CAPÍTULO 61
CHARLIE
AHORA
Charlie permanece clavada en el sitio, con un escalofrío recorriéndole la espalda, como si la propia habitación se hubiera vuelto en su contra.
Theo no se acerca más. No lo necesita. Su presencia llena el espacio.
—Supongo que deberías llamarme Edward —dice con calma, casi con educación—. Ese es mi nombre. O Ed. Así me llamaban mis padres.
Una sonrisa leve y cruel le curva los labios.
—Leila me llamaba Ward.
El nombre la golpea como un puñetazo, y un recuerdo aflora.
El diario de Leila...
«Ward está cabreado porque Watson me quiere, y él cree que es demasiado mayor para mí, y va a decírselo a mamá y papá, pero me da igual».
La mente de Charlie se fractura, se astilla en fragmentos inútiles.
Leila nunca había hablado de verdad de su hermano, solo fragmentos, comentarios de pasada.
Era mayor. Iba a otro internado. Casi nunca estaba.
Charlie no lo había conocido. No de verdad.
Recordaba el día en que él las había llevado a la mansión de los Marsh, el mismo día que Leila desapareció, pero no le había visto la cara.
El corazón le late con tanta fuerza que está segura de que él puede oírlo.
—¿Estabas hablando con tu amigo Harry? —pregunta Theo con ligereza.
Intenta hablar. No le sale nada. Siente la garganta cosida.
Theo resopla.
—Ya me lo imaginaba.
Se le curva el labio.
—Siempre pensé que era un enclenque patético. Con todo ese privilegio y aun así demasiado cobarde para aceptar el dinero fácil. Un podcast —se burla—. Dios. Cuando podría haber estado trabajando en el bufete de papá, ganando dinero de verdad en lugar de jugar a periodista.
A Charlie le da vueltas la cabeza. Nada de esto tiene sentido. O quizás tiene demasiado sentido de golpe.
—Me preocupaba —continúa Theo—. No porque sea inteligente, que no lo es, sino porque es entrometido. La gente así no sabe cuándo parar. Temía que pudiera convencerte de ir a la policía por lo de las notas.
Se le encoge el estómago.
—¿Las... notas?
Theo la observa con atención, saboreando el momento.
—Sí. Esas notas.
Se le escapa un sonido, mitad jadeo, mitad sollozo.
—No lo entiendo.
—Oh, Charlie, creo que sí lo entiendes —dice él—. Creo que sabes quién las envió.
—Tú... ¿tú las enviaste?
—Pues claro.
Su voz se vuelve más cortante.
—¿Por qué? —susurra ella, y la palabra le desgarra la garganta.
—Porque quería que confesaras.
Se le oscurecen los ojos.
—Siempre supe que mentías. Nunca me tragué esa historia de mierda de que te quedaste dormida y te fuiste de la casa. Tú fuiste la última que estuvo con ella, Charlie. ¿Esperas que me crea que no sabías lo que pasó?
—No lo sabía, no al principio —dice Charlie mientras sacude la cabeza con violencia—. No...
—Quería aterrorizarte —la interrumpe Theo con voz baja y ponzoñosa—. Quería destrozarte. Obligarte a confesar lo que le hiciste a mi hermana.
Ella lo mira fijamente, con la visión borrosa.
—Eso es... ¿por eso te casaste conmigo?
Él no duda.
—No me casé contigo porque estuviera locamente enamorado de ti.
La cruel confesión es como un cuchillo en las entrañas.
—Por eso entré en aquella joyería donde trabajabas en la universidad —continúa—. Te había estado vigilando desde que les mentiste a los polis. Desde que te sentaste ahí con tu numerito de niña asustada mientras mi familia se hacía pedazos.
A Charlie le flaquean las piernas. Se agarra al borde de la cómoda para no caerse.
—Nunca... —se le quiebra la voz—. ¿Nunca me quisiste?
Theo suelta una risa áspera, sin pizca de humor.
—Te odio con toda mi alma.
Las palabras impactan con precisión quirúrgica.
—Tantas noches —continúa con calma— me quedé tumbado a tu lado, escuchándote respirar, diciéndome que no te rodeara el cuello con las manos y apretara. Pero no quería que murieras todavía. No hasta que confesaras.
Se le encoge el pecho.
—Pero... mi padre...
—Eso fue una sorpresa —admite Theo—. Descubrir que había sido él.
Se le tensa la mandíbula.
—No iba a dejar que ese cabrón siguiera vivo después de lo que le hizo a Leila.
La voz de Charlie es apenas audible.
—Lo mataste.
La expresión de Theo se endurece.
—No nos caímos.
Lo dice como si estuviera corrigiendo un detalle sin importancia.
—Le rompí el cuello. Lo partí como una ramita. Luego lo empujé escaleras abajo. Tenía que parecer un accidente. Hasta me dejé caer yo también.
La habitación se inclina. Charlie traga bilis.
—Eres un monstruo.
Algo feo destella en sus ojos.
—Cuidado —dice.
—No eres mejor que él —grita ella entre lágrimas—. Eres exactamente igual.
Se le retuerce el rostro de rabia.
—Eres una zorra diabólica que sabía la verdad y no dijo nada —gruñe—. Dejaste que todos creyeran que mi hermana se había fugado o que la habían matado por imprudente. Tú seguiste con tu vida mientras ella se pudría bajo tierra.
—Estaba aterrorizada —solloza Charlie—. Mi padre me amenazó. Era una niña. He vivido atormentada todos los días desde entonces.
—¿Viviste atormentada cada día? —Theo la fulmina con la mirada—. Cariño, no sabes lo que es el tormento. No sabes lo que es ver a tu padre consumirse mientras tu madre pierde la cabeza.
—Lo siento... —Charlie llora—. ¡Lo siento por todo! Lo siento...
—«Lo siento» no es suficiente.
Da un paso hacia ella.
—No mereces vivir —dice en voz baja—. No después de lo que hiciste. No mereces seguir adelante. Tienes que morir por ello.
Charlie retrocede instintivamente hasta que la espalda le golpea contra la pared.
—Tienes que reunirte con tu padre en el infierno.