Capítulo II
Vuelvo al cuaderno tres días después de la primera vez.
Esta vez no en la casa, sino en la oficina, a la hora del almuerzo, con la puerta entrecerrada y el teléfono en silencio.
Lo tengo escondido en el cajón de abajo del escritorio, debajo de una torre de expedientes que nadie va a mover porque son míos y porque a nadie en esta firma le interesa lo que yo guardo, salvo a mí.
No quería tenerlo en la casa. La casa es de Ernesto tanto como mía, y en la casa todo lo que se guarda termina, tarde o temprano, encontrándose.
Aquí no. Aquí soy abogada, soy la doctora Figueroa, soy una mujer de traje gris y cara seria, y nadie sospecharía que en el cajón de los expedientes hay un cuaderno de tapas color vino donde una señora de treinta y tres años escribe lo que no se atreve a decir en voz alta.
La primera entrada me dejó una sensación rara.
Eufórica, pero rara. Como un perro que ha estado encerrado mucho tiempo y de pronto lo sueltan en un terreno y corre sin dirección, por el puro gusto de que las patas le respondan.
Escribí de dónde vengo. De mi papá, de Adriana, de los novios, de la noche en que conocí a Ernesto en aquel cumpleaños.
Conté el principio. Pero al cerrar el cuaderno me di cuenta de que había contado solo la mitad.
La mitad ordenada. La que se puede leer en voz alta sin que a una le tiemble la mano.
Faltó la otra parte. La que se desordenó por dentro mientras todo se ordenaba por fuera.
Voy a escribirla ahora, aunque me cueste, porque para eso compré el cuaderno y no para hacerme una autobiografía bonita.
Mi matrimonio se está muriendo.
Lo escribo así, sin rodeos, y al verlo escrito me asusta menos de lo que pensé.
Porque no es una muerte de las que se notan.
No hay otra mujer, no hay gritos, no hay platos rotos, no hay esa cosa sucia y dramática que una ve en las telenovelas y que al menos tiene la dignidad de ser visible.
Lo mío con Ernesto se está muriendo de la manera más educada que existe.
Se está muriendo de buenos modales. De mañanas tranquilas.
De cenas correctas. De besos cortos en la frente.
De "buenas noches, mi amor" dichos por costumbre, con la luz ya apagada, mirando cada uno para su lado.
Se está muriendo de la mejor manera posible, que es la peor de todas, porque no deja una sola huella que alguien pueda señalar.
Si yo le contara a mi madre, o a mi hermana, o a cualquiera de las mujeres con las que almuerzo los jueves, que mi matrimonio se acaba, lo primero que me preguntarían es qué pasó.
Y yo tendría que decirles que no pasó nada.
Que ese es justamente el problema. Que no pasa nada desde hace tanto tiempo que el no-pasar-nada se volvió una presencia, un mueble más en la casa, una cosa con la que tropiezo todas las noches.
Ernesto no ve nada de esto. Y no lo ve porque, dentro de su lógica, a él no le falta nada.
***
Tengo que ser justa con él, porque este cuaderno no sirve de nada si lo uso para mentirme.
Ernesto es un buen hombre. No lo digo con resignación, lo digo con verdad.
Es trabajador, es honesto, no me ha levantado la mano nunca ni me la levantaría, no me ha sido infiel ni creo que se le pase por la cabeza.
Trae el dinero, paga las cosas, se acuerda de los cumpleaños, llama a mi mamá por su santo.
Es el tipo de marido que las mujeres de su generación le pidieron a Dios de rodillas y que la mía todavía exhibe como un logro.
Cuando salimos con sus primos, las esposas me miran con una envidia mal disimulada, porque Ernesto me corre la silla, me sirve primero, me pone la mano en la espalda baja para guiarme entre la gente con una caballerosidad que ya casi no se ve.
Y dentro de su cabeza, esa caballerosidad es amor.
Para Ernesto, un matrimonio bueno es exactamente esto: una esposa fiel, dos hijas sanas, un apartamento pagado, una mesa puesta cada noche.
Él cumple con cada una de esas casillas y las cumple bien.
No se equivoca, dentro de los parámetros que le enseñaron.
El que se equivocó fui yo, que me casé sabiendo que el fuego no estaba, apostando a que el cariño iba a alcanzar.
Y el cariño alcanzó muchos años. Hasta que una noche, hace unos meses, descubrí que ya no.
Voy a escribir cómo es el sexo con mi marido, porque si no lo escribo no estoy escribiendo nada.
Pasó, con los años, de ser una cosa a ser un trámite.
Sucede los martes y los sábados. No es que lo hayamos acordado; simplemente el cuerpo de Ernesto, que es un hombre de costumbres como su padre y como el padre de su padre, encontró esos dos días y se quedó ahí.
Martes y sábado. Veinticinco minutos, contando desde que apaga la luz del techo hasta que se da vuelta a dormir.
Lo sé porque una noche, hace tiempo, por pura curiosidad amarga, miré el reloj antes y después.
La coreografía es siempre la misma, y la conozco de memoria como se conoce el padrenuestro: sin pensarlo, sin sentirlo, las palabras solas.
Ernesto se acuesta. Apaga la luz del techo.
