El diario de Sara Capítulo II #3
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Capítulo II #3

Necesito el respeto: en la calle, en la firma, frente a mis hijas, frente a mi madre, necesito ser la doctora Figueroa, la señora de la casa, la mujer impecable a la que nadie le falta el respeto.

Y necesito, en mi propia cama, en la oscuridad, exactamente lo contrario.

Necesito que me agarren del cabello. Que me digan al oído cosas que de día me sonrojarían.

Que un hombre me pida cosas que yo nunca me atrevería a pedir.

Que me deseen con la franqueza de un hambre y no con la delicadeza con que se quiere a un objeto que se puede romper.

Mi marido es la mitad perfecta de esa frase. La mitad pública. La mitad que me agradece, que me corre la silla, que me presenta con orgullo. Y la mitad que me falta es la que me come por dentro, la que cada sábado intento darme yo sola en la ducha con resultados que cada vez me alcanzan menos.

Lo peor de todo esto es que no tengo a quién culpar.

Si Ernesto me pegara, si me engañara, si me humillara, yo tendría una historia limpia, una de esas historias que las amigas aplauden y los abogados —yo misma— resuelven en seis meses.

Pero Ernesto no hace nada de eso. Ernesto es bueno.

Y una no se divorcia de un hombre bueno porque la besa con respeto.

No hay tribunal en el mundo, ni siquiera el tribunal de mi propia conciencia, que me dé la razón.

La causa de mi infelicidad es algo de lo que ni siquiera puedo quejarme en voz alta sin sonar malagradecida, caprichosa, una niña rica del deseo que tiene de todo y todavía llora.

Y sin embargo aquí estoy. Escribiendo a la una de la tarde, con un sándwich a medio comer, con la rabia de siempre.

Esa rabia, ese mal humor, también tengo que registrarlo, porque ya no se queda adentro.

Ya se sale. Llevo meses con un mal humor crónico, sordo, una irritación que está siempre debajo de todo, como un dolor de muelas que una se acostumbra a tener pero que no se va.

Me sale con la gente del trabajo, con la señora que me ayuda en la casa, con Ernesto por tonterías que no tienen nada que ver.

Y, lo que más me duele, me sale con las niñas.

Carolina, que tiene los ojos atentos de su padre, esos ojos que no se les escapa nada, me ha preguntado dos veces este mes, con esa vocecita de quien tantea un terreno minado: "Mami, ¿estás brava?"

. Las dos veces le contesté que no, mi amor, que estoy cansada del trabajo.

Y las dos veces, después, me encerré en el baño y me quedé sentada en el borde de la bañera con una culpa que me duraba horas.

Porque mi hija está aprendiendo a leer el clima de su madre, está midiendo si hoy se puede acercar o si hoy mejor no, y esa no es una cosa que una hija deba aprender.

Yo la aprendí con mi mamá después de que murió mi papá, ese arte de adivinar el humor del adulto para saber por dónde caminar, y me prometí, cuando nacieron, que mis hijas no iban a tener que aprenderlo nunca.

Y aquí estoy, enseñándoselo sin querer. Porque tengo hambre. Porque a una mujer con hambre se le agria el carácter, y la mía se les está agriando a mis hijas en la cara.

Eso es lo que me da más miedo de todo esto.

No es el deseo en sí; el deseo, ya a esta edad, casi lo respeto, le tengo menos vergüenza que antes.

Lo que me da miedo es en qué me estoy convirtiendo por no poder darle salida.

Una mujer amargada. Una madre de mal genio.

Una esposa que mira a su marido bueno dormir tranquilo y siente, en lugar de ternura, una rabia que no se merece.

Me estoy volviendo alguien que no quiero ser, y me estoy volviendo eso despacio, educadamente, sin que se note, igual que se muere mi matrimonio.

Debería contar cuál fue la noche. La noche en que entendí que el cariño ya no compensaba.

No fue una noche especial. Si lo hubiera sido, sería más fácil de explicar.

Fue un sábado de hace unos meses. Ernesto y yo habíamos cumplido con la coreografía de siempre, y él se había dormido con su suspiro de hombre satisfecho, y yo me había quedado boca arriba, mirando el techo, con esa insatisfacción de costumbre que ya casi ni registraba.

Hasta ahí, una noche igual a mil noches.

Lo distinto fue que esa noche no pude dormir.

Y en el insomnio, sin proponérmelo, me puse a hacer cuentas.

Cuentas de las feas. Tengo treinta y tres años, pensé.

Si vivo lo que vivió mi abuela Sara, me quedan unos cincuenta.

Cincuenta años. Y de pronto vi, con una claridad que me heló la sangre, los martes y los sábados de esos cincuenta años, uno detrás de otro, la lámpara de la mesita, el beso de tres segundos, el pecho izquierdo primero, los doce minutos, el "gracias, mi amor".

Vi cinco mil noches iguales extendidas frente a mí como un pasillo de hospital, todas con la misma luz, todas con el mismo silencio después.

Y me senté en la cama. Con el corazón golpeándome.

Con ganas de gritar y sin poder, porque al lado dormía un hombre bueno y al fondo del pasillo dormían dos niñas.

Me senté en la cama a las tres de la mañana y por primera vez en trece años pensé una frase completa, redonda, terrible: no quiero que esta sea mi vida.

