Capítulo I #5
Cuando cerré la puerta detrás de él y de sus amigos, apoyé la espalda en la puerta y cerré los ojos.
Me latía el corazón despacio, pero me latía distinto.
Era un latido profundo, de eco largo. No era la taquicardia nerviosa de Jorge ni la taquicardia carnal de Ricardo.
Era el latido de una certeza que apenas empezaba a instalarse en mis huesos: este hombre va a cambiar mi vida, y yo voy a dejar que lo haga.
Esa misma madrugada, en la cama, sin dormir, lo pensé con una claridad que me sorprendió.
Pensé: yo me quiero casar con un hombre como este.
Tenía diecinueve años y pensaba en casarme con alguien a quien había conocido seis horas antes.
Me vino la vergüenza. Me dije a mí misma que era ridículo, que estaba leyendo demasiadas novelas, que seguramente él no llamaba.
Pero no pude quitarme la idea de la cabeza.
Llamó al día siguiente. A las doce del mediodía, para respetar los horarios de una muchacha seria. Me invitó a almorzar el martes.
Dije que sí.
Con Ernesto me enamoré rápido pero distinto.
Distinto, quiero decir, de cómo me había deseado a Ricardo y de cómo había apreciado a Jorge.
Con Ernesto la cosa entró por un lado que yo no tenía cartografiado.
Entró por la cabeza. Por las conversaciones.
Por las cenas que se nos hacían las dos de la mañana sin que nos diéramos cuenta.
Por la manera que tenía él de explicarme un asunto del banco, un asunto que en boca de cualquier otra persona me hubiera aburrido en cinco minutos, y que en su voz me parecía una clase magistral.
Por las observaciones que hacía sobre la gente, sobre la política venezolana, sobre los libros, sobre mi propia familia.
Ernesto era un hombre que pensaba todo el tiempo.
Y al pensar en voz alta conmigo, me hacía pensar a mí también.
Me sacaba una versión de mí misma que ningún otro novio había sacado.
Me besó por primera vez la tercera cita, en el estacionamiento de mi edificio, con un beso que duró quizás veinte segundos y que me dejó mareada.
Me sedujo cómo besaba. Besaba con la boca cerrada al principio, despacio, estudiándome, y solo después de un rato abría los labios y me buscaba la lengua con la suya.
No apuraba nada. No me metía la mano debajo de la blusa en el primer beso, como Ricardo.
No temblaba, como Jorge. Tenía una seguridad amable.
Como si supiera que me iba a tener y no necesitara probármelo a sí mismo esa noche.
La primera vez que me llevó a su apartamento fue dos meses después.
Dos meses de cenas, de paseos, de besos largos en su carro, de conversaciones que se extendían hasta la una de la mañana en restaurantes que ya estaban cerrando.
Dos meses en los que Ernesto, sin presionarme, sin insistirme, sin reclamarme, me esperó.
Cuando finalmente lo hicimos, fue una noche de viernes en su apartamento de Chacao.
Bill Evans sonando bajo en la sala, una luz tenue, un perro mestizo que se llamaba Bruno olfateándome los pies cuando entré.
Ernesto me preparó un whisky. Me sentó en el mueble.
Me besó largo, sin urgencia, con esa paciencia suya que ya empezaba a reconocer como su firma. Después me llevó al cuarto.
Hicimos el amor con una calidez que yo no había probado antes.
Ernesto era cuidadoso pero no torpe. Era atento pero no asustado.
Me besó por todas partes, me preguntó cosas con la voz baja, me hizo gemir contra su hombro de una manera que me resultó nueva.
No fue el huracan que había sido Ricardo.
No fue la urgencia descarada. Fue otra cosa.
Fue una mañana cálida en lugar de una explosión.
Fue un sol largo en lugar de un relámpago.
Acabé esa noche dos veces con él. La primera con su boca, la segunda con su cuerpo encima del mío.
Las dos veces fueron suaves, profundas, completas.
No fueron los temblores violentos del motel.
Pero fueron, en algún sentido distinto, más enteros.
Porque mientras Ernesto se movía dentro de mí, me miraba a los ojos.
Y mientras me miraba a los ojos, me decía cosas.
Cosas que no eran cosas eróticas. Cosas que eran de otra dimensión.
