Capítulo II #2
Es de esos hombres disciplinados que el fin de semana, en vez de descansar, se castigan el cuerpo con diez kilómetros y vuelven sudados y orgullosos.
Sale a las siete. Las niñas duermen hasta tarde, Carolina porque tiene trece años y a esa edad el sueño es un pozo sin fondo, Valentina porque imita a su hermana en todo.
Así que entre las siete y las nueve, los sábados, la casa es mía.
Mía de una manera que ningún otro momento de la semana me pertenece.
Me levanto despacio. Me preparo un café y me lo tomo de pie en la cocina, mirando por la ventana cómo el sol va subiendo por el cerro y lo va encendiendo de verde y de oro.
Hay algo en ese café solitario, en ese silencio, que es lo más parecido a la libertad que conozco.
Después subo. Cierro la puerta del cuarto con seguro.
Entro al baño y cierro también la puerta del baño con seguro, aunque no haya nadie, aunque las niñas duerman y Ernesto esté a kilómetros sudando entre los árboles.
Dos seguros. Como si lo que voy a hacer necesitara dos puertas entre el mundo y yo.
Abro la ducha. Espero a que el agua salga caliente. Y me meto debajo.
Ahí, durante un rato que nunca dura lo suficiente, soy una mujer que Ernesto no conoce. Que nadie conoce. Que ni yo misma conocía hasta hace unos años.
Me toco. Despacio al principio, casi con desconfianza, como quien vuelve a un lugar del que se fue hace tiempo y no sabe si lo van a recibir.
Después con la urgencia que el cuerpo me reclama después de tantos meses de tibieza.
Con la espalda apoyada en los azulejos fríos, que hacen un contraste rico con el agua caliente que me cae por la nuca y me corre por los hombros y por los pechos y por el vientre.
Con los ojos cerrados. Una mano abajo y la otra en el pecho, igual que Capté sola hace una vida, solo que ahora las manos saben exactamente lo que hacen, ya no hay torpeza, ya no hay susto.
Hay un cuerpo de treinta y tres años que se conoce y que se da, con una precisión triste, lo que su marido no le da.
Y mientras me toco, fantaseo.
Esa es la parte que el agua se lleva y nadie sabe.
Las fantasías van cambiando, pero todas tienen una cosa en común: en todas, alguien me desea con una franqueza que en mi cama real no existe.
A veces es un hombre sin cara que me agarra contra una pared, sin preguntar, sin pedir permiso, con una mano en el cuello y la otra subiéndome la falda.
A veces es un hombre que me dice cosas al oído, cosas sucias, precisas, cosas que ningún hombre de verdad me ha dicho jamás porque a las damas no se les dicen esas cosas.
A veces es un hombre que me toma por detrás, inclinada sobre el lavamanos del baño de un restaurante, con la música y las voces del otro lado de la puerta, mientras en la mesa Ernesto conversa con sus primos sin saber que su esposa, la dama,
está a veinte metros dejándose hacer lo que él nunca le haría.
A veces son dos. Dos hombres que me tocan al mismo tiempo, cuatro manos, dos bocas, y yo en el centro sin tener que elegir, sin tener que cuidar a nadie, solo recibiendo.
La Sara de la ducha se atreve a todo. Porque sabe que nadie la va a juzgar, que el agua se lleva la evidencia, que cuando cierre la llave y se seque y baje a hacerles el desayuno a las niñas, nadie va a sospechar lo que pasó por su cabeza.
Es la mujer que la otra Sara guarda bajo llave los otros seis días de la semana.
La que no puede salir a la calle. La que no puede sentarse en la oficina ni en la mesa de mi madre ni en la reunión de padres del colegio.
La que solo existe veinte minutos, los sábados, debajo del agua.
Mis dedos encuentran el camino sin necesidad de pensarlo.
Ya lo saben. La yema del índice roza el clítoris con la presión exacta, la que he aprendido después de tantas mañanas de práctica solitaria.
No es caricia: es hambre. Comienzo trazando círculos lentos alrededor, sintiendo cómo la piel se humedece bajo el roce, cómo el Fervor se acumula en el centro de mi vientre y empieza a irradiar hacia las piernas.
El agua caliente golpea mi nuca, resbala por mi espalda, pero yo solo siento el fuego que mis dedos están avivando abajo.
Aprieto el ritmo. Dos dedos ahora, índice y anular, frotando más rápido, más firme.
Así. Justo así. El clítoris se hincha bajo la presión, sensible, eléctrico, y mi otra mano sube a apretarme un pecho, el izquierdo, el que siempre responde primero.
Pellizco el pezón hasta que se endurece, y el dolor pequeño, el dolor dulce, viaja directo a mi entrepierna y me hace arquear la espalda contra los azulejos fríos.
Necesito más.
Sin detener el roce circular sobre el clítoris, deslizo dos dedos de la mano derecha hacia la entrada.
Lentos al principio, sintiendo la resistencia, la humedad que ya los recibe.
Los empujo hacia adentro. Un gemido se me escapa, ahogado por el agua, pero el sonido me excita más porque sé que es mío, que nadie va a oírlo.
Los dedos se hunden hasta el fondo. Dios.
El calor dentro de mí es distinto del agua, es más denso, más mío.
Los muevo: dentro y fuera, dentro y fuera, mientras el pulgar sigue masajeando el clítoris en círculos amplios, cada vez más rápidos.
