El diario de Sara Capítulo I #3
5%

Capítulo I #3

Lo dejé. Me entregué a su ritmo, a esa coreografía de seducción que él dominaba como un idioma antiguo.

Ricardo conocía cosas que Jorge no había imaginado siquiera en sus momentos más audaces.

Jorge siempre había sido un trámite de piel contra piel, una necesidad que se resolvía con torpeza y silencio.

Ricardo, en cambio, era un explorador. Me besó por dentro de los muslos primero, demorándose en cada centímetro de piel, su barba incipiente rozando mi superficie con una aspereza que me hacía vibrar.

Era una paciencia calculada que me fue subiendo el Fervor del cuerpo grado por grado, como si cada beso fuera un leño arrojado a una fogata que apenas comenzaba.

Me besó por encima de la tela de la ropa interior, con la boca caliente apenas presionando contra el algodón.

La Calidez de su aliento traspasó la fibra y yo me dejé caer hacia atrás sobre la cama, rindiéndome al peso de mi propio deseo, y cerré los ojos.

El mundo se redujo a la sensación táctil de sus labios.

Sentí su aliento a través del algodón, una ráfaga húmeda que me hizo arquear la espalda instintivamente.

Sentí los dedos de él pasando por la cara interna de mis muslos en círculos lentos, ascendentes, que evitaban el centro de mi placer solo para hacer que el hambre fuera más voraz.

El pulso me latía en un lugar específico, fuerte, con una urgencia que no había anticipado; era un latido sordo, profundo, que reclamaba su presencia.

Después me corrió la tela a un costado. Fue un gesto simple, casi mecánico, la misma maniobra que yo me hacía a mí misma en mi cuarto desde hacía años para buscar un consuelo solitario.

Pero hecha por otro, la diferencia me cortó el aire.

No era el frío de mi propia mano, era la temperatura invasiva de un hombre que sabía exactamente lo que buscaba. Y bajó la cabeza.

Lo que pasó en los minutos siguientes lo escribo aquí porque este cuaderno no es para mentirme, y porque marcó un antes y un después en mi vida.

Ricardo me hizo sexo oral. Esa fue la primera vez en mi vida que un hombre me hizo eso.

Jorge no se había atrevido, quizás por un pudor malentendido o por una falta de curiosidad que ahora me parecía imperdonable.

Yo nunca lo había pedido; ni siquiera sabía que mi cuerpo tenía derecho a esa clase de atención.

Yo no sabía, siquiera, que era una opción del menú real, fuera de los libros que leía a hurtadillas imaginando mundos imposibles.

Su lengua encontró exactamente donde mis dedos habían encontrado por años, ese pequeño núcleo de nervios que guardaba el secreto de mi clímax.

Pero su lengua no era mis dedos. Su lengua era cálida y ancha y sabía moverse de maneras que mi mano nunca había sabido moverse.

Era una presión constante, un ritmo que oscilaba entre la suavidad de una caricia y la firmeza de una demanda.

Me agarré de la sábana con las dos manos, hundiendo las uñas en la tela hasta que mis nudillos blanquearon.

Le clavé los talones en la espalda, queriendo acercarlo más, queriendo que se fundiera conmigo.

—Dios —grité al techo, mi voz quebrada por una intensidad que me asustaba—. Me gusta. ¡Dios, cómo me gusta!

Soltaba sonidos que no me había oído soltar nunca, sonidos largos, graves, sonidos que me venían de un lugar nuevo, de una profundidad que había permanecido sellada bajo llave.

Él me sostuvo las caderas con las dos manos para que yo no me apartara, sus dedos marcando mi piel con una fuerza que me hacía sentir poseída.

No me dejó moverme. Me obligó a quedarme ahí, recibiendo, recibiendo, recibiendo. Yo nunca había recibido tanto.

En mi cuarto, sola, con mi mano, yo había aprendido un placer que tenía un techo.

Un placer modesto, doméstico, conocido. El placer que una mujer se puede dar a sí misma cuando no tiene a quién pedírselo y la soledad es la única compañera.

Lo que Ricardo me estaba dando esa noche era otra cosa entera.

Era una expansión de mis propios límites.

Era descubrir que el techo que yo conocía no era el techo verdadero.

Que arriba de ese techo había otro cuarto, vasto y luminoso.

Y que adentro de ese otro cuarto había una mujer que yo no sabía que vivía adentro de mí, una mujer hambrienta y libre.

Esa mujer salió esa noche. Salió por primera vez, reclamando su lugar en el mundo.

Cuando llegué, no fue como yo había llegado en mi cuarto.

No fue un temblor corto y un sonido ahogado contra la palma de la mano.

Fue una cosa larga, partida, profunda, que me sacudió desde el centro hasta la punta de los pies.

Fue un estallido de colores detrás de mis párpados.

—Qué rico, oh, qué rico —balbuceaba, mientras mi vagina se contraía en espasmos rítmicos y violentos alrededor de su lengua.

Solté un grito —un grito real, no un sonido contenido— que rebotó contra las paredes del motel y que en ese segundo, francamente, no me importó si lo escuchaba el cuarto de al lado.

Me arqueé hacia arriba contra su boca, buscando agotar hasta la última gota de esa sensación.

Le clavé los talones más fuerte, mis muslos temblando sin control.