Me dijo, en algún momento de esa noche, ya casi al final: "contigo me quiero pasar la vida".
Yo tenía diecinueve años y pensé que ese hombre estaba apurado. Le dije que se calmara, que recién nos conocíamos. Pero por dentro, lo que yo pensaba era exactamente lo mismo que él. Yo también me quería pasar la vida con él. Yo también, en esa cama, lo había decidido.
Y ahí está el matiz que necesito escribir con cuidado en este cuaderno, porque todo lo que voy a contar después depende de que se entienda este matiz.
Con Ricardo yo había descubierto el cuerpo. Con Ernesto yo estaba descubriendo el amor.
No eran lo mismo. Y yo, a los diecinueve años, no entendía todavía que un día iba a tener que elegir entre las dos cosas si no las encontraba juntas en una sola persona.
Pero aquella noche, en la cama de él, oliendo el sándalo que tenía en la mesita de noche, escuchando a Bill Evans sonar bajito desde la sala, sintiendo a Bruno arañar la puerta para entrar al cuarto, yo tomé una decisión que no me confesé a mí misma hasta mucho después.
Decidí que el amor pesaba más que el Ardor.
Decidí que un hombre como Ernesto valía más que un orgasmo como el de Ricardo.
Decidí, sin decirlo, que yo iba a aprender a vivir con un sexo bueno pero no incendiario, a cambio de tener al lado, todas las noches, a un hombre que me hablara como Ernesto hablaba.
Esa decisión, escribirla acá hoy, me corta el aire.
Porque la entiendo ahora. La decisión fue de una mujer joven que no sabía aún cuántos años son una vida.
Una mujer joven que pensaba que las cosas que se aplastan se quedan aplastadas.
Que la otra mujer adentro de mí —la que había despertado en mi cuarto sola y la que había salido a respirar en el motel de la Cota Mil con Ricardo— iba a aceptar quedarse callada para siempre porque yo había escogido bien al esposo.
La otra mujer no aceptó quedarse callada para siempre.
Pero esa parte de la historia no la voy a contar todavía. Esa es para el siguiente capítulo de este cuaderno.
Quedé embarazada de Carolina tres semanas después de esa primera noche en el apartamento de Chacao.
No nos cuidamos. No por descuido entero, no por torpeza, sino por una mezcla de las dos cosas y de algo más, una decisión silenciosa de los dos que no se confesó verbalmente pero que estuvo ahí desde el segundo encuentro.
Yo lo supe a las seis semanas, en el baño de la cafetería de la universidad, con un test de farmacia que me costó ocho mil bolívares y que esperé tres minutos con los ojos cerrados, recostada contra la pared, repitiéndome a mí misma que no podía ser.
Cuando abrí los ojos, las dos rayas estaban ahí.
Llamé a Adriana. Le dije, con una voz que no reconocí: "estoy embarazada". Adriana se quedó en silencio unos segundos, y después me dijo: "ok, vente para mi casa".
Esa misma noche se lo dije a Ernesto. Le pedí que viniera a casa. Llegó a las seis de la tarde, con una flor que había comprado en el camino, una rosa blanca un poco triste dentro de un papel celofán. Yo lo senté en la sala, le pedí que se tomara un café, y le dije, sin adornos:
—Estoy embarazada.
Se quedó quieto. Dejó la taza sobre la mesa con una precisión extraña, como si el hecho de no romper la taza fuera lo único que pudiera controlar en ese momento.
Me miró. Me miró como si estuviera revisándome entera, desde el cabello hasta los pies, confirmando que yo era yo y que lo que le acababa de decir era real.
Después sonrió. Fue una sonrisa pequeña, contenida, pero fue una sonrisa. Me tomó la mano. Me preguntó:
—¿Y tú qué quieres hacer?
Yo le dije, con una honestidad que me sorprendió, porque no la había ensayado:
—Quiero tenerlo.
Él asintió. Lento.
—Bueno. Entonces nos casamos.
Sin romanticismo. Sin una pedida con anillo y rodilla.
Una frase corta, casi técnica. Y yo, que había crecido soñando con un anillo en una caja de terciopelo y una cena con velas, me sentí, contra todo pronóstico, profundamente aliviada.