El día que desapareció CAPÍTULO 58
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CAPÍTULO 58

CHARLIE

AHORA

La tarde se alarga, tranquila y sin incidentes, de un modo que parece casi preparado.

Theo llama sobre las dos para decir que se ha retrasado. Hay un accidente en la carretera principal. El tráfico apenas avanza. Su voz crepita ligeramente, distante, pero tranquila. Le dice que no se preocupe. Volverá antes de que anochezca.

Charlie le dice que vale.

Después de la llamada, prepara una pequeña ensalada que apenas prueba, pensando en la llamada de Harry Nichols que ignoró.

No tiene ningún deseo ni motivo para volver a hablar con él.

Y no se imagina por qué querría contactarla.

Le contó todo, toda su triste, patética y sórdida historia.

Tiene la información que necesita para su podcast, así que ¿por qué la molesta?

Ahora, de pie junto a la encimera, cortando verduras distraídamente, sus pensamientos se adelantan a la cena. Sopa, quizás. Algo caliente. La cabaña ha empezado a enfriarse a medida que avanza el día, la luz del sol se atenúa, las sombras se alargan sobre el suelo de tablones anchos.

Se frota los brazos. Hace un poco de fresco.

Un chal sería perfecto. O una manta ligera.

Sube al dormitorio principal, imaginando ya su suave chal de punto. Abre el armario y frunce el ceño al ver la ordenada fila de ropa colgada.

—Maldición... —murmura. Solo trajo el abrigo de calle. El grueso. No quiere ponérselo dentro. Le parece excesivo, fuera de lugar.

Examina la habitación. No hay mantas extra dobladas a los pies de la cama. Ninguna manta ligera sobre la silla. Nada.

Charlie suspira y recuerda lo que Theo le dijo la primera noche, casi de pasada.

Cinco dormitorios.

Sale al pasillo.

La primera habitación de invitados es luminosa y diáfana, toda madera clara y sábanas blancas impecables. Minimalista. Sin manta, sin colcha, solo una cama perfectamente hecha en la que parece que nadie haya dormido jamás.

La segunda habitación es similar. Tiene una vista diferente, pero la misma sensación de austeridad.

Frunce el ceño mientras una leve punzada de irritación crece en su interior. Una cabaña de este tamaño debería tener mantas de sobra.

Se acerca a la tercera puerta y agarra el pomo.

No se mueve.

Charlie lo intenta de nuevo, sacudiéndolo un poco.

Cerrada con llave.

Se queda inmóvil.

Eso es... raro.

Se queda allí un momento, mirando la puerta, diciéndose que seguramente hay una explicación sencilla. Un trastero. Una habitación que Theo no usa.

Aun así, una inquietud se instala en la boca del estómago, sutil pero insistente.

Sigue adelante y abre el cuarto dormitorio, el último. Este es más espartano que los demás. Una cama estrecha, una cómoda y ningún cuadro en las paredes. Tiene un aire provisional, como un lugar donde alguien durmió una vez y nunca volvió.

Ni mantas ni colchas.

Charlie se gira lentamente, con la mirada fija en la puerta cerrada al fondo del pasillo.

¿Por qué está cerrada con llave?

La pregunta resuena más fuerte de lo que debería. Se dice que está siendo ridícula, que el aislamiento le juega malas pasadas. Pero la curiosidad la empuja junto con algo más pesado, una sensación ominosa que no logra identificar.

Baja las escaleras con pasos más rápidos. En la cocina, abre cajones con más urgencia de la necesaria. Los cubiertos tintinean. Gomas elásticas. Un destornillador pequeño. Y entonces... un clip.

Lo mira fijamente un segundo más de lo necesario.

«Solo para echar un vistazo», se dice. «Solo para ver qué hay ahí dentro».

De vuelta en el piso de arriba, el corazón le late más rápido con cada paso. Endereza el clip con dedos temblorosos y se arrodilla ante la cerradura, con la respiración entrecortada, el pasillo inquietantemente silencioso.

Cuesta menos de lo que esperaba.

Un suave clic.

La puerta se abre.

Dentro está oscuro.

Charlie duda, luego pasa la mano por la pared justo dentro de la puerta hasta que sus dedos encuentran el interruptor. Lo pulsa.

La luz inunda la habitación.

Parpadea, desorientada.

El dormitorio no se parece en nada a los demás.

Tonos pastel apagados suavizan el espacio. Rosa empolvado, lavanda pálida, crema. Una cama perfectamente hecha con una colcha floral. Un armario que parece cuidadosamente elegido, no utilitario. Una cómoda con tiradores delicados. Una alfombra sobre el suelo de madera.

Se le corta la respiración cuando su mirada se desliza, lentamente, a su pesar, hacia la mesita de noche donde descansa una fotografía en un marco de plata.

Charlie entra del todo en la habitación, con el pulso retumbándole en los oídos. Sabe, antes de alcanzarla, que este momento lo cambiará todo. Que no podrá olvidar lo que está a punto de descubrir.

Con las manos temblorosas, coge el marco.

Una foto de una familia de cuatro.

Las figuras se definen a medida que su visión se estabiliza.

Un hombre. Una mujer. Dos niños. Un niño y una niña.

Sus ojos van directos al niño.

Lo conoce.

Parece más joven, unos diez años quizá, pero es inconfundiblemente él. La misma sonrisa. Los mismos ojos azules. El mismo pelo rubio. Tiene el brazo sobre los hombros de una niña que está a su lado.

Sabe quién es el niño...

Aunque en la foto tiene el pelo rubio, no oscuro... como lo tiene ahora.

Theo...

Es su marido.

A Charlie se le escapa un sonido que apenas merece ese nombre cuando su mirada se desliza hacia la niña junto a él.

Una niña cuyo rostro tiene grabado en la memoria.

Leila Marsh.