El diario de Sara Capítulo II #5
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Capítulo II #5

Y ahora la veo en el espejo del baño de la firma cuando me lavo las manos.

No sé quién será. Puede ser el colega de la mano que rozó la mía.

Puede ser un desconocido. Puede ser nadie, puede que me arrugue a último momento, que gane la dama, que cierre este cuaderno para siempre y siga dándome los sábados en la ducha hasta que el hambre se canse, si es que el hambre se cansa alguna vez. No lo sé. Lo honesto es que no lo sé.

Lo que sí sé es que ya no soy la mujer que era hace tres días, cuando entré a una librería de la avenida Francisco de Miranda a resguardarme de la llovizna.

Esa mujer todavía creía que escribir esto iba a ser un desahogo, una terapia barata, una manera de aguantar mejor la vida que tiene.

Y resulta que escribir esto no me está ayudando a aguantar.

Me está ayudando a ver. Y una vez que una ve, no puede desver.

Voy a guardar el cuaderno debajo de los expedientes.

Voy a salir de este cubículo y voy a ser, hasta la noche, la abogada impecable, la madre que recoge a las niñas, la esposa que tiene la cena lista.

Voy a ser la dama, completa, perfecta, como sé serlo.

Y la otra, la hambrienta, la que escribió todo esto, se va a quedar aquí, en el cajón, esperándome.

Pero ya no se va a quedar quieta. Eso lo aprendí hoy. Una vez que la dejas escribir, ya no se queda quieta nunca más.

El día llegó sin que Sara lo planeara, lo cual era, pensaría después, la única parte de toda esa mañana que podía llamarse honesta.

Era su control ginecológico bianual. Lo tenía anotado en la agenda desde hacía dos meses, entre la cita del dentista de Carolina y la reunión de padres del colegio, una línea más en la lista de las cosas que una mujer casada con hijas hace sin pensar demasiado en ellas.

Andrés Vásquez la atendía desde que tuvo a Carolina, años atrás.

Un hombre de cuarenta y cinco, barba gris recortada con la disciplina de quien revisa cada detalle de sí mismo igual que revisa a sus pacientes, ojos azules que tenían ese efecto extraño de hacer que la gente bajara la guardia sin saber exactamente por qué.

Sara nunca se había detenido a pensar en sus ojos.

O quizás sí lo había hecho, en algún momento que no se permitió recordar.

Se levantó temprano. Ernesto seguía dormido, las niñas también.

Se bañó, se vistió con la ropa que usaba para cualquier mandado: un falda cómoda, una blusa sin pretensiones, nada de encaje, nada que insinuara una intención que ella no tenía.

Eso se lo repitió frente al espejo con la convicción de alguien que necesita creer algo antes de que el día le demuestre lo contrario.

El centro médico olía a alcohol y a café recalentado, igual que siempre.

La sala de espera tenía las mismas revistas de hace seis meses.

Todo era exactamente igual a las doce veces anteriores que había estado ahí, y esa identidad absoluta con el pasado era, ahora lo sabe, la última frontera tranquila antes de que algo cambiara para siempre.

—Adelante —dijo la voz grave del otro lado de la puerta, cuando ella tocó dos veces con el nudillo del dedo medio, como siempre.

Andrés levantó la cabeza de los papeles que revisaba y sonrió con la sonrisa profesional de las doce consultas anteriores.

—Sara. Siéntate. ¿Cómo estás?

—Bien. ¿Y tú?

—Bien, bien. ¿Las niñas?

—En el colegio.

—¿Y tu esposo?

—Trabajando.

El intercambio tenía la cadencia de un ritual sin contenido, preguntas que no esperaban respuesta sino apenas confirmación de que el mundo seguía en su lugar.

Andrés preguntó por su último período, por los anticonceptivos, por síntomas que pudiera haber notado.

Sara respondió con la voz de cualquier paciente.

No hubo miradas que se demoraran de más, no hubo ninguna palabra con doble fondo.

Todo seguía siendo, hasta ese momento, exactamente lo que parecía.

Andrés hizo una pausa. Dejó el bolígrafo sobre el escritorio y se recostó en su silla, algo que no hacía en las consultas anteriores. Sara notó el cambio.

—¿Cómo está tu hijo? —preguntó, recordando que él le había contado una vez que su hijo mayor estaba a punto de irse a estudiar a Boston.

Andrés levantó la mirada. Por un momento, su cara cambió. No era la sonrisa profesional de siempre. Era algo más cansado.

—Se fue hace dos meses —dijo—. A Boston. Como te conté aquella vez.

—¿Y cómo estás tú con eso?

Él se quedó callado un segundo. Parecía considerar si responder con la verdad o con la cortesía de siempre. Eligió la verdad.

—Extraño —dijo—. No sabía que iba a extrañarlo tanto. Mi mujer me dice que es normal, que los hijos se van, que uno se acostumbra. Pero... no sé. La casa está más silenciosa. Y ella y yo... llevamos años siendo dos personas que viven en la misma casa y apenas se hablan.

Sara sintió un tirón en el pecho. No era compasión exactamente. Era reconocimiento.

—¿Y no han pensado en... no sé... hacer algo? —preguntó, sin saber bien qué ofrecer.

Andrés se rió. Una risa corta, sin humor.

—Hemos pensado en muchas cosas. Hacerlas es otra historia.

