Capítulo I #2
Los había rozado al vestirme, al bañarme, pero nunca con esta intención temblorosa.
Los dedos trazaron un círculo alrededor del pezón, casi sin atreverse a tocarlo.
El contacto me hizo arquear la espalda sobre la cama.
Era una sensación nueva, eléctrica, que se sumaba a lo que mi otra mano hacía abajo.
Me corrí con movimientos torpes y febriles.
Sin sacarme la ropa interior, solo apartando un poco la franja de algodón, mis dedos encontraron piel.
La mía. Una piel que yo no había explorado nunca, cálida, resbaladiza y nueva.
Al contacto directo, un gemido se me escapó de los labios —un sonido ronco, que no sabía que pudiera salir de mí—.
Me asusté y me excitó al mismo tiempo. Comencé a frotar mi clítoris con una intensidad creciente, un vaivén que mi cuerpo parecía conocer sin que nadie le hubiera enseñado.
Mientras tanto, la otra mano ya no dudaba: apretaba suave mis senos, acariciaba los pezones con una torpeza dulce, y cada caricia enviaba una descarga directa a mi entrepierna.
No sabía lo que me estaba pasando. No sabía cómo se llamaba lo que hacía.
Solo sabía que no podía parar. Gemía bajito, con la boca entreabierta, mordiendo la almohada a veces para que el sonido no se escapara de la habitación.
En algún rincón de mi cabeza, sin que yo pudiera controlarlo, apareció una imagen difusa: alguien me miraba, alguien veía lo que hacía y en lugar de juzgarme se quedaba fascinado, respirando conmigo, deseando aquello que yo todavía no sabía nombrar.
Mi propio instinto me empujaba hacia un abismo de sensaciones que nunca antes había rozado.
En comparación con los abrazos torpes de los chicos del barrio, esto era una revelación divina; era el control total sobre mi propio Fervor.
En algún lugar específico que mis dedos encontraron sin que yo se lo pidiera, el cuerpo entero se me concentró en un solo punto de luz blanca.
La respiración se me cortó, convirtiéndose en jadeos erráticos.
Los pies se me apretaron contra el colchón, arqueando mi espalda en una tensión insoportable.
Cerré los ojos, entregada al rítmico vaivén de mis dedos.
Lo que vino después no tengo palabras claras para describirlo.
Sentía que estaba a punto de estallar, que una marea de placer puro me arrastraba lejos de la orilla de la cordura.
Y entonces estalló. Fue algo devastador, una explosión que me sacudió desde el útero hasta la punta de los dedos.
Fue un temblor corto, pero eterno. Las piernas me temblaron solas en espasmos rítmicos mientras el clímax me envolvía en oleadas de Ardor líquido.
Solté un sonido pequeño, ahogado, un grito de liberación que marcó el fin de mi infancia.
Sentí la sangre subiéndome a la cara, marcando mi piel con el rubor del descubrimiento.
Cuando se me pasó, abrí los ojos.
El techo de mi cuarto seguía siendo el techo de mi cuarto.
La luz amarilla de las cinco y media seguía entrando por la ventana.
Afuera, en la calle, alguien tocó la corneta de un carro.
Una vecina del piso de arriba arrastró una silla.
La vida normal seguía siendo normal. Pero adentro de mí algo había pasado que iba a cambiar todo.
Acababa de descubrir que mi cuerpo era mío.
Y, peor que eso, acababa de descubrir que mi cuerpo era una conversación que iba a durarme toda la vida. Una conversación que esa tarde recién empezaba. Y que la otra Sara, la del uniforme y la cabeza baja en la calle, no iba a tener jamás los nombres correctos para esa conversación.
Me quedé acostada un rato más, con los ojos abiertos, mirando el techo.
La edad que tenía, qué más da. Era todavía una niña por fuera y por dentro me había convertido en otra cosa en treinta minutos.
Me levanté. Me lavé las manos. Me puse el pijama.
Bajé a la cocina a cortarme una manzana como si tal cosa, como si la Sara que bajaba la escalera fuera la misma Sara que la había subido dos horas antes.
No lo era.
Y desde esa tarde, en el cuarto, sola, con la puerta cerrada con llave, yo me convertí en mi propia compañía clandestina.
Volví a hacerlo a los pocos días. Y a los pocos días otra vez.
Descubrí cómo leerme. A reconocer dónde respondía el cuerpo y dónde no.
A sostener una conversación entera con la otra mujer que había aparecido esa tarde, sin decírselo a nadie, ni siquiera a Adriana que era mi confidente para todo.
Aprendí, en silencio, que tenía adentro de mí una mujer que la Sara de afuera no conocía. Y que esa mujer, a falta de un destinatario en el mundo, iba a tener que arreglárselas sola durante mucho tiempo.
***
Mi primer novio se llamó Jorge. Era de mi salón en la facultad de derecho.
Alto, flaco, de gafas gruesas, muy inteligente, muy tímido.
Me pidió salir en la cafetería de la facultad un lunes a las once y media de la mañana, con un temblor en la voz que me pareció adorable.
Le dije que sí antes de que terminara de preguntarme.
No lo amaba. Todavía no sabía lo que era amar a un hombre.
Pero me caía bien, era suave, olía siempre a una colonia limpia y me prestaba libros.
Me besó por primera vez en la Plaza Cubierta de la universidad, una tarde, con el cielo desangrándose en naranja y rosa.
