Andrés soltó un gemido grave. La mano que antes la masturbaba se retiró de entre sus piernas.
Ahora sus dos manos subieron a su cabeza, enredándose en su cabello, apretándola suavemente al principio y después con más fuerza, guiándola, marcando el ritmo.
Así, así, parecía decirle sin palabras, mientras movía las caderas hacia adelante, empujando su miembro más adentro de la boca de ella.
Sara sintió cómo él le ocupaba la garganta, cómo la penetraba con esa misma lentitud deliberada que había usado antes con sus dedos, y cómo, en lugar de resistirse, su cuerpo se ajustaba para recibirlo.
No puedo creer que esto me guste. Pero le gustaba.
Le gustaba la sensación de ser guiada, de ser tomada, de ser usada por la boca de una manera que ningún otro hombre le había dado.
Andrés empezó a moverse con más ritmo, manteniendo la cabeza de ella sujeta entre sus manos, como si ella fuera un instrumento que él estuviera aprendiendo a tocar.
La penetración era profunda, exigente, y Sara sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, no de dolor, sino de la intensidad de un acto que estaba redefiniendo todos los límites que ella creía tener.
No pares. No lo dijo en voz alta, pero lo pensó con una claridad que la sorprendió.
Entonces Andrés se detuvo. Se retiró de su boca con una lentitud que dejó a Sara jadeando, con los labios hinchados y la respiración entrecortada. Se llevó el miembro a la mano, recorriéndolo con un gesto que era casi distraído. Y sin decir una palabra, señaló con la cabeza hacia el escritorio.
Sara entendió. Se levantó de la camilla, con las piernas aún temblorosas, y caminó los dos pasos que la separaban del escritorio.
Se sentó, sintiendo la madera fría contra la piel desnuda de sus muslos.
La bata de papel, que seguía abierta, se abrió aún más con el movimiento, dejándola expuesta, ofrecida.
Andrés se colocó frente a ella. Con una mano, le abrió las piernas. Con la otra, guió su miembro hacia su entrada. Sara sintió la presión, el Fervor, la anticipación de lo que iba a venir. Y entonces entró.
Fue una penetración lenta, profunda, que la llenó por completo.
Sara sintió cada centímetro, cada latido de él dentro de ella, y el grito que se le escapó no fue de dolor sino de reconocimiento.
Esto. Esto era lo que necesitaba. El pensamiento, tan claro y tan prohibido, se mezcló con el Ardor que subía desde su vientre.
No se movieron de inmediato. Se miraron a los ojos, él dentro de ella, ella abierta para él.
Después él empezó a moverse, con un ritmo pausado al principio, como si quisiera alargar cada momento, cada roce.
Sara lo abrazó por el cuello y lo atrajo hacia sí.
Se besaron. Un beso largo, profundo, que era más que un beso: una declaración, una rendición, una aceptación de todo lo que estaba pasando.
Mientras él se movía dentro de ella, Sara sintió cómo el placer volvía a acumularse, más intenso que antes, porque ahora él estaba dentro, porque ella podía sentirlo completamente, porque el ritmo de sus caderas era exactamente el que su cuerpo necesitaba.
Arqueó la espalda, apretó las piernas alrededor de su cintura, y se dejó llevar.
El orgasmo llegó sin avisar. Una ola que empezó en algún lugar profundo y se extendió hasta la punta de sus dedos, haciéndola temblar, haciéndola gemir contra su boca.
Y en ese momento, sintió cómo Andrés se tensaba dentro de ella, cómo su ritmo se aceleraba en los segundos finales, cómo un gruñido grave se le escapaba de la garganta.
La Energía del semen la inundó, marcándola desde adentro con una evidencia que ya no podía negar.
Se quedaron así, abrazados, él todavía dentro de ella, ella con los brazos alrededor de su cuello, respirando juntos, sintiendo cómo el momento se desvanecía lentamente.
Después, en silencio, se separaron. Andrés buscó unos pañuelos sobre el escritorio y se los entregó sin decir nada.
Sara se limpió, se vistió despacio, con las piernas todavía temblando un poco.