Se quedaron en silencio un momento. Sara sintió que, por primera vez, no estaba viendo al médico. Estaba viendo a un hombre. Un hombre que, igual que ella, se estaba secando por dentro al lado de alguien que ya no lo veía.

—Bueno —dijo Andrés, recuperando la voz profesional—. Vamos a hacer el examen.

Pero la mirada que le lanzó, antes de ponerse los guantes, ya no era la de siempre.

Entonces él le pidió que pasara detrás del biombo, como siempre, y Sara no supo —no podía saberlo todavía— que esa frase tan gastada por la repetición iba a partir su vida en dos mitades que ya nunca volverían a estar del mismo lado.

Mientras se desvestía detrás del biombo, Sara alcanzó a ver el escritorio de Andrés a través de la tela blanca.

Había una foto que no había notado antes: una mujer y un chico joven, de unos dieciocho años, que se parecía a él.

La mujer era atractiva, de sonrisa amplia, con el cabello recogido en un moño.

Sara apartó la mirada. No era asunto suyo.

Se quitó la ropa. Se puso la bata de papel, fría contra la piel, y se acostó en la camilla con los pies en los estribos, una postura que había adoptado tantas veces que su cuerpo ya no la registraba como nada. Esa mañana tampoco la registró como nada. Era, hasta ese segundo exacto, una consulta más.

Andrés entró. Se puso los guantes con el gesto mecánico de siempre, se sentó en el banquito entre sus piernas abiertas. Empezó el tacto. Sara cerró los ojos por costumbre, esperando la rutina de dedos que buscan el cuello del útero y se retiran en cuestión de segundos.

Pero los segundos se alargaron.

El primer indicio fue casi nada: un movimiento que duró una fracción más de lo necesario.

El segundo fue más claro: un giro lento, deliberado, que no buscaba nada médico porque ya lo había encontrado.

Sara sintió que algo en su cuerpo registraba el cambio antes de que su cabeza pudiera nombrarlo.

Una alarma que no sonaba como alarma sino como la Calidez, instalándose despacio entre sus piernas con una lógica que no tenía permiso para estar ahí.

No dijo nada. No protestó. Abrió la boca para hacerlo, sintió el aire entrar, y no salió ninguna palabra.

Andrés tampoco dijo nada. Siguió con esa lentitud nueva, esa exploración que ya no fingía buscar nada clínico, y Sara sintió que se humedecía con una entrega que no había firmado pero que tampoco podía desmentir.

El cuerpo, otra vez, sabiendo antes que la mente.

La cabeza diciéndole que aquello no estaba bien, que tenía que sentarse, que tenía que hablar; el cuerpo ya decidido, ya entregado, ya un paso adelante de cualquier objeción que la conciencia quisiera presentar demasiado tarde.

Entonces la otra mano de Andrés subió hasta su pecho, por encima de la bata de papel.

No fue un gesto de médico. Fue el gesto preciso de un hombre que sabe exactamente lo que está haciendo y que espera, con la paciencia de quien ya ha decidido el resultado, a ver si ella se lo permite.

El pezón se le endureció bajo la presión de los dedos de él, y Sara, sin poder evitarlo, sin querer evitarlo del todo, dejó salir un sonido bajo que en el silencio del consultorio resultó más nítido de lo que hubiera querido.

Y entonces ocurrió. Él introdujo el dedo en ella.

No fue la exploración clínica de siempre, sino una penetración lenta, deliberada, que buscaba un punto concreto.

Sara sintió cómo el dedo de él se deslizaba dentro de su humedad, cómo la llenaba apenas con esa primera intrusión, y el jadeo se le escapó de los labios antes de que pudiera contenerlo.

Un sonido corto, casi un sollozo, que ella no había autorizado pero que su cuerpo había decidido por su cuenta.

Andrés la miró. La miró con una atención nueva, como si ese jadeo fuera la respuesta que estaba esperando.

Sin apartar los ojos de su cara, comenzó a mover el dedo dentro de ella con un ritmo que ya no tenía nada de médico.

Era lento al principio, casi perezoso, como quien saborea un descubrimiento.

Después se volvió más firme, más profundo, trazando círculos internos que rozaban exactamente donde más sensibilidad se acumulaba.

Ahí. Un punto que ella conocía de sus propias manos pero que nunca había sentido explorado por otras, y que ahora, bajo el roce de él, se encendía con una intensidad que le nublaba la conciencia.

Sara sintió que las caderas se le movían.

No lo había decidido. Fue un movimiento involuntario, un impulso de su cuerpo por buscar más de aquella presión, por ajustar el ángulo para que el dedo de él rozara ese lugar que la hacía temblar.

Sus piernas se abrieron un poco más, su pelvis se elevó ligeramente, y todo su cuerpo empezó a responder al ritmo que él marcaba como si hubiera estado esperando esa caricia toda la vida.

Esto no debería estar pasando. Pero está pasando y no quiero que pare.

El pensamiento se formó en algún rincón de su cabeza, pero no encontró eco en el resto de ella.

Andrés la observaba mientras la masturbaba, y en sus ojos había un brillo de satisfacción calculada.

Vio cómo el cuerpo de ella se entregaba, cómo las caderas se movían buscando más, cómo los pezones se endurecían bajo la bata, cómo los labios se entreabrían y cada respiración se volvía más honda.