El diario de Sara Capítulo II #4
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Capítulo II #4

Me habría dicho que no fuera malagradecida.

Que mire a su alrededor, que mire cómo está el mundo, que mire los maridos que tienen otras.

Que Ernesto es una bendición y que esas cosas que yo siento son lujos de mujer que nunca pasó hambre de la de verdad.

Y lo peor es que tendría razón, desde su lugar tendría toda la razón, y yo me quedaría sintiéndome lo que ella me hiciera sentir: una niña caprichosa quejándose de que el pastel no tiene suficiente azúcar.

Por eso escribo en un cuaderno y no le hablo a mi hermana.

Porque el cuaderno no me dice que sea agradecida.

El cuaderno me deja ser, por un rato, las dos Saras al mismo tiempo: la que tiene una vida que cualquiera querría y la que no la aguanta.

En ningún otro lugar de mi vida esas dos pueden estar juntas.

En la oficina solo está la doctora. En la casa solo está la esposa y la mamá.

En la ducha solo está la otra, la de las fantasías.

Aquí, en estas páginas, por primera vez, están todas, sentadas en la misma mesa, mirándose.

Y descubro que tienen mucho de qué hablar.

No siempre fue así, y eso es lo que más cuesta de aceptar.

Al principio Ernesto y yo sí teníamos algo.

No el incendio de Ricardo, nunca el Ardor, pero sí un fuego decente, de esos que calientan una casa aunque no la incendien.

La luna de miel la pasamos en Margarita, en un hotel frente al mar, y ahí mi marido fue otro hombre durante diez días.

Se reía más. Me buscaba a media tarde. Una mañana hicimos el amor con la ventana abierta y el ruido del mar entrando, y él me dijo al oído algo que no era "gracias", algo que se parecía a lo que yo necesitaba, y yo pensé, tonta de mí, que eso era el matrimonio y que el matrimonio iba a ser así.

Lo que no entendí entonces es que ese Ernesto de Margarita era un Ernesto de vacaciones, un hombre que se había dado permiso por diez días de ser quien no se permitía ser en la vida real.

Al volver a Caracas, al volver al banco, a la rutina, a la idea de mí como su esposa y ya no como su novia, ese hombre se fue guardando.

No de golpe. De a poco, como se guarda la ropa de verano cuando llega el frío.

Primero dejó de buscarme a media tarde. Después dejó de decirme cosas al oído.

Después se instalaron los martes y los sábados.

Y cada cosa que se iba, se iba tan despacio que yo no podía señalar el día, no podía decir "aquí lo perdí", porque no hubo un aquí, hubo un desvanecimiento largo de años.

Tuvimos a Carolina a los seis meses de casada, y a Valentina a los dos años y medio después, y los hijos, que dicen que unen, en lo físico separan.

El cansancio, las noches sin dormir, los cuerpos cambiados, el pudor nuevo de ser papá y mamá.

Todo eso fue echando tierra encima de lo poco que quedaba.

Y un día, sin que ninguno lo decidiera, nos despertamos siendo esto: dos socios cariñosos en la empresa de criar a dos niñas y sostener un apartamento en La Castellana.

Buenos socios. Leales. Eficientes. Pero socios.

Lo escribo sin rencor, porque rencor no es lo que tengo.

Lo que tengo es una pena enorme por los dos.

Porque a Ernesto tampoco le tocó la vida que soñó, seguramente.

Él soñó con una esposa que lo recibiera con ganas, y le tocó una que le finge orgasmos del tamaño justo.

Él también está solo en esa cama, aunque no lo sepa, aunque su soledad sea más cómoda que la mía porque a él no le falta nada que él pueda nombrar.

Los dos estamos solos. La diferencia es que yo me di cuenta y él no, y darse cuenta es una desgracia y una suerte al mismo tiempo.

* * *

Tengo que contar lo del jueves en la firma, porque es lo más cerca que he estado de que algo pase, y necesito verlo escrito para entender qué hice y qué no.

El colega del que hablé antes —no voy a poner su nombre, ni siquiera aquí— me pidió ayuda con un caso.

Nos quedamos hasta tarde, después de que se fue casi todo el mundo, revisando un expediente en la sala de reuniones chica, la del fondo, la que no tiene ventana al pasillo.

Estábamos los dos inclinados sobre la misma carpeta, hombro con hombro, y en un momento él dijo algo, una broma sobre el cliente, y yo me reí, y al reírme giré la cara y él estaba mirándome.

No el expediente. A mí. Con esa cara que yo no veía dirigida hacia mí desde hacía tanto tiempo que tardé un segundo en reconocerla.

Y se hizo un silencio. De esos silencios que no son la ausencia de palabras sino una cosa con cuerpo, una cosa que ocupa la sala.

Él no se movió. Yo no me moví. Estábamos tan cerca que yo le sentía el Fervor del brazo, le olía la colonia mezclada con el cansancio del día.

Y durante ese silencio —que habrá durado tres segundos, cuatro— yo supe, con una claridad de abogada que mide pruebas, que si yo no hacía nada, si solo me quedaba quieta un segundo más, él iba a cruzar esa distancia.

Lo supe como se sabe que va a llover. Estaba ahí, listo, esperando la señal mínima de que podía.

Y yo me eché para atrás. Recogí los papeles, dije algo sobre la hora, sobre las niñas, sobre que mañana seguíamos, con una voz que me salió más firme de lo que me sentía por dentro.