Él se subió el pantalón, se acomodó la bata, volvió a sentarse detrás del escritorio.
Ella se sentó frente a él, del otro lado, como si nunca se hubiera movido de ahí.
Mientras se abotonaba la blusa, Sara vio que Andrés seguía sentado detrás del escritorio, con la mirada perdida en la foto de su esposa e hijo. No la miraba a ella.
—Andrés —dijo Sara, con voz baja.
Él levantó la cabeza. Sus ojos azules, que antes habían sido cálidos y seguros, ahora tenían algo distinto. Casi miedo.
—Esto no debería haber pasado —dijo él. No era un reproche. Era una constatación, dicha con la misma voz con que un médico da un diagnóstico grave—. Yo... soy tu médico. Y estoy casado. Y... —hizo una pausa— y tengo una esposa que no me mira como me mirabas tú hace un momento.
Sara sintió algo extraño. No era culpa. Era empatía. Este hombre, que parecía tenerlo todo controlado, también estaba roto por dentro.
—No voy a decir nada —dijo ella—. Esto se queda aquí.
Andrés asintió. Pero en sus ojos había algo más que alivio. Había una tristeza que Sara no había visto antes, y que la hizo preguntarse si él también llevaba años fingiendo.
—Gracias, Sara —dijo, y su voz, por primera vez, no era la del médico. Era la de un hombre que acababa de hacer algo que no sabía si podía permitirse.
El silencio duró unos segundos más de los necesarios. Entonces Andrés, con la voz que ya volvía a ser la del médico, dijo:
—Aquí tienes la receta. Son vitaminas. Tómalas con el desayuno.
Le entregó el papel. Sara lo tomó con la mano todavía temblando.
—Agenda la próxima cita en seis meses con la recepcionista —añadió él—. Todo está bien. No hay nada de qué preocuparse.
Ella asintió. Guardó la receta en la cartera.
Se levantó. Caminó hacia la puerta, y antes de salir se giró una vez.
Él la miraba desde el escritorio con la misma expresión profesional de siempre, como si nada hubiera pasado entre esas cuatro paredes.
Pero en sus ojos había algo más, algo que ella ya no necesitaba que él le explicara.
—Gracias, Andrés.
—De nada, Sara. Cuídate.
Salió al pasillo con las piernas que todavía no terminaban de obedecerle del todo.
Bajó en el ascensor sola. Afuera, Caracas seguía siendo Caracas: el tráfico de siempre, las vendedoras de empanadas en la esquina, la luz dura del mediodía.
Pero ella ya no era la misma mujer que había entrado dos horas antes.
Eso ya lo sabía, lo había sabido antes, aquella otra vez con Ricardo en el motel de la Cota Mil.
La diferencia, ahora, era que esta vez era una mujer casada con dos hijas.
En el taxi, la culpa llegó, pero no con la limpieza que ella hubiera querido.
No era una culpa que se pudiera llorar y soltar.
Era una mezcla incómoda de vergüenza y de deseo que todavía no terminaba de apagarse, de confusión y de un hambre que, por algún motivo que no quería examinar, seguía sin estar del todo saciada.
Se preguntó si Andrés lo había planeado, si la había estado esperando, si en algún gesto suyo, en alguna de esas doce consultas anteriores, ella le había dado una señal sin saberlo.
Y se preguntó, con una honestidad que le dolió más que la pregunta anterior, si en el fondo le importaba la respuesta.
En casa, las niñas todavía no habían vuelto del colegio.
La señora Carmen estaba en la cocina. Sara subió, se metió en la ducha, se frotó con el jabón más tiempo del necesario, pero el agua no se llevó la sensación de los dedos de él dentro de ella, ni el calor del semen, ni el sabor que todavía le quedaba en la boca.
Se sentó en el piso de la ducha y lloró sin entender del todo por qué, sin poder distinguir si era arrepentimiento o alivio o las dos cosas confundidas en la misma agua.
Cuando salió, se vistió con ropa normal, bajó a ayudar con el almuerzo. Las niñas llegaron del colegio, ella las abrazó, las besó, les preguntó por su día. Por fuera era la madre de siempre. Por dentro, un escombro tibio.