La respiración se me cortó cinco segundos, un vacío absoluto donde solo existía el goce.

Cuando volví a respirar, lloré. Lloré sin entender por qué lloraba, con las dos manos cubriéndome la cara, sintiendo todavía las olas pequeñas que me iban dejando el cuerpo, como la resaca de una tormenta perfecta.

Ricardo subió por la cama, reptando sobre mi cuerpo como una sombra cálida.

Me besó la boca con una ternura que contrastaba con la ferocidad de lo que acababa de hacerme.

Me dejó sentirme a mí misma en sus labios, una cosa nueva, salada, mía y de él al mismo tiempo, un sabor que me anclaba a la realidad de mi propia carne.

Me dijo al oído, con su voz ronca: "eso, chica, era lo que te faltaba".

Lo dijo con una sonrisa burlona, pero no me importó la burla.

Hubiera dicho que sí a cualquier cosa que él me dijera en ese momento; yo era suya, redescubierta por sus manos.

Después me hizo el amor. Se deshizo de su ropa con una eficiencia que me dejó ver su miembro por primera vez a la luz mortecina de la lámpara.

Era imponente, una columna de carne pulsante que prometía llenarme de una manera que Jorge nunca logró.

Cuando entró en mí, sentí una plenitud que me hizo cerrar los puños.

—No pares, por favor, no pares —le suplicaba mientras él se movía con una cadencia experta.

No quiero entrar en una descripción larga porque ya lo importante había pasado, pero sí quiero anotar que mientras él se movía adentro de mí, yo pensaba —una idea clara, lúcida, en medio del Fervor — que recién en ese instante entendía qué era acostarse con un hombre.

Que lo de Jorge no había contado más que como un prólogo mal escrito.

Que durante meses yo había estado convencida de que ya conocía el sexo, y que en realidad no había conocido nada.

Acabé otra vez esa noche, esta vez con él adentro, sintiendo cómo sus embestidas me llevaban de nuevo al borde del abismo.

El Fervor de su semen inundándome fue el sello final de esa lección.

Y otra vez después, cuando él, sentado contra el respaldo de la cama, me hizo subirme encima y moverme yo.

Me enseñó a moverme, a tomar las riendas de mi propio placer.

Me corrigió el ritmo dos veces, no con palabras, con las manos, apretándome las caderas para que yo bajara más despacio o más fuerte según el momento, buscando el ángulo perfecto donde nuestras anatomías encajaban sin fisuras.

Yo aprendí. Asimilé en una sola noche más cosas de mi cuerpo que las que había aprendido en años de cuarto cerrado con llave.

Después me enseñó cómo hacérselo yo, guiando mi mano hacia su verga, mostrándome cómo acariciar cada vena, cómo saborear su glande con la punta de la lengua, convirtiéndome en su aprendiz y en su igual.

Yo nunca había aprendido tanto. Cuando salimos del motel, a la una de la mañana, yo era otra mujer.

La Sara que había entrado a esa habitación hacía tres horas no era la misma que se subía al carro de él para volver a su casa.

Lo supe con la misma claridad con la que se sabe que ha cambiado el clima.

Algo en mí había abierto, y esa apertura ya no se iba a cerrar.

Lo malo fue que Ricardo no me quería. Me deseaba, eso sí, durante un tiempo.

Pero yo me di cuenta, lentamente, con ese olfato que las mujeres desarrollamos incluso cuando nos negamos a usarlo, de que para él yo era una más.

Una entre varias. Salíamos los fines de semana y él sacaba el celular cada cinco minutos a responder mensajes.

Desaparecía dos días sin avisar. Me decía "te amo" en la cama y al día siguiente no me llamaba.

Lo dejé después de once meses, cuando una amiga me contó, con lágrimas falsas de pena, que lo había visto saliendo de ese mismo motel de la Cota Mil con otra muchacha la semana anterior. Esa noche lloré hasta vaciarme, no tanto por él como por mí. Me sentí usada. Me sentí estúpida. Me sentí pequeña.

Pero también, debajo de todo eso, hubo una pregunta que se me quedó clavada como una astilla.

Si Ricardo, que ni siquiera me quería, había logrado hacerme sentir lo que me hizo sentir esa primera noche en el motel, ¿qué no me haría sentir un hombre que además de saber lo que hacía me amara?

Esa pregunta me acompañó durante meses. Esa pregunta, en el fondo, sigue acompañándome.

Esa pregunta, escribirlo me cuesta, es la pregunta que terminó armando todo lo que vino después en mi vida.

***

Después de Ricardo estuve sola casi un año.

Me concentré en la carrera. Saqué buenas notas.

Empecé a hacer pasantías en una firma del centro.

Mi hermana Adriana ya se había casado con su novio de la prepa y estaba embarazada de su primer hijo.

Mi mamá había empezado, por fin, a salir de la cueva de su luto y tenía un pretendiente, un señor viudo de su misma edad que la invitaba a almorzar los domingos.

La casa estaba más tranquila que nunca. Yo volvía de la universidad a estudiar en mi cuarto, dormía, me levantaba temprano, repetía.

Fue en ese punto de mi vida cuando Adriana organizó su cumpleaños número veinticinco en la casa y me invitó a ayudar.

Y esa noche conocí a Ernesto.