El diario de Sara Capítulo I #4
7%

Capítulo I #4

La casa de mi mamá no era grande. Era un apartamento de tres cuartos en Los Chaguaramos, con una sala que daba a un pequeño balcón y una cocina estrecha donde no podían estar dos personas al mismo tiempo sin chocarse.

Adriana había insistido en que el cumpleaños fuera ahí, a pesar de que ella ya estaba casada y vivía en otro lado, porque quería que mi mamá no se sintiera sola ese día.

Yo me bañé temprano. Me sequé el pelo castaño que me llegaba a los hombros, lacio, con un cuidado que casi nunca me daba, y me puse un vestido negro, ajustado en la cintura, con un escote en V que no era atrevido pero tampoco era inocente.

Me giré frente al espejo. Las caderas anchas que siempre me habían dado vergüenza ahora se veían bien con esa tela.

Las piernas, largas, asomaban bajo el dobladillo.

No era alta, pero el tacón me ayudaba. Tenía los ojos verdes más brillantes de lo normal.

Me pinté los labios de un rojo sobrio. Me miré en el espejo antes de salir del cuarto y sentí, por un segundo, ese orgullo extraño y casi culpable de quien sabe que se ve bien.

Me acuerdo de que pensé: "hoy me dejo mirar".

No sé por qué lo pensé. A veces el cuerpo adivina cosas que la cabeza todavía no ha entendido.

La gente empezó a llegar en grupos. Primos, amigas del colegio, amigos del trabajo de Adriana.

Yo me encargué de atender la puerta. Cada vez que sonaba el timbre, yo era la que abría.

Y fue así como, a las diez y diez de la noche, abrí la puerta y encontré a tres hombres que yo no conocía, con una botella de whisky y una caja de cerveza, y una cara de no saber muy bien si estaban en el apartamento correcto.

—Disculpa, ¿aquí es el cumpleaños de Adriana? —preguntó serio, el del medio, el que parecía el líder del grupo.

—Aquí es —dije yo, y me hice a un lado para dejarlos pasar.

El que había preguntado entró primero, sonriendo con alivio. Detrás de él, un hombre más alto, de hombros anchos y cabello rubio, me tendió la mano con una sonrisa fácil.

—Santiago —dijo—. Pero todo el mundo me dice Santi.

—Sara —respondí, devolviéndole el apretón.

Nos quedamos viendo fijo a los ojos varios segundos y me pareció un hombre muy atractivo.

El tercero que rompió la magia, algo más gordito que venía cerrando la fila, llevaba una camisa a cuadros y una gorra de béisbol. Me guiñó un ojo al pasar.

—Raúl —dijo, sin detenerse—. Encantado.

Los tres entraron. El que había preguntado se volvió hacia mí cuando ya estaba dentro, como si recién ahora me viera de verdad. Me miró de arriba abajo sin disimulo, y yo sentí la temperatura subirme a las mejillas.

—Ernesto —dijo, extendiendo la mano—. Ernesto Figueroa.

—Sara —dije, y mi voz me salió más baja de lo que quería.

Me miró un segundo más, con esos ojos color miel que luego no podría olvidar, y después se giró hacia sus amigos, que ya estaban abriendo la botella de whisky en la cocina.

Y esa fue la primera vez que vi a los tres juntos. Ernesto, Santi y Raúl. No supe entonces que el destino tenía planes para cada uno de ellos en mi vida. Pero este cuaderno, supongo, es para ir descubriéndolo.

Ernesto Figueroa trabajaba en un banco, en el área de crédito.

Era de Maracay originalmente, pero llevaba cuatro años en Caracas.

Vivía solo, alquilaba un apartamento pequeño en Chacao, y mencionó todo esto durante la primera media hora de la fiesta como quien recita un currículum corto y honesto, sin presumir, sin disculparse, sin vender.

Me lo presentaron a los veinte minutos, con un trago en la mano. Ernesto extendió la mano, me dio un apretón firme, seco, de hombre que ha estrechado muchas manos en su vida, y me preguntó qué estudiaba. Le dije que derecho. Él asintió como si le pareciera una respuesta razonable.

Volteé buscando al rubio y lo vi a lo lejos hablando con mi hermana y me decepcioné algo pero volví la atención al chico de ojos ámbar.

—¿En qué año?

—Cuarto.

—Te faltan dos.

—Dos y medio —le corregí.

Sonrió.

—Los dos y medio son los que importan.

No sé por qué esa frase me gustó tanto. Era una frase ligera, una frase de salón, el tipo de frase que un hombre dice para llenar un silencio con una mujer joven en un cumpleaños.

Pero me encantó. Me fascinó que no me preguntara enseguida qué rama del derecho me interesaba, como hacían todos, ni si iba a trabajar en el público o en el privado.

Me gustó que me dijera algo que sonaba a broma y a consejo al mismo tiempo.

Me cautivó la economía de sus palabras. Una observación pequeña que cargaba más que un discurso.

Terminamos conversando durante media hora en un rincón de la sala, cerca del balcón.

La gente bailaba en el centro. Adriana había pedido merengue y salsa vieja, nada de reguetón, nada de electrónica.

Yo movía los pies sin bailar. Ernesto me miraba con una atención que me incomodaba y me halagaba por partes iguales.

—¿Y tú qué haces? —le pregunté.

—Banco. Crédito. Nada interesante.

—No me lo creo.

