Capítulo I #6
Porque en ese nos casamos había una decisión tomada.
Un hombre que no iba a salir corriendo. Un hombre que se hacía cargo.
Un hombre adulto en lugar de un muchacho asustado.
No hubo gran fiesta ni iglesia llena de flores.
Fue una ceremonia pequeña, en la sala de mi mamá, con el sol de la tarde entrando por los ventanales y el olor a café recién hecho flotando en el aire.
Casi cuarenta personas, las justas. Los padrinos fueron los eternos amigos de Ernesto: Raúl y Santiago, aquellos dos que habían llegado esa noche con él, con su botella de whisky y sus risas de desconocidos.
Raúl —bajo, de cabello negro siempre impecable y barba corta recortada con esmero, la barriga prominente asomando bajo la camisa— era el alma de la fiesta, el que hacía reír a mi madre, el que bailaba con las tías y las hacía girar hasta marearlas.
Santiago, en cambio, era tan alto como Ernesto, de pelo rubio y ojos verdes que brillaban con cada chiste que soltaba, una sonrisa amplia que conquistaba a todos antes de que terminara de hablar.
Juntos eran un equipo perfecto: uno contaba el chiste y el otro lo remataba, y los invitados se doblaban de la risa.
Yo los miraba desde mi rincón, con mi vestido beige, corto, sintiendo la barriga apenas visible bajo la tela, y pensé que ojalá Ernesto tuviera la mitad de esa ligereza.
Pero no. Ernesto era serio, sólido, un hombre que no se reía con facilidad pero que cuando lo hacía, lo hacía de verdad.
Y yo me había casado con él, no con sus amigos.
Carolina nació seis meses más tarde. Valentina dos años y medio después.
Y la vida se nos armó alrededor de las niñas con esa rapidez con la que se le arma a las parejas jóvenes que tienen hijos enseguida.
Me gradué de abogada con Carolina en brazos.
Conseguí mi primer trabajo. Después un segundo.
Ernesto subió en el banco. Compramos un apartamento en La Castellana, mucho más grande que el de Chacao.
Bruno, el perro, vivió con nosotros hasta los once años, y cuando murió las niñas lloraron tres semanas.
Mi mamá, ya con un compañero estable, venía los domingos.
Adriana tuvo dos hijos también. Las primas se hicieron amigas.
La familia se nos armó como una construcción ordenada, gradual, sin escándalos.
Esa es, todavía hoy, la vida que se ve desde afuera.
La vida de una mujer afortunada. Y la verdad es que yo soy, en muchos sentidos del mundo, una mujer afortunada.
Tengo un marido que me respeta. Tengo hijas sanas.
Tengo un trabajo que me apasiona en una firma que me valora.
Tengo una madre que volvió a sonreír. Tengo una hermana que es mi mejor amiga.
En casi todos los sentidos del mundo, yo soy una mujer que no debería estar escribiendo este cuaderno.
Y, sin embargo, lo escribo.
Cierro los ojos un segundo y veo a Ernesto durmiendo al fondo del pasillo.
Lo veo de espaldas, con el brazo izquierdo cayéndose un poco fuera de la cama, con la respiración pausada de los hombres que duermen tranquilos.
Lo veo y siento por él la misma cosa que sentí esa noche en el cumpleaños de Adriana, esa cosa que entró por la cabeza y se me quedó.
Lo amo. Lo amo todavía. Lo voy a amar siempre, en alguna forma, aunque pasen años y aunque pasen cosas que no quiero anticipar todavía.
Pero hay otra cosa. Y esa otra cosa también es verdad. Y este cuaderno es para anotar las dos verdades a la vez, porque la vida adulta, escribirlo me cuesta, no se puede contar con una sola verdad por persona.
La otra cosa es que mi cuerpo, ese cuerpo que me empezó a hablar una tarde en mi cuarto cuando yo era casi una niña, ese cuerpo que descubrió en el motel de la Cota Mil que había un techo más alto del que yo conocía, ese cuerpo todavía está vivo.
Todavía pide. Todavía sabe la diferencia entre la Calidez y el incendio.
Y todavía se pregunta, cada vez con menos paciencia, si la vida que me tocó es todo lo que va a tocar.
Esa pregunta —¿qué no me haría sentir un hombre que además de saber lo que hace me ame?
— no se me fue. Se me quedó. Se transformó.
Se fue volviendo una pregunta más lenta, más adulta, más oscura.
Y ahora, en un matrimonio bueno, con dos hijas dormidas en sus cuartos y un marido bueno durmiendo al fondo del pasillo, esa pregunta es la que me tiene escribiendo a las once y media de la noche con la lamparita baja.
Mañana es martes. Tengo trabajo en la firma. Tengo que llevar a Valentina al colegio porque Ernesto sale temprano. Tengo una junta a las once con un cliente nuevo. La rutina sigue. La vida que se ve desde afuera no se va a interrumpir por nada que yo escriba en este cuaderno.
Pero adentro algo se está armando. Algo que llevo meses sintiendo y que recién hoy, con este cuaderno abierto, me animo a empezar a nombrar.
Soy una mujer hambrienta de algo que mi marido no me da. Y ya no sé hasta cuándo voy a aguantar el hambre.
Cierro la lapicera. Apago la lamparita. Subo al cuarto. Me meto en la cama al lado de Ernesto. Él se da vuelta dormido y me echa el brazo encima. Yo cierro los ojos.
Mañana es otro día. Y yo, mañana, todavía voy a ser la misma mujer que soy hoy.
Pero pasado mañana, no sé.