No fue el cuerpo el que pensó eso. El cuerpo lo venía diciendo hacía rato, a su manera tonta, con la humedad de los sábados y el mal humor de las tardes.

Esa noche lo pensó la cabeza. Y cuando la cabeza piensa una cosa así, ya no hay manera de devolverla a la caja.

Una puede taparla, postergarla, distraerla con el trabajo y las niñas y la lista del mercado.

Pero la frase queda. Y todo lo que viene después —este cuaderno, por ejemplo— es solo esa frase buscando la forma de volverse verdad.

Lo digo en serio. Una mañana, después de la ducha de un sábado, en lugar de salir corriendo a hacer el desayuno, me quedé parada frente al espejo del baño, con el vapor todavía empañando los bordes, y me miré.

De verdad. No la mirada rápida de todos los días para ver si la blusa combina o si tengo una cana nueva.

Una mirada larga, honesta, la que una no se da casi nunca porque da miedo lo que pueda devolver.

Y lo que me devolvió el espejo no era lo que yo esperaba.

Yo esperaba ver a una señora cansada, a una madre de dos, a una mujer en la curva descendente.

Y vi otra cosa. Vi un cuerpo de treinta y tres años que todavía está.

Los pechos, que dos embarazos cambiaron pero no arruinaron.

La cintura, que se sigue dibujando. Las caderas, que ahora son caderas de mujer y no de muchacha y que, me atrevo a escribirlo, son mejores así.

Me miré la curva de la espalda, el cuello, la línea de la mandíbula, y por primera vez en años no me vi con los ojos críticos de la dueña de casa sino con otros ojos.

Con los ojos con que me miraría un hombre que me deseara. Y me gustó lo que vi.

Eso me asustó más que cualquier fantasía de la ducha.

Porque una cosa es desear, y otra cosa es saberse deseable.

El deseo lo puede tener una a solas, encerrada con dos seguros.

Pero saberse deseable es algo que empuja hacia afuera, hacia el mundo, hacia los otros.

Es una mujer parándose distinto, caminando distinto, sosteniendo una mirada un segundo de más.

Y yo llevaba años entrenada en lo contrario: en hacerme la que no nota, la que no provoca, la esposa que no le da a nadie motivos para mirarla dos veces.

Empecé a notar las miradas otra vez. O quizás siempre estuvieron y yo había dejado de verlas.

El hombre del estacionamiento del edificio, que ahora me abre la puerta con una sonrisa que dura un poco más de lo necesario.

Un colega de la firma, casado también, que en las reuniones busca sentarse donde pueda verme y que el otro día, al pasarme un expediente, me rozó la mano de una manera que pudo ser un accidente o pudo no serlo.

No ha pasado nada. Quiero ser muy clara conmigo misma en este cuaderno, que es el único lugar donde no me puedo mentir: no ha pasado nada, y yo no he hecho nada.

Pero algo en mí, que estaba apagado, se volvió a prender.

Y ahora registra. Ahora la mujer que camina por los pasillos de la firma vuelve a saber cuándo la miran, y, lo más peligroso, vuelve a que le importe.

Es como tener un sentido que se durmió y despierta.

Durante años fui ciega y sorda a eso, por elección, por supervivencia matrimonial, porque una esposa fiel aprende a no recibir señales que no piensa contestar.

Y de pronto el aparato volvió a funcionar, y capta, y yo no sé qué hacer con lo que capta.

Por ahora lo único que hago es escribirlo aquí.

Pero sé, con la misma certeza con que supe aquella noche que no quería esa vida, que escribirlo no va a alcanzar mucho tiempo.

El jueves pasado almorcé con Adriana, y estuve a punto de contarle.

Mi hermana es la única persona del mundo a la que podría contarle algo así.

Adriana me crió tanto como mi madre, me compró el primer sostén, me explicó la regla, me sostuvo la noche que murió mi papá.

Pero Adriana se volvió, con los años, una mujer dura, de esas que la vida golpeó temprano y que decidieron que la respuesta era no mostrar nunca una grieta.

Se divorció hace seis años de un hombre que sí era malo, de los que sí dejan huellas, y desde entonces vive sola, trabaja, cría a su hijo, y mira el matrimonio de los demás con una desconfianza de veterana de guerra.

Almorzamos en un sitio de comida árabe cerca de mi oficina.

Hablamos de mi mamá, que está cada día más insoportable y más sola; de su hijo, que entró a la universidad; del país, de cómo todo está más caro, de las conversaciones de siempre.

Y en algún momento, no sé por qué, ella me preguntó cómo iba con Ernesto.

No me lo preguntó con interés real; me lo preguntó como se pregunta por el clima.

Y yo abrí la boca para decir "bien, como siempre", que es lo que digo siempre, y por un segundo, un segundo nada más, sentí el impulso de decirle la verdad.

De decirle: Adriana, me estoy muriendo por dentro.

De decirle: tengo treinta y tres años y hace meses que no me desea nadie, ni siquiera mi marido, que me cumple.

De decirle: me da miedo lo que soy capaz de hacer.

No le dije nada de eso. Le dije "bien, como siempre", y le di un mordisco al sándwich. Y ella asintió y siguió hablando de mi mamá.

¿Por qué no le dije? Lo pensé después, en el carro, de vuelta a la oficina.

No le dije porque sé exactamente lo que me habría contestado.