Deja prendida la lámpara de la mesita, porque le gusta verme un poco, dice, y eso siempre me pareció lo más tierno que tiene.
Se gira hacia mí. Me besa en la boca, un beso de tres segundos, seco, con la lengua apenas rozando la mía, como pidiendo permiso para algo que ya tiene concedido desde hace trece años.
Me baja la mano a un pecho por encima del camisón, me lo aprieta dos veces —dos, siempre dos—, y me sube la mano por el cuello hasta la oreja, donde sabe, porque se lo enseñé yo misma hace una vida, que tengo un punto que me hace soltar un suspiro.
Y yo le doy el suspiro. Por reflejo. Porque si no se lo doy, se preocupa.
Esa es la parte que más me cuesta confesar, incluso aquí, incluso a mí misma con la puerta entrecerrada y nadie leyendo por encima de mi hombro.
Que yo participo de la mentira. Que llevo años calibrando un fingimiento del tamaño exacto para que él no note que finjo.
Después del suspiro, me sube el camisón.
Me besa los pechos, uno y después el otro, treinta segundos cada uno, en el mismo orden invariable, el izquierdo primero siempre, como si el derecho fuera un destino al que solo se llega pasando por el izquierdo.
Me pasa la mano entre las piernas y comprueba si estoy lista.
Y los últimos años, casi nunca estoy lista, porque mi cuerpo aprendió hace rato que esto no va a llevarlo a ninguna parte y dejó de molestarse en prepararse.
Entonces él se humedece los dedos con saliva, con una naturalidad de enfermero, y me toca un par de minutos hasta que el cuerpo responde por puro automatismo, porque el cuerpo es tonto y responde a la fricción aunque la cabeza esté a kilómetros.
Después se acuesta encima de mí. Me penetra. Se mueve doce, quince minutos. Acaba con un suspiro corto contra mi cuello. Me besa en la frente. Me dice "gracias, mi amor". Y se da vuelta a dormir.
Gracias, mi amor.
Llevo años tratando de descifrar esas tres palabras.
Al principio creí que eran ternura. Después empecé a oírlas como lo que de verdad son: el agradecimiento de un hombre a una mujer que le permitió cumplir con una obligación.
Como quien le da las gracias al cajero del banco.
Gracias por atenderme. Gracias por estar.
Gracias por dejarme hacer esto que necesito hacer para sentirme tranquilo y dormir.
Yo finjo un orgasmo pequeño cada vez. Pequeño, calculado, modesto.
No puede ser grande, porque si fuera grande él notaría la diferencia con todos los demás, y empezaría a hacer preguntas, y yo no sabría qué contestarle.
Así que es un suspiro un poco más hondo de lo normal, una contracción mínima de las caderas, un "ay, mi amor" dicho al oído en el momento justo.
Ernesto lo recibe como la prueba de que cumplió, y se relaja, y se duerme satisfecho de sí mismo, de su matrimonio, de la vida correcta que ha construido.
Lo finjo por él tanto como por mí. Por compasión hacia él y por pereza propia, porque a estas alturas explicarle la verdad sería un trabajo de meses y yo no tengo la energía.
La última vez que de verdad acabé con Ernesto fue hace como medio año.
Una noche cualquiera, después de una cena con sus primos, en que él tomó dos copas de vino de más y volvió a la casa con algo distinto en el cuerpo.
Aquella noche se demoró. No sé qué le pasó —el vino, una conversación, algún recuerdo de cuando éramos otros—, pero se demoró más de lo habitual en mi cuello, en mis pechos, bajó con la boca por mi vientre, cosa que no hacía hacía años,
y se quedó entre mis piernas con una lentitud que yo había olvidado que existía en él.
Y acabé. De verdad. Con una contracción larga que me dejó temblando, agarrada de su pelo, mordiéndome el labio para no despertar a las niñas.
Al día siguiente, en el desayuno, con las niñas todavía dormidas, le dije que me había gustado mucho cómo había estado la noche anterior. Se lo dije con cuidado, con cariño, como quien deja una puerta abierta. Él me sonrió, me dio un beso en la cabeza, y me dijo que se le hacía tarde.
Y esa noche, y la siguiente, y todas las que vinieron, volvió a la coreografía de siempre. Como si mi comentario, en lugar de animarlo, lo hubiera incomodado. Como si yo le hubiera señalado algo que él prefería no mirar.
Ahí entendí algo de mi marido que no había entendido en trece años.
Ernesto no es un mal amante por incapacidad.
Es un mal amante por convicción. Para él, casarse significó renunciar al hombre que fue con sus novias de antes.
Ser marido, en su cabeza, es ser proveedor, cumplidor, respetuoso.
Es no manchar a su esposa con las cosas oscuras que alguna vez hizo con otras.
Yo sé, porque me lo contó una vez, temprano, cuando todavía nos contábamos cosas, que con una novia que tuvo antes de mí hacía cosas que conmigo no haría nunca.
Me lo contó casi pidiendo perdón, como si fuera un pasado sucio del que se había salvado al encontrarme.
Y ahí está la trampa en la que vivo. Ernesto me trata como una dama. En la calle se lo agradezco todos los días. En la cama me condena.
Tengo una vida secreta, y ocurre los sábados en la mañana.
Los sábados Ernesto se levanta temprano y se va a correr al parque del Este.