Fue un beso torpe, de labios apretados, que me dejó un sabor a nada.
Yo me reí después para ocultar el vacío.
Esto era todo, pensé. Toda la poesía del mundo era esto.
Un muchacho asustado apretando los labios contra los míos como si yo fuera de cristal.
Tardamos cuatro meses en llegar a la cama.
La primera vez fue en un apartamento prestado, una tarde de jueves, con un ventilador viejo en el techo que cortaba el silencio con un zumbido rítmico.
A Jorge le temblaban las manos al desabotonarme la blusa.
A mí no me temblaba nada. Yo había estado preparada hacía meses, en mi cuarto, sola, repasando esto en mi cabeza.
Yo era la que llevaba ventaja en esa habitación, aunque ninguno de los dos lo supiera.
Cuando quedamos desnudos, su dulzura me resultó casi ofensiva.
Me preguntaba a cada paso si me dolía, si estaba bien, con una cautela que me hacía sentir un objeto frágil en lugar de una mujer entera.
Yo quería decirle que me tomara con menos miedo, pero solo asentí, porque a esa edad una no sabe pedir lo que no le han enseñado a nombrar.
El acto fue suave, prolijo, sin sobresaltos.
Yo me abracé a su cintura buscando ese terremoto que las novelas prometen, esa cosa que en mi cuarto, sola, había aprendido a invocarme con dos dedos.
No llegó. Lo que llegó fue una sensación tibia, un cuerpo encima del mío que respiraba demasiado contenido, y ese techo blanco con el ventilador viejo cuyas aspas terminé contando.
Él se vino después de unos minutos, con un suspiro corto contra mi cuello.
Para mí no llegó nada parecido. Me sobraba el aire, me sobraba la conciencia.
Cuando me abrazó y susurró un "te quiero" cargado de gratitud, mi respuesta fue una mentira necesaria.
Lo apreciaba, sí, pero algo en mí, ese algo que había aprendido a reconocerse a oscuras en mi cuarto, sabía con tristeza que él no era el que iba a abrirme la puerta a lo otro.
Me dormí a su lado entendiendo, por primera vez, que entregar el cuerpo no es lo mismo que entregar el deseo. Que con un hombre bueno se puede tener un acto sin que el acto pase de ahí. Que yo iba a tener que seguir esperando mientras tanto.
Terminé con Jorge dos meses después, con el argumento falso pero cómodo de que necesitaba concentrarme en la carrera. Él lloró. Yo me sentí culpable durante semanas. Lo veía en los pasillos, con su cara larga, y me mordía la lengua para no correr a pedirle perdón y volver con él solo por lástima.
Tomé conciencia, con Jorge, una lección que no se olvida.
Comprendí que un hombre puede ser tierno y respetuoso y leerme libros y prestarme su saco en el frío, y aún así no llegarme.
Entendí que el amor pequeño no compensa la falta del cuerpo.
Aprendí, sin saber todavía que iba a aprenderlo, que yo era una mujer a la que solo iba a poder hacerle el amor un hombre que no le tuviera miedo.
Mi segundo novio fue lo contrario de Jorge.
Se llamaba Ricardo, estudiaba ingeniería, era tres años mayor que yo, y era de esos muchachos que saben muy bien que son guapos.
Alto, de hombros anchos, con una sonrisa entrenada frente al espejo.
Me abordó en una fiesta de fin de semestre en casa de un amigo común.
Yo estaba en la cocina sirviéndome un trago que no sabía tomar, y él apareció detrás de mí, me sacó el vaso de la mano, me sirvió uno nuevo y me dijo: "Así no, así te lo tomas en cinco minutos y te cae mal. Yo te enseño". Me pareció descarado y lo disfruté.
Salimos cuatro veces antes de que me llevara a donde vivía alquilado.
Me dio un poco de vergüenza entrar. Él me tomó de la mano y me dijo, con esa media sonrisa suya: "Relájate, chica, que aquí nadie te va a ver".
Adentro de la habitación me besó pegándome contra la puerta apenas la cerró.
No se anduvo con cuidado. No me preguntó si me dolía.
No me preguntó si estaba bien. Me besó con la boca abierta, con la lengua, agarrándome la nuca con una mano y la cintura con la otra, como si llevara semanas guardando ese beso y no estuviera dispuesto a dosificarlo.
Yo solté un sonido contra su boca que no había soltado nunca con Jorge.
Me llevó a la cama con una parsimonia que me resultaba casi dolorosa.
La atmósfera en la habitación del motel estaba cargada de un aroma a sándalo y humedad, una mezcla que se instaló en mis pulmones y aceleró mi pulso.
Me sentó al borde del colchón, que cedió bajo mi peso con un chirrido leve.
Se arrodilló frente a mí, posicionándose en ese espacio sagrado entre mis rodillas, y por un momento el tiempo pareció detenerse.
Me sacó los zapatos él mismo, despacio, deshaciendo las hebillas con una destreza que denotaba costumbre, mirándome todo el tiempo con una fijeza que me desnudaba más que cualquier acción física.
Después me subió la falda hasta la cintura, acumulando la tela alrededor de mis caderas como si fuera una corona de seda.
Yo intenté ayudarle, intenté quitarme la ropa interior llevada por una urgencia que me quemaba las entrañas, y él me apartó las manos con suavidad, con una firmeza que no admitía réplicas, y me dijo, sonriendo: "Déjame a mí, no te apures".