El diario de Sara
© inepub.com
Capítulo I
Compré este cuaderno en una librería de la avenida Francisco de Miranda, un martes cualquiera, a la hora en que Caracas parece detenerse y todo el mundo sale a buscar un café antes de volver a la oficina.
Entré a resguardarme de una llovizna tibia, con la intención de comprar un libro para Carolina que ya casi no leía libros para niñas pero que todavía me dejaba elegirle alguno cada tanto, y salí con este cuaderno de tapas duras color vino, sin saber bien para qué.
O sabiéndolo, pero sin atreverme a ponerle nombre.
Lo dejé en el cajón de mi mesita de noche durante semanas.
Estuvo ahí, esperándome, debajo de las pastillas para dormir que casi nunca tomo y de un rosario que me regaló mi abuela hace años y que yo guardo porque no sé bien en qué otro lugar se guardan las cosas que uno ya no usa pero tampoco se atreve a botar.
Lo abrí dos veces. Las dos veces escribí media línea y arranqué la página.
Hoy lo vuelvo a abrir. Y esta vez voy a escribir.
Tengo treinta y tres años. Soy de pelo castaño oscuro, lacio, que me llega a los hombros.
Los ojos verdes, como mi abuela Sara. Soy abogada en una firma del centro de Caracas.
Estoy casada con Ernesto Figueroa hace trece años, y juntos llevamos catorce.
Tengo dos hijas: Carolina, que tiene trece años y la cara seria de su padre, y Valentina, de diez, que se ríe con cualquier cosa y se parece más a mí de lo que mi madre quisiera admitir.
Ernesto trabaja en un banco. Yo en derecho corporativo.
Vivimos en un apartamento en La Castellana, con una ventana grande que mira al cerro, y los domingos almorzamos en casa de mi madre, en Los Chaguaramos, a menos que él tenga reunión familiar con sus primos.
Esa es la vida que se ve desde afuera. La que uno escribiría en una postal.
La vida que vivo por dentro es otra. Y por eso compré el cuaderno.
Estoy aprendiendo, en estos últimos meses, que la vida adulta es una administración silenciosa de cosas que la vida joven no había anticipado.
Una se casa creyendo que el amor lo va a alcanzar, que con un hombre bueno y dos hijas y un sueldo decente y una casa propia el resto se arregla solo.
Y después llegan las noches —no muchas al principio, después cada vez más— en que una se queda mirando el techo a las dos de la mañana, con el marido respirando al lado, y se pregunta qué es esa cosa pequeña que le falta y que no termina de nombrar.
La cosa pequeña ya tiene nombre. Lo sé hace meses. Lo escribo aquí por primera vez.
Soy una mujer hambrienta de algo que mi marido no me da.
Esa frase, así escrita, podría sonar a frase de telenovela.
Pero es la verdad más exacta que tengo sobre mí.
Y por eso voy a empezar este cuaderno por el principio.
Por la mujer que fui antes de ser todo lo que soy ahora.
Por la niña que descubrió, sola, que su cuerpo era un país.
Por la muchacha que se equivocó dos veces antes de equivocarse del todo.
Por la mujer joven que escogió un día, en un cumpleaños cualquiera, casarse con la inteligencia en lugar de casarse con el fuego.
Voy a contarme a mí misma, primero, antes de contarme las otras cosas.
Porque las otras cosas —las que estoy viviendo ahora, las que me tienen escribiendo a las once y media de la noche con la lamparita baja mientras Ernesto duerme al fondo del pasillo— las otras cosas no se entienden si no se entiende cómo llegué hasta acá.
***
Y para entender cómo llegué hasta acá, tengo que volver al principio.
Nací en Caracas un miércoles de noviembre, en una clínica de Los Palos Grandes, un año en que mi madre ya había perdido dos embarazos y había prometido que, si el tercero salía vivo, le pondría el nombre de su abuela materna.
Así me llamo Sara por una señora que nunca conocí, que según las fotos era alta, flaca, con los pómulos marcados, y que según mi madre tenía un carácter de mil demonios y un corazón del tamaño de una catedral.
Mi padre era ingeniero civil y trabajaba en obras de carretera.
Pasaba semanas enteras lejos de la casa, en Barinas, en Zulia, en el oriente del país, y cuando volvía olía a gasoil y a sudor limpio, y traía regalos absurdos: un caracol enorme de la costa, una muñeca de trapo comprada en una carretera,
una piedra brillante que para él tenía significado y para nosotras era solo una piedra.
Lo quise mucho, a mi papá. Murió cuando yo tenía trece años, de un infarto fulminante, en una obra a las afueras de Valera.
Lo supimos por teléfono. Mi mamá se sentó en el piso de la cocina y se quedó mirando un punto de la pared durante dos horas.
Nadie se atrevió a moverla. Adriana, mi hermana mayor, me abrazó por detrás y me sostuvo como si yo fuera a caerme, aunque en realidad la que estaba a punto de caerse era ella.
Aquella madrugada dormí en la cama de mi madre por primera y última vez desde que tenía memoria. Le puse la cabeza en el pecho y le escuché el corazón latir despacio, como si también él estuviera de luto.
Tengo que escribir esto porque después, mucho después, cuando yo esté en condiciones de explicarme a mí misma por qué hago lo que hago, voy a necesitar recordar que mi padre se murió cuando yo recién estaba aprendiendo a ser mujer.