El ritmo se acelera sin que yo lo decida.
Es el cuerpo el que pide más, más adentro, más fuerte, más.
Los dedos se mueven con una urgencia que ya no puedo controlar, y la otra mano me aprieta el seno con más fuerza, los dedos clavándose en la carne.
Casi, casi. Siento la tensión acumularse en el bajo vientre, el ardor que se concentra, que vibra, que pide salir.
Aprieto los dedos dentro de mí, los curvo buscando ese punto, ese lugar que siempre me rompe, y lo encuentro.
Las paredes de mi vagina se contraen alrededor de mis propios dedos y sé que no falta nada, que el orgasmo ya está ahí, esperando.
Un espasmo. Dos. La explosión me sacude entera, me dobla las rodillas, me arranca un gemido largo, grave, gutural, que el ruido del agua apenas alcanza a disimular. Los dedos siguen dentro, sintiendo las contracciones, las olas que se van apagando, los espasmos que se vuelven temblores pequeños.
Acabo. Casi siempre acabo, porque me conozco, porque sé qué teclas tocarme y en qué orden.
Un temblor breve contra los azulejos, una contracción que me dobla un poco las rodillas, un sonido que dejo escapar porque el agua lo tapa.
Y por un momento, por unos pocos segundos gloriosos, el hambre se calla.
Pero después.
Después es donde está el problema, y por eso lo escribo, porque es lo nuevo, lo que me trajo a comprar este cuaderno.
Antes, lo de la ducha me alcanzaba. Salía liviana, tranquila, en paz con mi vida.
Ahora ya no. Ahora salgo de la ducha, me seco, me pongo la bata, bajo a exprimir naranjas y a hacer arepas para mis hijas, y a los diez minutos siento que no resolví nada.
Que el alivio fue un parche sobre una herida que está más abajo de donde llegan mis dedos.
El cuerpo acabó, sí, pero algo en mí se quedó con hambre, una rabia sorda, una insatisfacción que no es del cuerpo sino de más adentro.
Porque lo que yo necesito no es acabar. Acabar lo hago yo solita, gracias.
Lo que yo necesito es que me lo haga otro.
Que haya unos ojos mirándome mientras pasa.
Que haya un deseo ajeno, un hambre que no sea la mía, una voz que me diga lo que soy en ese momento.
Y eso, por más que abra los dos seguros y cierre los ojos y fantasee con todos los hombres sin cara del mundo, no me lo puedo dar yo.
Hay una fantasía que vuelve más que las otras, y la escribo porque escribirla quizás me ayude a entender qué es lo que de verdad me falta, que no es lo que parece.
En esa fantasía no pasa casi nada, y por eso me sorprende que sea la que más me prende.
Estoy vestida, arreglada, en algún lugar público —una cena, una fiesta, da igual—, y hay un hombre que me mira desde el otro lado del salón.
No me toca. No se acerca apenas. Solo me mira, durante toda la noche, con una insistencia que no se disculpa, con un deseo que no esconde y que tampoco me exige nada.
Y yo siento esa mirada en la nuca, en la espalda, en las piernas, como una mano que no llega.
Esa es toda la fantasía. Una mirada que me sostiene durante horas sin pedir permiso ni pedir disculpas.
Cuando me doy cuenta de que esa es la que más me gusta, entiendo algo de mí que la fantasía de los dos hombres y el lavamanos no me decía.
Lo que me falta no es el acto. El acto lo tengo, los martes y los sábados; pobre, mecánico, pero lo tengo.
Lo que me falta es ser deseada. Que alguien me mire y no pueda evitarlo.
Que mi cuerpo, este cuerpo de treinta y tres años que dos hijas usaron y que el matrimonio dejó de ver, vuelva a ser, en los ojos de alguien, una cosa que se desea sin remedio.
Ernesto me quiere. Pero quererme y desearme se separaron hace tanto en él que ya viven en ciudades distintas.
Y una mujer puede vivir mucho tiempo siendo querida sin ser deseada.
Lo que no sabía, lo que estoy aprendiendo a los treinta y tres, es que ese arreglo tiene fecha de vencimiento, y que la mía ya pasó.
Por eso, cuando salgo de la ducha y el alivio se evapora a los diez minutos, no es que el cuerpo se quedó con ganas de más fricción.
Es que me di yo misma la única cosa que sé darme —el final— y me quedé sin la única cosa que no me puedo dar: los ojos del otro.
Una se puede tocar el cuerpo entero, conocerse cada tecla, llegar siempre al mismo lugar.
Pero no se puede mirar a una misma con deseo ajeno.
Eso, por definición, tiene que venir de afuera.
Y afuera, en mi vida, no hay nadie. Hay un marido bueno que me trata como una reina y me toca como a una hermana.
Hay una frase que escribí en una servilleta hace unas semanas, en un café, y que rompí enseguida porque me dio miedo que alguien la leyera. La voy a escribir aquí, donde está más segura, porque es la verdad más exacta y más vergonzosa que tengo sobre mí misma:
Yo quiero que me traten como una dama por fuera y como una puta en la cama.
Ya está. Lo escribí. Y no me voy a disculpar por la palabra, porque busqué otras durante semanas —mujer libre, mujer entregada, mujer sin pudores— y ninguna decía lo que esa dice.
Necesito las dos cosas, y las necesito completas, y no me sirve una sin la otra.