—No te miento. Miro hojas de Excel todo el día. Leo balances. Calculo tasas. Me pagan bien, eso sí.

Se rió. Tenía una risa corta, casi seca, pero honesta.

—¿Estudiaste finanzas?

—No estudié nada. Empecé como cajero a los veinte años y fui subiendo. En el banco hay dos tipos de gente: los que tienen título y los que saben. Los que saben cobran menos al principio, pero terminan mandando.

Esa frase la dijo sin ninguna amargura, como quien enuncia una ley física.

Y yo registré, sin darme cuenta del todo, que ese hombre tenía una forma de pensar que no se parecía a la de ninguno de los muchachos que yo había conocido en la facultad.

Una forma directa, sin teatro, sin envidia, sin posturas.

Era como si Ernesto hubiera resuelto, antes de los treinta, una cantidad de preguntas internas que la mayoría de los hombres no resuelve nunca.

Le hablé de mi papá, sin saber muy bien por qué.

Le dije que había muerto, que yo lo extrañaba todavía, que yo en el fondo estudiaba derecho por él.

Ernesto no me interrumpió. No me preguntó cosas obvias.

No me dijo lo siento. Escuchó con los ojos puestos exactamente en mis ojos, sin moverse.

Cuando terminé de hablar, asintió muy despacio y me dijo:

—Los padres buenos te dejan una brújula. Aunque ya no estén, tú sabes para dónde es el norte.

Me quedé quieta. Fue una frase sencilla, pero me pareció la frase más linda que alguien me hubiera dicho en mucho tiempo. La guardé como se guarda una moneda antigua. La estoy recordando ahora, años después, y todavía me parece verdadera.

Hablamos de todo. Le conté de mis pasantías, del profesor de civil que me tenía aburrida, de una amiga que me había prestado una novela de un autor chileno que me estaba deslumbrando.

Él me contó de su mamá, que vivía en Maracay y que lo llamaba los domingos sin falta.

Me contó que tenía un perro chico que le había regalado una vecina, un perro mestizo al que había llamado Bruno sin pensarlo mucho.

Me contó que le gustaba correr los sábados en la mañana en el parque del Este.

Me contó que había querido ser músico a los dieciocho años, que había tocado guitarra en una banda de tres personas durante un año y que después se había dado cuenta de que no tenía el talento necesario ni la paciencia para tenerlo.

—Y lo dejé sin traumas —me dijo—. Una de las mejores decisiones de mi vida fue aceptar que había cosas en las que yo no iba a ser bueno.

Esa frase también me gustó. Era una frase de hombre adulto. Un hombre que sabía dónde estaban sus límites y que no se había roto la vida intentando saltárselos. Una madurez que yo no había visto antes, no de cerca, no en hombres jóvenes.

Hablamos tres horas, sentados en el piso de la sala, contra la pared, los zapatos a un lado, los dos vasos vacíos.

La gente fue bajando. La música cambió a salsa lenta.

Mi hermana Adriana dormía la cabeza en el hombro de su marido en un mueble.

A la una y media de la mañana, los dos amigos de Ernesto le hicieron una seña de que ya se iban. Él se paró. Yo también.

Y entonces pasó algo curioso, algo que vale la pena escribir aquí porque marca la diferencia con todo lo anterior.

Yo había bebido tres copas de vino. Estaba relajada.

Estábamos los dos parados, mirándonos, en el medio de la sala.

Y en cualquier otra noche con cualquier otro hombre, mi cuerpo se hubiera adelantado.

Yo habría dado un paso. Lo habría besado.

O habría esperado a que él me besara. Cualquiera de las dos cosas.

Esa noche no pasó nada de eso. Esa noche yo no quise besarlo en la sala de la casa de mi mamá.

Y Ernesto, sin que yo le dijera nada, lo registró.

No intentó nada. No me pidió mi número con esa sonrisa de cazador que ponen los hombres cuando van a la captura.

Me dijo, con la misma voz tranquila de toda la noche:

—¿Puedo llamarte?

—Sí.

Anotó mi número en su celular, con los dedos gruesos, seguros, de hombre que firma documentos importantes —pulsaban las teclas con una concentración que me pareció enternecedora.

Está guardando mi número como quien guarda algo valioso.

Yo le di el número completo con el código del área como si estuviera dictando un poema.

Cada número era una sílaba, cada sílaba un verso que él escribía sin saberlo.

Terminé, y él levantó la mirada hacia mí.

Esa mirada color miel, cálida, que me decía que no quería irse.

Pero las horas pesaban, y sus amigos ya estaban en la puerta.

Santi, con la camisa de lino medio desabotonada y la sonrisa de quien ha bebido suficiente whisky para perder el filtro, se despidió de mí con un beso en la mejilla.

Raúl iba detrás, la gorra ladeada, tarareando una salsa que no lograba recordar del todo.

Ernesto se despidió el último, como si quisiera estirar el momento.

Me dio la mano, pero al soltarla me rozó los dedos con los suyos.

Sin prisa. Sin excusa. Fue un roce mínimo, casi un accidente.

Pero yo lo sentí en la nuca, en el centro del pecho, en algún lugar que no sabía que tenía nombre.

Se fue. Santi y Raúl bajaban las escaleras riendo, empujándose, celebrando algo que solo ellos entendían.

Ernesto se volvió una vez antes de doblar el pasillo.

Me miró como quien se despide de una estación de tren sabiendo que va a volver al día siguiente.