Que la única figura masculina sin grietas que yo había conocido se desarmó de un día para otro.
Y que lo que vino después —los hombres, los novios, el matrimonio— fue siempre, en alguna medida, una búsqueda silenciosa de aquella seguridad que un señor con olor a gasoil me había dado durante trece años y que yo no supe valorar mientras la tenía.
Después de mi papá vino el silencio. Mi mamá se encerró en sí misma durante dos años.
Trabajaba como secretaria en una empresa de seguros, volvía a las seis, calentaba una sopa, se sentaba frente al televisor con la mirada perdida y se dormía en el sofá.
Adriana, que era cuatro años mayor que yo, se convirtió de un día para otro en mi segunda madre.
Me peinaba las trenzas antes de ir al colegio, me revisaba las tareas, me acompañaba al doctor cuando me daba fiebre.
Fue ella quien me habló por primera vez de la menstruación, la tarde en que yo llegué del colegio con la ropa interior manchada y creí que me estaba muriendo.
Fue ella quien me compró mi primer sostén, un sostén tonto de algodón blanco que me apretaba y que me daba una vergüenza feroz cada vez que tenía que quitármelo en el vestuario del colegio.
Mi cuerpo empezó a cambiar muy rápido en los años siguientes.
Pasé de ser una niña delgada, plana, con las rodillas peladas siempre, a ser una muchacha con caderas, con senos, con una cintura que se dibujaba sola debajo de la franela del uniforme.
Los hombres empezaron a mirarme en la calle cuando todavía iba agarrada de la mano de mi hermana.
Recuerdo a un señor en la panadería, tendría cincuenta años, que se quedó mirándome como si yo fuera un plato caliente.
Adriana se dio cuenta y me apretó la mano tan fuerte que me dolió.
Cuando salimos, me dijo, sin mirarme: "A los hombres así, Sara, tú no les devuelves la mirada nunca, ¿me oíste?" .
No le devolví la mirada a nadie durante años. Aprendí a caminar con la cabeza baja, los hombros un poco encogidos, los libros pegados al pecho. Me hice experta en el arte de hacerme pequeña en la calle, que es un arte que muchas mujeres aprendemos sin que nadie nos enseñe formalmente.
Pero en el cuarto, sola, con la puerta cerrada con llave, era otra cosa.
***
Hubo una tarde. No recuerdo el mes, no recuerdo el día. Sí recuerdo la luz —una luz amarilla, espesa, de Caracas a las cinco y media, esa hora en que el sol baja por encima de las montañas y todo se pone color miel por veinte minutos antes de que entre la noche.
Yo había vuelto del colegio. Mi mamá estaba en su trabajo y Adriana en el suyo. La casa entera era mía durante dos horas. Subí a mi cuarto. Me quité el uniforme. Me senté en la cama en ropa interior. Hacía calor. Abrí la ventana para que entrara el aire del cerro.
No iba a pasar nada de eso. Yo no había planeado nada.
No tenía un libro escondido bajo la almohada, no tenía una revista, no tenía ninguna imagen específica en la cabeza.
Lo único que tenía era una semana de cuerpo extraño.
Una semana de sentir, en el autobús del colegio, que las miradas de los muchachos del último asiento me hacían algo en alguna parte que no era la cabeza.
Una semana de despertarme con la sábana enredada entre las piernas, con una humedad que yo no había aprendido a nombrar.
Esa tarde, sentada en la cama, sin pensarlo, me toqué.
El sol de la tarde filtraba una luz naranja y pesada a través de la cortina, envolviendo la habitación en un silencio que de pronto se sintió cargado de una expectativa desconocida.
Fue por encima de la ropa interior al principio.
Una caricia distraída, casi sin intención, con la yema de los dedos trazando el contorno de mi feminidad.
La tela era fina y barata, un algodón blanco que mi mamá me compraba por docenas.
La toqué dos veces, sintiendo la rugosidad del tejido.
La tercera vez algo se movió por dentro.
Una corriente baja, eléctrica y profunda, me cruzó desde el centro hasta las rodillas y volvió, y se quedó allí, instalada como un fuego incipiente.
Me asusté. Aparté la mano como si la piel quemara.
Me quedé quieta, con el corazón martilleando contra mis costillas.
Esperé a ver si el cuerpo seguía hablándome o si se callaba, pero el eco de esa pulsación permanecía, exigiendo más.
No se calló. Al contrario, el deseo, esa bestia dormida que apenas comenzaba a desperezarse, rugió en mis venas.
Volví a apoyar la mano. Esta vez con los dedos un poco más apretados, buscando desesperadamente el origen de esa descarga.
La tela se humedeció debajo de mis dedos; yo no entendí en ese momento que me estaba humedeciendo, creí que algo se había derramado, pero la sensación era tan embriagadora que registré la idea con vergüenza y con sorpresa al mismo tiempo.
No paré. —Dios, ¿qué es esto? —susurré para mis adentros.
Algo más fuerte que la vergüenza, una curiosidad ancestral y poderosa, me dijo que siguiera.
Mi otra mano, casi sin que yo decidiera moverla, subió hasta mi pecho.
Mis senos apenas eran dos pequeños montículos, tiernos, sensibles.