Él también se enderezó, carraspeó, volvió a ser un colega.

Recogimos. Nos despedimos en el ascensor con una normalidad fabricada. No pasó nada.

No pasó nada. Pero manejé hasta la casa con las manos temblándome en el volante, y no era de miedo.

O no solo de miedo. Era de haber estado, por primera vez en trece años, en el borde mismo de la cosa.

De haber sentido que un hombre me deseaba en tiempo presente, no en una fantasía de ducha, no un hombre sin cara, sino uno con nombre y colonia y Energía del brazo, a treinta centímetros, decidido.

Y de haber descubierto, con un susto que todavía me dura, que la parte de mí que se echó para atrás y la parte de mí que se quería quedar tenían más o menos el mismo tamaño.

Aquella noche, en la cama, al lado de Ernesto dormido, no me toqué ni fantaseé.

Me quedé quieta, con el corazón lento, pensando en la sala de reuniones del fondo.

Y entendí que el cuaderno se me estaba quedando corto.

Que una cosa es escribir el hambre y otra es tenerla enfrente, con nombre, esperando un sí.

La primera la controlo. La segunda, no sé.

Y no saber, a mi edad, con mi vida, es lo más peligroso que me ha pasado en mucho tiempo.

* * *

Anoche pasó una cosa pequeña que lo resume todo.

Estábamos en la cama, cada uno con su libro, esa estampa de matrimonio sólido que tantas veces vi en las casas de los otros y que ahora habito desde adentro.

Ernesto leía una biografía de un empresario, de esas que él lee para mejorar en el banco.

Yo tenía una novela abierta pero no la leía; miraba la misma página hacía rato.

En un momento él se rió solo de algo que leyó, me miró por encima de los lentes, y me contó el chiste del empresario.

Yo me reí. Me reí de verdad, porque era gracioso.

Él me sonrió, contento de haberme hecho reír, me dio una palmadita en el muslo por encima de la sábana —una palmadita, como se le da a un buen perro, a un compañero de equipo— y volvió a su libro.

Y yo me quedé mirando esa mano que volvía a la biografía del empresario, esa mano que un minuto antes me había tocado el muslo sin que se le moviera nada por dentro, y sentí una tristeza tan grande y tan callada que tuve que fingir que se me había metido algo en el ojo para que él no me viera.

Porque ahí estaba todo. Trece años de matrimonio en una palmadita en el muslo.

Cariño verdadero, ternura verdadera, compañía verdadera.

Y ni una chispa. Ni el fantasma de una chispa.

La mano de un hombre que me quiere y que ya no me ve.

No era martes ni sábado, así que no iba a pasar nada más, y los dos lo sabíamos, y a ninguno de los dos le pareció raro.

Apagamos la luz a las once. "Buenas noches, mi amor."

"Buenas noches." Cada uno para su lado. Y yo me quedé despierta, como tantas noches, escuchándolo respirar, queriéndolo y odiándolo en la misma proporción exacta, que es la cosa más agotadora que existe.

¿Cómo se le explica eso a alguien? ¿Cómo le explico yo a mi madre, a mi hermana, a una jueza si algún día llegara a eso, que mi causal de divorcio es una palmadita en el muslo?

No hay artículo en el Código Civil para esto.

No hay abandono, no hay adulterio, no hay sevicia.

Hay un hombre bueno que me da palmaditas.

Y hay una mujer que se está secando por dentro al lado de él, fingiendo que le entró algo en el ojo.

Los domingos vamos a almorzar a casa de mi mamá, en Los Chaguaramos, y ahí la representación se vuelve completa.

Mi mamá, que enviudó a los cuarenta y nunca volvió a mirar a un hombre, me ve llegar con Ernesto y las niñas y se le ilumina la cara.

Para ella, yo soy la prueba de que ella crió bien, de que del desastre de la muerte de mi papá salió algo en orden.

Ernesto le sigue la conversación, le arregla la cosa del teléfono que nunca funciona, se ríe de sus chistes viejos.

Las niñas comen. Yo sirvo, recojo, sonrío.

Y a veces, lavando los platos en la cocina de mi infancia, miro por la ventana al patiecito donde jugaba de niña y pienso que esa niña no habría creído que la mujer en la que se convirtió iba a sentirse tan sola en una mesa tan llena.

Tengo que volver al trabajo. La hora del almuerzo se me fue en esto, y tengo una reunión a las dos con un cliente que se divorcia mal, de los que sí dejan huellas, y voy a tener que ponerme la cara de la doctora Figueroa y olvidarme, por las próximas horas, de que existe esta otra que escribe.

Pero antes de cerrar el cuaderno quiero dejar escrita una cosa, para acordarme, para cuando relea esto dentro de un tiempo y quiera saber qué estaba pensando exactamente hoy, este martes, a la una y media de la tarde, con el sándwich frío.

Sé que algo va a pasar. No lo deseo y no lo busco —todavía no—, pero lo sé cómo se saben las cosas del cuerpo antes que la cabeza.

Una mujer no compra un cuaderno de tapas color vino, no lo esconde de su marido, no empieza a mirarse otra vez en el espejo, no vuelve a notar las miradas en los pasillos, sin que todo eso esté empujando hacia algún lado.

Yo conozco a esa mujer. La he visto cruzar mi oficina muchas veces, del otro lado del escritorio, ya decidida sin saberlo.